Uno

Eché a andar sobre las piedras, con el cuchillo en la mano. La playa estaba salpicada de barcos maltrechos por el sol que llevaban mucho tiempo en la orilla. La embarcación que tenía ante mí, de seis metros de altura y casi dos veces más grande que las demás, había varado esa misma mañana. Mientras trepaba por la borda noté el viento helado que llegaba desde el mar; el cielo todavía estaba cubierto de bruma.

Al deambular por la desconchada cubierta, noté a Caleb a mi lado, ciñéndome la cintura con la mano. Señalaba el cielo y me mostraba cómo los pelícanos se lanzaban en picado hacia el mar y cómo la niebla se deslizaba sobre las montañas cubriéndolo todo de una capa de blancura. A veces me doy cuenta de que hablo con él y de que murmuro tiernas e íntimas palabras que soy la única que percibo.

Habían transcurrido casi tres meses desde que nos vimos por última vez. Yo vivía ahora en Califia, el campamento exclusivamente femenino creado hacía más de diez años, en pleno bosque, como refugio para las mujeres y muchachas procedentes del caos. Habían llegado de todas partes y cruzado el puente Golden Gate rumbo a Marin County. Algunas de ellas habían enviudado después de la epidemia y ya no se sentían seguras viviendo solas; otras habían escapado de pandillas violentas que las habían retenido. También residían allí las que, como yo, se habían fugado de los colegios del Gobierno.

Mientras residía en el recinto amurallado escolar, todos los días contemplaba el edificio sin ventanas del otro lado del lago, el centro profesional al que habríamos asistido después de la graduación. La noche que precedió a la ceremonia, descubrí que ni mis amigas ni yo adquiriríamos las habilidades que nos permitirían contribuir al desarrollo de la Nueva América porque, dado que la epidemia había diezmado la población, nadie necesitaba artistas ni educadores, sino niños, niños que nosotras estábamos destinadas a procrear. Escapé por los pelos, pero luego me percaté de que mi verdadero destino era mucho peor: además de ser la encargada del discurso de despedida del colegio, estaba prometida al rey como su futura esposa, para traer al mundo a sus herederos. El monarca siempre me perseguiría y no cejaría hasta encerrarme entre los muros de la Ciudad de Arena.

Subí la escalerilla hasta la cabina superior de la embarcación. Delante del destrozado parabrisas había dos sillas y una rueda de timón metálica, tan herrumbrada que ni siquiera giraba; en los rincones se acumulaban papeles empapados de agua. Registré los armarios de debajo de los mandos en busca de latas de alimentos, ropa aprovechable y cualquier herramienta o utensilio que pudiese llevar a mi regreso al campamento. Guardé en la mochila una brújula de metal y una raída cuerda de nailon.

A continuación bajé a cubierta, me acerqué al camarote principal y, tapándome hasta la nariz con la camisa, corrí la puerta de cristal agrietado y entré. Las cortinas estaban echadas. Sobre el sofá, hundido entre los almohadones cubiertos de moho, había un cadáver envuelto en una manta. Recorrí el cuarto con gran rapidez, respirando por la boca, e iluminé con la linterna los armarios. Encontré una lata de comida sin etiqueta y varios libros mojados. El barco se movió ligeramente bajo mis pies mientras echaba un vistazo a los libros: había alguien en el camarote de abajo. Desenfundé el cuchillo, me aplasté contra la pared contigua a la puerta de la cabina y presté atención a las pisadas.

Los escalones del nivel inferior crujieron. Aferrando el cuchillo, noté que alguien respiraba tras la puerta. La luz se colaba entre las cortinas y un rayo de sol oscilaba sobre la pared del camarote. Al cabo de un segundo la puerta se abrió, y alguien entró corriendo. Lo cogí del cuello y lo arrojé al suelo; le salté encima, le inmovilicé los hombros con las rodillas y le acerqué el cuchillo al cuello.

—¡Soy yo! ¡Soy yo! —Con los brazos contra el suelo, Quinn me miraba asustada.

Me aparté y sentí que el corazón me latía más despacio.

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú —respondió.

En medio del forcejeo, había soltado la camisa que me cubría la boca y la nariz, y el pútrido hedor de la cabina casi me impidió respirar. Ayudé a Quinn a ponerse en pie tan rápido como pude. En cuanto salimos, se arregló la ropa; el aire salobre que nos aguijoneaba supuso un gran alivio.

—¡Fíjate qué he encontrado! —Levantó un par de zapatillas deportivas de color morado, cuyos cordones estaban anudados entre sí. En el círculo que había a la altura de los tobillos se leía: CONVERSE ALL STAR—. No estoy dispuesta a entregarlas; me las quedaré.

—Te comprendo perfectamente —le dije, irónica.

La lona de las zapatillas estaba milagrosamente intacta, en perfecto estado si la comparábamos con la mayor parte de las cosas que yo había encontrado. En Califia se utilizaba el sistema de trueque y, además, todas contribuíamos de diversas maneras: rebuscábamos en la basura, cocinábamos, cultivábamos, cazábamos y arreglábamos las casas y las fachadas desmoronadas. Yo trabajaba en la librería: restauraba novelas y enciclopedias viejas, cedía en préstamo los libros y ofrecía cursillos de lectura a quienes les interesaran.

A Quinn se le apreciaba un delgado corte en el cuello; se lo frotó y se manchó los dedos de sangre.

—Lo siento muchísimo —afirmé—. Maeve siempre dice que tenga cuidado con los descarriados.

La aludida era una de las madres fundadoras, nombre que se daba a las ocho mujeres que fueron las primeras en asentarse en Marin. Me había acogido y permitido compartir el dormitorio con Lilac, su hija de siete años. Durante mis primeros tiempos en Califia, ella y yo habíamos salido todas las mañanas de exploración, y me había mostrado las zonas seguras y cómo defenderme si me topaba con un descarriado.

—Pues he pasado por cosas peores —reconoció Quinn y, riendo quedamente, descendió por el costado del barco hasta la playa.

De cabello oscuro y rizado y facciones menudas, que se le apiñaban en el centro del rostro, con forma de corazón, era más baja que la mayoría de las habitantes del Califia; vivía en una casa flotante de la bahía, con otras dos mujeres, y dedicaban casi todo el día a cazar en la espesura del bosque que rodeaba el campamento, al que regresaban con ciervos y jabalíes.

Me ayudó a atravesar la pedregosa playa y me preguntó:

—¿Cómo aguantas la situación?

Contemplé las olas que rompían en la arena, el agua blanquecina e inexorable, y respondí:

—Estoy mucho mejor. Cada día resulta más fácil.

Intenté mostrarme entusiasta y alegre, aunque solo era cierto en parte. Cuando llegué a Califia, me acompañaba Caleb, herido en una pierna tras un encuentro con los soldados del rey. No le permitieron entrar. En aquel lugar no admitían hombres; era una de las normas. Él ya lo sabía, y no me había traído para que estuviésemos juntos, sino porque consideró que era el único sitio en el que yo estaría a salvo. Hacía mucho tiempo que esperaba noticias suyas, pero no me había enviado ningún mensaje a través de la ruta, la red secreta mediante la cual se comunicaban fugados y rebeldes. Tampoco había dejado recado alguno a las guardianas de la entrada.

—Solo llevas unos meses aquí. Necesitas tiempo para olvidar. —Quinn me cogió por el hombro y me condujo hacia la linde de la playa, donde la rueda trasera de su bicicleta asomaba en medio de las hierbas que crecían entre las dunas.

Las primeras semanas de mi estancia en Califia apenas estuve presente: me sentaba a comer con las mujeres, paseaba el pescado blanco y blando por el plato y no escuchaba más que a medias las conversaciones que se mantenían a mi alrededor. Quinn fue la primera en arrancarme de mi ausencia. Ella y yo pasábamos las tardes en un restaurante remozado, cercano a la bahía, tomando la cerveza que las mujeres destilaban en cubos de plástico. Me explicó cosas de su colegio, cómo había escapado por una ventana rota y cómo se dedicó a acechar en la puerta de entrada, a la espera de que los camiones de provisiones realizaran el reparto semanal. Yo, a mi vez, le conté que había pasado varios meses como fugitiva. A grandes rasgos, las demás conocían mi historia: un mensaje cifrado, en el que se detallaban los asesinatos de Sedona, había llegado a través de la radio utilizada por la ruta. Las mujeres sabían que el rey me buscaba y habían visto al muchacho herido al que ayudé a cruzar el puente. En la quietud del restaurante, le conté a mi compañera absolutamente todo sobre Caleb, Arden y Pip.

—Por todo eso estoy preocupada —aclaré.

El pasado parecía cada vez más lejano y los pormenores de lo sucedido se tornaban más nebulosos cada día que pasaba en Califia. Paulatinamente, me iba resultando más difícil recordar la risa de Pip y los verdes ojos de Caleb.

—Comprendo lo que sientes por él —afirmó Quinn, y se deshizo un enredo del cabello. Su piel de color caramelo era perfecta, salvo por la pequeña zona reseca de la nariz, enrojecida y descamada por el sol—. Las aguas volverán a su cauce. Necesitas tiempo.

Pisé un trozo de madera arrastrado por las olas, y me sentí satisfecha cuando se partió por la mitad. Pese a todo tenía conciencia de que éramos afortunadas, pues muchas veces, durante las comidas pensaba en la suerte que habíamos tenido de escapar de los colegios, en la cantidad de chicas que continuaban viviendo en ellos y en todas las que estaban bajo la férula del rey en la Ciudad de Arena. Claro que saber que me hallaba a salvo no puso fin a las pesadillas: Caleb a solas en una habitación, formándosele un charco de sangre seca y negra alrededor de las piernas. Las imágenes eran tan intensas que me despertaba con el corazón a punto de estallar y las sábanas mojadas de sudor.

—Me gustaría saber si sigue vivo —logré musitar.

—Tal vez nunca lo averigües —replicó Quinn—. Yo también he dejado gente atrás. Mientras escapábamos, pillaron a una amiga mía. Solía pensar en ella y obsesionarme por cómo podría haber actuado. ¿Y si hubiésemos elegido otra salida? ¿Y si hubiera sido yo la rezagada? Si lo permites, los recuerdos te arrasan.

Ésa fue la pista que me dio aquella chica: «Ya está bien». Había dejado de hablar del tema con las demás, pero, en cambio, arrastraba los pensamientos como si fueran piedras y los abrazaba para notar su peso. Cierto día Maeve me había dicho: «Deja de darle vueltas al pasado. Aquí todas tenemos algo que olvidar».

Caminamos por el borde de la playa; la arena nos cubría los pies y las gaviotas trazaban círculos en lo alto sobre nosotras. Fui a buscar la bici que había escondido detrás de la colina; la saqué de debajo de un arbusto espinoso y regresé al lado de Quinn. Ella ya estaba montada en la suya, apoyado un pie en el pedal, mientras se ataba el rizado cabello con un trozo de bramante. La holgada camiseta de color turquesa que llevaba, luciendo la leyenda «I ♥ NY», se le subió por delante y le quedaron al descubierto unas rosáceas cicatrices inflamadas en el vientre que me indujeron a pensar en Ruby y en Pip. Había hecho referencia a su fuga, pero no me había dicho palabra de los tres años pasados en el colegio, ni de los hijos que había tenido.

Pedaleamos en silencio carretera arriba, oyendo únicamente el susurro del viento entre las hojas de los árboles. Algunos fragmentos de la montaña se habían desplomado sobre la calzada, de modo que varias pilas de piedras y ramas amenazaron con reventar las ruedas de las bicicletas. Me centré en esquivar los obstáculos.

A lo lejos un grito hendió el aire.

Intenté deducir de dónde procedía. La playa estaba vacía, la marea subía y el incesante borboteo de las olas cubría las rocas y la arena. Quinn abandonó la carretera, se puso a cubierto tras la espesura y me hizo señas de que la siguiese. Nos agazapamos entre la maleza y desenfundamos los cuchillos, hasta que por fin, en la calzada, apareció una silueta.

Harriet se hizo visible lentamente; pedaleaba hacia nosotras, mostrando una expresión rara y preocupada. Era una de las cultivadoras que distribuía hierbas y verduras frescas en los restaurantes de Califia; siempre olía a menta.

—Harriet, ¿qué pasa? —preguntó Quinn, bajando de inmediato el cuchillo.

La recién llegada, cuyo cabello se le había enredado terriblemente a causa del viento, se apeó de un salto de la bici y se nos aproximó. Se agachó, se puso las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento.

—Se ha detectado algún movimiento en la ciudad. Hay alguien al otro lado del puente.

Quinn se volvió hacia mí. Desde mi llegada, habían apostado guardianas en la entrada de Califia, que escrutaban la ciudad en ruinas de San Francisco en busca de indicios de los soldados del rey. Pero no habían detectado luces, todoterrenos ni efectivos.

Mejor dicho, hasta ahora no los habían detectado.

Mi compañera sacó la bicicleta de los matorrales, se encaminó hacia la carretera y me azuzó:

—Te han encontrado. No tenemos mucho tiempo.