Veinticuatro
En primer lugar, es tu padre quien decide qué edificios se han de restaurar —explicó Charles mientras desparramaba las fotos sobre la mesa—. Recorremos el lugar, realizamos mediciones y comprobamos en qué estado se encuentran. A continuación analizo la información que he recabado sobre cómo eran antes de la epidemia, ya se trate de planos, dibujos o fotos, para conocer su estado original y determinar cuáles se rehabilitan y de cuáles nos deshacemos.
Asentí y me fijé en los largos cajones que había al otro lado de la estancia. La suite del piso treinta se había convertido en el despacho de Charles: amplios armarios habían sustituido la cama y las cómodas, el escritorio se encontraba ante un ventanal que daba al centro comercial principal, y en una larga mesa de madera había maquetas, versiones en miniatura de algunos de los edificios que había visto en el centro de la ciudad: la cúpula del invernadero, los jardines del Venetian y el zoo del Grand. En la habitación contigua, más pequeña, se apilaban un montón de maquetas. Por la mañana había pedido a Charles que me llevase a hacer un recorrido por su despacho, y había demostrado su alegría. El rey había insistido en que nos fuéramos a pesar de que nuestros platos ya estaban preparados en la mesa con el desayuno caliente.
Cogí otra foto de la montaña rusa y de un salón recreativo de la vieja ciudad de Nueva York.
—Es fascinante —comenté.
En la descolorida instantánea se veía a algunas personas en un vagón de la atracción, atadas con un cinturón de seguridad; todas ellas chillaban mientras el viento les daba de lleno en la cara. Era sorprendente descubrir el mundo tal como había sido hacía tantos años. Claro que resultaba imposible contemplarlo sin pensar en cómo habíamos llegado donde estábamos…, sin pensar en los muchachos del refugio o en las cicatrices que recorrían la espalda de Leif.
—Me alegro de que lo digas —reconoció Charles—. Podría hablar varias horas seguidas de este tema. A veces me da miedo aburrirte.
Dejé escapar una risilla ronca al recordar uno de los comentarios de la profesora Fran.
—Solo los aburridos se aburren —musité casi para mí misma. Revisé la foto del derecho y del revés e intenté desentrañar el borrón del reverso. Charles me observaba—. Es lo que solían decir nuestras profesoras, aunque reconozco que se trata de una tontería.
—Las profesoras… —repitió Charles—. Tienes toda la razón. Acabo de darme cuenta de que no hemos hablado de tu colegio.
—Si no tienes algo agradable que contar, no digas absolutamente nada —apostillé, y le mostré la foto—. Es otro de los comentarios que solían hacer.
La estancia a la que se accedía por la puerta que había detrás de Charles albergaba incontables documentos: los papeles se apilaban en los rincones y había planos de, prácticamente, todos los edificios del centro de la ciudad. Ahí tenía que haber más información, algo que a Caleb le resultase útil…, siempre y cuando yo fuese capaz de encontrarlo.
—Pero si te encargaron el discurso de despedida. —Charles me cogió la foto que sostenía y la dejó sobre la mesa. De repente me sentí incómoda, incluso desprotegida, porque ya no tenía nada que hacer con las manos—. De alguna manera tuviste que pasarlo bien.
—Sí, disfruté mientras estuve allí —afirmé, pero me di cuenta de que, en ese momento, no podía decirle la verdad sobre la forma en que nuestras profesoras habían tergiversado la información, ni debía mencionar a mis amigas, que continuaban encerradas.
Me acerqué a su escritorio y simulé que jugueteaba con la pelota de baloncesto colocada sobre una pila de hojas sueltas de libreta. Hasta el último centímetro de la mesa estaba cubierto de mapas y, en la cristalera, había un montón de notas autoadhesivas.
—¿Te gusta mi pisapapeles? —Señaló el balón—. Si lo estudias con atención verás las manchas de hierba. Es una de las pocas cosas que conservo de cuando era niño.
Cogí la pelota y observé las puntadas rojas y descoloridas que en algunos sitios comenzaban a romperse.
—¿Dónde te criaste?
Abrió las manos e hizo señas para que le arrojase el balón al mismo tiempo que decía:
—En una ciudad del norte de California. Durante el éxodo, el Gobierno organizó desplazamientos a base de camiones que, semanalmente, realizaban el viaje a la ciudad. Hicimos tantas paradas que tardamos casi dos días. Un médico examinaba a los pasajeros y les daba el visto bueno antes de emprender el traslado.
Describiendo una curva, le lancé con lentitud el balón al otro lado del despacho. Entretanto recordé el ala de cuarentena del colegio y lo solitarias que me resultaron las primeras semanas. Las profesoras solo nos hablaban a través de la mirilla de la puerta. Aunque era muy pequeña, aún recordaba que todas las mañanas me escudriñaba la piel en busca de magulladuras indicativas de la epidemia.
—Repartían máscaras para que nos tapásemos la boca —añadió Charles—. Yo tenía quince años; no veía alrededor más que a esas personas sin rostro, la mayoría de las cuales se desplazaban solas a la ciudad. Era algo surrealista.
Me devolvió el balón.
—¿Cómo era la ciudad en aquellos años? —Giré la pelota entre las manos y froté la mancha de hierba con el pulgar.
—Deprimente. No había más que ruinas. Había llegado gente de todas partes. Algunas personas habían caminado varias semanas, arriesgando la vida, para venir hasta aquí. No se trataba de la esperanzadora urbe que habían imaginado, al menos entonces no era así. —Se encaminó hacia los armarios situados al otro lado del despacho. Fui tras él y me alegré cuando abrió uno de los anchos y poco profundos cajones y dejó al descubierto los papeles que contenía—. Los primeros años que vivimos aquí solo atisbé la posibilidad de hacer algo, aunque estaba seguro de que quería dedicarme a lo mismo que mi padre y trabajar con él. El centro de la ciudad —edificio tras edificio— cambió, y se notó que la tristeza desaparecía a medida que la gente se asentaba y que la urbe se asemejaba cada vez más a la del mundo de antaño. Evidentemente, el trabajo continúa. Seguimos devolviéndole la vida montando restaurantes y atracciones. Por otra parte, se me han ocurrido varias ideas…
Los cajones estaban etiquetados. En algunos ponía AFUERAS y, al lado, figuraban los sectores: noreste, sureste, noroeste, suroeste. Los demás ostentaban los nombres de los antiguos hoteles: dos cajones dedicados al Venetian, y otros tantos para el Mirage, el Cosmopolitan y el Grand, respectivamente.
—Cuando iniciaron las construcciones, convirtieron cada espacio verde y cada campo de golf de la ciudad en jardines aprovechables. Era lo que necesitábamos, ya lo creo. —Hojeó una pila de papeles del cajón—. Pero el público no tiene acceso a esos jardines. Ahora disponemos de agua potable y de capacidad para conseguir que las plantas crezcan. Me gustaría crear espacios al aire libre para todo el mundo. —Dejó un plano sobre la mesa.
Contemplé la inmensa extensión verde, interrumpida aquí y allá por caminitos serpenteantes. Los árboles estaban dibujados con todo lujo de detalles, y las ramas se extendían por encima de los estanques y de los jardines de rocalla. Tres edificios de piedra rodeaban el gigantesco lago que había en el centro. Pasé los dedos por los delicados trazos hechos a lápiz; el dibujo era tan bueno como cualquiera de los que yo había hecho en el colegio.
—¿Lo has diseñado tú?
—¡No te sorprendas tanto! —Se echó a reír—. Si alguna vez se construye, tendrá un kilómetro y medio cuadrado; será el parque más grande intramuros.
Los árboles y las flores plasmados en el plano eran primorosos; en un estanque había embarcaciones y, junto a la orilla, se apiñaban capullos rojos y amarillos. En uno de los edificios se leía ÁREA RECREATIVA y, en otro, MUSEO DE HISTORIA NATURAL; el tercero disponía de escritorios, muebles con estanterías y sillas.
—No me digas que se trata de una biblioteca —aventuré—. ¿Es que no hay ninguna en la ciudad?
—Reconstruimos la que hay cerca de la calle principal, pero es pequeña y siempre está llena. Ésta tendrá cuatro plantas y dará al lago. Es cuestión de seleccionar los libros recuperados, pues hay un edificio repleto de volúmenes a unas tres manzanas al este. —Charles señaló la estancia situada a su espalda—. La maqueta está por ahí… ¿Quieres verla? —Y puso cara de sorpresa.
Los rasgos de Charles —mandíbula angulosa, facciones firmes y la repeinada mata de cabello negro— me recordaban a una de las muñecas que había en la cama de Lilac en Califia. Yo ya sabía que era guapo de verdad, cosa que quedaba de manifiesto por la forma en que Clara se desvivía por él y porque las mujeres cuchicheaban a su paso. Pero por lo que a mí respecta, me recordaba a mi padre y las murallas de la ciudad que nos rodeaban y nos encerraban.
—Me encantaría —respondí.
En cuanto él entró en la atiborrada habitación, me acerqué a los armarios y recorrí con un dedo las etiquetas de cada cajón. En el primero había papeles de los viejos hoteles; en el siguiente, planos de un hospital, y el tercero contenía información sobre los dos colegios restaurados dentro de la ciudad. También había cajones con un letrero que decía: Planet Hollywood. Entonces me arrodillé y estudié los de abajo. Charles iba de un lado para otro en el cuarto contiguo rebuscando entre las maquetas apiladas; sus pasos me aceleraron el pulso.
—¿Dónde estará? —me pregunté con voz queda al tiempo que leía las etiquetas. Los tres cajones inferiores estaban clasificados como PLANES DE PREVENCIÓN. Abrí el primero y hojeé el contenido: bocetos de las puertas de las murallas, así como inventarios de los suministros médicos, el agua embotellada y los alimentos enlatados que guardaban en los almacenes de Afueras. Pero en ninguno de ellos figuraban los canales de desagüe.
Los pasos de Charles cesaron unos segundos, se reanudaron y se intensificaron cuando se aproximó a la puerta. Abrí el último cajón. No tuve tiempo de pensar nada, sino que me limité a enrollar el fajo de papeles tanto como pude y me lo metí en la bota. Cerré el cajón y me incorporé en el preciso momento en que él regresaba al despacho.
—Aquí está —dijo dejando la maqueta sobre la mesa—. Así tendrás una idea más concreta de las cosas que te explico.
Me pasé la mano por la frente con la esperanza de que no reparase en el sudor que la cubría. La versión en miniatura del parque ocupaba media mesa: los edificios estaban representados con piezas de madera, los estanques se simbolizaban con pintura azul, una vez que se había secado y endurecido, y el suelo estaba cubierto de una pelusa verde parecida al musgo. Charles, un tanto impaciente, aguardaba mi aprobación.
—Es genial, de verdad lo es —aseguré intentando mantener un tono sereno pero, con los planos metidos en la bota, lo único que me apetecía era volver a estar sola.
—Y esto no es todo —acotó y, girando la cabeza hacia atrás, señaló el cuarto contiguo—. Solía construir las maquetas con mi padre. Te mostraré las demás para que…
—No te molestes —me apresuré a decir retrocediendo—. Debo regresar.
Le cambió la expresión; fue como si le hubiesen asestado un puñetazo.
—Bien, de acuerdo. Lo dejaremos para mejor ocasión —accedió, y respiró hondo. Pero necesitaba desesperadamente algo más.
—Las veremos otro día —propuse, cediendo ante la persistente culpa, y traté de recordar que ese hombre trabajaba para mi padre, que habíamos compartido un puñado de horas, como máximo, y que, probablemente, tenía sus propios motivos para buscar mi compañía—. Te lo prometo.
Me encaminé hacia la puerta y lo dejé en el despacho; la luz del sol que se colaba por las persianas le iluminaba a medias la cara. En el pasillo me esperaba un soldado, que me acompañó hasta el ascensor y me condujo hasta los últimos pisos del Palace.
En cuanto me quedé a solas en mi dormitorio, me senté en el suelo y me quité las botas. A medida que seleccionaba los papeles, desapareció todo sentimiento de culpa por haber engañado a Charles. Después de revisar diez hojas, aparecieron los croquis de los canales de desagüe. En la parte superior, escrito con una tipografía hermosa y perfecta, se leía: SISTEMA DE DRENAJE DE LAS VEGAS.