TE NECESITO MÁS DE LO QUE TÚ PUEDES LLEGAR A NECESITARME.
Andrea
Cuando finalmente abrí los ojos, vi a mis padres que estaban con Óscar escuchando el diagnóstico del doctor. Iban a tener que intervenir de emergencia, me estaba desangrando y si no actuaban, el bebé o yo podríamos morir. Tenían que decidir.
El cirujano volvió cuando todos estaban fuera discutiendo sobre mi situación. El doctor me habló acerca de todos los riegos. El bebé, además de todo, era demasiado grande, se movía demasiado y ya no podían asegurar si venía o no, en la posición correcta o en una no tan complicada para maniobrar. Firmé la responsiva. El hombre de la bata blanca salió de la habitación, corrí al baño a vomitar, supuse que el médico había ido directamente a hablar con alguien, pues mientras sacaba sangre y bilis de mi boca, podía escuchar a Óscar discutiendo con mi madre. De la sacudida y el esfuerzo, salía más sangre de mi entrepierna, mi vida y la de mi hijo dependía de esto.
Salí tambaleándome del cuarto de baño, sufrí un mareó, vi perfectamente cómo iba a caer sobre el suelo frío, pero unos fuertes brazos alcanzaron a sostenerme. Óscar.
—Andrea, ¿estás loca? —Me sacudió —¿por qué no pediste ayuda? —Estaba tratando de no gritarme, en su lugar, gruñía y bufaba igual que un toro. Apoyados contra la pared blanca de la habitación, me apreté a su pecho y él me rodeó con los dos brazos. Recargó su mentón en la coronilla de mi cabeza y lo sentí tragar saliva con demasiada dificultad.
—Lo siento. — sollocé. — Tengo miedo, Óscar. Tengo miedo de dormir y no despertar. —me arropó con más fuerza sin hacerme demasiado daño y lo escuché contener un jadeo.
Esperé a que me dijera que todo estaría bien, que los doctores nos iban a cuidar a ambos y que saliendo del hospital, tomaríamos a Valentina y nos iríamos lejos a descansar. No lo hizo.
—Tenemos que acostarte, vamos.
Tenía ganas de llorar, porque me di cuenta de que él quería llorar. No podría soportar verlo quebrarse, no cuando yo era la causa.
—Óscar…—traté con todas mis fuerzas, decirle algo que le quitara la angustia.
—Sí, lo sé. —Leyó mi mente. Terminó de acomodarme en la cama y me cubrió con la sábana, pasó su palma a lo largo de mi vientre antes de caminar hacia la silla y sacar una libreta y un bolígrafo de una mochila negra. —Carlos me la dio. —regresó a mi lado y me la entregó. — Dijo que él no necesita una, que siente que no hay nada que no le hayas dicho ya. —Óscar se encogió de hombros. —Realmente no sé a qué demonios se refería, pero insistió bastante en que te la entregara. ¿Tienes alguna idea de a lo que quiere?
El nudo en mi garganta creció, y las lágrimas volvieron.
—Sí.
Óscar no se conformó con mi monosílabo de respuesta, pero no presionó. Evitando su aguda mirada, abrí el cuaderno y me puse a escribir tan rápido como me fue posible. En ese momento pensé en todos aquellos personajes importantes en la historia de mi vida: Valentina, mis padres, Mariel, Sofía, Carlos, Diego, Óscar.
Me detuve después del primer párrafo y lo miré. Ubicado en el sillón de visitas, sentado con sus codos sobre sus rodillas y la cabeza entre sus manos, lo vi llorar en silencio. Se me partió el alma.
Levantó la mirada, cuando sus ojos se conectaron con los míos, giró bruscamente la cabeza.
—Deja de mirarme. —pidió, más que una orden.
Siguió llorando. No sollozos, no gemidos, no gritos de sufrimiento; sólo lágrimas silenciosas que gota a gota iban destruyendo mi corazón.
—¿Me perdonas? —dije en voz baja, esperando que no me hubiera escuchado, pero anhelando que lo hiciera, me sonriera y me dijera que estaríamos bien.
No pudo más. Se levantó, y de dos zancadas salió furioso de la habitación azotando tras de él la frágil puerta.
Cuando lo vi partir, me deshice en un mar de lágrimas. Mis manos cubrieron mi cara, a mis ojos hinchados y mis labios amarillos. Traté de sofocar los gimoteos, mis dedos rozaron mi vientre. No te agites tanto, bebé. Nos matas a cada movimiento.
Cerré los ojos fingiendo estar dormida. Había escrito tanto en esas hojas, que no me atrevía a mirarlos. No porque fueran cosas malas, sino que, el imaginar sus rostros afligidos leyendo, era demasiado para mí.
Óscar regresó exactamente una hora más tarde. Lo sentí moverse por toda la habitación, un extraño aroma llegó a mi nariz; era una combinación de su loción, con el perfume de Sofía. Mi estómago se revolvió.
—Amor…—murmuró. Sus labios besaron cada uno de mis nudillos, por un instante creí sentir como las lágrimas recorrían sus mejillas.— No sabes cuánto odio que me digas que yo he llegado a mejorar tu vida, porque, preciosa, tú llegaste a completar la mía. Desde el momento en el que vi tu sonrisa supe que te pertenecía. Decir que eres mi vida es poco. Eres mi alegría, mi eje y mi fortaleza; cada músculo de mi cuerpo se tensa cuando escucho tu voz, cuando siento tu piel.— se quedó callado unos segundos.— Te lo suplico con el corazón en la mano, no te me dejes, Andy.— sollozó— Perdóname por no cuidarte como debía, si algún día te decepcioné quisiera…, quisiera que supieras lo mucho que te amo, lo mucho que te necesito. Sabes que mi corazón siempre te ha pertenecido, no sólo por tu belleza, también por tu humildad y tu alegría desenfrenada. Te pertenece porque eres una luchadora.
Sentí un hueco en el corazón, Óscar me necesitaba tanto como yo a él. Abrí lentamente mis ojos, él me observó con los suyos llenos de lágrimas. Sentía que mi corazón se partía en mil pedazos. Tomé su mano y besé sus dedos.
—Andrea…
—Está hecho.—intenté tragar mi llanto
—Andrea, existen otras posibilidades.
—Mientes. —Ignoró mis palabras.
Sus manos de hundieron en mi cabello, sujetando con fuerza sosegada mi nuca. Su frente pegada a la mía.
—Entiende que tú eres la persona más importante, y que sin ti no tengo vida. No podré sobrevivir sin ti, estaré vacío. ¿No te das cuenta? Moriré en cuanto tu corazón deje de latir y eso no es lo que quiero. Lo que quiero, es estar donde estés tú.
—Tú no puedes venir conmigo, tonto. –reí sin gracia. — Tienes que cuidar de nuestros hijos, Óscar. No los puedes abandonar.
—¿Y tú sí? —golpe bajo.
Dejé caer la cabeza contra la almohada, mi mano buscó entre las sábanas las dos hojas de papel dobladas en cuatro, estiré el brazo y traté de no mirarlo mientras que con voz fría, le decía:
—Necesito que se las des a Mariel y Sofía, van a odiarme por esto, pero no hay más. Se acabó.
Perdóname, Óscar. Te estoy torturando con esto. Lo siento.
Óscar había vuelto a salir con mi carta de despedida para Mariel y Sofía en las manos.
Cuando éramos más jóvenes, habíamos acordado que cada vez que alguna de las tres no se sintiera lo suficientemente bien como para contarle a las otras sus problemas, escribiríamos una nota dónde lo explicábamos todo. La primera fue Mariel, nos escribió una carta de cuatro hojas a cada una diciendo lo mucho que seguía queriendo a su antiguo novio, pero que se estaba enamorando de Carlos, y que no sabía cómo decírnoslo, pues sentía que Carlos era como un hermano para nosotras. Muchos años después, Sofía lo hizo. En dos hojitas del tamaño de una servilleta, escribió once palabras:
1) Creo
2) que
3) estoy
4) embarazada
5) y
6) no
7) sé
8) quién
9) es
10) el
11) papá.
Falsa alarma después de todo.
Ahora era mi turno.