EPÍLOGO
Óscar
—Está en el quirófano, el médico les avisará sobre su estado.—dijo la chica.
Golpeé la pared, desesperado. Cuando regresé la mirada hacia su familia, Mariel estaba hecha un río de lágrimas, Carlos corrió a abrazarla y Sofía se acercó cuidadosamente a mí.
—Óscar, todo va a estar bien.—susurró ella tocando mi hombro, y mi corazón se hizo trizas.
Me aparté un poco y caminé hacia atrás, todos me miraban. ¿Cómo podían estar tan seguros de que Andrea estaría bien? Ellos no escucharon lo que yo escuché, ¡ellos no la vieron cerrar los ojos como si se hubiera dando por vencida! ¡Ella está luchando por su vida! No quería que se fuera, no quería que se me escapara de entre las manos.
Montones de imágenes rondaban mi cabeza, la primera vez que la vi, la forma en que me sonrió cuando le pedí matrimonio, su rostro cuando me dijo que me amaba. La forma en la que ella me abrazaba cuando pasaba sus brazos alrededor de mi cintura mientras yo le daba la espalda. Andrea no se iba a ir. No podía.
No puedes hacernos esto, Andrea. No puedes dejarme, no te atrevas a dejarme.
Cerré los ojos y no me permití llorar, no permití que los pensamientos me hicieran más daño y me obligué a creer que ella estaría bien.
Uno de tantos doctores, salé por la puerta del quirófano, seguido de una enfermera y otros dos hombres. Ellos ceden el paso hacia adentro, a cuatro personas uniformadas. El sujeto camina lentamente hacia nosotros mientras se quita su cubre bocas. No pregunta quién es familiar de Andrea, sólo se queda parado en medio de nosotros y dedica unos segundos a mirarnos. A todos. Observa detalladamente a este grupo de personas que está aquí por una sola alma, aquella que nos unía a todos. Somos como el sistema solar que se mueve alrededor de un sol que nos irradia vida. Andrea es nuestro sol, nosotros los planetas.
—No pudimos salvarlos, hicimos lo humanamente posible. –dice. Y todo se detiene.
Somos los planetas, y la rotación se detiene tan de repente, que chocamos unos contra otros.
Qué pasa cuando el sol que llena de calor, ¿se apaga? ¿Qué pasa con los planetas? ¿También mueren?
No pudimos salvarlos.
Salvarlos.
Salvarlos.
En ese momento mi mundo se desploma.
Pego mi espalda a la pared y me dejo caer al piso mientras grito y lloro de desesperación sin hacer un solo y miserable sonido. Mariel se aferra a Carlos, Sofía abraza a Daniela, sus padres se dan consuelo mutuo. Y yo… yo no tengo a quien abrazar, a quien consolar, no tengo a nadie que me reconforte.
Ella se ha ido.
Ambos.
Como si mis ruegos fueran escuchados, una figura cansada y preocupada aparece por el pasillo viendo la devastadora escena. Mi único consuelo. Mi enemigo, mi mejor amigo, mi rival.
Me ubica entre toda la gente presente en la sala de espera, lentamente se acerca a mí. Observa como todos lloran, entonces su mirada se cruza con la mía y no puedo hacer otra cosa más que abrazarlo. Lo sabe. La piel de sus brazos registra la noticia.
Lloro en su hombro y me siento tan débil, tan vulnerable. La historia se repite. No. No dejaré que la historia se repita.
La vida, siendo aliada del destino, toma las casualidades y las convierte en tus enemigas, en tus pesadillas; en esos recuerdos que te atormentarán hasta el final de tus días.
—Necesito verla.—digo finalmente cuando me separo de Diego.
—Señor,— carraspea el doctor— ella murió.
Escucharlo repetir esa frase, hace que mi sangre hierva y mi alma se desgarre. Me mira como si me fuera imposible comprender el significado de sus palabras.
—Ya lo sé,— le espeto— lo he escuchado la primera vez. Tengo que ver a mi mujer. Su cuerpo, lo que sea. Antes de que le hagan nada, tengo que verla.
Después de lo que pudo haber sido una hora, un enfermero me dirige a un pequeño y frío cuarto. El cuerpo inerte de Andrea está sobre una larga plancha de acero, está vestida con una bata azul, y su cuerpo está cubierto por una sábana blanca.
Sus facciones están relajadas, casi en paz.
Pareciera que estuviese durmiendo. Sus pequeños ojos cerrados, sus carnosos labios, secos y partidos. Sus mejillas aún conservan un poco de rubor, apenas una pincelada. Es como si estuviera durmiendo.
Pero no está soñando.
No respira.
Está muerta.
Mi mandíbula comienza a temblar al igual que mi cuerpo. Con pasos lentos e indecisos me coloco a su lado. Su cuerpo ya no irradia ese calor, y mi corazón vuelve a doler. Con dedos temerosos, acaricio su mano. Las yemas de mis dedos registran el último toque.
—Te quiero.— le susurré a la nada.— Te amo con todo lo que soy, todo lo que he sido y todo lo que espero ser.
Tomando un par de respiraciones profundas, me preparo para lo que vendrá. Una vida sin ella.
Un futuro sin sus risas, sin sus besos, sin sus suaves caricias. Sin ella a mi lado.
—Te amo con mi pasado y te amo por mi futuro.— rozo suavemente su frío rostro, y siento una lágrima correr por mi mejilla.— Te amo por la hija que me diste, por los hijos que hubiésemos tenido, por las noches a tu lado, y por los días que estuvimos juntos. Te amo por todas y cada una de mis sonrisas, y más aún, te amo por todas y cada una de las tuyas.
Me derrumbo.
—No…no puedo…, simplemente no puedo imaginar que nunca más regresarás a casa con Vale y conmigo. ¿Qué va a pasar con nosotros ahora? Estaremos rotos, amor. ¿Cómo vivir una vida si ti? ¿Cómo le hago? —Jadeo. — ¿Cómo puede morir alguien tan llena de vida como tú, Andrea?
Aprieto los ojos con el alma atenazada por el sufrimiento. Recargo mi frente en su hombro apenas descubierto, y con toda la fuerza que me queda, deposito un ligero beso en su cuello sin pulso.
—Te amo. Sabes eso, ¿verdad? Lo sabías, ¿cierto? — Alzo la cabeza pegando mis labios a su oído. Susurrándole promesas. Retrasando la despedida. —Andrea…—termino diciendo.— te amaré todos los días de mi vida.
Y sé que lo haré.
Porque el amor verdadero nunca muere. Lástima y desangra. Lucha y vence. Se rinde o fracasa. Vive y perdura. Pero nunca muere.
Sólo sigue y sigue.
Para siempre. Hasta que el sol se congele.