HERMANO MAYOR

 

 

Yacía en mi cama plácidamente una noche cualquiera. Sábanas fresquitas y edredón en posición, todo dispuesto. La lucecita con forma de luna para no asustarme; contextualicemos: no tendría más de seis años de vida en mi haber.

Los deberes hechos, las ganas de descansar y sueños por soñar. Eso es todo lo que necesitaba.

De repente, de entre mi oasis de relax y mi fase presueño, aparece frente a mis ojos entrecerrados una cara acompañada del correspondiente ¡buuuuuuuuuuuu! que hizo que tras pegar salto y tres cuartos en la cama, pegara el grito más agudo del mundo. De hecho creo que me sirvió de tanto aquel ejercicio vocal que veinti y algún años más tarde pude ser soprano en la coral universitaria. Posiblemente sufrí microinfarto y daños cerebrales varios. Nunca lo sabré.

Un individuo con mucha picardía e ingenio y mala leche los días impares, se había levantado de su cama y reptando por pasillo y posterior incursión en mi habitación, bajo línea de cama (eso sí, para no ser descubierto) sigiloso cual gato en fase de caza, pensó en asustar en plena noche a su hermana con lo que se echó unas risas a mi costa que le sirvieron para coger bien el sueño, previa bronca de mi padre y burlas varias hacia mi persona. Ese grito creo que es recordado por todos los vecinos del bloque. En ocasiones dicen que todavía rebota y se escucha. Menudo cabroncete el Andresico.

Tener un hermano mayor curte en la vida. Tendría que ser obligatorio. Es el primer amigo que se tiene y por ello, el que enseña qué es la vida. El primer guantazo, lo recibes de él. Eso enseña lo que duele y lo que supone. La primera pelea, la primera trastada en la que te echan la culpa a ti por ser la mano ejecutora cuando la idea y dirección ha sido suya, esa piña “juntos seremos intocables ante la bronca”. Un hermano mayor es el primer amigo que se tiene y, por ello, el incondicional. El que ensaya su vida contigo y el que advierte “con mi hermana me peleo yo, al resto que ni se le ocurra o tendrá que vérselas conmigo”. Un hermano mayor es tu protector, solo tienes que señalarle quién ha sido que el resto es cosa suya y de sus secuaces, incondicionales desde el curso cero de parvulitos. Jurao.

Reflexiones de una treintañera universitaria
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