LA NOCHE ES UN BUEN COBIJO PARA LOS AMANTES.
Diego.
Un mes después…
Tomé el primer vuelo que encontré en cuanto recibí la llamada de Mariel. Estacioné el auto fuera del edificio donde la vine a dejar la primera vez, el día que la conocí, cuando todo comenzó. Estaba ahí, esperando que nuestra historia no terminara así, dispuesto a rogarle, dispuesto a humillarme con tal de tenerla de regreso.
Me decidí a tocar la puerta y aún con los nervios a flor de piel, escuché su perezosa voz. Mi cuerpo tembló. Me sentía como un adolescente a punto de pedirle una cita a la chica más guapa de la escuela. Vi la sombra de sus pies bajo la puerta antes de que esta se abriera. No me sorprendió que ella no se sorprendiera de verme ahí, era casi como si…, como si hubiera estado esperándome.
—Diego, pensé que seguías en Chicago. ¿Qué haces aquí?
—Vengo por lo que necesito
—¿Se te perdió algo?— sonrió a medias, fue más una mueca. Ella hablaba casi en broma, pero yo no. Esto es era demasiado enserio.
—Tú.— me aventuré a decir
Me miró y sus ojos me apuñalaron el pecho por la decepción.
—Voy a casarme mañana.
—Andrea, te amo. —Avancé un paso.
—Adiós. —Estuvo a punto de cerrar la puerta pero se lo impedí.
—Andrea, por favor.
Ella suspiró.
—¿Qué quieres?
—¿Puedo pasar?— Se hizo a un lado para que yo entrara. Cerré la puerta detrás de mí, ella estaba de espaldas caminando hacia la sala.
—Llegas tarde, Diego. Demasiado tarde.
—Cuando venía para acá, estuve ensayando lo que diría en cuanto te viera, pero me he quedado en blanco. —Tomé aire. —No quiero que te cases.
Ella examinó mi rostro.
—¿Por qué?— preguntó retándome.
—¡¿Por qué?! —resoplé— Vamos, ¿has olvidado lo que pasó entre nosotros?— negó lentamente con la cabeza— Cada día que veo a Óscar sonriente, la forma en que lo miras, la forma en que lo besas, esas caricias que van desde la frente hasta la nuca mientras tocas su cabello; todo eso era mío. Esas risas, ese brillo en los ojos, esos berrinches, las clases de baile. Todo.
—Diego— soltó el aire pesadamente— ¿Por qué ahora?
—Porque hasta ahora siento que te vas enserio de mis manos. Ven conmigo— dije desesperado— Por favor, ven conmigo— rogué porque ella no me miraba— He cometido muchos errores, pero esta vez no quiero irme sin intentarlo.
—¿Irnos?— me miró incrédula— Diego, tu estas casado y además, ¿qué pasa con Óscar? ¿Con Valentina? Tengo una vida hecha, no puedo irme así como así.
—Si puedes. Llévate a Valentina contigo y seremos una familia.
—Diego, ambos estamos casados.
—Nos divorciaremos. —La sujeté por los codos tratando de acercarla a mí, Andrea sacudió los brazos y retrocedió.
—¡Diego, no es tan fácil! No es como tirar una camisa vieja a la basura.
—Te sigo amando, Andrea.
—Eso ya lo dijiste.
—Por favor, no me hagas esto. Esta situación me está matando y no lo soporto— le dije al borde del pánico.
—Lo nuestro se terminó hace años.
—No digas eso. —traté de alcanzarla de nuevo, puso ambas palmas sobre mi pecho para hacer que me detuviera.
—Se acabó, por favor vete a casa.
— ¿A casa? ¿De regreso a la soledad de un maldito apartamento que aún conserva tu esencia? —reí una vez, sin ganas. —Mejor pídeme que me meta una bala por la cabeza.
Andrea se quedó estática, sus ojos tenían un brillo cristalino y por un momento, sentí como si realmente hubiera llegado a la fibra más sensible de su cuerpo; pero su mirada perdió el enfoque y la burbuja en la que ella permanecía, se convirtió en un muro.
—Vete. Ya he tomado una decisión. —Apuntó hacia la puerta principal.
—Te necesito a mi lado, ¡¿Cómo es que no puedes entenderlo?! —dije exasperado.
—Yo lo amo. ¡Amo a Óscar! —su grito quedó ahogado, no fue más que un débil gemido.
Moví lentamente la cabeza, negándome a creer una sola palabra.
—Eso no es verdad. —Sentí como las lágrimas amenazaban con quemar mis ojos. No pude contenerme, con fuerza envolví a Andrea en mis brazos sujetándola por la cintura y la apreté a mi cuerpo. Puse mis labios en los de ella. Su boca estaba rígida, pero aún así la besé con más fuerza deseando obtener una respuesta por parte de ella. Ella se removió con furia y finalmente me apartó. —Bésame— le supliqué.
Andrea mantuvo su boca cerrada y sus ojos en un punto fijo, su cuerpo estaba tenso y al mismo tiempo sin vida.
—Bésame— rogué una vez más— ¡Por favor, Andrea! ¡No te cases con él! Te amo. —Solté y ella se apartó de golpe—. Cometí un error y no merezco realmente que me perdones. Ni siquiera sé cómo pudiste estar conmigo esa noche, pero te amo y estoy intentando recuperarte. Haré todo, todo para que tú me dejes hacerlo, para que vuelvas a amarme. Me jode la cabeza saber que todo lo que tuve se me escapó de entre las manos en dos segundos, y me destruye darme cuenta que si no te doy un gran discurso, tú no sucumbirás ante mis palabras y vendrás corriendo a mis brazos como en las historias de amor de los libros que tanto te gustan. Sé que no llorarás y me dirás que todavía me quieres porque sé que no lo haces como yo lo hago y lo entiendo. Pero estoy aquí, Andrea, intentando ponerme en vergüenza por ti. Te amo y eso no dejará de pasar por un par de…
—Ya cállate, Diego.— ordenó con voz suave, casi dulce.
Escuchar de nuevo esa palabra salir de su boca, hizo que todo mi cuerpo temblara.
—Cállame.— tragué saliva— Vamos, Andrea. Cállame.
Se lamió los labios.
—Yo...
—¿Qué esperas? Cállame.— la reté.
—Por favor, no hables.
—Cállame como sólo tú sabes hacerlo. —Bajó la cabeza y empezó a llorar. Bien hecho, imbécil. —Andy, preciosa…
—¡Déjame en paz! — Dio otros dos pasos hacia atrás chocando su espalda contra la pared. —Desde hace tiempo imaginé que este día llegaría, soñaba con que esto pasara y en ese entonces estaba dispuesta a dejarlo todo por ti, pero ahora…, yo… no lo sé.
—Si lo sabes, sabes que me amas.
—Sí, te amo pero…
—¿Te arrepientes de amarme? —pregunté, con el corazón en la boca.
Dijo que no con la cabeza.
—De pronto me dan ganas de regresar el tiempo para evitar encontrarte, pero después lo pienso mejor y aunque somos tan diferentes, no me arrepiento de nada, porque si el destino no nos hubiera juntado..., yo a él tampoco lo hubiera conocido.
—No. No, no, no…, no digas eso. Lo que dices es mentira, Andy. Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, lo estarán aunque sean como el agua y el aceite. La vida de dos personas puede llegar a ser completamente opuesta y aún así tener el destino de permanecer juntos.
Nunca supe que fue, pero algo en su interior cambió, Andrea se transformó y volvió a ser la vieja ella, la dulce. Avanzó cuatro pasos hacia el frente, los conté. Estiró su brazo, sus nudillos delicadamente trazaron a lo largo de mi mejilla, el dorso de su mano quedó mallugado por la barba áspera de mi rostro. Cerré los ojos al sentir su contacto de nuevo.
—¿No te has puesto a pensar, que tal vez tú y yo no estamos destinados a estar juntos?
Oír mis propias palabras salir de sus labios en una interrogante, prácticamente terminó de destruirme. El furor que aún quedaba dentro de mí, salió disparado de mis labios hasta asegurarse de penetrar los oídos de aquella mujer.
—Ni por un segundo, nena. Ni por un puto miserable segundo me ha pasado esa barbaridad por la cabeza. Vine con un propósito, Andrea. Si quieres que me arrastre de aquí hasta mi casa, lo haré. Si quieres que abandone todo lo que tengo y todo lo que soy, dímelo y lo hago, pero por lo que más quieras, no me digas que tú y yo no podemos estar juntos.
Cerró los ojos y sacudió la cabeza como si realmente mis palabras hubieran llegado hasta ella. Pasó por mi lado, rozó su brazo con el mío y sus dedos tocaron mi mano cuando lo hizo. Caminó hasta el otro extremo de la habitación, ambos nos giramos para seguir mirándonos.
—¿Por qué tienes que decirme cosas como esas?— la miré confundido— Cosas que me hacen borrar de la cabeza todo el dolor que he pasado durante este tiempo. —se mordió los labios. —Diego, he cambiado. Soy otra.
La contemplé por unos segundos, analizándola a ella y a sus palabras.
—Sí, has cambiado. Antes eras mía, no de él.
Ella apretó los ojos una vez más y dio media vuelta dándome la espalda, avancé hacia ella. Conté en silencio exactamente cinco segundos antes de acercármele y poner mis manos en sus caderas, con mi nariz rocé su hombro y en besos pausados, subí por su cuello hasta el oído. Se tensó al momento. Su cuerpo poco a poco fue cediendo, su respiración se agitó, subí mis manos a su vientre y presioné mi pecho contra su espalda. Mi pelvis contra su trasero.
—Diego, suéltame. —gimió. —Por favor.
No estaba listo para dejarla ir. No estaba listo para una vida sin ella. No estaba listo para dejar de amarla.
No estaba listo para renunciar a ella.
Soplé el punto erógeno detrás de su nuca. Ella volvió a gemir, saber que mi toque aún la provocaba, me excitó tanto que se sintió como el cielo, tanto que casi pude correrme en ese instante. Pegué mi entrepierna aún más a su trasero.
—Él no te tocará como yo, él no te besará como yo, él no te hará el amor como yo te lo hago a ti. Él jamás será yo. Tal vez sea lo que quieres, pero no lo que necesitas.
Jadeó.
Giró entre mis brazos y quedamos uno frente al otro, podía sentir su aliento entre mis labios y su vientre bajo haciendo una ligera fricción contra mi pelvis y entrepierna. Mis dedos apretaron los huesos de sus caderas. Se mordisqueó los labios tratando de no gemir.
—Tú no eres él.— una solitaria y silenciosa lágrima resbaló por su mejilla.
Acerqué mi cara y le besé el pómulo, luego sus dulces labios carnosos me dieron entrada y la besé eufórico en la boca. Ella respondió mi beso inmediatamente y mi corazón comenzó a latir a una velocidad insuperable. La besé de forma tan desesperada, rogándole que no se fuera, que no me apartara de su vida, que me amara. Que me amara de nuevo e incluso, que lo hiciera más que antes.
—Eres mía— murmuré entre sus labios, bebiéndome sus jadeos, intentando con todas mis fuerzas tragarme su alma con cada beso.— Sólo mía.
Sus palmas apretaron mi cara, las mías su espalda y cintura.
Una alarma se detonó en mi interior. Algo no estaba bien. No era lo que se suponía que debía ser. No era poderoso o alucinante, ni tierno o excitante.
No.
Me recordó a los cuentos de hadas que llegué a contarle a Valentina, aquellos en donde el beso siempre rompía el hechizo.
Abrí los ojos.
Poco a poco, y sin dejar de mirarnos el uno otro, Andrea y yo nos separamos.
—También lo sentiste, ¿cierto? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Como si trataras de encender una lámpara aún cuando sabes que el enchufe no tiene corriente, o como cuando no puedes terminar de armar un rompecabezas porque una de tus piezas está extraviada. ¿Ves? Eso es a lo que me refiero. Algo falta. Lo sientes, ¿verdad?
En un susurro finalmente lo admití para mí mismo y para ella.
—Sí. —puse mi mano en su hombro. —Andrea…
De repente se tapó la boca con ambas manos, su rostro se transformó en una máscara de remordimiento y culpa.
—¡Oh, dios! ¿Qué he hecho?
—Andy…
Se puso a caminar de un lado a otro, soltando palabrería y media. Palabras demasiado rápidas y dramáticamente horrorizadas.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Te besé. ¡Te besé! Estoy a menos de doce horas de ponerme de pie frente a un maldito sacerdote y comprometerme con otro hombre. ¡Óscar! ¡Tu mejor amigo! Un hombre que no ha hecho más que amarme, y respetarme, y confiar en mí y… ¡Oh, maldita sea!
—¡Andrea, cálmate! Todo está bien.
Giró hacia mí como una cobra.
—¡No me digas que me calme, Diego Carbajal! Óscar siempre se sintió intimidado por ti. Se ha estado jodiendo la cabeza con el estúpido pensamiento de que no puedo amarlo como te amé a ti, creyó que nunca podría estar la altura…
—¿En serio?
—¿Cómo se supone que se lo explique? Esto va a acabar con todo en lo que hemos venido trabajando. —Se frotó la cara con las manos, al borde de la locura—¡Tengo que decírselo! Los secretos son el veneno de una relación.
Me solté a reír.
—Ay, Andrea, enserio necesitas dejar de hablar con Mariel.
—¡Cállate tú…! ¡Estúpido!
—Bonita, dime la verdad. ¿Qué está mal?
—¡Todo! —gruñó.
—¿Ah?
—¿Es que no lo entiendes, Diego? ¡Argh, soy una pésima persona! Una persona en verdad terrible.
—No sé de qué demonios estás hablando.
—No sentí nada de esto cuando lo ocurrido años atrás. No sentí este maldito arrepentimiento que me está carcomiendo el pecho. Ese era mi gran problema entonces, no me arrepentí de nada. De absolutamente nada, de ningún maldito segundo que Óscar y yo pasamos en la cama que compartías conmigo. Eso era lo que me estaba matando.
Mis ojos se cerraron al hacer acuse del dolor punzante en mi estómago. Ninguno de nosotros se había arrepentido de traicionar al otro.
—Dejemos el pasado atrás, Andrea.
Mi chica sacudió la cabeza.
—Lo amo, Diego. De verdad lo hago. —Sorbió la nariz.
Atrapé sus manos, la jalé hacia mi cuerpo una vez más.
—Sé, muy dentro de mí, que hay un cachito de tu corazón que aún tiene tatuado mi nombre. — Tomé su barbilla entre mis dedos. — ¿Si me amaste? — Asintió. — ¿Más que a él? — Bajó la mirada y apartó la cabeza.
Me besó la comisura izquierda antes de despedirse.
—Adiós, Diego.
Su voz estaba fría, sin emoción alguna. Sus hermosos ojos, esos ojos que alguna vez brillaron por mí, estaban repletos de confusión y tristeza. En ellos había desesperación y culpa.
No me moví. Con movimientos débiles intentó sacarme de la casa pero la tomé de las muñecas preso del temor.
—Te lo ruego.— le dije con voz apenas audible, mi respiración se volvió pesada— Te lo ruego, Andy, no lo hagas.
—Algún día te darás cuenta de que habernos separado, fue lo mejor que pudimos haber hecho.—me dijo.
Sencillamente dije que no con la cabeza.
—Lo mejor que yo pude hacer, fue entrar a esa librería. —reculé: — No, fue haber dejado la carpeta y volver por ella.
—Eso no es verdad.
—Lo es. Ojalá te hubieses visto en eso momento: Desaliñada, sonrojada, fatigada y hermosa. Hermosa como nadie nunca te ha visto. Me hechizaste en ese momento, pequeña bruja. Te amé entonces, te amo ahora y te seguiré amando, siempre.
—Diego… —la corté.
—¿Alguna vez te dije que era lo que más me gustaba de ti?
Eso la descolocó por completo. Necesitaba usar todas mis armas para poder tenerla de vuelta.
—No…—tragó saliva— Creo que no.— Tal vez su cuerpo estaba en guardia, pero su corazón deseaba escuchar todo lo que yo tenía por decir.
—Me enamoré de tus ojos, de tus labios, pero sobre todo, de tu alma.
—Te amo por amarme tanto, pero sobre todo te amo porque te amas ti misma.— repitió inconscientemente aquellas palabras que le recité años atrás.
Sonreí por dentro.
—Así es, nena. ¿Y sabes qué más? —negó sutilmente. — Pudimos ser eternos.
—Nada es eterno.— afirmó.
—Lo sé, pero quiero pensar que es así.
—¿Por qué?
—Porque tengo la esperanza de que algún día volverás conmigo.
Hubo una larga y extenuante pausa.
—Vete.— susurró.
Eso había sido todo, no quedaba más. La había perdido. Ella se casaría, ella no volvería conmigo. Había dejado de quererme, y no existía nada que pudiera decir o hacer para cambiarlo.
Andrea no me miró mientras cerraba la puerta, coloqué mis manos en ambos lados del marco y pegué mi frente contra la fría madera blanca. Pasaron varios minutos antes de que pudiera tener la fuerza necesaria para bajar las escaleras, seguir con mi camino y llegar al auto. Débil, abrí la puerta del conductor y senté frente al volante. Comencé a llorar en silencio.
Nunca, en toda mi vida, había amado tanto a una persona como para llorar en su nombre. Esto era diferente. La había perdido.
Decidido a que ese no fuera nuestro final, la llamé por teléfono seguro de que no contestaría.
—¿Por qué estás haciendo esto?—demandó una respuesta apenas y tomó la llamada.
—Porque te amo. Y el hecho de pensar que te casarás con alguien que no soy yo, me consume, me mata tan lentamente que no dejo de agonizar.
—¿Qué se supone que tenga que hacer, Diego? Dímelo por favor, porque yo ya no sé qué hacer.
Una oportunidad. Una última maldita jodida oportunidad.
—Escúchame, Andrea— pedí — Estaré sentado afuera de la iglesia y todo se mantendrá como lo planeado— tome aire— Si tú vas, si tú te presentas, entonces sabré que todo termino entre nosotros. Pero si tardas un solo segundo, escúchame bien, un solo segundo…, iré por ti. Tomaremos a Valentina y nos iremos lejos.
El silencio se hizo presente, únicamente se escuchaban nuestras respiraciones a través de la línea telefónica. Fueron tan sólo unos pocos segundos, pero parecían años. Fueron eternos. Sentí como mi corazón se detuvo al mismo tiempo que la desesperación se apoderaba de mi cuerpo por quinta vez en la noche.
—Llegaré a la iglesia y no volverá a existir un Diego y Andrea.—sentenció.
De nuevo el silencio torturador, otra vez mi pánico en aumento. Escuché como se aclaraba la garganta y dio un corto pero al mismo tiempo pesado suspiro.
—Pero si no me presento…ve por mí.
—Dalo por hecho.—asentí a pesar de que ella no podía verme.
Bajé del auto y miré en dirección a su ventana. Ella estaba ahí, recargada en balcón del apartamento mientras fumaba. Se veía tan hermosa a la luz de la luna que quise correr y trepar hasta el balcón. La escena me hizo recordar el monólogo de Romeo Montesco:
“¡Silencio! ¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el oriente, y Julieta, el sol! Es ella, es mi amor, si tan sólo ella supiera… ¡Surge, resplandeciente sol, y mata a la luna envidiosa, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, eres más hermosa que ella! No le sirvas, es envidiosa.
(…)
¡Mirad cómo apoya en su sonrojada mejilla, su delicada mano! ¡Oh! ¿Quién fuera guante de esa mano para tocar esa bendita mejilla?”
—Te amo, Andrea.
—Te quiero, Diego
Sonreí victorioso. Tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no subir y besarla con pasión desenfrenada para así, poder disculparme por obligarme a olvidarla. Pero no lo hice y me arrepentí por el resto de mi vida.
—¿Te arrepientes de algo, Diego? —preguntó. — Después de tantos años, ¿lo haces? ¿Te arrepientes?
Sí, me lamentaba de ser tan egoísta por haber amado a Andrea y quererla a mi lado, a pesar de que el recuerdo de Karen había vuelto con la misma intensidad como lo hizo el día que la conocí. Las quería a los dos, sólo para mí.
Me hubiera gustado no hacerlo, no haberlas amado al mismo tiempo. Pero lo hice. Y aunque amaba mucho más a Andrea, el deseo por Karen había ganado.
—Sí. —respondí.
—¿Qué lamentas?
—El haberte perdido.
Hubo otra pausa.
—Te quiero. —dijo.
—Te estaré esperando.
—Sí. — y colgó.
Uno no puede hacer nada por las personas que ama, sólo seguir amándolas.
Muchos estamos condenados a estar solos, otros estamos condenados a una sola persona.