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LA ASOMBROSA victoria de Manuel —y la llamo asombrosa porque nunca había ocurrido nada semejante en la historia de Tajimaroa— apenas modificó nuestra situación. Don Ulises, vencido, mutilado, continuaba siendo el hombre fuerte de la comarca. La necesaria disminución de su influencia y de sus ingresos, el haber interrumpido su diario paseo al Ayuntamiento rompiendo así una costumbre consagrada por siete lustros de reinado, y sobre todo, la herida abierta en su orgullo, representaban humillaciones que no podía tolerar a riesgo de sentirse deshonrado. En él, según creo haberlo expresado, la idea del mando absoluto resultaba consustancial a su naturaleza y era incapaz de entender que Ulises Roca, el amo, el jefe nato, el hacedor de la política, descendiera al extremo de convertirse en un simple ciudadano, en un hombre sujeto a los deberes, los trabajos y las menudas vejaciones que norman la existencia de los gobernados.

Desde luego, juzgó oportuno retener a sus pistoleros, y no salía a la calle sin llevar ostensiblemente la ametralladora en la mano. A diario lo visitaban comisiones de obreros y campesinos que seguía reteniendo por la fuerza; sus guardaespaldas no sólo provocaban continuas reyertas sino que hablaban de tomar una venganza, y lo que era más alarmante, sostenía juntas secretas con perdonavidas y politiquillos de la región, lo cual nos mantenía en un estado de alarma permanente.

El nuevo ayuntamiento, compuesto de pacíficos vecinos, sin fuerza política y sin armas, no se sentía muy seguro. Por un lado debía tolerar a los pistoleros, deseoso de mantener el precario equilibrio de fuerzas y por otro debía soportar las críticas y las quejas de los jóvenes que se habían erigido, al margen de la ley, en vigilantes y en censores de sus actos. Toda esta lucha sorda erizada de mil incidentes desagradables, se reducía en el fondo a que ni don Ulises cejaba en su propósito de recobrar el dominio perdido, ni los jóvenes estaban dispuestos a dejarse arrebatar su recién conquistada libertad.