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NADIE me esperaba en la estación de Pénjamo. Había cumplido los 28 años y me sentía solo en el mundo rodeado de campesinos y de empleados que subían y bajaban de los trenes, ocupados en sus asuntos.

Mi aspecto no debe haber sido nada respetable. Un sastre de Morelia me había cortado a última hora un traje negro que me venía grande, el alzacuello, en cambio, era demasiado estrecho y para colmo, uno de mis tíos se había empeñado en regalarme un sombrero de panamá, antigua prenda familiar ya un poco amarillenta que se me hundía hasta los ojos y contrastaba penosamente con el resto de mi vestido.

Estuve un rato de pie en el anden, y sin pensarlo más, tomé la vieja maleta, le volví la espalda a la estación y con paso ligero fui al encuentro del pueblo iniciando así un largo y agitado periodo de mi vida. Éramos sólo dos sacerdotes para atender las necesidades religiosas de ochenta mil habitantes distribuidos arbitrariamente en un inmenso territorio. Los tiempos distaban mucho de ser tranquilos, pues si bien era cierto que se apagaban las llamas de la persecución religiosa, en cambio se encendían los rencores de la lucha agraria. Los propietarios, que habían esquilmado a los campesinos sin misericordia durante siglos, hablaban ahora de justicia y trataban de defender sus tierras con las armas en la mano, y a su vez los antiguos esclavos se empeñaban en arrebatárselas por medio de la violencia, ya que según parece el hombre no ha inventado todavía una manera pacífica de distribuir más equitativamente las riquezas del mundo. Mi corazón, estaba naturalmente con los campesinos, pero en México se piensa que un sacerdote, por el solo hecho de serlo, debe tomar el partido de los privilegiados, y los funcionarios locales me odiaban aún antes de que se tomaran el trabajo de averiguar cuáles eran mis verdaderos sentimientos.

Recordará Su Ilustrísima al anciano recaudador de los diezmos que fue secuestrado en 1934. Al entrar una noche a la oficina del curato hallé sobre mi mesa la carta de los bandoleros —la había llevado un hombre desconocido—, en la cual exigían por su rescate diez mil pesos. Esa misma noche recorrí el pueblo llamando a todas las puertas. La lectura de la carta conmovió a los vecinos. Unos me entregaban sus ahorros; otros vendían sus vacas y sus cerdos; aun los ricos desenterraron sus ollas colmadas de pesos fuertes y dieron algo, pero este inmenso sacrificio fue inútil. Tres días más tarde, ya reunido el dinero, un campesino encontró en una milpa como único vestigio del pobre sacerdote, sus anteojos rotos y manchados de sangre. En aquella farsa trágica donde se asesinaba en nombre de la revolución o en nombre de Cristo, nos había tocado jugar el papel de víctimas sabiendo de antemano que al día siguiente los fanáticos asesinarían o les cortarían las orejas a los maestros rurales acusándolos de ateos y de socialistas.

Una locura, un odio, un deseo de destrucción se había apoderado de la gente. Los campesinos, los artesanos, los comerciantes, podían carecer de zapatos y comer un puñado de tortillas, pero no carecían de pistola, esa oscura o brillante pistola que les abultaba el costado y formaba parte indispensable de su cuerpo, era el orgullo, la razón de su vida. Dormían con ella bajo la almohada, la cuidaban más que a su mujer o a sus hijos y preferían sufrir privaciones y hasta morir de una enfermedad, a pensar siquiera en la ignominia de venderla.

¿Me pregunta Su Ilustrísima si estos hombres eran católicos? He de responderle afirmativamente. Llevaban imágenes de Cristo cosidas en el ala del sombrero, medallas benditas y escapularios colgados al cuello, asistían a misa los domingos, guardaban las fiestas y el solo pensamiento de morir sin confesión les erizaba el cabello, lo cual no les impedía considerar que su religión era una cosa y otra muy distinta la posibilidad nada remota de aniquilar a sus enemigos.

Sobre las montañas planeaban en bandadas los zopilotes atraídos por el olor de los cadáveres y las rocas de los caminos se veían pintadas de cruces señalando el sitio donde había caído un hombre asesinado. No puedo apartar de mi memoria esas cruces o esos dos maderos que surgían en los campos abandonados siguiendo el paso de la muerte. Aun dormido los veía y muchas veces temí volverme loco. En el púlpito, en el confesionario, en sus casas, no me cansaba de sermonearles, de suplicarles, de gritarles no matarás, no derramarás la sangre de tu prójimo, pero nadie, Monseñor, oía mis consejos, nadie se resignaba a escuchar mis ruegos ni a deshacerse del arma homicida y la sangre, por una ignorada culpa que se expiaba con el sacrificio de millares de hombres inocentes, seguía empapando la tierra de México para que diera su cosecha de cruces pintadas en la roca.