Siete

Un poquito más —propuso Arden. Jadeando, se agazapó detrás de un coche calcinado mientras atraía a Heddy hacia ella, sujetándola por el collar para que no se moviese—. Casi hemos llegado.

Escruté detenidamente con los prismáticos y descubrí la luz de la linterna, minúscula y casi imperceptible, que brillaba en lo alto del saliente de piedra. Isis se hallaba en la entrada delantera de Califia, semejante a un punto negro que se desplazaba por el grisáceo paisaje.

—No sé si sigue utilizando los prismáticos —comenté.

Esa noche, mucho después de que Maeve y Lilac se hubieran ido a dormir, Arden y yo nos colamos en la despensa, cogimos con mucho cuidado las provisiones necesarias y las guardamos en dos mochilas. Después cruzamos el puente y sorteamos coches y camiones, zigzagueando entre los vehículos para que no nos detectasen. Prácticamente, habíamos llegado al otro extremo del puente, y solo unos pocos metros nos separaban del corto túnel que desembocaba en la ciudad.

—Por si acaso, corramos —propuse.

Mis pasos eran tambaleantes, y tuve la sensación de que las piernas no me sostenían.

Arden le acarició las negras y sedosas orejas a Heddy, y le preguntó:

—Chica, ¿estás lista? Tienes que correr a toda velocidad. ¿Lo harás?

Como si lo hubiera comprendido, la perra la observó fijamente con sus ojazos de color ambarino.

A continuación mi amiga me hizo una señal, indicándome que tomase la delantera.

Salté de nuestro escondite, eché a correr tan rápido como pude sin volver la vista hacia Califia, la linterna o la silueta de Isis, que continuaba desplazándose por delante del saliente de piedra. Arden me seguía a poca distancia, saltando por encima de neumáticos pinchados, huesos carbonizados y motos volcadas. La mochila me pesaba y, en su interior, los botes de fruta y carne chocaban entre sí mientras ella y yo corríamos como flechas, con la perra pisándonos los talones. Aferrada a los prismáticos, mantuve la velocidad sin dejar de correr en dirección a la negra boca del túnel.

No reparé en la carretilla destartalada que había junto a un camión y, al sobrepasarla, me enganché el tobillo en su curvo agarradero. Caí al suelo, mochila incluida, y grité cuando me golpeé la rodilla con el asfalto.

Sin detenerse, Arden giró la cabeza y escudriñó las montañas.

—¡Arriba, arriba! —me apremió, saltó por encima de los últimos escombros y se puso a cubierto en la entrada del túnel.

Ella y Heddy me vigilaron desde allí; la voz de mi amiga resonó en la oscuridad.

Me incorporé y recogí los prismáticos que, al caerme, habían quedado debajo de mi cuerpo. Algo goteaba en la mochila: una sustancia rojiza y espesa se deslizó por mis piernas cuando proseguí la marcha cojeando en el intento de salir del campo visual de Isis. Al llegar por fin al túnel, me dejé caer junto a la pared.

—¿Nos habrá visto? —preguntó Arden, sujetando a la perra para impedir que me lamiese la cara—. ¿Dónde están los prismáticos?

—Aquí los tengo. —Se los mostré. Como la pieza central se había rajado, los dos tubos seguían unidos únicamente por un delgado trozo de plástico. Me los acerqué a los ojos y rastreé las colinas por si descubría a Isis, pero no distinguí nada—. Está todo negro —reconocí frenética, y les di un pequeño golpe con la intención de repararlos.

Con toda probabilidad, Isis ya habría recorrido la mitad del sendero de tierra, yendo precipitadamente hacia las casas para despertar a Maeve. Ésta no tardaría en cruzar el puente y vendría a buscarnos. «Anda ya», me dije, y agité el puñetero instrumento para que funcionase.

Volví a enfocarlos, pero tampoco detecté a nadie: ni a ella, ni a Quinn ni a Mae. Ante mí se extendió una negrura infinita, y mis ojos, irritados y atemorizados, se reflejaron en el cristal.

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Rebuscadas y pintorescas tallas recubrían las fachadas de las estrechas casas de San Francisco, a las que la pintura se les caía a trozos. Al pie de cada colina se acumulaban coches carbonizados, y como por todas partes había restos de cristal, la calzada destellaba.

—Debemos apretar el paso —aconsejó Arden. Heddy y ella, que me llevaban varios metros de ventaja, esquivaron la basura de la acera, las botellas de plástico aplastadas y las envolturas de papel de aluminio que llegaban a la altura de los tobillos de mi amiga. La luna estaba a punto de desaparecer, y la gigantesca cúpula del firmamento se iba tiñendo rápidamente de luz—. Hemos de llegar antes de que salga el sol.

—Ya voy, ya voy —repliqué observando la tienda que había a mi espalda: un coche había atravesado el escaparate y destruido la cristalera; enredaderas y musgo colgaban sobre la abertura. En el interior del local, detrás de varias estanterías volcadas, algo se movió. Entorné los ojos en la penumbra e intenté detectar a qué correspondía la sombra que, en ese momento, saltó hacia mí.

Heddy ladró cuando el ciervo abandonó la tienda. El animal desapareció calle abajo. Hacía cuatro horas, o incluso más, que caminábamos sorteando obstáculos por la ciudad. Casi habíamos llegado a la ruta ochenta y al puente que nos conduciría hasta Caleb. No tardamos en ver la rampa de entrada cubierta de musgo. Me mantuve atenta por si Maeve o Quinn aparecían, o por si algún descarriado llegaba repentinamente y nos obligaba a entregar las provisiones. Pero no sufrimos ningún percance. Volvería a reunirme con Caleb. A cada paso que daba, mi certeza iba en aumento y me parecía más real. A partir de ahora, él, yo, Arden y Heddy formaríamos una pequeña tribu y nos ocultaríamos en el caos.

Subimos por la rampa de la ruta ochenta y caminamos entre los coches que habían quedado definitivamente inutilizados para circular. Anduve más ligera cuando pasamos junto a la vieja obra en construcción que Caleb y yo habíamos visto el día de nuestra llegada.

—¡Es eso! —grité al ver que la carretera trazaba una curva ascendente que rodeaba el océano.

El inmenso edificio estaba un poco más adelante; el yeso azul se caía a trozos. La palabra IK A estaba escrita con letras amarillas, y solo se percibía una ligera sombra donde antaño estuvo colgada la E.

Ya no me separaban de Caleb más que un aparcamiento vacío y una pared de cemento. Eché a correr, sin hacer caso del dolor que sentía en la rodilla a consecuencia de la caída, y oí que Arden me gritaba:

—No deberías entrar sola.

Infinidad de veces había imaginado ese momento. En las semanas posteriores a mi llegada a Califia, solía decirme a mí misma que Caleb y yo estábamos bajo el mismo cielo. Dondequiera que él se hallara e hiciera lo que hiciese (ya fuera cazar, dormir o preparar la comida en una hoguera), siempre compartiríamos algo. A veces elegía un edificio concreto de la ciudad y lo imaginaba dentro, leyendo un libro con manchas de humedad, mientras descansaba y esperaba a que la pierna se le curase. Estaba convencida de que volveríamos a encontrarnos…, pero aún quedaba por ver cómo y cuándo.

Cuando llegué a la entrada, me percaté de que las cristaleras estaban cerradas con llave y los pomos metálicos rodeados con una gruesa cadena. Como habían roto a patadas un par de los vidrios inferiores, entré a gatas procurando no cortarme con las astillas de cristal. El interior de la inmensa tienda estaba a oscuras y en silencio. La luz matinal que se colaba por las puertas producía un ligero brillo en el suelo de cemento. Saqué la linterna de la mochila, la encendí y me interné en el local.

Desplacé el haz de luz por la estancia, lo detuve en un cajón lleno de almohadas mohosas y luego alumbré el viejo armazón de una cama, un tocador, una lámpara y unos libros sobre el mueble como si fuera el hogar de alguna persona. En un rincón habían montado una cocina, provista de nevera y fogones, y al fondo del pasillo había un salón con un sofá azul muy largo. Ya había recorrido el interior, largo y estrecho, de otras tiendas de este estilo, pero este me pareció un laberinto descomunal en el que cada habitáculo desembocaba en el siguiente.

Percibí un crujido y retrocedí de un salto; cuando iluminé el suelo, vi una rata que se alejaba a toda velocidad. Algunas sillas de un comedor contiguo estaban volcadas. No quise correr el riesgo de gritar en la oscuridad, así que me contuve y caminé tan silenciosamente como pude por encima de la basura y los cristales rotos.

Vagué por las habitaciones, alumbrando con la linterna los rincones para cerciorarme de que no se me escapaba nada, pasé junto a camas, mesas y sillas, y mis ojos se adaptaron lentamente a la penumbra. Cuando me detuve ante una de las duchas de mentirijillas, oí una ligera tos; procedía de mi derecha, a varias habitaciones de distancia.

—Aquí —musitó una débil voz—. ¿Eve? Estoy aquí.

Me conmoví tanto que me tapé la boca, incapaz de responder. Por el contrario, me precipité por las estancias y sentí que mi corazón palpitaba de alegría. Caleb estaba vivo. Estaba aquí. Lo había logrado.

A medida que me acercaba, vislumbré tres velas en el suelo. Sobre una cama se perfilaba una figura masculina. Me aproximé. Pero, al llegar al dormitorio, comprobé que no estaba solo: en total había tres individuos. El segundo hombre, espectralmente pálido, estaba sentado en un sillón situado en un rincón del cuarto; el tercero, de pie junto a la otra entrada de la habitación, cortaba el paso. Éste tenía la cara surcada de cicatrices; llevaba los pantalones sucios de tierra y las mismas botas que Missy había descrito en Califia. Los otros dos iban de uniforme y lucían el escudo de la Nueva América en la manga de la camisa.

—Hola, Eve —saludó el que estaba acostado—. Te estábamos esperando.

Se incorporó poco a poco y, manteniendo parcialmente la cara en la sombra, me examinó. Se me erizó el fino vello de la nuca: lo conocía, conocía a ese hombre.

Sus ojos, de negras y tupidas pestañas, me observaron con atención. Era joven, no debía de tener más de diecisiete años, pero su aspecto parecía más maduro que aquel día en que nos topamos con él al pie de la montaña. Me refiero al día en que disparé contra dos soldados y los maté. Éste era el tercer hombre al que dejé en libertad después de que suturase la pierna de Caleb. Resultaba que, curiosamente, lo había soltado para encontrármelo, justo ahora, en este sitio tan extraño.

El soldado de la cara surcada de cicatrices cruzó los brazos a la altura del pecho, y me dijo:

—No sabía cuánto tardarías en recibir el mensaje. —Y a sus compañeros, les comentó—: Los rumores corren que vuelan entre los descarriados, ¿no creéis?

De inmediato pensé en Arden. Probablemente, Heddy y ella estarían en la entrada, a punto de internarse en el edificio, pues ante mi estúpida insistencia, me habían seguido. Con anterioridad, ya había conducido a Arden a las fauces del peligro, y no debía permitir que volviese a ocurrir.

Tenía que lanzar la voz de alarma.

El soldado joven hizo una señal a sus compañeros, que se abalanzaron sobre mí. La linterna pesaba lo suyo y no me lo pensé dos veces: cuando el individuo pálido llegó a mi lado, me giré y le asesté un golpe en el pómulo. Trastabilló, chocó con el que tenía al lado y tuve el tiempo suficiente para escapar. Eché a correr por el laberinto y salté por encima de sillas, mesas y lámparas rotas. Advertí que acortaban distancias, y cuando llegué a la entrada, noté que estaban cada vez más cerca.

Arden se disponía a franquear la cristalera rota, mientras que Heddy ladraba, poniéndose cada vez más nerviosa a medida que nos acercábamos. A mi espalda, las pisadas resonaron, y los ladridos aumentaron progresivamente. Continué corriendo en dirección a la entrada, sin volver la cabeza cuando la franqueé, y grité la única palabra que fui capaz de pronunciar:

—¡Corred!