Óscar se subió a la camilla para recostarse a mi lado, me acurrucó en sus brazos mientras acariciaba mi espalda y con labios temblorosos, depositaba tiernos besos en la parte superior de mi cabeza. Fácilmente podría quedarme así toda mi vida, lo cual era irónico.
Siempre me ha asustado el no saber qué hay después de esto, ¿qué es lo que pasa cuando uno se muere? ¿Qué pasa con nuestra alma, nuestros pensamientos y nuestros recuerdos al tener que dejar esta vida? No lo sé, quiero averiguarlo pero no aún. No estaba lista, aún no era mi tiempo. Aún me quedaban muchas cosas por hacer, gente por conocer, lugares por visitar. Quería ver crecer a mis hijos, envejecer al lado de mi esposo, seguir siendo una mejor amiga para alguien, y conocer a mis nietos. Tenía planes de ampliar la librería, tal vez vivir un tiempo en la playa o un lugar menos ruidoso. Necesitaba tiempo para arreglar definitivamente mis asuntos con Diego, necesitaba resolver mis problemas, sacar a la luz todos mis secretos para poder terminar de descubrirme. Pero también sabía, que debía superar uno de mis más grandes temores: La muerte.
—¿Crees en el cielo?— mi voz era apenas audible. Él asintió.
—Creo que todo lo que hemos hecho, lo que recordamos o sentimos, se tiene que ir a algún lado.
—¿Crees que tu madre y mi abuela estén ahí?—Sonreí ampliamente.
—Estoy seguro.
—Genial, necesitaba alguien que me recibiera.— reí suavemente asintiendo y tomando su mano.
—Oh, no creo que le agrades a mamá, porque tú sabes..., le quitaste la castidad a su hijo y eso.
Fingí semblantear la situación.
—Le di nietos.
—Eso es un buen punto.— apretó mi mano y besó mi sien. —Te va a amar.
—Ya lo sé. Todo el mundo me ama.— reí, él también lo hizo.
—Tengo algo para ti—Se incorporó un poco, sentándose junto a mí en la camilla, metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó un sobre rojo.— Es una carta que escribí hace un tiempo para ti, y creí que nunca te la daría.
—Y ahora que me voy a morir, tienes cargo de conciencia y me la vas a dar—bromeé.
—Algo así—dijo con media sonrisa—Es un incentivo. —fruncí el ceño.
—No entiendo.
—Te la entregaré cuando salgas de la operación y tengas al bebé en tus brazos. Así que si quieres leer esta carta, tendrás que aferrarte a la vida y no morirás.
—¿Es tan importante lo que mencionas ahí?— dije, refiriéndome a la carta.
—La verdad, no lo sé. Lo que sí sé, es que haré cualquier cosa, y usaré toda posible excusa para mantenerte a mí lado.—nuevamente, lágrimas se aglomeraron en sus ojos.
—Yo también tengo una para ti— le entregué las hojas dobladas que había sacado de debajo de la almohada.
—No voy a leerla.— La recibió, pero la guardó junto a la otra.
—¿Por qué no?
—Porque tú saldrás bien, y entonces podrás decirme de frente todo lo que escribiste en esta carta.
—Óscar….—empecé a negar con la cabeza.
Sin nada más que decirme, me abrazó y pude sentir todo su amor. Escondió su cabeza en mi cuello mientras que con sus manos acariciaba mi cabello.
—Te necesito a mi lado— hipó entre mi cabeza y mi hombro.
Tomé su rostro en mis manos obligándolo a mirarme, sus ojos estaban rojos y me imploraban que no lo dejara.
—Siempre, escúchame bien, siempre voy a estar a tu lado.
—Te amo.— me dijo. Sonreí sólo para nosotros.
—Cuando me miras a los ojos y me dices que me amas, todo parece estar bien.
—Te amo.— repitió— Te amo, te amo. —Esparció besos por todo mi rostro. Pasé mi mano a través de su cabello, tratando de grabarme en los dedos la sacudida de su cuerpo con mi toque.
—¿Y seguirás amándome?
Sonrió con tristeza.
—Hasta que el sol se congele.
Cerré los ojos. Comencé a llorar, de nuevo. Odiaba llorar, detestaba la sensación de humedad correr por las mejillas y las gotas manchar tu ropa.
Él volvió a besarme, yo lo besé tan lento pero al mismo tiempo firme y decidido. Quería impregnarme de sus besos para recordarlos en mi cabeza. Me dio uno de sus abrazos, uno en el que se estaba despidiendo, otro en el que me pedía que no me fuera y uno más en el que me rogaba que no muriera.
—Adiós— le murmuré al oído.
Tragó saliva y me miró.
—Nunca digas adiós, porque decir adiós significa ir lejos y desaparecer. Esto es un hasta luego.
Negué con la cabeza y lo besé por última vez.
—Siempre fuiste tú. Mi corazón, mi vida, siempre fuiste tú. Te amo, Óscar. Adiós.
Lo siguiente sucedió demasiado rápido para gusto de todos. Los médicos entraron y me llevaron al quirófano. Todo el trayecto Óscar sostuvo mi mano, mis padres antes de irse me abrazaron. Estaba por entrar a la sala, cuando a unos metros de mí, divisé a Mariel y Sofía tomadas de la mano y con los ojos llorosos. Les dediqué una gran sonrisa, y ellas me devolvieron una igual. Los enfermeros me empujaron dentro. Óscar tuvo que quedarse afuera, pero alcanzaba a verlo a través de la ventanilla redonda. Entre dos, me cargaron y pasaron a la plancha. Otra mujer revisó mis signos vitales, mi presión arterial, me preguntó algunas cosas y me pusieron la máscara de oxígeno.
—Cuenta hasta diez, bonita. Vas quedarte dormida. — Tengo miedo de dormir y nunca despertar. El gas empezó a salir por la manguera.
Giré la cabeza hacia la izquierda donde todavía podía ver a Óscar desde el otro lado.
Diez.
Diez, ¿qué? ¿Qué había dicho la enfermera?
— Cuenta hasta diez. —volvió a decir.
¿Diez segundos? Bien, podía hacerlo, podía contar hasta el diez. Eso significaba verlo durante otros diez segundos más. Óscar, sólo tenemos diez segundos. Lo miraría por diez segundos más.
Quería mirarlo. Lo miré.
Uno.
No estoy lista.
Dos.
Tengo miedo.
Tres.
No quiero dejar sola a mi familia.
Cuatro.
Quiero gritar.
Cinco.
Me siento débil.
Seis.
Tuve una vida maravillosa.
Siete.
Diego…
Ocho.
Sofía, te voy a extrañar.
Nueve.
Valentina, no odies a mami por esto.
Diez.
Se nos acabó el tiempo, Óscar.
Mis ojos se cerraron por completo.