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LA SEMANA Santa supuso una tregua. ¿Quién pensaba en las maniobras del cacique y en los agravios y en las batallas del pasado? El drama de Nuestro Redentor había logrado calmar las pasiones, y amigos y enemigos se mezclaron en las iglesias revestidas de paños, aparentemente reconciliados.
Si bien la iniciación de la Pascua me hacía esperar unos días más tranquilos de los que habíamos vivido durante la cuaresma, la misma noche de la Resurrección ocurrió un hecho de naturaleza jocosa y en sí mismo insignificante que habría de ser, debido a un encadenamiento de extrañas circunstancias, el inicio de los trágicos sucesos que motivan este relato.
Avelino, desde la mañana, recorría las tabernas en completo estado de ebriedad, lanzando amenazas. Hablaba de un golpe preparado en contra del Alcalde, y muchas gentes lo oyeron jurar que «el lunes de pascua morderían el polvo los enemigos de don Ulises». La derrota sufrida por su jefe, derrota que a él en lo personal le había costado la comandancia de policía, lo traía de un humor endiablado. Provocaba frecuentes querellas y ya en dos ocasiones había golpeado a los jóvenes de la Asociación, desmanes que el Alcalde, siempre temeroso, le perdonaba, y el pueblo sufría como una de las herencias fatales dejadas por el cacicazgo.
A las 7, Avelino, después de desahogar su despecho, se encontraba en la peluquería. Nuestro barbero Crisóstomo se disponía a rasurarle más bien de manera simbólica los ralos pelos de su barba, y yacía tendido en el sillón, con la cara enjabonada y un lienzo doblado sobre los ojos.
—Te digo que la paciencia del jefe se agotó —le decía a Crisóstomo—, y tú serás testigo de la paliza que les daremos a esos jovenzuelos de la Asociación.
En el momento de pronunciar estas comprometedoras palabras, veinte jóvenes entraron sigilosamente a la barbería, rodearon el sillón, y uno de ellos le sacudió la nariz con cierta rudeza.
—Eh, eh, Crisóstomo, ¿qué bromas son ésas?
—No son bromas, Avelino —dijo el joven imitando la voz afeminada de Crisóstomo—, así comienzo siempre cuando no resisto más el deseo de cortarle el pescuezo a mis clientes.
Avelino trató inútilmente de sacar la pistola. Los jóvenes lo cargaron en vilo y, después de recorrer dos o tres calles, lo arrojaron tal como estaba a la fuente de la plaza.
Al ver que el pistolero se revolvía en la fuente, alguien comentó en voz alta:
—El agua ha sido envenenada.
Esta frase, que ilustra la idea que el pueblo se había formado de Avelino, fue dicha espontáneamente y pareció extinguirse allí mismo sin dejar una huella.
Los jóvenes, no conformes con bañarlo, lo raparon y todavía extremaron la vejación atándolo a un árbol, y colgándole al cuello un cartón que tenía una calavera pintada y el siguiente letrero: «Por traidor a Tajimaroa.»
Como era la noche del domingo, las familias respetables ocupaban los bancos y la gente joven paseaba alrededor de la plaza. Los muchachos se cruzaban entre sí los habituales requiebros, sonrisas y señales secretas, los pájaros amaestrados leían el destino a los enamorados y la gente del pueblo comía buñuelos y cacahuates indiferente al suplicio de su verdugo.
El baño lo había dejado sin voz, y los esfuerzos que hacía por injuriar a la gente o por librarse del cartón acentuaban la comicidad grotesca de la gorda cabeza trasquilada y de los ojos que le bizqueaban a causa de la ira.
Una hora más tarde, acudió la policía y lo llevó a su casa. Nadie lograba calmarlo. Desoyendo los consejos de su joven amante —Avelino no podía en este orden de cosas ser menos que su patrón—, se cambió de ropa, tomó un cuchillo y volvió a las tabernas ardiendo en deseos de venganza.
De nuevo en la calle, sus insultos y sus provocaciones —daba la impresión de haber enloquecido— determinaron que la policía, a fin de protegerlo, lo condujera esta vez a la cárcel, sin saber el destino particularmente doloroso que le aguardaba.