21
Mi madre sale del coche como un cohete al tiempo que va soltando un improperio tras otro.
—¡Podríamos habernos matado! —Se detiene ante la puerta del edificio y se da la vuelta para mirarme con el rostro congestionado—. ¡Si es que no tendrías que haber tomado vino!
—María… —Mi padre la llama una vez que ha bajado de mi coche—. No ha pasado nada. Deja de gritar, que bastante nerviosa está la pobre.
Aún estoy dentro del vehículo, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me han puesto blancos. Javi se encuentra a mi lado, silencioso hasta que me pregunta en voz baja:
—Blanqui, ¿estás bien?
—Sí, sí… Solo ha sido un susto.
La verdad es que un poco más y me como un coche. No sé qué ha pasado. Soy una buena conductora. Tenía los sentidos puestos en la carretera, pero por lo que parece mis pensamientos se han rebelado en un momento dado, y cuando he querido darme cuenta mi madre estaba chillando como una posesa y he tenido que dar un volantazo. Se ha resuelto con unos cuantos insultos por parte del ocupante del otro automóvil y con mi familia revolucionada.
—No me refiero a eso —dice Javi.
Aparto la vista del volante y la poso en él. Está sonriendo. No de esa forma burlona suya, sino con una casi seductora. Está mal que yo lo diga, pero mi hermano es la mar de guapetón, leñe.
—¿Entonces…? —inquiero con curiosidad.
—Ya sabes… Hemos tenido este susto por alguien.
—¿Qué? —Parpadeo.
—Vamos, Blanqui, que seré joven, pero no tonto. Aunque tú pienses que sí.
—Baja del coche —lo espoleo.
Mis padres ya han entrado en el edificio, y en la calle solo estamos ahora Javi y yo y el jaleo de los adolescentes, pues este es uno de los caminos más socorridos para ir a los pubes.
—Me he fijado en cómo os mirabais.
—¿Quiénes?
—Adri y tú. En el restaurante. —Me observa esperando alguna reacción por mi parte, pero me mantengo en silencio—. ¿Tenéis algo?
—¡Por supuesto que no! —respondo con voz chillona. Ups, no ha sido una buena manera de disimular.
—Pues él te miraba como lo hacemos los tíos cuando estamos colados por una tía —continúa el crío, que se ve que para estas cosas ya no lo es tanto.
—No digas tonterías. Lo que pasa es que hace mucho que no nos vemos.
—¿Qué más da eso? —Javi sacude los hombros al tiempo que se ríe. Lo más raro es que no parece querer mofarse de mí—. Adri siempre me ha caído bien. Es un buen tipo. Haríais una pareja guay.
—Se te ha subido el vino —le espeto.
—¿Te ha molestado verlo con esa chavala y por eso ha pasado lo de la carretera?
—No, Javi, no. Simplemente me he despistado. —Bufo hacia arriba para que mi flequillo deje de taparme un ojo—. Y ahora… ¿bajas de mi coche?
—¿Tú no? —me pregunta con curiosidad.
—Voy a dar una vuelta. No tengo sueño.
Javi arquea una ceja y me pongo nerviosa, imaginando que soltará algo más, pero lo que hace es abrir la puerta y apearse del vehículo. Pero en cuanto la cierra se inclina hacia la ventanilla con una sonrisa que, esta vez sí, es de lo más malévola.
—Y ahora ¿qué? —le increpo.
—En serio, Blanca. Piensa en cómo te ha mirado —insiste—. Hasta la tía más tonta del mundo puede verlo. Así es como miramos los hombres cuando queremos devoraros.
Da un golpecito en el lateral del coche y, al fin, se da la vuelta y se marcha, dejándome con la cabeza repleta de tambores de Semana Santa.
Que a Adrián le atrae la nueva Blanca no es nada nuevo. Pero pensé que, tras descargar ese deseo que nos controlaba, todo pasaría. No ha sido así. Al menos, no para mí. Recordar nuestros encuentros me provoca cosquillas en el vientre y cerca del corazón.
Me echo hacia atrás, apoyando la cabeza en el asiento, y cierro los ojos. Ya queda poco. El lunes estaré de nuevo en la ciudad, lejos de este pueblo y de cuanto puede dañarme. Quizá sea una actitud cobarde, pero ahora mismo es lo único que quiero. Y no me voy antes porque prometí a mis padres que me quedaría el resto del fin de semana y me sabría mal desilusionarlos.
Este lugar saca lo peor de mí. Hace que vuelva a sentirme débil, pequeña y confundida por hechos que sucedieron hace mucho tiempo atrás. En la capital, alejada, puedo mantener a raya esos sentimientos. Pero aquí, con él cerca… Retrocedo. Ni yo soy capaz de creer algo así.
Dios, no sé por qué me ha trastocado tanto verlo con esa chica. Imagino que simplemente lo he asociado con aquella mala época, con ese recuerdo por el que me enfadé tanto. Me lo prometí a mí misma: nadie iba a pisotearme nunca más.
—Ay, Adrián, ¿por qué te comportaste como lo hiciste? ¿Y por qué ahora, en cambio, te has mostrado tan interesado en mí? ¿Por qué no hemos sido capaces de dejar el pasado donde estaba?
No es hasta al cabo de un rato cuando me doy cuenta de que hay alguien fuera del coche. Me digo que debe de ser Javi, que ha bajado otra vez para molestarme. No obstante, con el rabillo del ojo descubro un tatuaje.
—¿Adrián?
Noto su mirada clavada en mí, y es tan intensa que tengo que volver la cara hacia él. Está inclinado sobre la ventanilla, apoyado. Su expresión es extraña, oscura.
—No sé por qué, pero creo que estabas hablando de mí —murmura, y esboza una sonrisa melancólica—. ¿Qué haces aquí, Blanca?
—Me gusta la soledad.
—En eso no has cambiado. —Se calla esperando que yo hable, pero como no lo hago pregunta—: ¿Puedo entrar?
—¿Para qué quieres entrar, Adrián?
—Estás muy seria. Te pasa algo.
No atino a contestar. Él continúa fuera del coche durante un buen rato, asomado a la ventanilla, hasta que me rindo y con un gesto le indico que suba. Su fragancia lo inunda todo una vez que se sienta a mi lado.
—¿Qué ocurre? ¿Malas noticias? —insiste.
—Casi tenemos un accidente. Me despisté en la carretera.
—Pero ¿estáis todos bien? —pregunta asustado.
—Joder, claro que sí. ¿Crees que de no ser así estaría aquí como una tonta?
—No lo sé, Blanca. A veces pienso que no te conozco. —Se encoge de hombros.
—Y es la verdad. Tú conoces a la Blanca que se fue de aquí cuando tenía dieciocho años.
—Me gusta recordarla —murmura, y, aunque no estoy mirándolo, puedo apreciar una sonrisa en su tono de voz.
—¿Qué quieres?
—¿Tengo que querer algo? ¿No puedo disfrutar, simplemente, de la compañía de una vieja amiga?
Se me escapa una amarga carcajada. Niego con la cabeza, incrédula.
—¿Amiga? —Como me han entrado unas ganas tremendas de fumar, me doy la vuelta para alcanzar el bolso, que está en el asiento trasero.
Adrián estudia todos mis movimientos y, al descubrir la cajetilla de Lucky, chasca la lengua.
—¿Qué? —digo molesta.
—No es bueno. —Señala el cigarrillo que he sacado.
—¿Me lo dice el que se hinchaba a porros?
—Hace mucho que no lo hago.
—El primer día que nos vimos fumaste —le recuerdo.
Enciendo el cigarro y le doy una honda calada. Cierro los ojos al tiempo que suelto el humo. Dios, esto sienta tan bien… A pesar del olor a tabaco, el aroma de Adrián continúa impregnando todo el coche. Y no quiero eso. No quiero marcharme y que él, en cierto modo, se venga conmigo.
—En serio… Dime, Adrián, ¿qué haces aquí?
Con la cabeza aún apoyada en el respaldo, ladeo el rostro con suavidad y abro los ojos para mirarlo. Los suyos tan verdosos, tan familiares para mí, me causan un pinchazo violento en el pecho.
—Volvía a casa de mi madre y he visto tu coche.
—¿Cómo has sabido que era el mío?
—Solo tú tendrías uno como este. —Sonríe de una manera tan encantadora que una sensación de vacío se apodera de mí.
—¿Dónde está tu acompañante?
—Imagino que en su casa.
—¿Y por qué no estás con ella? —No tendría que estar llevando la conversación por estos derroteros, pero… ¿Por qué es lo único que me interesa conocer?
—¿Debería estarlo?
—Claro que sí. Era tu cita.
—Es una amiga —dice manoteando en el aire para apartar el humo.
—Entiendo.
—Es actriz. Trabajamos juntos para el nuevo proyecto y tenía algunas dudas.
No parecía una simple amiga, pero no quiero echar más leña al fuego. Al fin y al cabo, no somos nada y no tendría ningún sentido que le demostrara que me ha molestado verlo con ella. Doy la última calada al cigarro y lo lanzo por la ventanilla. Adrián no aparta la mirada de mí.
—¿No tienes amigos, Blanca? —me pregunta de repente.
Por un instante creo que se burla. Me vuelvo hacia él con brusquedad y lo miro con los ojos muy abiertos. Parece darse cuenta de su inadecuada pregunta porque mueve la cabeza en una disculpa.
—Claro que sí. Ya conoces a Begoña.
—Me refiero a amigos de sexo masculino.
Me quedo callada. ¿Para qué decirle que lo único que hago con los hombres es acostarme con ellos? Ni siquiera sé si podría y sabría llevar una relación amistosa con uno. Ya lo intenté, y todo se jodió. Supongo que no me apetece pasar por eso otra vez.
—Crees que me acuesto con todas las mujeres con las que me cruzo —murmura Adrián en tono amargo.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensas, ¿no?
Ahora somos los dos los que permanecemos callados. El ambiente en el coche se tensa. Su mirada se desliza hasta mis labios. La mía recorre el tatuaje de su brazo. La respiración se me acelera. Recordando. Sintiendo. Aspirando.
—¿Has estado tú con muchos hombres?
—¿A qué viene ahora esa pregunta?
—Era simple curiosidad. —Alza las manos en señal de paz.
—¿Y qué más da, Adrián? Tenemos nuestras vidas, ¿no?
—Entonces ¿por qué me parece que te molesta imaginarme con una mujer?
—¿Porque siempre has creído que todas estábamos locas por ti?
—¿O será porque estás celosa?
—Estoy cansada, Adrián —me quejo en un susurro—. Esta semana está siendo dura y, la verdad, estas conversaciones son lo que menos necesito. —Me froto la frente, apreciando que empieza a dolerme la cabeza.
—¿Ha sucedido algo? —insiste, y entreveo en sus ojos un matiz de preocupación.
—Son cosas del trabajo.
—¿Algún caso duro?
—En general, siempre son absorbentes. Pero esta vez me espera uno muy difícil.
—Mis compañeros ya están empezando a agobiarse con la obra que preparamos. Aunque como somos dos componiendo en esta ocasión, la presión es menor.
—Fantástico —me limito a contestar.
Adrián se queda callado unos instantes, interpretando mi actitud. Me preocupa que cualquier palabra que digamos, cualquier frase, pueda convertirse en dinamita y estallar en una nueva discusión.
—El lunes me marcho —se me ocurre decirle de repente.
—¿Tan pronto?
—Sí, por el curro.
—¿Es que no haces vacaciones? Es agosto.
—Me quedaré en mi casa, pero trabajando.
—Bueno, a mí tampoco me queda mucho aquí. Dentro de nada iré a Madrid porque la obra se estrenará a principios de septiembre.
—Espero que salga genial —le digo con total sinceridad.
Es cierto que hasta llegar al pueblo pensaba que, si algún día volvía a encontrarme con Adrián, lo único que le desearía serían cosas malas. Sin embargo… No puedo. Cuando lo miro a los ojos me parece advertir en ellos miedo, dudas, tristeza. Y todos esos sentimientos han ido aferrándose a mí en estos días, provocando que me dé cuenta de que no soy capaz de guardarle rencor. Dios, ¿de qué me han servido todos estos años de lucha sin tregua conmigo misma, intentando cambiarme, sin sucumbir a los sentimientos?
—Puedo conseguirte una invitación. Para ti, para algún acompañante… Es en Madrid, pero si quisieras venir a vernos… ¿Te gustaría? —Ha sonado dubitativo.
—Te lo agradezco, pero el trabajo no me lo permitiría. —Me invento una excusa con rapidez.
Quiero que el recuerdo de Adrián que tenía sea sustituido por uno nuevo, el de estos días en el pueblo, que en el fondo no han sido tan malos aunque hayamos discutido. Por eso no me apetece alargar todo esto. No deseo que volvamos a cometer errores.
—Si cambias de opinión, solo tienes que decirlo. —Me guiña un ojo, pero en su semblante advierto desilusión.
—Habrá más obras, ¿no? Y seguro que alguna en Valencia.
Le devuelvo una sonrisa nerviosa. Cuando conseguimos charlar sin peleas, sin sobresaltos, sin esa pasión arrebatadora que nos acosa cada vez que nos encontramos, me confunde.
—Blanca… —Y, al pronunciar mi nombre con su ronca voz, un pequeño torbellino despierta en mi estómago.
—¿Sí? —Lo miro sin parpadear.
Me gustaría que repitiera mi nombre. Ver cómo lo paladea, cómo sus labios se mueven al compás de cada una de las letras que lo conforman.
—Necesitamos hablar. Y creo que es un buen momento. Antes de que volvamos a ir cada uno por su camino. Si te digo la verdad, no ha sido casualidad que nos hayamos encontrado en el restaurante.
—¿Qué? —Lo miro sin entender.
—Tu madre le dijo a la mía que ibas a llevarlos a cenar a un restaurante lujoso. Pensé que, si había uno al que tú acudirías, sería ese. Quería encontrarme contigo y que no se notara mucho… No sabía si te apetecería verme de nuevo. Pero, bueno, ahora ya sabes la verdad. Tenemos una conversación pendiente, por mucho que no quieras. Joder… —Se lleva una mano al pelo y se lo revuelve. En mi mente surge una imagen en la que soy yo, sentada a horcajadas sobre él, la que se lo acaricia—. Tú lo sabes. No dejemos que ocurra otra vez. No nos vayamos sin perdonarnos.
—No tengo nada que perdonar —respondo, aturdida por su confesión.
—Blanca, en ocasiones debemos perdonar a los otros para perdonarnos a nosotros mismos.
Lo miro sorprendida, con sus palabras rebotando en mi cabeza. Me muerdo el labio inferior con fuerza. Quizá tenga razón y esta es la última oportunidad de estar en paz con nosotros mismos. Él quiere darme una explicación. En cuanto a mí… Aunque me haya convencido de que no, puede que me ayude.
—Está bien. Hablemos —acepto asintiendo.
—Aquí no.
—¿Dónde pues?
—En mi piso —propone.
Niego muy seria. ¿Qué pretende?
—Blanca, ¿crees que podemos decirnos encerrados en un coche todo lo que tenemos pendiente? Vayamos a mi casa, tomemos algo… Allí estaremos tranquilos.
—No es una buena idea.
—Te prometo que solo quiero hablar. ¿Confías en mí, aunque solo sea por esta vez?
Justamente la desconfianza es uno de los sentimientos que me ha acompañado durante todo este tiempo. Me gustaría deshacerme de ella. Y regresar a la ciudad con la conciencia tranquila. De modo que, sin añadir ninguna palabra más, arranco el coche. Adrián se pone el cinturón, también en silencio. En el breve trayecto hasta su piso ninguno abre la boca. Mi estómago está haciendo de las suyas y también mi corazón.
—La verdad es que este coche encaja bastante contigo —opina cuando salimos de él en un intento por distender el ambiente.
Le dedico una de esas sonrisas que te estiran la cara y que te acaban dando dolor de comisuras. Le indico con un gesto que abra la puerta. No me apetece perder más tiempo. Necesito… No, necesitamos que esto se acabe de una vez por todas y cuanto antes. En esta ocasión, a diferencia de la primera, subimos en el ascensor. Es diminuto, y Adrián se sitúa a mi espalda. Una escena subida de tono cruza por mi mente, arrancándome un quejido. Su olor inunda todo el espacio y me escuece en la piel. Lo tengo tan cerca… Y a la par se me antoja tan lejano. Como antes.
¿Qué va a decirme? ¿Y yo a él? ¿Qué le pediré? ¿Que construya una máquina del tiempo y lo cambie todo?
Una vez dentro, Adrián me indica que lo siga por el pasillo. Me señala el pequeño sofá con la mano abierta y tomo asiento, seria.
—¿Quieres beber algo?
—No… Bueno, un vaso de agua estará bien.
Asiente con la cabeza y me deja sola. Lo oigo trastear en la cocina. Un armario cerrándose. La nevera abriéndose. Más recuerdos por mi mente. Su habitación juvenil. La cama en la que nos acostamos. Una mesa de estudio en la que tuve el mayor orgasmo de mi vida. Confesiones dolorosas. Un amor juvenil roto. Cuando regresa, observo sus pies enfundados en unos bonitos zapatos de color negro.
—Lo siento.
Alzo el rostro para encontrarme con un Adrián meditabundo, triste, de ojos brillantes. Me entrega el vaso y me lo bebo de un trago.
—No pasa un verano sin que me acuerde de todo y me arrepienta —continúa aún de pie. Imponente. Como un ángel oscuro—. Cada vez que se acerca ese día, pienso en lo mal que me comporté. En lo irresponsable y cobarde que fui. Me pregunto cómo habría sido todo si las cosas hubieran ocurrido de otra forma.
—Espera, espera. Creo que has empezado demasiado fuerte.
—Necesito mostrarte algo.
Lo miro con el ceño fruncido. Vuelve a dejarme sola y lo espero con las manos apretadas entre las piernas. Dios, Adrián me ha pedido perdón. Acaba de decirme que está arrepentido. Que lo estuvo.
Regresa con la guitarra. Doy un respingo. Me muerdo el labio inferior. Él arrastra una silla hasta colocarla frente a mí. Se coloca en posición, con los dedos rozando las cuerdas. Unos dedos que hacían magia. Magia en todas partes. En la música. En mi piel. En mi alma. Niego con la cabeza, suplicándole con la mirada. Y entonces saca a la guitarra los primeros acordes de mi canción favorita cuando era una adolescente hastiada con el mundo.
«Close your eyes, give me your hand, darling. Do you hear my heart beating? Do you understand? Do you feel the same, or am I only dreaming?» («Cierra los ojos, dame tu mano, cariño. ¿Oyes mi corazón palpitando? ¿Lo entiendes? ¿Sientes tú lo mismo o solo estoy soñando?»)
Adrián me está cantando. De verdad aprendió a tocar mi canción preferida. ¿Lo hizo por mí? ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo si yo no le importaba? Quiero preguntárselo, pero tan solo puedo guardar silencio y observar sus dedos en las cuerdas, la forma que tiene de acariciarlas como si se lo estuviera haciendo a una mujer. A mí. Y únicamente cierro los ojos y me dejo llevar por la melodía, y por su voz. Y canto yo también, en voz bajita, esa canción que jamás he olvidado.
No logro entenderlo. ¿Por qué me hace esto? ¿Por qué, una vez más, quiere quebrarme el corazón?
Cuando toca las últimas notas y acaba la canción, soy un poco menos fuerte y mucho más la Blanca adolescente que se quedó en una carta y una foto hechas pedazos. Al fin me atrevo a abrir los ojos. Adrián está mirándome de una forma que me asusta. Me tiembla todo el cuerpo. Y entonces dice:
—Tú fuiste la primera chica con la que me acosté.