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EN EL mismo cuarto de la planta baja donde buscó refugio la familia se hallaban atrapados los hombres de don Ulises. No todos habían sido sus guardaespaldas. Uno de ellos, hombre ya viejo, era el velador del aserradero; otro fue un regidor del ayuntamiento que visitó la casa esa mañana con el propósito de arreglar cierto negocio de tierras y se había sumado a las fuerzas del cacique; los seis restantes —entre los cuales figuraban Adalberto y el depuesto alcalde Guadalupe Cielo— eran pistoleros, antiguos policías y gente de confianza del cacique.

Ardía con furia el aserradero. El piso superior ardía también y los vidrios de las ventanas estallaban cubriendo la escalera de fragmentos. Mi sotana estaba rota y chamuscada y aunque me había quitado el alzacuello y el sudor me aliviaba un poco, el pequeño cuarto, con sus paredes recalentadas, era lo más aproximado a un horno que pudiera imaginarse. Por lo demás, seguían lloviendo las botellas incendiarias y el griterío de la calle iba en aumento.

Los ocho hombres —a excepción de Adalberto y de Guadalupe que no habían perdido la calma— estaban demudados y medían la habitación a grandes pasos o se asomaban nerviosos a la estrecha ventana.

—Muchachos —les dije—, no les pasará nada si ustedes siguen mis instrucciones. Suelten las armas y siéntense en el suelo. Así correrán menos peligro.

—Prefiero morir matando —contestó Adalberto mirándome con recelo.

—Su terquedad no lo compromete a usted solo; compromete a todos sus compañeros.

—Muerto don Ulises no me importa ya nada.

—Murió porque tenía una ametralladora en la mano.

—Yo soy el culpable de su muerte. No debí haberlo dejado salir —exclamó y dando la vuelta entró a un cuarto de baño contiguo.

El velador se sentó en el suelo y principió a rezar el rosario. Me acordé de mi padre. Él había estado así, con la cabeza reclinada y los ojos cerrados mientras afuera se escuchaban los gritos y las blasfemias de los combatientes. Me acerqué a él y poniéndole la mano en su pelo recio y canoso le dije:

—Reza, tu oración nos hará bien a todos.

Tres guardaespaldas dejaron las pistolas en la cama y se sentaron al lado del velador. Sofocado, casi sin aliento, salí a la puerta. El muro divisorio que separaba la casa del aserradero estaba siendo horadado en tres o cuatro lugares y a juzgar por la fuerza de los golpes, los asaltantes no tardarían en invadir nuestro último reducto. Me volví al cuarto preocupado. Fuera de Guadalupe, que seguía de pie, los demás estaban sentados en el suelo y sobre la cama se amontonaban los rifles y las pistolas.

Adalberto, ya recobrado, salió del baño, se acercó a la ventana y sin dejar la pistola observó los progresos de la demolición.

—¿Lo ve usted, señor cura? —dijo con voz tranquila—. Están empeñados en asesinarnos.

—¿Qué ganará usted con matar a cien hombres? Ellos son diez mil y ustedes no llegan a la docena.

—Usted, señor cura, quiere entregarnos atados de pies y manos a nuestros enemigos.

Guadalupe, rehuyendo mi mirada se dirigió a Adalberto:

—Tienes razón. Él azuzó al pueblo contra don Ulises. No desea otra cosa que entregarnos.

—Usted no sabe cuáles son mis verdaderas intenciones.

—He sido presidente municipal y lo conozco bien, pero esta vez no logrará engañarnos.

El muro, roto al fin, se abrió en dos grandes agujeros y entre el polvo de los ladrillos que caían surgieron ocho o diez hombres armados. Me paré en el umbral con los brazos cruzados. Al verme se detuvieron sorprendidos.

—Quítese de la puerta, señor cura —dijo un carnicero de largos bigotes—. Ése no es su lugar.

—¿En qué lugar piensan ustedes que debe estar un cura?

—Con el pueblo, no con los asesinos del pueblo.

—Ustedes no tienen derecho a juzgar ni a condenar a nadie. Yo estoy con los débiles, con los pocos y no con los muchos, y mi deber es impedir que ustedes carguen un nuevo crimen sobre su conciencia.

—No discutamos —dijo el carnicero—. Es un cura. Después de que se recibe una bofetada aconseja poner la otra mejilla.

Un tuerto, picado de viruela, escupió en el suelo con desprecio:

—Puede ver al cacique matar a sus feligreses sin decir una palabra y se horroriza de que venguemos a nuestros muertos.

—Grita. Desahógate. Insúltame hoy —respondí exaltándome—. Mañana me agradecerás lo que hago por ti. No lo olvides.

El trabajo de zapa llegaba a su término. Un trozo de pared cayó al suelo. Por el hueco asomó la cabeza del caballo que montaba don Ulises. Una cuerda lo sujetaba al cuello y el animal dirigía la mirada de sus grandes ojos espantados hacia nosotros en demanda de auxilio.

—El caballo —exclamaron los atacantes—, el caballo blanco de don Ulises.

—Lo compró con nuestro dinero —aulló el tuerto—, con lo que nos ha robado.

Sonaron tres disparos, el caballo se levantó rígidamente, mostrando sus dientes amarillos, y antes de que se desvaneciera el polvo, teníamos a un buen puñado de hombres frente a nosotros. Creí reconocerlos. El odio es también un éxtasis, una locura que abre las bocas y las distiende, cierra los párpados dejando una abertura por la que asoma una filosa luz de vidrio, y crispa las manos, como se crispan en el momento de implorar desde el fondo de su corazón exasperado, un perdón o una gracia. Tenían sus mismas chamarras viejas de pieles raídas, sus camisas sucias y sus pantalones llenos de remiendos, mas esas prendas familiares cubrían a unos hombres que a pesar de todas las semejanzas no eran ya los hombres cuyos rostros humillados veía desde el altar a través del resplandor de las velas y el humo del incienso.