SEGUNDO ENCUENTRO
Andrea
¡Piiiiiiiii! ¡Piiiiiiiii! ¡Piiiiiiiii!
¡Maldición!
Saqué la mano por debajo de la sábana hacia la mesita de noche, arrasando con todo a mi paso hasta llegar finalmente al endemoniado aparato.
Fue demasiado tarde.
La estridente música de la radio me hizo despertar, indicándome que la semana comenzaba. Era lunes, el peor día de todos.
13 de Junio, día de pagar el alquiler.
Miré la hora. 8:30 a.m. Gruñí al mismo tiempo que me llevaba la cobija por encima de la cabeza. Al ritmo de Pom Poms de los Jonas Brothers salí de entre las sábanas de una cama que llevaba cerca de tres semanas sin haber sido hecha. Di el paso, pero tropecé con un enorme bulto de ropa y caí de bruces contra la alfombra. Moviendo las caderas abrí el armario y saqué lo primero que encontré: Unos jeans rotos de la entrepierna por el desgaste del roce y una sencilla camiseta blanca de corte recto. Arrojé la ropa al colchón junto con unas botas marrón.
Al salir de la habitación me encontré cara a cara con un muerto viviente, la mujer del cuarto de enfrente. De estatura baja, caderas anchas, cabello castaño y naturaleza osada, Sofía, mi mejor amiga, revivió en cuanto vio la decisión en mis ojos. Nos amenazamos en silencio, y en un pestañeo, las dos estábamos corriendo hasta el baño empujándonos la una a la otra por el estrecho pasillo tratando de ganar la gloriosa oportunidad de ser la primera en utilizar la ducha. Pero como de costumbre, al igual que todas y cada una de las mañanas desde hace un buen rato ya, me venció.
— ¡Amiga, eres muy lenta! —Ella rió burlonamente antes de encerrarse.
— ¡Carolina!— golpeé la puerta blanca un par de veces. — ¡Ya voy tarde!
— ¡No me digas Carolina! — gritó ella, desde el interior del baño.
—Así te llamas.
—Si vuelves a llamarme por mi segundo nombre, prometo que voy a terminarme el agua caliente. —escuché decir a Sofía seguido del ruido del agua caer.
—Me desesperas, Carolina.
— ¡Escuché eso!
— Sólo…, apúrate. —hice una última rabieta antes de dirigirme a la cocina.
Mariel, que estaba preparando el desayuno, se rió sin pena. Después de tantos años, ya se había acostumbrado a nuestras peleas matutinas por el baño.
—La próxima vez, le ganaré. — de un salto logré sentarme en el banquillo de la barra.
Ella sacudió la cabeza y algunas hebras de su corto cabello rojo oscuro quedaron pegadas en su mejilla. Sonrió levemente mientras colocaba un plato frente a mí, inmediatamente el olor a huevo con salchichas me abrió el apetito. Me apresuré a tomar mis alimentos, y cuando Sofía finalmente apareció en la estancia, yo entré corriendo a ducharme.
Abrí el grifo y puse la mano debajo del agua, esperando que alcanzara la temperatura que deseaba. No lo hizo.
—¡Sofía! — lloriqueé.
Me froté la cara con las manos, dándome tiempo de encontrar el valor necesario para colocarme debajo del chorro congelado. Un día de esos iba a asesinar a Sofía, casi podía jurarlo.
Con el cepillo entre mi grueso cabello oscuro, desesperada por no poder deshacer los nudos, crucé el pasillo hacia la sala por mi bolso. Mariel estaba medio recostada sobre el sofá besándose con su novio, y sentada sobre la barra del desayunador con un plato de avena en las manos, Sofía hacía muecas de asco. Reí por su expresión. Tomé mis cosas, me despedí de ellas y salí hacia la librería igual que todas las semanas.
Tres horas más tarde, estaba cobrándole a una chica que se veía realmente emocionada por tener este libro. Ella intentaba explicarme cuán maravillosa era la historia que acababa de obtener, por lo que entendí, se trataba de una joven que se enamoraba de un ángel, o algo así. Como sea, mis pensamientos estaban en otro lado, ¿Cómo demonios iba a pagar tres meses de renta atrasados? Mi escuela de danza, junto con la librería de la abuela, era mi único sustento. Con el poco dinero que tenía en el banco apenas podía pagar lo equivalente a dos meses. No quería pedirles dinero a mis padres, ni a Sofía y Mariel. Estaba en problemas.
La chica salió dando saltitos. Sonreí. Me hizo recordar cuando tenía su edad y me emocionaba tanto por un libro que me gustaba.
Me agaché por debajo del mostrador para sacar de mi bolso una barra de chocolate a medio comer y darle un mordisco. La campanilla de la puerta se volvió a escuchar. Alguien más había entrado. Me incorporé tan de repente, que me golpeé la parte trasera de la cabeza con el extremo de la madera; froté la palma de mi mano contra mi cabello mientras terminaba de lamer los restos de chocolate derretido en mis dedos. Alcé la vista sólo para encontrarme con un hombre que al mirarme, tenía cara de haber visto un fantasma. Su rostro estaba un tanto pálido mientras su pecho se agitaba como si hubiese tenido que correr todo un maratón para poder llegar hasta aquí. Entrecerré los ojos. Rodeé el mostrador arrastrando mi mano por el cristal, mirándolo con curiosidad, percatándome de que en sus ojos había un atisbo de reconocimiento que me inquietó.
—Hola. —sonreí amable. Cuando no respondió, di un paso hacia adelante. — ¿Puedo ayudarle en algo? — Se limitó a mirarme. — ¿Está buscando algún libro en especial? Si no, puede mirar los libreros a ver si alguno le interesa. Si tiene alguna duda aquí estoy, mi nombre es Andrea.
Y si fue posible, su rostro se puso aún más blanco.
Sus delgados labios se movieron temblorosos intentando balbucear alguna palabra. Su aspecto era casi cómico. No pude evitarlo y me reí de su estampa, disculpándome con la mirada casi de inmediato. Miré a mis costados, buscando alguna cosa que lo hiciera tener esa reacción. Cuando le volví a prestar atención, su cabeza estaba inclinada hacia la derecha y tenía el ceño ligeramente fruncido con una mueca bastante graciosa. Lo imité. Dio un paso hacia mí y yo retrocedí hasta chocar con el mostrador, pero me mantuve a la expectativa de lo que él estaba por decir. Ante mi acción, se detuvo. Rápidamente recorrió mi cuerpo con la vista, pero en ningún momento lo sentí obsceno. Era casi como si, de alguna forma, le sorprendiera verme ahí parada. No dentro de la librería, sino realmente de pie frente a él. De hecho llegué a pensar que el sujeto estiraría la mano y me tocaría el brazo para asegurarse que era yo real.
En ese momento entró otro hombre con expresión molesta.
— ¿Dónde demonios estabas? — gritó enojado.
El primer chico me miró con disculpa, evadió la pregunta y caminó hacia los libreros del fondo
— ¿Te parece que tengo ganas de perseguirte, Óscar? — continuó gritándole. Entonces tomó uno de los libros y lo lanzó a la cara de su amigo, atinándole justo a la nariz. Incluso me pareció ver un poco de sangre brotar por sus fosas nasales.
— ¿Qué crees que estás haciendo?— literalmente corrí y le arrebaté otro libro que tenía en sus manos.
—Creo que no debería tratar así a un cliente, señorita… — bajó la vista hasta encontrar mi gafete.
—Andrea. —Terminó por él la persona a mi izquierda.
—Andrea. Interesante. — Las esquinas de sus labios se estiraron hacia abajo. Su voz era mucho más grave que la del otro tipo. Más intimidante. Más seductora. — Me parece que su comportamiento hacia el cliente, en este caso yo, no es el adecuado, señorita Andrea.
— ¿Cliente?—reí sarcásticamente, o más bien, bufé. — Eres un loco que entra a mi librería a lanzarle libros a este pobre chico.
Ellos intercambiaron divertidas miradas que para mí no pasaron desapercibidas. Puse los ojos en blanco. Abrí mis brazos de forma que mis palmas estaban a la altura del pecho de ambos hombres, pero sin tocarlos.
Tomé aire.
—Miren, si no van a comprar nada ¿se podrían ir? No estoy de humor para lidiar con un par de tontos inmaduros. — Repasé la mirada entre uno y otro.
— ¿Inmaduros?— Preguntó, fingiendo estar ofendido.
— Diego, ya déjala. Es mejor que nos vayamos. — su amigo lo arrastró de la chaqueta hacia la salida mientras se frotaba la nariz con la manga de su cazadora.
Cuando finalmente se fueron, resoplé exhausta. Levanté del suelo el libro que habían tirado, al girar me encontré con una carpeta negra que en la parte inferior derecha decía: Óscar Castañeda.
El resto del día pasó sin contratiempos. Gente entraba y gente salía, algunas personas sólo preguntaban si el libro que buscaban lo tenía en mi tienda y unas pocas compraban.
Este era un día normal en la vida de Andrea Navarrete: levantarse, alistarse, trabajar siete horas en la librería y regresar a casa.
Sí, mi vida era aburrida.
No tenía mucha emoción, pero así era feliz. No me podía quejar, tenía a mis padres juntos y eternamente enamorados. Dos mejores amigas, otro amigo que hacía la función de hermano sobreprotector, una carrera universitaria y miles de libros con historias mil veces más emocionantes que la vida misma. Mi abuela era la culpable de mi afición, desde que era niña me había incitado al mundo de la lectura enseñándome que se podía ser más feliz teniendo un libro en las manos, que todo el dinero del mundo.
—Te extraño mucho, abuela.
¿A quién me dirigí? No lo sé. Puede ser que le hablara a la fotografía que estaba cerca de la caja registradora, tal vez a su libro favorito o al establecimiento en general. Lo cierto es, que todo me recordaba a ella. Tantos recuerdos, tantas travesuras y tantas lecciones sobre la vida.
Si aquel mostrador hablara, ¿qué cosas no diría?
Contaría la historia de la primera vez que vendí un libro teniendo únicamente cinco años, o la vez en la que llegué de la preparatoria totalmente empapada porque a un par de imbéciles les pareció divertido pasar con su auto por un charco cerca de mí. Recuerdo que mi abuela no podía dejar de reír ese día. Años antes, fue aquí donde me enamoré de un pequeño niño de mejillas rosadas y cabello rizado. Un amor fugaz. Obviamente no era amor, pero fue la primera vez que un niño me sonreía. A esa edad, yo estaba acostumbrada a que los demás críos me hicieran muecas o tiraran de mi cabello.
Las paredes de esta librería guardaban tantos secretos. Fue en este lugar donde lloré mi primer corazón roto y en este establecimiento grité de alegría al saber que había ingresado a la universidad. La librería significaba mucho para mí, fue por eso que mis padres nunca impidieron que yo me hiciera cargo cuando mi abuela murió.
De pronto la campanita volvió a sonar, por la puerta entró el muchacho lanza libros con una notable expresión de preocupación.
Sonreí con absoluta tranquilidad.
—Buenas noche, ¿Andrea, cierto? —Asentí— bueno pues…, escucha, recordarás que estuve aquí en la tarde. Yo traía una carpeta negra, me parece que la deje aquí. ¿No la ha visto?—.Lo miré como si no supiera de qué estaba hablando. — Mira, lamento haber venido a hacer destrozos en tu librería, pero estaba enojado con mi amigo. Por favor dime si se me cayó aquí o no, mientras más pronto me digas, mas pronto me iré. — juntó sus manos frente a su cara suplicando.
Estaba decidida a dejarlo sufrir un rato, pero su rostro oprimió mi mal humor. Resoplé. Fui al mostrador y saque la carpeta del cajón.
—Toma— se la entregué.
— ¡Gracias a Dios! — sonó aliviado— No la has abierto, ¿verdad?
—No. Ahora, si me disculpas…, ya cerramos y tengo que irme a mi casa. — Le di la vuelta y lo empujé sutilmente hacia la salida.
— ¿Quieres que te lleve?—. Giró para quedar de frente y colocó sus manos en mis hombros para detenerme. En cuanto hizo la pregunta yo me alejé.
— ¿Perdón?— tartamudeé un poco
—Es una forma de agradecerte. — Argumentó
Retrocedí unos cuantos pasos más.
—Yo no me subo a los autos de desconocidos.
—Me llamo Diego. Diego Carbajal.
Mi atención se desvió hacia la enorme palma que estaba extendida frente a mí a la altura de nuestros estómagos, y con inseguridad estreché nuestras manos. Levanté la vista. Él me sonrió y fue entonces pude notar mejor sus rasgos: Era cerca de treinta y dos centímetros más alto que yo. Hermoso en un sentido puramente varonil, es decir, era a mi gusto, uno de los hombres más apuestos que había visto en la vida. Por su aspecto, no aparentaba tener más de veinticinco años. Cabello castaño obscuro moderadamente largo, cuarenta milímetros por debajo de las orejas. Piel clara, hombros anchos y brazos medianamente fuertes, sus labios eran ligeramente carnosos y estaban apenas ocultos bajo una barba de pocos días. Y finalmente, unos imponentes, hermosos y cálidos ojos color avellana.
Me escuché aceptando su invitación antes de que nada sucediera, y me vi subiendo a su auto después de haber apagado todas las luces y bajado la pesada cortina metálica del establecimiento.
Veinte minutos era lo que duraba en automóvil el viaje de la librería a mi departamento. Veinte minutos, en los que el trayecto a casa fue más que silencioso. Realmente incómodo.
En cuanto llegamos, Diego desabrochó nuestros cinturones de seguridad y volteó a verme, descansando su brazo en el respaldo del asiento del copiloto
—Nunca había visto esa librería, y mira que estudié cuatro años en la universidad que está a unas cuantas calles. ¿Tienes mucho tiempo trabajando ahí?—. Me miró con atención.
—Llevo trabajando tres años. La librería era de mi abuela y cuando ella murió, me la heredó. Pero cuando era más pequeña, siempre que podía iba a visitarla. Estoy ahí casi todos los días, pero en diferentes horas porque me tengo que adaptar a los horarios de la escuela.
— ¿Escuela? ¿Aún estudias?—. Se acomodó en su asiento.
—No, soy maestra. Tengo una academia de baile. — Mordí mi labio mientras jugaba con el anillo de corazón en mi dedo— ¿Tú a que te dedicas?
—Trabajo en una agencia de publicidad, nada tan emocionante como bailar.
Estiró su mano y retiró un mechón de mi cabello colocándolo detrás de mi oreja, deteniéndose un poco en la curva de mi cuello. Sentí un escalofrío con la punta de sus dedos acariciando mi piel. Debió notar nerviosismo, por lo que se retiró casi de inmediato.
Nos quedamos callados. Afuera se escuchaba el aleatorio ir y venir de los automóviles, vimos una ambulancia también, y a una señora paseando a su perro.
—Lo siento, —dije al cabo de unos minutos. — es sólo que no te conozco y no tengo la menor idea de qué decirte.
—No, está bien. —su gesto provocó que la comisura derecha de su boca se elevara. — No te preocupes, tal vez nunca nos volvamos a ver.
— ¿Tú crees?
—Espero que no. —dijo, con su dedo índice haciendo un golpeteo sobre la punta de su nariz. — De todas maneras, por si acaso, fue un gusto conocerte.
Sonreí, y él sonrió por mi sonrisa. Mi teléfono empezó a vibrar sobre mi pierna, el nombre de Carlos apareció brutalmente en la pantalla iluminada, y la canción Why MCA? sonó a todo volumen. Me quedé mirando el aparato por lo que fueron tres segundos con los ojos bien abiertos, y después, entre torpeza y vergüenza, logré apagarlo. Lo escuché reír divertido a mi lado, no podía mirarlo; quería meter la cabeza en la guantera.
—Ya…, ya me tengo que ir. — Me precipité a salir del automóvil.
—Espera— rápidamente se bajó del auto, pasó trotando por el frente y me abrió la puerta. —Te acompaño a la entrada. —estiró su mano para que la tomara y me apoyara en él para poder salir.
—Gracias. — Me sonrojé al sentir sus dedos entrelazándose con los míos.
Caminamos unos cuantos pasos hasta llegar a la puerta principal del edificio.
— Parece que eso es todo. —metió las manos a los bolsillos. — Gracias por cuidar los papeles.
Estuve a punto de protestar cuando su mano dejó la mía
—No fue nada, y por favor, discúlpame con tu amigo, les hablé de mala manera y bueno… —sacudí la cabeza — de todas formas, gracias por traerme.
Diego echó un vistazo hacia la edificación a mis espaldas, luego volvió a mirarme y sonrió de forma extraña.
— ¿Qué? —pregunté intrigada.
—Desde el balcón hay un sujeto que me mira como si quisiera matarme.
Giré y vi a al hombre en cuestión. Sonreí.
—Es Carlos, el novio de Mariel. — Por alguna extraña razón, tenía la necesidad de explicárselo. — Ella es mi amiga y mi compañera del apartamento igual que Sofía, mi mejor amiga. Él es como mi hermano, muy celoso, ya sabes.
— ¿Tienes novio?
Fue demasiado directo. Me atraganté con mi propia saliva y carraspeé antes de contestar.
—No. — me llevé la mano hasta el cuello y jugueteé con el collar que traía puesto.
— ¿Sería incómodo si te pregunto por qué? —asentí y él sonrió. — Al menos sé que tengo el camino libre. Te veré pronto, Andrea. —puso su mano en mi hombro e inclinó la cabeza, por un instante creí que me besaría y eso hizo que una chispa de emoción brotara de mí. Pero no, en su lugar besó la comisura de mis labios.
Fue un beso demasiado corto y sin el más mínimo sentido, apenas un ligero contacto.
Diego volvió a su camioneta y yo entré al edificio. Al abrir la puerta del departamento, me encontré con seis ojos esperando una respuesta acerca de lo ocurrido.
—Hola, chicos, ¿qué tal su día?—pasé de largo intentado escabullirme
—No te hagas, Andy, ¿quién era ese tipo? ¿Por qué se besaban? ¿Desde cuándo lo conoces? – Carlos lanzó las preguntas de forma impaciente. Me detuve.
Hice el mayor esfuerzo en dar respuestas concisas.
—Se llama Diego Carbajal y la conocí esta mañana en la librería, bueno era como medio día. Y corrección, no nos besamos, él me besó. — señalé
— ¿Esta mañana?— alzó los brazos con desesperación— ¿Te has vuelto loca, Andrea? No sabes nada de él y lo besaste, y no sólo eso, te subiste a su auto ¿qué pasa si fuera un violador o un asesino en serie?
—Eres muy dramático. — pasé mis dedos por su cabello, no sin antes quitar las arrugas de su frente debido a su ceño fruncido. — Estoy bien, Carlos. —Besé su mejilla.
Caminé hacia mi habitación mientras me quitaba el suéter color verde.
—Adiós.—Sofía, que estaba sonriendo, me guiñó el ojo cuando pasé a su costado
— Bueno, amigos míos, me iré a dormir. No tengo ganas de cenar. — abrí la puerta de mi dormitorio antes de girar a verlos. — Los quiero. Adiós.
Ya con el pijama puesto, sostuve el suéter que había dejado en la silla. Hundí mi nariz en él. Desprendía olores entre tabaco, colonia, café y mi perfume. Era una mezcla casi perfecta de Diego y Andrea.