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TAL FUE mi infancia, nada amarga o sombría, antes bien, despreocupada y dichosa. Éramos una pandilla de merodeadores diminutos, de niños buitres que apenas terminaba un combate nos dirigíamos al campo de batalla y robábamos lo que se podía: un pañuelo de seda, los prismáticos de un general o las botas de un soldado.

No había necesidad de enterrar a los muertos. Se quedaban sonrientes en la tierra y los zopilotes se encargaban de limpiarlos. Su labor se iniciaba con los ojos —a las aves de rapiña no les agrada comer bajo la mirada fija y vidriosa de los muertos—, seguía con las blandas materias del vientre y terminaba a picotazos displicentes, tomando un poco de todo, al azar, como los tragones ahitos que no cesan de engullir hasta que han desaparecido los últimos restos del banquete.

Nuestra diversión principal era la de buscar cartuchos vacíos en las trincheras abandonadas. Con los cartuchos y un poco de pólvora robada fabricábamos cañones y máquinas infernales que estallaban por los sitios más respetables provocando el terror de las mujeres, de los gatos y los perros del vecindario.

Teníamos nuestras cabecitas llenas de sueños bélicos y no concebíamos nada mejor que organizar simulacros de matanzas, de juicios militares y fusilamientos, manejos estos en los que llegamos a ser grandes expertos y donde hacíamos por turnos, el papel de jueces, carceleros y homicidas.

En esa gama de variadas experiencias no estuvo excluido el cementerio. Habiéndose enganchado de soldado el marmolista de nuestro pueblo —el cambio del cincel por la espada le fue provechoso ya que ascendió a general—, el hijo del administrador del cementerio, compadecido de nuestra miseria, nos daba pequeños trabajos. Era una ocupación fácil y hasta placentera. Ponía la losa de mármol sobre una tumba, dibujaba el epitafio, y luego, con un cincel dentado, mordía la superficie de la losa teniendo buen cuidado de no invadir el espacio blanco reservado a las letras. Mientras el cincel repiqueteaba, cantaban los pájaros en los cipreses, los ángeles parecían mirarme con simpatía y me asaltaba la duda si debía seguir la carrera de las armas o la más apacible de la marmolería funeraria ya que ciertamente no podía compararse la paz, el noble orden y el grave silencio de ese mundo gracioso y elegante, con la violencia, la podredumbre y el horror de la muerte sin gloria que el soldado obtenía como única recompensa en los campos de batalla.

Le hago perder su tiempo refiriéndole historias insignificantes y Su Ilustrísima debe perdonarme. A los 52 años las emociones de la infancia salen de sus escondrijos y nos asaltan reclamando un lugar en nuestra vida, como si obedientes a una ley de la naturaleza, pretendieran compensar las grises preocupaciones de la edad, sus tristes imágenes y sus desengaños con el color y la inocencia de esos primeros días.

Son los días activos de Gulliver en tierra de gigantes, los días cargados de secretos por revelar, cuando descubrimos el mundo y el pequeño simio halla un placer inefable en imitar a los simios grandes. La inocencia copia inconscientemente sus tonterías y sus crímenes y los transforma en juego. Por desgracia, la imitación de los modelos adultos se prolonga y al abandonarnos la inocencia dejan de ser juegos para tomar el carácter trágico de tonterías y de crímenes en serio.

Con la muerte de mi madre y de mi abuelo ocurridas con breves intervalos en 1920, concluyó mi infancia. Un tío paterno, canónigo rectoral de la catedral de Morelia, me llevó de la mano al seminario y mi pasión por las armas terminó tan rápidamente como había comenzado.