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SALÍ del Ayuntamiento a las dos de la mañana. Mi estado era febril. Los escalofríos me recorrían la espalda; la sangre se precipitaba golpeándome las sienes y sentía crujir las suturas de mi cráneo.

Necesitaba permanecer en el jardín acariciado por las sombras, aspirando el aire fresco de la noche y me recliné en el tronco de un árbol. Todavía en el oscuro cielo se proyectaban las llamas que bailaban como fuegos fatuos en el armazón calcinado del aserradero. La casa de don Ulises yacía aplastada en la sombra, vacía y repulsiva.

Me vi con el viejo sombrero de panamá y el traje negro mal cortado, tomar la maleta en la estación de Pénjamo y adentrarme en las callejuelas sórdidas al mismo tiempo que decía: «Mi deber es salvar al mundo, y si no lo salvo, ésa es mi culpa.»

No quedaba ya nada de ese ardiente deseo de lucha. La tierra de México, la tierra abrumada bajo el peso de la miseria y de las injusticias, nuestra tierra que para ser salvada reclama el sacrificio de los héroes, me había destruido, porque fui un santo a medias, un héroe a medias, un pobre ser que no tuvo fuerzas para vencer esa corriente hecha de ira, de esperanzas frustradas y de limos sangrientos en que se resolvió la lucha armada, la persecución religiosa y la reforma agraria. El cacicazgo había significado mi última oportunidad y la perdí con las otras. En vez de acaudillar a los jóvenes y de sufrir las consecuencias de la rebelión, la había fomentado sin riesgo, al amparo de mi claustro. Manuel, el héroe, estaba muerto y el procurador elegía, viéndose las uñas manicuradas, a las víctimas que habrían de cargar las culpas de todos nosotros.

Aún estaba a tiempo de volver al Ayuntamiento y de gritarle en su cara:

—Señor procurador, ordene usted la libertad de esos hombres. No dudo que ellos sean culpables, pero hay cien, mil, diez mil hombres más culpables que las treinta víctimas elegidas por su incorruptible sentido de la justicia. El pueblo entero es el responsable de la muerte del cacique y de Avelino, del incendio y de la destrucción de los bienes, y si usted es el instrumento de la ley, el procurador que juzga un hecho tumultuario, usted debe encarcelar a todo el pueblo. ¿Qué me dice usted? ¿Que esto no es posible? ¿Que no hay cárceles para esta inmensa muchedumbre de criminales? ¿Que el confinamiento de las pretendidas víctimas representa un castigo ejemplar y meramente simbólico? Acepto sus razones, señor procurador. Entiendo muy bien que la imposibilidad de encarcelar a quince mil vecinos, es decir, a la totalidad de mis feligreses, lo fuerza a elegir, a discriminar, pero si usted considera que debe proceder simbólicamente, yo le sugiero, basado en la ley y no en vanas presunciones, que se encarcele usted a sí mismo y se someta usted a un proceso. ¿Se ríe usted? ¿Piensa que me he vuelto loco o que estoy bromeando? Ah, no señor Procurador, le estoy hablando en serio, perfectamente en serio. Los culpables, los únicos culpables de lo ocurrido en Tajimaroa son ustedes mismos, los que inventan cohechos y trampas para mantener la sujeción y burlar el voto de la gente sencilla, los que defraudan su anhelo de verse gobernado por los mejores y no por los peores según es la regla en México. ¿Levanta usted sus manos manicuradas en señal de protesta? ¿Dice que lo estoy insultando? Nada más lejos de mis intenciones, señor procurador. Yo también, no como cura, sino como simple ciudadano, en la imposibilidad de encarcelar a los culpables de esos crímenes lo elijo a usted como a la víctima propiciatoria y le pido que sea su cabeza la que expíe las culpas de los suyos. He logrado indignarlo. ¿Qué dice usted? ¿Que no está indignado? ¿Que su conciencia de revolucionario no le reprocha nada? ¿Que cada acusación se apoya en un delito suficientemente probado? Bien, revise otra vez sus expedientes. Usted mismo los obligó a establecer su ficha de identidad, esos rasgos groseros y borrosos como la impresión dejada por sus dedos en el papel timbrado de los oficios. Casi todos son analfabetos, hombres condenados a la miseria desde el nacimiento hasta la muerte, sin oportunidades, sin libros, sin elevados ejemplos, cuyo destino es sufrir la enfermedad, el hambre, los pequeños robos oficiales, las pequeñas trampas, las pequeñas infamias, las pequeñas deshonras. ¿Cuándo se les rindió cuenta de su dinero? ¿Cuándo se preocuparon de ellos? Sólo son útiles a la hora de votar en sus elecciones prefabricadas, a la hora de pagar los impuestos, a la hora de arrancarles sus últimos centavos. ¿Y todavía debían sufrir a un hombre erigido en su dueño, gracias a su ametralladora y todavía debían cargar a los pistoleros ebrios y a los cobradores de alcabalas y a los policías rapaces? Ah, señor Procurador, esto era demasiado, usted debe convenir conmigo que era demasiado. Mis feligreses no son los criminales natos, los hijos violentos de esta región volcánica a los que usted se refería con desprecio, sino hombres y mujeres comunes y corrientes, el pueblo, el pueblo llano que tanto figura en sus discursos, en sus fiestas cívicas y en sus exaltaciones de la Patria, este pueblo de Tajimaroa, señor Procurador, que una vez en treinta años pidió justicia y como ustedes no se la dieron plenamente, él se la tomó por su mano destruyendo el cacicazgo para siempre.

Los sermones valientes, las defensas exaltadas de los que padecen injusticias y humillaciones, todos esos sueños que expresaban la mejor parte de mi naturaleza, caían en las rocas estériles del miedo y nunca prosperaban.

No había nada que hacer. Las primeras víctimas, entre las cuales se destacaba la figura corpulenta del vendedor de sandías, salían del palacio custodiadas por soldados y se alineaban en el portal, aguardando los camiones policiacos que deberían conducirlos a la cárcel de Morelia. Debía decidirme. Al menos quedaba la oportunidad de consolarlos, de impartirles mi bendición, de estar a su lado ya que sus culpas, después de todo, eran mis propias culpas y avancé unos pasos. En ese momento, los vecinos que aguardaban frente al palacio —familiares de los presos en su mayoría— trataron de acercárseles, sin duda con el objeto de despedirlos o de entregarles algún dinero, pero los soldados se interpusieron y empujándolos con las culatas de los fusiles, los rechazaron hasta el extremo de la plaza.

El oficial a cargo del destacamento, sacó la pistola y dio una orden. Los soldados, dispersos, marchando rítmicamente, se alinearon de dos en fondo dando la cara a la plaza y volvió a reinar el silencio, un silencio tenso, insoportable, que no era un espacio vacío, sino la preparación y el comienzo de algo que debería ocurrir fatalmente.

Un rumor de pasos todavía lejano fue acercándose, aumentó poco a poco, se transformó en tumulto, y un minuto después centenares de vecinos desembocaron en la plaza. Venían a la carrera, sofocados, sin aliento y en un abrir y cerrar de ojos, cruzaron el jardín y se unieron al grupo de los familiares que todavía aguardaban expectantes.

Una mujer, con el pelo suelto y a medio vestir, extendía los brazos gritando histéricamente:

—Se llevan a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos.

Un cielo negro había sustituido al cielo matinal cubierto de sucios vellones, y en lugar del sol velado por la calina sofocante, las lunas frías del mercurio —el Alcalde había inaugurado la nueva iluminación junto con el pavimento y de ambas mejoras estaba el pueblo muy orgulloso— derramaban una luz violácea y descarnada que le daba un aire espectral a la muchedumbre, los soldados y los árboles.

—Váyanse a sus casas —dijo el oficial con voz insegura—. Los soldados tienen órdenes de disparar si ustedes nos atacan.

—Señor oficial —respondió un viejo desconocido—, nosotros no pensamos en atacarlos. Venimos a despedir a nuestros familiares. Simplemente venimos a despedirlos.

—No pueden acercarse. Es una orden.

—Tampoco pueden impedir que despidamos a nuestros familiares.

—Atrás o se atiene a las consecuencias —advirtió el oficial.

—Padre —gritó el joven policía que había disparado en la mañana contra la puerta del cacique y se hallaba entre los presos—, padre, lo van a matar. Retroceda.

—No, yo quiero darte mi bendición.

—Démela desde ahí. No se mueva —sollozó el joven cayendo de rodillas.

El viejo siguió andando y la multitud se apresuró a marchar detrás de la mancha movible de su camisa, como si ese lienzo blanco donde resbalaban las luces plateadas del mercurio, se hubiera transformado en una bandera.

Los soldados cortaron cartucho. La gente, de una manera instintiva, principió a cantar el himno nacional y continuó avanzando. Las voces graves de los hombres sostenían, como columnas, el delicado arquitrabe de las voces femeninas y componían un templo erigido a la libertad, un sonoro espejismo casi corpóreo en medio de las luces heladas del mercurio, pero el arrogante desafío del himno, sonaba en mis oídos como una invocación a la muerte —¿no era yo acaso, Monseñor, el viejo maestro del coro?—, y corrí hacia ellos herido por un presentimiento.

Sonaron los disparos. La estrofa «Ciñe oh Patria tu frente…» se desplomó aleteando, como una paloma tocada en pleno vuelo y el concreto recién forjado se llenó de muertos y heridos.

El pánico se apoderó de todos. Yo también corrí para salvarme en el tronco del árbol. Los dientes me castañeteaban; una angustia y un horror penetrantes desgarraban mis entrañas y hundiendo las uñas en el tronco grité enloquecido:

—¿Para qué todo esto, Dios mío, para qué, con qué objeto? ¡Dime, Señor, una palabra y mi alma será sana y salva!

Un profundo silencio me rodeaba. Los muertos yacían sobre el concreto sin dignidad, desordenadamente, encogidos y crispados, con las caras lívidas y las bocas abiertas y vacías.

El cielo comenzaba a clarear. En las ramas de los árboles se agitaban los pájaros y las campanas de la parroquia llamaban a la primera misa. La muerte reclamaba mis servicios y adelantándome inicié el responso que clamaba misericordia y sustituía, una vez más, a los cánticos jubilosos de la Pascua.