Capítulo 35

Hicieron el amor esa vez y otras tantas más, pues Lola se quedó en casa de Andrés hasta el lunes que tuvieron que separarse para atender sus respectivas obligaciones.

Lo cierto es que tuvieron la suerte de que durante el fin de semana no parara de llover, si bien ya no necesitaban excusas para estar juntos, los dos lo deseaban y ya no fingían en absoluto.

—No quiero separarme de ti —dijo Andrés, el lunes, tras aparcar delante del portal de Lola y besarla como un loco.

—Nos vemos mañana en el ensayo —replicó Lola, devolviéndole los besos.

—¿Y esta noche qué hago? ¿Cómo resisto en esa casa sin ti? —preguntó Andrés, cogiéndola de la mano.

—¿Y yo crees que no te voy a echar de menos?

—No sé —contestó Andrés, encogiéndose de hombros.

Lola se acercó a Andrés, mordió sus labios, luego los lamió muy despacio, mientras susurraba:

—Sí que lo sabes.

Andrés tomó a Lola por la nuca, con ambas manos, y la besó con una pasión y una desesperación que los dejaron sin aliento.

—Eres adictiva, Lola. Tenías que habérmelo advertido. Tus ojos preciosos, la suavidad de tu piel, esos pechos perfectos, tus caderas salvajes, tus piernas de infarto y esa boca que tienes con las que haces esas cosas que…

—¡Andrés por favor! —exclamó riéndose, tapándole la boca con la mano.

Andrés entonces empezó a morderle suave la mano y Lola la apartó:

—¡Haces maravillas! ¡Tienes que estar bien orgullosa de tener esos talentos que tienes! ¡De todos tus talentos!

—Tú también tienes unos cuantos…

—¿Más de los que pensabas?

—Mucho más…

Andrés le miró muy sorprendido y luego preguntó:

—¿Qué pensabas? ¿Qué la tenía pequeña? ¿O qué era eyaculador precoz por lo de mi estrés?

—En esencia pensaba que eras imbécil, pero después de un fin de semana contigo me he dado cuenta de que solo un poquito.

—Sé que soy un amante excepcional, pero ¡no me olvides de aquí al martes! ¿De acuerdo?

—Lo intentaré…

—¿Mucho o poco?

Lola besó a Andrés, lento y profundo, y luego le susurró al oído:

—No puedo dejar de pensar en ti.

—Ni yo tampoco —replicó Andrés, suspirando.

—Y ahora me voy ya, que si no voy a llegar tarde a clase…

—Detesto el wasap, pero para que se nos haga esto más llevadero ponme cositas.

—¿Te vale el emoticono del fuego?

—Perfecto. Está bien que ardas por mí. Pero también, aunque no crea en el amor, acepto los emoticonos de corazón con estrellitas y el corazón empaquetado…

Lola dio un beso a Andrés rápido en los labios, salió del coche, caminó hasta el portal, abrió y, antes de entrar, se despidió lanzándole un beso.

Andrés se lo devolvió y se dirigió a su despacho en un estado que su secretaria Matilde, en cuanto le vio, definió como “de atolondramiento”.

—¿Qué pastillas estás tomando para la ansiedad? Es que presentas un atolondramiento que me preocupa —le confesó Matilde, tras dejarle unos dossiers de prensa que Andrés le había pedido sobre la mesa.

—¡No tomo nada! Esta cara es de felicidad, he pasado un fin de semana de ensueño, estoy en una nube.

—¿De amor? —dijo poniéndose las gafas estrechas que colgaban de un cordón de su cuello.

Matilde era demasiado lista, por algo era su secretaria. ¡Era imposible ocultarle nada! ¡Era como su madre, solo tenía que mirarle a los ojos para saberlo todo! ¡Y más cuando se ponía las gafas!

—Matilde ya sabes que no creo en el amor, pero reconozco que he pasado un fin de semana delicioso con Lola —respondió reclinándose en su asiento.

—Te entiendo. Yo también me niego a ser abuela, pero he pasado un fin de semana estupendo con mi nieta. ¡Te dejo que tengo muchísimo trabajo! ¡Buenos días y responde pronto a los treinta y ocho correos urgentes que te acabo de enviar!

Matilde se marchó, dejando a Andrés con una sola convicción por mucho que dijera esa mujer sabia: ¡Lo suyo no era amor! Lo suyo era…, era… ¿Y para qué había que ponerle nombre a todo? Lo suyo era Lola y punto. Lola y nada más que Lola.

Un Lola que era grande y lo ocupaba todo, porque no podía dejar de pensar en ella, de día y de noche, aunque de noche su ausencia dolía más todavía, la extrañaba tanto que la madrugada del lunes al martes, se la pasó dando vueltas abrazado a la almohada que aún olía a ella.

A la mañana siguiente, sin apenas pegar ojo, en cuanto a las siete sonó el despertador, lo primero que hizo fue comprobar si tenía algún mensaje de Lola. El día anterior habían estado intercambiándose mensajitos divertidos, llenos de emoticonos, con corazones varios incluidos, y Andrés tuvo que reconocer que solo odiaba el wasap cuando Lola no le escribía.

Los mensajes de Lola eran especiales, tenían un no sé qué que le colgaban una sonrisa tonta en la cara y le hacían sentirse como más ligero. Era algo que a Andrés le parecía de lo más estúpido, pero así se quedó: entre pánfilo y liviano, cuando leyó el primer mensaje de la mañana de Lola, después de alejar un poco el móvil porque aún no había encontrado tiempo para comprarse unas gafas:

¡Buenos días, Andrés! Ya cuento los minutos que quedan para volver a vernos esta tarde.

Andrés no se lo pensó y le envió ocho emoticonos con el beso en forma de corazón, y luego escribió:

Cuánto te extraña mi cama, Lola. Y yo, ni te cuento…

Luego se fue a la ducha, desayunó, se dirigió al trabajo escuchando canciones moñas de amor que le pusieron de lo más ñoño, porque no podía parar de imaginarse a Lola y a él juntos, de la mano, por los prados, por los valles, por las montañas y por las playas, correteando y folleteando sin parar.

Después, al llegar a su despacho, se puso al tajo, aunque era casi imposible centrarse en el trabajo con el recuerdo de lo vivido con Lola pululando por su mente. No obstante, se esforzó todo lo que pudo para concentrarse un poco y así logró sacar las tareas más urgentes adelante.

A continuación, como cada martes, almorzó con sus padres en poco más de dos horas esta vez, porque le urgía ir a la óptica ya que de tanto achicar los ojos para leer los wasaps de la maestra, se le estaba poniendo una mirada de mandril cabreado que no le convenía para nada en este momento tan dulce que estaba viviendo.

Él nunca había sido un tío presumido, pero ahora quería estar lo mejor posible para Lola. Por eso, cuando Leocadia, la óptica de confianza de su familia, una octogenaria muy amable, después de graduarle la vista, le mostró una variedad de gafas de concha de abuelo para que eligiera, ni lo dudó:

—No me convence ninguna, Leocadia…

—Son modelos de toda la vida. Clásicos. Apuestas seguras.

Eran clásicos pero él quería follar otra vez…

—Estaba pensando en algo más moderno —dijo mientras Leocadia le miraba por encima de las gafas enormes de montura dorada que llevaba en la punta de la nariz.

—Tú eres muy guapo. ¡Todo te queda bien! ¡Quédate con estas! —le propuso Leocadia.

—Son las que llevaba mi abuelo Marcelino cuando se casó en…

Andrés se calló de golpe, porque de pronto sucedió el milagro: la puerta de la tienda se abrió y apareció Lidia para salvarle.

—¡Buenas tardes! ¡Andrés! ¡No me puedo creer que estés aquí! ¡Lo que es el destino! —exclamó emocionada, dándole dos besos efusivos.

—He venido a comprarme unas gafas, pero es que no damos con el modelo.

Lidia sonrió, abrió su bolso, apuntó algo en un papel y se lo tendió a Leocadia:

—Necesita este modelo de montura y a mí me traes, por favor, el otro que está apuntado debajo.

Leocadia se fue a buscar al fondo de la tienda en una vitrina con muchos cajones, los modelos de gafas y Lidia, que acaba de sentarse a su lado, le habló poniéndole morritos:

—Te he hecho muchas pruebas con las fotos y sé que ese es el modelo que mejor te queda. Yo me voy a comprar una montura sin cristales, para darme un aire más serio y profesional que te va a encantar…

 

Magia inesperada
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