ILUSTRE COMPAÑERO DE PUPITRE

 

 

Recuerdo que compartíamos pupitre en al menos una asignatura. Se llamaba Ciencia y Tecnología de los Alimentos, entre nosotros, Alimentación. También fuimos, junto a otros dos compañeros (creo recordar, hace ya unos cuantos años y décadas también) el grupo de trabajo diseñado por el profesor. No se me olvida aquel en el que tuvimos que visitar in fraganti cada uno de los miembros un supermercado y establecer, conforme a los criterios dictados por el profesor, si dichos establecimientos cumplían la normativa sanitaria más básica. Aunque sin duda, el más divertido fue el de cocinar unos libros de ternera para toda la clase en el laboratorio de química. Y luego comérnoslos, claro. Pero no se vayan a pensar ustedes que ahí quedaba la cosa, también hubo exámenes, los que creo que superamos los cuatro con normalidad. Casualidad que ese curso los dos elegimos las mismas optativas, por lo que también coincidíamos en Informática. Ahora recuerdo con más risas que nunca (pues no deja de ser paradójico a la vez que una visión de futuro) cuando el ordenador del profesor, con Windows 3.11, se colgaba y él, siempre, siempre, acudía en su auxilio. De vez en cuando ¡oh! conectábamos con internet y otra vez él hacía que el ordenador lo consiguiese. El siguiente curso, ya de bachillerato, también fuimos compañeros de clase pero abandonamos nuestro pupitre. Con las hormonas a la altura de los ojos la manada tiró de nosotros más que nunca y después, al curso siguiente, ya no volvimos a coincidir pues aun siendo los dos de Ciencias, lo éramos de ramas distintas. La última vez que le vi fue en nuestra graduación, mayo de 2002. Más tarde entendería por qué tardé tanto en saber de él.

Hace un año (o dos, como mucho) un amigo que nada tenía que ver con el instituto colgó en Facebook un reportaje sobre las Google Glass y el desarrollo de sus aplicaciones. Un murciano, nada más y nada menos había sido el elegido para desarrollarlas. No me costó mucho reconocerle, ¡estaba igual! No me lo podía creer, era Julián, mi compañero de pupitre, cocinillas y libros de ternera del instituto. De alguna juerga, también. De la incredulidad pasé a la alegría automáticamente. Primero, por haber sido compañeros de pupitre y recreos, y segundo y más importante, por haber sido capaz de romper el cliché que se impuesto a nuestra generación de “gente sin talento e incapaz de tener éxito”. ¿Curritos mileuristas? Pues va a ser que gran parte pero no

Reflexiones de una treintañera universitaria
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