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DOÑA PAULA no había perdido su categoría de esposa legítima. Ella era el alma de la casa oficial, de la respetable, y sobre ella caía la responsabilidad de una administración complicada. La gran casa de la carretera albergaba a su único hijo varón, al joven Ulises, ya casado, a los nietos, a una hija divorciada llamada María, y con frecuencia, a una multitud de parientes pobres que buscaban la sombra y la protección del cacique. En las espaldas de esta enorme mansión, funcionaba el aserradero con sus empleados y sus trabajadores, las oficinas de don Ulises, bodegas, despensas y silos, habitaciones para los guardias y los pistoleros, muchos de los cuales comían en la casa, y como si esto fuera poco el cacique, siguiendo las costumbres de los hacendados, alojaba y daba banquetes y fiestas a numerosos invitados, todos ellos personas de importancia, industriales capaces de asociarse en sus negocios, políticos de categoría y periodistas que hablaran de él y lo defendieran de los ataques de sus enemigos.

Yo podía, con sólo leer los periódicos, formarme una idea de la marcha de sus asuntos, de sus necesidades y de sus proyectos, porque don Ulises, si bien era cierto que le gustaba ser rumboso y amigo de conversar y de ofrecer recepciones, nunca perdía de vista las ventajas prácticas que podía obtener de una hospitalidad bien dirigida.

Organizaba los detalles de sus fiestas con una minuciosidad rayana en la pedantería y en general, a los menores actos de su vida les otorgaba una importancia y un significado propios en que podía advertirse sin esfuerzo el sello de su inconfundible personalidad.

Don Ulises tenía la convicción de que un hombre de estado debía rodearse no sólo de un aparato capaz de hacer resaltar su importancia, sino de un cierto sigilo, de un sistema de seguridad que le permitiera tratar los negocios sin testigos indiscretos y sin espías a sueldo de sus enemigos. Para evitar que los criados estuvieran presentes en el comedor había instalado un pequeño ferrocarril, montado sobre rieles de ébano y accionado por una polea, que acarreaba las fuentes desde la cocina. El juguete en cuestión cruzaba el comedor llevando la sopera, don Ulises la tomaba sirviéndose él primero —era según decía el sagrado privilegio del anfitrión—, y luego la colocaba en el centro movible de la redonda mesa. Este centro que giraba lentamente dentro del círculo de la mesa gracias a un motor eléctrico invisible, ponía las fuentes al alcance de los comensales y con ellas, el aceite, la sal y la pimienta, los quesos, salseras, mostazas, vinos y licores de que ese centro movible se hallaba generosamente abastecido.

Los invitados no lograban disimular su asombro:

—Don Ulises, díganos usted cómo se le ocurrió inventar este servicio de mesa.

—Son viejas historias. Hace diez o quince años un espía de mis enemigos nos oyó hablar de cierta maniobra política y el resultado fue que la maniobra se desbarató y dos hombres cayeron asesinados en una emboscada… Entonces —añadió con su voz ronca y agradable— me di cuenta que vivía en un mundo enemigo donde la menor indiscreción puede costar la vida de un hombre. La política es un juego complicado; se toleran los crímenes, pero de ningún modo los errores.

Cuando se pensaba que don Ulises, en vena de hablar, revelaría el modus operandi de la política, exclamaba llenando la copa de su invitado:

—Tome, tome usted más vino. Es lo único extranjero de mi mesa. Las flores, el lechón, los pavos, las verduras, los quesos, las frutas, son obra de nuestras manos.

El centro de la mesa giraba despacio e incesantemente supliendo a los criados, y en las puertas, inmóviles como estatuas, los pistoleros montaban la guardia armados de pequeñas ametralladoras. Don Ulises, en aquel escenario montado para asombrar a los huéspedes con el despliegue de su magnificencia feudal, se sentía feliz, y a medida que desfilaban los platos y corría el vino, su facundia se hacía inagotable. Sabía conversar de cosas que le interesaran a sus invitados y a sus hombres de confianza y poseía un repertorio de anécdotas y cuentos formado en casi medio siglo de aventuras y de experiencias nada comunes, de manera que recurría a él, como a un tesoro fabuloso con la certidumbre de que el brillo de esas joyas, antiguas o modernas, evocadoras de violencias o de trabajos eglógicos habrían de deslumbrar a sus huéspedes sedentarios o aun a sus camaradas de pasadas correrías.

—¿Le han impresionado los indios? —le decía a un periodista inclinando la cabeza como un toro que se dispone a embestir—. No me extraña nada. De lejos, estas cabañas dispersas en las faldas de la montaña causan un efecto muy favorable. Un escritor europeo recorrió conmigo los parajes indios que nosotros visitamos en la mañana y detuvo su caballo: «Es un poco Suiza —comentó—. El bosque de pinos, el humo que se escapa de la cabaña, el ganado entre la hierba y las rocas del monte…» Sí, un paisaje de tarjeta postal. Pero es necesario acercarse. No hay muebles, ni luz, ni ventanas, ni comida y la gente anda vestida de harapos.

»Todos mis esfuerzos por comprenderlos y civilizarlos han resultado inútiles. Los veo, los toco, los oigo hablar y me pregunto: “¿Qué hay detrás de esos ojos? ¿Cuáles son sus verdaderos sentimientos? ¿En qué estarán pensando?”

»Cuando todavía era joven llegué a uno de los pueblecitos más escondidos de la sierra. El cacique de la tribu, hombre ya viejo, se había herido una pierna de gravedad y estaba tirado en su petate, rodeado de brujos que le ponían cataplasmas y salmodiaban no sé qué extraños conjuros. Expulsé a los brujos, raspé la herida con mi cuchillo, la desinfecté como pude —no se habían inventado las sulfas ni la penicilina— y el hombre volvió a la vida. Llegó a cobrarme mucho afecto. Quería que me casara con una de sus hijas y fuera su heredero, pero le hice ver que estaba casado y que debía regresar a mi casa. El día de mi partida el cacique me tomó la mano diciéndome:

»—Ven conmigo. Deseo que conozcas a nuestros dioses.

»Me llevó a una cueva, no muy distante del pueblo. Era una cueva alta, como una catedral; recibía la luz por unas grietas ocultas entre el ramaje de los árboles, una luz verde que resbalaba sobre las estalactitas y las rocas dándoles un aire misterioso. En el fondo de la cueva, se levantaban unos altares de piedra en los que descansaban dos enormes ídolos cargados de flores y de ofrendas y acompañados de una multitud de pequeños ídolos. Arrodillados, algunos devotos bebían aguardiente y decían sus pecados con una voz aguda y plañidera.

»Corrieron los años y olvidé la cueva, los ídolos, el canto de los indios. ¿Quién vuelve la cara atrás? ¿Quién se complace en los recuerdos y les da vueltas y más vueltas, como no sean los muertos? El secreto de mi vitalidad consiste en no volver la cara al pasado, en que vivo sumergido en el presente con la idea fija de cumplir los deberes con frecuencia muy pesados, que el destino ha tenido a bien cargar sobre mis hombros. Lo observo a usted —decía interrumpiéndose—, lo observo y me doy cuenta de que desprecia mi vino. Tres veces le ha pasado enfrente esta botella de Pomard y usted no hace nada para tomarla».

—Sus historias son las culpables de que yo me distraiga —decía el periodista.

—¿De veras le interesan?

—Más de lo que usted se imagina. Termine usted ya con el relato de los ídolos.

—Ha tenido un fin inesperado. Hace dos o tres semanas, unos arqueólogos de la capital, acompañados de soldados —sospecho que un cura de la región denunció la existencia de la cueva—, se presentaron en el pueblo y no obstante los ruegos de los indios, de sus lágrimas y de sus razones, se llevaron los ídolos a México. El lío es más complicado de lo que parece. Las autoridades afirman que esas piezas, de gran belleza —aunque yo no les veo la belleza por ningún lado—, pertenecen legalmente a la Nación, y los indios alegan que esos ídolos no son tales ídolos ni tales piezas arqueológicas sino simplemente sus dioses, sus únicos y verdaderos dioses.

—Los indios tienen toda la razón —afirmó el periodista—. Deberían devolverles sus ídolos.

—Ésa es también mi opinión, sólo que los arqueólogos no entienden ciertas cosas. En realidad no sabemos nada de los indios; no sabemos nada de nuestro país. Dondequiera que extendemos la mano, tocamos un lugar sagrado. No sé decirlo, pero es como si tocáramos una herida. Los campos hierven de dioses y de duendes. Hay dioses subterráneos y dioses del aire; dioses de las montañas, de las aguas, de las cavernas. Los indios casi nunca se atreven a salir en la noche y si lo hacen por alguna necesidad, salen todos juntos, fumando y hablando en voz alta para ahuyentar a los malos espíritus. Cierta noche, en un sendero del bosque, me tropecé con ellos. Al ver la luz de mi lámpara, se quedaron paralizados de espanto. Ninguno se atrevía a decir una palabra porque si abren la boca se les escapa el alma y se apoderan de ella los espíritus que acechan constantemente en la montaña.

»¿Se imagina usted un mundo poblado de espíritus malignos cuya única ocupación consiste en robarle su alma a los indios? ¿Un mundo de brujos, de encantamientos, de extrañas ceremonias, de drogas mágicas que permiten a los iniciados sentirse dioses, descender a los infiernos y hablar con los muertos? Yo los he visto salir de sus delirios y le confieso a usted que he tenido miedo. Saben algo que nosotros ignoramos y en ese secreto radica su fuerza para sobrellevar, impasibles, las mayores adversidades. Podrían dejarse arrancar el corazón sin dejar de sonreír.

Don Ulises no se fatigaba nunca de referir historias. Ejercía sobre sus huéspedes una especie de hipnotismo al que tampoco era ajeno el incesante girar de la mesa. Las fiestas, por lo general, terminaban muy tarde y el mismo cacique, seguido de los pistoleros, salía a la calle para despedir a sus invitados. Partían los lujosos automóviles y él permanecía todavía un rato al aire libre saboreando su triunfo.

Aquellos importantes personajes no visitaban el desconocido poblacho de Tajimaroa, sino visitaban su casa, acudían atraídos por su fama y la magnificencia de sus recepciones, pero de cualquier manera algo de ese prestigio social recaía en nuestra aldea y aumentaba la estatura —ya de por sí grande— de don Ulises Roca.

Mientras la mujer debía guardar la vajilla, levantar los manteles y poner en orden la casa, don Ulises se marchaba a Santiaguito, de donde regresaba puntual, a las 8 de la mañana, para emprender, oficialmente, su diaria visita al ayuntamiento.

A las 9, después de un copioso desayuno al que asistían sus familiares, se instalaba en la oficina del aserradero que funcionaba a las espaldas de la casa y se dedicaba a los negocios públicos o privados. Su antesala era la antesala de un gobernante. Los problemas de los sindicatos y de las agrupaciones campesinas, los asuntos de tierras, los cohechos, las trampas y las sutiles o burdas maniobras que exige nuestra política de campanario, así como las compraventas, las dádivas y las solicitaciones de empleos y mercedes se ventilaban en esa oficina que yo visité un día tratando de buscar una conciliación según referiré más adelante a Su Ilustrísima.

A mediodía, sin importarle mucho la gente que lo esperaba en la antesala, don Ulises se dirigía al jardinillo de las rosas, situado en un extremo de la casa donde tenía a sus pavorreales. Debo decir que nunca logré conciliar la pasión por las ametralladoras y los rifles telescópicos con la pasión, igualmente extremosa, que don Ulises sentía por esas aves, imágenes del sosiego, de la elegancia y de la vanidad. No le bastaba su posesión, sino que había mandado reproducirlas en el gran emplomado de la galería desde la cual se bajaba al jardín, de manera que podían admirarse las suaves rosas y las colas esmaltadas de los auténticos pavorreales a través de las colas rígidas y de las rosas fingidas de la vidriera.

Tan pronto las aves se percataban de la presencia de su dueño, corrían hacia él con los delgados cuellos extendidos, y por espacio de un cuarto de hora se entablaba un intercambio de notas sabiamente moduladas, un diálogo de suaves graznidos, de cloqueos, de asentimientos y protestas que los vecinos escuchaban diariamente —una reja separaba el jardín de la carretera—, sin curarse de su asombro, no porque don Ulises fuera capaz de dominar el lenguaje de los animales, sino más bien por demostrarles una solicitud y una comprensión amistosa que nunca reveló en su trato con ellos.