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AFORTUNADAMENTE el cansancio me evitaba filosofar acerca de estos asuntos. De pueblo en pueblo y de rancho en rancho, decía misa, bautizaba, auxiliaba a los enfermos, enterraba a los muertos. Mi trabajo se iniciaba en la madrugada, con la primera luz, y concluía ya bien entrada la noche. Dormía sobre un petate y comía tortillas duras, un jarro de atole y de tarde en tarde una poca de carne asada.

Estaba en la mayor miseria. Seguía la máxima de San Pablo, el que sirve al altar, del altar tiene que comer, y cobraba, cobraba las misas, los bautizos, las bodas, los entierros y carecía muchas veces de lo indispensable. Las monedas que me entraban por una bolsa, salían por otra y el cura de Pénjamo debía socorrerme un poco a regañadientes y se escandalizaba de lo que llamaba mi prodigalidad, cuando él bien sabía y Su Ilustrísima no lo ignora, que para un espíritu cristiano le es imposible recorrer nuestros campos, enfrentarse al hambre, y disponer de algún dinero. El hambre mexicana no es espectacular como la muerte, sino una ansiedad triste, una inquietud sin finalidad en la que participan los cerdos, los perros, las gallinas. Nada especial. Sólo esa inquietud y esos duros picos y esas bocas armadas de dientes y colmillos que buscan en la tierra y en la basura algo que no encuentran nunca. Lo demás no importaba: las aguas cenagosas, la vela de sebo, los mosquitos, los piojos, los harapos.

Había más, mucho más que todo eso. El miserable no le tiene apego a la vida y trata de escapar a su dolor por la puerta de la ebriedad y la violencia. Debía referirme a los gritos de los borrachos insultando a sus mujeres, a los llantos desgarradores de los niños, y al sentimiento de impotencia que se apoderaba de mí al llevar el Viático a las cabañas. Es maravilloso, me decía, que el Señor entre con nosotros y establezca su reinado consolador en medio de esa atmósfera repelente donde los niños de barrigas infladas gatean por el suelo y la madre, consumida de fiebre, recibe el cuerpo de Jesús transfigurada, mas afuera, el brujo aguarda con sus bebedizos y sus ungüentos diabólicos y yo soy impotente para negarle la entrada porque en el seminario no nos enseñaron medicina y nada puedo hacer para salvar a esta moribunda.

Debía, Monseñor, referir otras cosas, aludir a las experiencias de mis veinte años de vicaría, sólo que temo desviarme del asunto principal y convertir este informe en un interminable catálogo de horrores.