Cartagena todo ha cambiado; por tener allí a
mi familia y por la Semana Santa he ido viviendo su
evolución. Pero aun así no entiendo algo, algo que pensé mientras
esperaba en el semáforo de la Plaza Bastarreche caminito de La
Unión: cómo es posible que Cartagena con su historia, su potencial
turístico y su tejido empresarial no sea la nueva Barcelona del
siglo XXI. Aquí me van a perdonar mis paisanos pero creo que parte
de culpa la tenemos nosotros, los cartageneros, por nuestro
carácter. Es muy posible que el día que asumamos que Cartagena ya
no es ciudad militar por excelencia, que la refinería ya no es
estatal y que la Bazán es Navantia y es deficitaria podamos
entonces dar el paso a explotar el gran potencial de nuestra
ciudad, que desde luego no está en esas tres cosas que acabo de
citar. El pasado es preciso recordarlo siempre pero también es
preciso mirar hacia el futuro y sin nostalgias que no sirven para
nada. Fuimos lo que fuimos, vamos a luchar juntos ahora por ser
otra cosa, sin olvidar nuestro pasado, pero sin nostalgia ni
complejos.
Una vez se puso en verde, cogí la N-332, caminito de La Unión. La carretera básicamente la misma, el paisaje no. Es en este punto en el que mi infancia y la actualidad entraron en conflicto. Pues mi infancia no ha cambiado ni va a poder cambiar ni con ella mis recuerdos pero los paisajes y lugares, sí. También las personas. Tras pasar el cementerio, mi cartel preferido ya no estaba. Continué por la Calle Mayor hasta llegar a la monumental Casa del Piñón, donde mi abuela no me esperaba. Eso sí, pude aparcar donde mi padre siempre lo hacía. Esas cosas parece que cambian poco. Al entrar, el quiosco de Micaela hecho conserjería. La puerta del portal la misma, eso sí, restaurada. La escalera y puertas principales de las casas también, pero poco más. No pude sentir mucha nostalgia, pues las dependencias son todas de nueva construcción. El patio donde mi abuela tenía a sus gatos y sus macetas totalmente renovado con un ascensor (¡lo que hubiese dado mi abuela Isabelita Peñalver por un ascensor! Lo que no sé es cómo no se lo ocurrió a ella) al que subí a la terraza. Allí sí me invadió la nostalgia, pues poco había cambiado. Y aunque los paisajes se alteren con construcciones nuevas y demás, los naturales, en un periodo tan pequeño de tiempo que son veinte años para la madre Tierra, no.
Igual que creo que los abuelos deberían ser eternos, algunos personajes de pueblos y ciudades, también. Pues aunque el tiempo pase son seña de identidad de los mismos. Y algunos edificios y construcciones, por los que mucha gente ha luchado, también. Así