11
MENUDEABAN, como era de esperarse, las molestias. Una mañana, me crucé en el camino con tres agraristas armados. Cabalgaban formando un grupo compacto y orgulloso de su fuerza. Uno de ellos, cierto joven esmirriado, de bigotillo rubio y ojos azules desteñidos —uno de esos recuerdos que dejan en el campo los hacendados blancos—, al verme, tiró el cigarro que fumaba y dijo del modo más insolente que le fue posible:
—El cuervo. El pájaro de la mala suerte.
Representaban su comedia. El segundo, un hombre gordo, de largos bigotes y muy sucio, recitó su parte:
—Curita —dijo arrastrando las palabras al estilo del Bajío—, ven a cortarnos las orejas si eres tan valiente como dicen.
Fríamente consideré la situación. Podía lanzar el caballo sobre el gordo —sus fofas mejillas le temblaban visiblemente—, tomar por el cuello al jovenzuelo que no ofrecería ninguna seria resistencia y atacar al tercero aprovechándome de su sorpresa. La hazaña era no sólo fácil sino tentadora. Sin embargo, de pronto sentí que la cólera me abandonaba y no respondí una palabra.
El gordo, envalentonado con mi silencio, sacó la pistola:
—Debemos darle al curita una lección que no olvide nunca —propuso.
Los tres, lanzando gritos, vaciaron sus armas en el suelo, el caballo se encabritó y aunque logré dominarlo, en el forcejeo se me cayó el breviario, y las estampas que siempre guardo entre sus hojas se regaron por el suelo.
Bajé del caballo, recogí el breviario y las estampas limpiándolas del polvo con la manga y sin darme prisa ni volver la cabeza, monté de nuevo y picando espuelas me alejé del lugar. Media hora más tarde, un jinete, a todo correr, me dio alcance. Detuvo su caballo, cubierto de espuma, y me dijo quitándose el sombrero:
—Padre, tres hombres han sido heridos en una refriega a dos kilómetros de aquí y me han rogado que sea usted el que los confiese.
Volví riendas y hallé a los tres, apartados del camino, echados a la sombra de un árbol. El gordo —sus mejillas le colgaban en forma lastimosa— me besó la mano y dijo plañideramente:
—Perdóneme, padre. Nuestro Señor nos ha castigado.
Sí, debo decírmelo continuamente: Dios fue misericordioso conmigo. La oración de mi padre, aquel bisbiseo imperceptible que descendió sobre mí en Zinapécuaro me sacó sano y salvo de innumerables pruebas, de las que sólo desearía referir una más por ser característica de aquella época de violencia.
Cierto anochecer me hablaron de un hombre que moría en un rancho lejano. Ensillé el caballo y a la luz de un farol de aceite inicié el largo camino. Llegué a las dos de la mañana. Una mujer, que se cubría la cabeza con un chal, estaba frente a la puerta y sujetándome por un brazo, suplicó:
—Padre, aguarde aquí. Voy a ver si tiene la pistola.
Volvió al rato, afligida.
—No; aún la conserva en la mano y se está muriendo. ¿Qué podemos hacer?
La aparté suavemente y abrí la puerta. Tendido sobre el camastro se hallaba un hombre. En su rostro huesoso, bajo los arcos salientes de las órbitas relucían los ojos inyectados de sangre; la masa de pelo era como el plumaje de un pájaro muerto y en la mano derecha sostenía una pistola niquelada. Al mirarme hizo ademán de disparar y gritó:
—¡Lárguese!
Una convulsión le obligó a soltar el arma.
—¿A qué tanto escándalo? —le pregunté acercándome.
—Lárguese —volvió a gritar con menor energía.
Agonizaba. Un balazo le había hecho pedazos el codo y estaba lleno de pus hasta la médula. Se oía quemarse la piel reseca y despedía un olor dulce y nauseabundo.
—Arrepiéntete de tus pecados y confía en Dios. Ya ves que es sencillo —añadí sacando la estola y la ampolleta con los santos óleos del maletín de viaje.
Al terminar de ungirlo, su mano ardiente buscó la mía y me la apretó delicadamente. Salí conteniendo las lágrimas. Afuera se extendía la opresora noche mexicana, el silencio mortal que gravita pesadamente sobre los corazones. Había salvado un alma y no podía rescatar millares que se perdían diariamente. Era un pescador, que se me había dado, como única herencia, una red llena de agujeros y por ellos se me escapaban las almas, se escurrían inevitablemente, y podía considerarme dichoso si después de tenderla una y otra vez, a lo largo de una jornada agotadora, quedaba un pez atrapado en sus mallas destruidas.