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QUEDABAN por salvar los familiares y los pistoleros de don Ulises. Regresé a la casa cruzando la sala de prisa. No había ya cortinas ni alfombras; la pianola ardía lentamente; la cabeza decapitada de una estatuilla se sostenía en la arista de un vidrio roto y el emplomado era sólo un montón de hierros retorcidos.
Los pistoleros se habían reunido en el cuarto de la planta baja, donde aún permanecían los familiares del cacique. La esposa de Ulises, sentada en una cama, le daba el pecho a su hijo pequeño. Ninguno de los niños lloraba. Los mayorcitos permanecían en un rincón sin entender lo que pasaba y una niña de tres años arrullaba a su muñeca cantando en voz baja, mientras los guardaespaldas, con las pistolas amartilladas, montaban la guardia en la ventana.
Doña Paula se ocupaba en vendar el hombro de María y al entrar me miró con sus ojos enrojecidos:
—Señor cura, ¿qué ha sido de Ulises? ¿Lo han matado?
—Ulises está a salvo en la Cruz Roja.
—Trata usted de consolarme.
—Le digo la verdad y usted debe creerme.
—Oh, padre —exclamó—, qué gran desgracia ha caído sobre nuestra familia.
—Salgamos —le dije tomándola de la mano—. Aquí corren todos un grave peligro.
—¿A qué salir? Nos matarán en la calle.
—Nadie les hará nada, se lo aseguro —y tomando en mis brazos a una de las niñas me dirigí hacia la puerta.
La aparición de la familia fue recibida con silbidos y gritos. María retrocedió y su barbilla le temblaba como había temblado la barba del padre en el aserradero. El niño que llevaba la mujer de Ulises principió a llorar. Doña Paula, echándose atrás el chal que le cubría la cabeza avanzó con los brazos abiertos.
—¿No les basta con el mal que nos han causado? ¿No están satisfechos?
La dignidad y la nobleza de esta anciana, sus palabras exentas de rencor, apaciguaron a los vecinos. En silencio atravesamos la carretera y la familia se refugió, sin ser molestada, en la casa frontera donde habitaban unos parientes suyos.