MAMÀ

Andrea

 

Lo inevitable pasó.

En resumen, Diego sí se había casado y no, yo no había hecho absolutamente nada para impedirlo.

Igual que una patética adolescente, lloré; pero sólo una vez y con Sofía después de una noche de bebidas. Eso fue todo. Luego las cosas volvieron no a la normalidad, sino a ser algo mejor.

 

Durante la noche, estiré mi cuerpo y miré hacia mi derecha… él no estaba. Al notar la ausencia de Óscar me sobresalté un poco. Me levanté de la cama, el reloj marcaba las dos de la mañana. Me puse mi ropa interior y una playera de Óscar sobre mi cuerpo desnudo. Lo encontré en la habitación al otro lado del pasillo, recostado junto a nuestra hija velando su sueño. Golpeé la puerta para que se percatara de mi presencia, él me miró, besó la frente de Valentina y la cubrió con su manta.

—Regresa a la cama, Andy.—ordenó con sutileza.

Dicho eso, salió de la habitación sin siquiera mirarme. Lo seguí al piso de abajo y lo encontré sentado en el tapete del suelo de la sala, con una caja llena de papeles y lo que parecía ser álbumes fotográficos. Tenía la mirada perdida y entre sus manos sujetaba firmemente una foto. Me acerqué cautelosamente, me arrodillé a su lado y acaricié lentamente su hombro hasta llegar a su mano la cual apretaba en un puño.

—Óscar...— lo llamé.

No me prestó atención, a pesar de eso, abrió su mano dejando caer una fotografía. Sin pensarlo dos veces, la tomé y en ella vi a un pequeño niño muy parecido a Valentina de no más de cuatro años, y junto a él, estaba una hermosa mujer de cabello negro intenso y corto con ondas a la altura de su barbilla.

De manera tardía, me di cuenta de que el niño era Óscar y que aquella mujer debía ser su madre, ya que le encontraba un gran parecido con Daniela. De alguna manera sentí que conocía a esa mujer, la había visto antes, estaba segura.

—Es mi madre. —dijo al quitarme la fotografía de las manos.

—Es muy bonita.

—Sí, Dani es su viva imagen.

—Por cierto, ¿ya la felicitaste?

—Sí. Antes de venir para acá, pase a verla y le deseé feliz cumpleaños.

—Me alegro.— no sabía que más decir. Él sí.

—No me gusta este día.— habló de pronto

—¿Por qué no? Es tu cumpleaños y el de tu hermana menor. —Pasé una mano por su cabello.

—No nos gusta, nos trae malos recuerdos. Es lo mismo cada año. Realmente la extrañamos, extrañamos a mamá.

Se me paró el corazón.

—Ella…

—Sí, ella está muerta. Murió un día como hoy, pero hace ya veinticuatro años.

Esto era algo nuevo, algo sumamente extraño. En todo el tiempo que llevábamos de conocernos, jamás había mencionado algo sobre su familia, excepto a Daniela.

—¿Quieres hablar sobre eso?

— No realmente, pero lo necesito. Hace tiempo que no lo hago, la primera y última vez que lo hice fue a Diego hace muchos años. –Suspiró— Es complicado, se que ha pasado mucho tiempo pero aun duele.

—Entiendo. —de verdad lo hacía.

Creo que jamás lo había visto tan vulnerable y al mismo tiempo tan cerrado como aquella vez. Le tomó unos minutos relajarse, controlar su respiración y adoptar una posición más cómoda. Todo sin soltar mi mano.

Después las palabras fluyeron por sí solas.

—Su nombre era Elizabeth y era una mujer muy alegre, humilde. Te juro que era la mujer más hermosa y cariñosa que alguna vez ha pisado este mundo. Los últimos años de su vida se dedicó a ser maestra de francés y una excelente madre. Amaba con locura a mi padre.

De la caja, sacó otra foto. En esta, estaba su mamá embarazada, con una delgada corona de flores sobre su largo y oscuro cabello, y se recargaba sobre un gran árbol. Se veía preciosa y muy, muy feliz. Me era demasiado familiar.

—Era hija única, por lo que uno de sus sueños era tener una gran familia. Mi mamá quería tener cuatro hijos. Seguramente planeaba que todos viviéramos en una gran casa de campo, una granja o algo así; que tuviéramos perros y fuéramos una familia feliz.

—Todos queremos tener una familia feliz.

—Mi madre desde el embarazo ya me ponía música clásica y me hablaba en francés. Cuando nací, me llevaba al teatro, me leía, me ponía a dibujar y a bailar. Tuve una mamá fuera de lo común, era una artista. —apenas y me miró. —¿Te mencioné que también fue bailarina en su juventud?

—No— negué ligeramente con la cabeza.

Abrió uno de los álbumes y me mostró una imagen de lo que supuse era su madre, de espaldas a la cámara, vestida con un hermoso vestido turquesa, en la quinta posición, parada sobre sus puntas y su cuerpo perfectamente estilizado. Estaba en un escenario y el reflector sobre ella.

—Según mi padre, ella era realmente buena. Yo nunca tuve la dicha de verla, por eso cada vez que te miro bailar me quiero imaginar a mi madre haciéndolo. Ella era una mujer muy alegre, tuvo una vida feliz.

—¿Cómo se conocieron tus padres?

—Él tenía veinte años y era ahijado del productor de la compañía de ballet donde acababa de empezar a trabajar mi mamá con tan sólo diecisiete años. Fue en uno de los ensayos y según lo que ambos decían, fue amor a primera vista. Empezaron a salir con amigos, luego tuvieron citas, y el día del estreno de la obra, mi padre le pidió que fuera su novia. Duraron así varios meses hasta que le ofrecieron la oportunidad a mi mamá de ir con las mejores bailarinas de Francia. Entonces mi padre sabiendo que ese era uno de los mayores sueños de mi madre, decidió terminar con su relación y dejarla ir.

—Debió ser duro para ella. Imagínate, tener que decidir entre el amor de su vida o su más grande sueño.

—Mi madre se fue a París con el corazón destrozado y durante los siguientes seis años, bailó en las mejores producciones de Europa y obtuvo los protagónicos más deseados por las bailarinas de todo el mundo. —sonrió con emoción.

Me entregó un sobre con varias fotografías de su madre bailando en París. El lago de los Cisnes, Carmen, Romeo y Julieta, La Bella Durmiente, El Cascanueces. Grandes producciones. El sueño de toda bailarina clásica.

—Es impresionante. Yo nunca llegué a lo profesional pero…, debe ser grandioso. Tu mamá era una estrella. —sonreí. Dentro de la caja había un afiche de su madre caracterizada de Odette para la publicidad de la producción del año 84. Santo Cielo, yo conocía a esta mujer. Me cubrí la boca con la mano y dije con emoción: — ¡Óscar, tú mamá era Elizabeth Miller! No puedo creerlo, mi novio y padre de mi hija, es hijo de una de mis ídolos de toda la vida. Fue por tu madre que empecé a bailar. Esto es…., —sacudí la cabeza. — loco.

Óscar soltó una risa forzada, pero en sus ojos había emoción. Habíamos encontrado una relación entre su madre y yo, y eso lo conmovía.

—¿Es…, es enserio? —balbuceó.

—Por supuesto que sí. Estoy hablando totalmente es serio, te lo juro.

—Vaya, no puedo creerlo. Es increíble.

—Lo sé. —le di un ligero abrazo que lo tomó desprevenido. Me aparté.

Carraspeó y señaló el afiche.

— Una noche durante una de las funciones, vio en la segunda fila al hombre que amaba. Al terminar, él la esperó sobre el escenario, le dijo que no podía pasar un segundo más de su vida lejos de ella, y le pidió matrimonio. Decidieron regresar y casarse, a los cuatro años se embarazó  y meses después yo nací. Ella comenzó a dar clases de francés en una escuela cercana mientras que mi padre trabajaba en el hospital, él es doctor.

Era increíble lo bien que se sabía de memoria la historia. Yo realmente no recordaba la mayoría de la de mis papás, pero estaba segura que no era ni la mitad de arrebatadora que la de los padres de Óscar.  De pronto me daba la impresión de que estaba narrándome una película o contándome sobre una novela romántica. Sentí pena por él. Cada escena se proyectaba en su cabeza conforme él iba hablando, pero entonces..., esa película estaba por llegar al clímax. Una parte triste y dolorosa en su vida.

—Un día fuimos a cenar y ellos me dieron la noticia de que tendrían un nuevo bebé. A partir de ahí, cada noche hablaba con mi hermana a través del vientre. Le contaba lo que hacía durante mi día, lo mucho que deseaba jugar con ella e incluso le cantaba.

Se quedó callado. El brillo de sus ojos se extinguió y deseé con toda mi alma poder reavivarlo. Óscar apretó mi mano y suspiró, luego giró a verme y yo recargué mi cabeza en su hombro para que no viera la tristeza que sentía por él.

—A partir de los seis meses, mi madre tuvo que estar en cama porque su embarazo se había tornado muy riesgoso. Ya no me permitían verla tan seguido, necesitaba cuidados especiales y mucha tranquilidad, por lo que estuve viviendo con mis abuelos. —tragó saliva. — La última vez que vi a mi mamá con vida, fue cuando ella recién cumplía los siete meses de gestación.

—¿La última?— un nudo se formó en mi garganta mientras que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—En mi última visita, ella había prometido que pasaríamos juntos mi cumpleaños. Me dijo que me compraría un gran pastel de chocolate y que iríamos a comprar un perro. Me juró que sería el mejor cumpleaños de mi vida.

—Pero...

—Pero...—su voz se quebró. — Eran las dos de la tarde y yo estaba sentado al pie de la escalera esperando que mi padre pasara por mí y me llevara a casa. Entonces el abuelo se acercó y me dijo que él no vendría porque tuvo que llevar a mi madre al hospital y que tal vez mi hermana nacería ese día.

—Entonces, ella...

—No eran ni siquiera las once de la noche cuando mi abuela entró a mi cuarto. — Comenzó a llorar—Ella se acostó a mi lado, besó mi frente y me dijo: Tienes una preciosa hermanita y tu mami...ahora está en el cielo. Ella te amaba por sobre todas las cosas, nunca lo olvides. En ese momento no lo entendí, fue sino hasta que la estábamos enterrando cuando me di cuenta que nunca más volvería a ver a mi mamá.

—Óscar… —Lo siento tanto, mi amor.

—Durante años odié a mi hermana, por su culpa mi madre estaba muerta. Pero entonces, todo cambió cuando mi padre decidió deshacerse de ella.

—No...entiendo.

—Si yo estaba molesto con ella, mi padre de verdad la aborrecía. Para cuando Dani cumplió diez años era idéntica a mamá. Quiero pensar que para mi padre verla a ella reflejada en Daniela fue demasiado para él. Entonces les dijo a los abuelos que no la quería, se refirió hacia mi hermana como si fuera un cachivache viejo o peor, basura. Mis abuelos decidieron que entonces nos cuidarían a ambos pero él no aceptó. Aún recuerdo sus palabras: Llévate a la mocosa si quieres, pero mi hijo se queda conmigo.

Acaricié su mano que estaba fría por el aire de la noche.

—¿Qué pasó después?

—Se la llevaron con ellos y yo, al cumplir los dieciséis años y darme cuenta en lo que mi padre se había convertido y todas las malas decisiones que tomó, huí de casa y fui a encontrarme con mi hermana que era la única cosa que me quedaba de mi mamá. Me prometí a mi mismo cuidarla y quererla por todo lo que me restara de vida. —cubrió mi mano con las suyas. —Desde entonces no me gusta festejar mi cumpleaños. Mejor dicho, Daniela y yo nunca celebramos nuestros cumpleaños. ¿Cómo puedo festejar y disfrutar el mismo día que mi madre cumple años de muerta? Cada vez que miro a Dani, me imagino que estoy viéndola a ella…mi madre. La extraño tanto, cada año es lo mismo.

—¿Lo mismo?

—Espero a que todo esté en silencio, entonces me levanto y abro la caja de los recuerdos. Ahí tengo todo lo que me queda de mi madre, fotografías, videos, cartas. —Sollozó de nuevo y limpió sus ojos con el dobladillo de su camiseta. — A veces me siento como ese pequeño niño otra vez. Cada día pasa algo nuevo en mi vida que quisiera compartir con ella, pero cuando caigo en cuenta de que mi madre ya no está, todo se derrumba. — me miró por encima del hombro. — Cuando desapareciste, quise correr con ella y pedirle que me ayudara a encontrarte, después quería contarle sobre Valentina, pero no pude hacerlo.

Óscar lentamente empezó a guardar todas las fotografías que había sacado de la caja. Los recuerdo lo invadían y cada que tomaba una foto, una nueva lágrima resbalaba por su mejilla, haciendo que las mías siguieran su ejemplo. Involuntariamente dejé salir un sollozó, él volvió su atención a mí y me miró con preocupación.

—Andy, no llores. Por favor… —sus pulgares frotaron mis pómulos para deshacerse de las lágrimas. —Me desarmas.

Me sorbí las lágrimas.

—No puedo evitarlo, nunca creí que algo como eso fuera el causante de tu tristeza.—acaricié su mandíbula con los dedos.

—Ahora me haces sentir miserable por contártelo.—bajó la mirada.

Él, aquel hombre que siempre tenía una sonrisa para mí, ese que fue y era mi mejor amigo; había estado tan cerca tantas veces de derrumbarse, que en retrospectiva, me di cuenta de lo mucho que había tratado de ocultarlo durante el tiempo en que éramos sólo amigos. Pero en ese momento, si él caía, yo caería con él.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes? Ya sabes, aquella vez en el estacionamiento del edificio donde vivía Diego.

Me arrepentí al instante siguiente en que le hice la pregunta porque realmente se detuvo a pensarlo, y no quería que lo hiciera. No quería que su vista quedara fija en un punto inexistente como lo hizo antes y se cerrara de nuevo. Lo quería conmigo, compartiéndome todo lo que tenía dentro.

—No tienes que decirlo. No importa ya. —le dije mientras acariciaba su espalda, deseando que con mi tacto regresara a mí.

—No te imaginas cuánto le agradezco a la vida que te haya puesto en mi camino. —apretó la mandíbula. — Por favor, Andrea, nunca me vuelvas a dejar. No podría soportarlo, me volvería loco.

La desesperación en su voz me hizo estremecer. Sentí miedo y empatía, porque a esas alturas no podía soportar que él me dejara a mí

—¿Por qué crees que te dejaría, Óscar?— tuve que preguntar.

—No sé. — Encogió los hombros y lentamente movió la cabeza— Tal vez pronto te darás cuenta de que esto no es lo que querías, o más bien, que te estás conformando, justo porque tu vida no va de la manera que esperabas ni con la persona con la que la planeaste. —sus ojos se afligieron. —Tengo miedo, Andrea. Miedo a perderte.

Ojalá él hubiera sabido en ese momento, que la idea de separarme de su lado me aterraba más que otra cosa.

—No vas a perderme.

—Cómo puedo estar tan seguro después de que he dejado de creer en los finales felices.

—Porque soy yo quién te lo está diciendo. Aquí, es este momento. En tu casa, donde sólo tú puedes tenerme. —sonreí a medias— El Vivieron felices para siempre dura hasta que el escritor deja de escribir lo demás. Si quieres, puedo escribir un libro sobre lo que quieras asegurándome de que tenga un maravilloso final feliz.

Óscar rodó los ojos.

—Sí, bueno, cuando escribas una historia sobre mí, asegúrate de agregar: Y vivieron felices para siempre, pero sobre todo, juntos. —dijo esta vez en un tono más relajado y bromista.

—Lo tendré en cuenta —murmuré siguiéndole la corriente. Él me dedicó esta vez una sonrisa completa.

—Lo digo enserio, los escritores de esta época parecen tener una seria aversión al amor y matan personajes a diestra y siniestra, o no los dejan juntos. Los odio. —reí por su expresión. —Y quiero que mi personaje lo interprete alguien de nombre conocido cuando lo lleven a la pantalla grande. Nada de actores pequeños.

—Dalo por hecho.  ¿Otra cosa?

—La dedicatoria tiene que ser especial, tener presencia y verse completamente real. —Me reí en voz alta esta vez. —Y el título, tiene que ser algo como...

—¡No me digas! .— puse mi mano en su boca, besó mi palma. —Yo tengo el título perfecto.

—Esa es mi chica —dijo al descubrirse la boca y me plantó un corto beso en los labios. —Gracias.

Besó mi cabello y luego nos quedamos ahí, por un tiempo. Sin hablar ni mirarnos, sólo ahí, con mi cuerpo sobre el suyo. Dándome cuenta de que no lo quería como yo creía. Lo amaba más.

Y fue ahí cuando la realidad de la situación me golpeó. La epifanía de verdad me dio de lleno en la cara, como un golpe masivo digno de knockout. 

Lo amaba. 

¡Joder! Me había enamorado de él. Duro y hasta el fondo.

—Òscar. —mi voz salió con urgencia, con una desesperada urgencia de admitirlo.

— ¿Qué?

—Te amo.

Óscar se congeló a mi lado y sus ojos me miraron con atención, dejando sus labios perfectamente entre abiertos. Esa era la primera vez que se lo decía completamente enserio, pues estaba segura de que me había enamorado de él, lo de antes habían sido sólo sospechas.

—Dilo otra vez —susurró aún en transe.

—Te amo —repetí, casi como si no lo creyera.

Moví mi rostro y besé la comisura de sus labios para luego seguir descendiendo por su mandíbula y detrás de su oreja. Sus brazos me rodearon de una forma totalmente diferente.

—De nuevo— ordenó

—Te amo.— le murmuré al oído haciendo que se estremeciera.

—Sólo… —balbuceó— Sólo una vez más.

—Te amo.

Óscar tragó saliva.

—Y yo te amo más que a mi vida. —dijo sin vacilación.

No me sorprendió en absoluto lo rápido y fácil que había soltado esas palabras.

Un corto y cómodo silencio se presenció entre nosotros, en ese momento me sentí feliz y puedo apostar todo lo que tengo a que él se sentía extasiado. Entonces me besó. En cuanto sus labios dejaron los míos, comencé a sentirme sola, lo miré fijamente y él hizo media sonrisa, dio pequeños besos en ambas de mis mejillas, también en la frente, haciendo que mis ojos permanecieran cerrados. Me abrazó fuerte y se recostó en el suelo haciéndome quedar sobre él. Con mi cabeza inclinada podía escuchar su corazón.

Lo amaba, amaba a Óscar.

Sus manos bajaron por mi espalda hasta mi cadera, donde se quedaron varadas. Junté mis manos en su pecho y apoyé mi barbilla en ellas, solamente para mirarlo a él. Podría pasar mucho tiempo haciendo eso y no me aburriría en lo absoluto.

— Cásate conmigo. — no fue ni siquiera un susurro, su voz salió tan débil, tan baja, tan íntima que bien pudo haber sido sólo el sonido del viento lo que me pareció escuchar.

—¿Qué? —Me levanté de golpe y él lo hizo conmigo.

— Cásate conmigo. —volvió a decir, más claro esta vez.

Me quedé mirándolo atentamente, él parecía estar tan seguro de querer pasar conmigo el resto de su vida y yo estaba tan atontada que lo primero que hice fue…

— Sí.

Jamás había visto a un hombre cambiar tantas veces de color, él se puso amarillo, luego blanco, luego rojo y luego abrió la boca en forma de O. Reí y pasé mis manos por su cuello esperando a que él reaccionara

—Dijiste que sí.

—Sí.

— ¿Te casarás conmigo?

— Sí — repetí y él sonrió idiotizado por mi respuesta.

No podría describirlo de otra forma porque mi mente aún no funcionaba bien y no encontraba un sinónimo suficientemente acertado a esa expresión que había en su rostro.

—¿De verdad?

— Sí —reí y él me abrazó fuerte llenándome de besos el rostro.

Se detuvo de pronto. Maldijo en voz baja.

—Soy un imbécil. —estampó su palma contra su frente.

— ¿Qué? ¿Tres segundos y ya te arrepentiste? —–Negó besando mis nudillos—. ¿Entonces?

— No pensé en preguntarte esto tan pronto. De hecho, no pensé que me dirías que sí. No tengo un anillo para ti —me encogí de hombros—. Oh, espera —dijo y se levantó.

Literalmente corrió hasta la cocina y después de escucharlo abrir la nevera y luego el grifo, volvió a donde yo estaba con un aro rojo de plástico en sus manos.

— ¿Es eso el aro de la tapadera de la leche? —fruncí los labios y subí una ceja.

— Sí, pero finjamos que es un anillo de veinticuatro quilates. —hizo un ademán de poca importancia con la mano.

Tomó mi mano izquierda, reí al ver cómo él pasaba el aro por mi dedo y luego me miraba a los ojos. Tenía una enorme sonrisa que no podría soportar no verla de nuevo. Me lancé a él y ambos caímos al suelo abrazados.

—Estás jodida, Andrea, ya no te puedes escapar.

— ¡Demonios! — dramaticé.   

Suspiró con alivio.

— Te amo, Andrea. Siempre lo he hecho.

Hasta que el sol se congele
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