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MIENTRAS forcejeaba aturdido, cesaron los gritos, los disparos, el zumbido de las piedras, las carreras y las exclamaciones, y se escuchó una carcajada estridente como el relincho de una manada de caballos asustados, el ruido de todos los vidrios del mundo rompiéndose a la vez, una risa atroz, espantosa, que salía de diez mil gargantas y que sólo podría compararse a la risa que el día del Juicio Final lanzarán los condenados al infierno.
Estaba libre y corrí al frente de la casa. No se veía nada anormal. Las ventanas despedían humo y los impactos de los disparos manchaban la fachada pintada de amarillo. La gente corría por todos lados, saltaba embriagada de júbilo, levantaba los brazos y exclamaba arrebatada por una ola de locura:
—Ha muerto. Ha muerto el principal. Somos libres. Tajimaroa es libre. Ha terminado nuestra esclavitud.
Las mujeres se abrazaban sollozando o bailaban tomadas de la mano; los hombres salían de los botes de basura, se descolgaban de las azoteas y gritaban, seguían gritando frenéticos para liberarse de aquella salvaje alegría que de otra manera los hubiera hecho volar en pedazos por el aire.
El cuerpo de don Ulises yacía boca abajo, tirado en la acera, con los pies en el umbral de la puerta entreabierta. Debió morir instantáneamente. Materias blanquecinas nadando en jugos viscosos aparecían entre los mechones de pelo, y la cara, una cara brutal que no había apaciguado la muerte, estaba cubierta de sangre. Su mano derecha, todavía crispada, se extendía hacia la ametralladora que había soltado al caer y se hallaba a corta distancia. Las moscas pululaban en las blandas materias y bebían en el charco de sangre que se espesaba en la acera.
Centenares de hombres se acercaban fascinados al cadáver. Lo veían como se ve a un tigre recién cazado, todavía caliente, y algunos lo movían con el pie, temerosos de que fuera a levantarse. Sólo entonces advertí que había olvidado en la casa mi maletín con la estola, el crucifijo y los santos óleos, y no me quedó otro remedio que principiar a rezar en voz baja la oración de los muertos.
Los vecinos llegaban cada vez en mayor número. La fascinación que el hombre caído les producía iba debilitándose en tanto que su cólera, momentáneamente apaciguada, crecía y el deseo de venganza se adueñaba de ellos nuevamente.
Continuaba rezando pero mi voz era dominada por los gritos:
—Debíamos arrastrarlo.
—Arrastrémoslo. Así pagará sus crímenes.
—Una cuerda —exigían—, pronto una cuerda.
La idea de que el cuerpo iba a ser profanado, de asistir a su vejación, me hizo reaccionar:
—¡No lo toquen —grité fuera de mí—, ese hombre ya está juzgado de Dios!
¿Por qué lancé ese grito? ¿Por qué defendía a don Ulises muerto y no lo defendí cuando aún era tiempo de salvarle la vida? ¿No era el odio, la cólera reprimida contra el cacique, un deseo inconsciente de venganza lo que me paralizó reduciéndome a la impotencia? Había sido un juguete en manos de la muchedumbre, un hombre indeciso, acobardado, y de golpe recobraba la voluntad y me erguía dispuesto a luchar por un despojo, por los restos de un hombre que abatió la violencia contra la cual creí luchar aunque en realidad formaba parte de ella.
Naturalmente no me hacía tales reflexiones. Los sucesos dramáticos se precipitaban sobre todos y estaba lejos de pensar entonces que mi conducta habría de causarme vivos remordimientos.
La muchedumbre, al escuchar mi grito, principió a retroceder, y en la acera ennegrecida, tapizada de vidrios y de trozos de reboque, me dejó solo con el muerto.
—Llamen a la Cruz Roja para que retiren el cadáver —ordené.
En ese momento, se abrió la puerta y María, saltando sobre el cadáver de su padre, se encaró a la muchedumbre momentáneamente apaciguada:
—¡Cobardes! ¿Qué más quieren? ¿Qué esperan? ¿Matarnos a todos? ¡Aquí estoy yo! ¡Acaben de una vez! ¡Cobardes, cobardes!
La voz sonaba estridente. Su pequeña figura, vestida de negro, me trajo a la memoria la frase de don Ulises: «Son buenas mujeres y buenas mexicanas.» María estaba en medio de la carretera, con las manos apretadas y el pelo en desorden. Su labio superior, sombreado de un vello oscuro, se levantaba dejando al descubierto los dientes, y su aspecto sugería vagamente el de un animalito acosado que de pronto se resolviera a defenderse.
Corrí hacia ella.
—María, regrese usted con su madre. No se exponga a una muerte estúpida.
No me oía. Vuelta a la muchedumbre, seguía gritando:
—¡Cobardes, cobardes!
Sonó un disparo. La mujer se llevó las manos al pecho y murmuró:
—Estoy herida.
—¿Puede usted andar? —le pregunté sosteniéndola de la cintura.
—Me parece que sí.
La llevé hasta la puerta y María entró a la casa con las piernas flojas, buscando el sostén de las paredes.