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DON ULISES conocía bien su oficio. A las ocho de la mañana se alejaba de la casa su camioneta y principiaba a rodar en el desigual empedrado de Tajimaroa. A través de sus verdes cristales y enmarcados en sus brillantes níqueles se advertían los rostros graves, orgullosos, siempre los mismos, de la media docena de pistoleros que constituían su séquito. Desfilaban en una lenta y majestuosa procesión, como si fueran sus propios retratos, a lo largo de los talleres, de las tiendas, entre las mujeres que salían de misa, los vendedores y los asnos cargados de hierba y de verduras que se dirigían al mercado.
La camioneta tomaba la plaza describiendo un gran círculo, se detenía ante el portal del Ayuntamiento, abríanse las portezuelas, descendían los pistoleros uno a uno, sin darse prisa, y montaban una guardia en torno del vehículo, una guardia ofensiva y enteramente innecesaria porque la gente era pacífica y a nadie le pasaba por la cabeza la idea extravagante de atacar a don Ulises.
En ese momento, y como por arte de magia, surgían del ruinoso palacio el presidente municipal en persona seguido del secretario, el tesorero y los regidores, llevando papeles y cartapacios en las manos y sin importarles la dignidad de sus cargos corrían en dirección a la camioneta —don Ulises permanecía sentado en el interior—, y allí mismo, a la vista del pueblo, hablaban con él, sometíanle las cuentas y los negocios de la Comuna, tomaban nota de sus resoluciones y quince minutos después, concluida la audiencia, los pistoleros volvían a ocupar sus asientos, los gendarmes se llevaban la mano a las gorras y los miembros del Ayuntamiento observaban con orgullo la marcha de la enorme camioneta que para ellos simbolizaba el poder y la gloria de su jefe.
Esta diaria y casi milagrosa aparición —lo mismo podía viajar en una nube que en un tapete mágico— se instituyó hace más de veinticinco años como un ritual invariable en el que sólo cambiaban los rostros cada vez menos jóvenes de sus pistoleros y los automóviles cada vez más suntuosos que anualmente compraba don Ulises.
Los jóvenes que en 1928 lo vieron pasar en un Ford de tres pedales camino de palacio, eran esos hombres gordos y canosos que presenciaban el desfile de la camioneta Mercury 1959 con los ojos entornados desde sus talleres y sus tiendas. Morían los viejos, las casas se llenaban de nuevos seres, se modificaban las costumbres, cambiaban los gobiernos, la palabra democracia se escuchaba en todos los labios y el paseo del señor feudal, el despliegue de su magnificencia seguía proyectando sus estereotipadas imágenes en el fondo invariable de las piedras mohosas, los revoques manchados de las casas y las puertas abiertas a los jardinillos interiores donde se derraman impetuosos los helechos.