AVENTURAS DE UN MATRIMONIO ANUNCIADO
Óscar
—¿Enserio tengo que cargarte por el umbral? —pregunté, mientras veíamos la entrada al hotel en el que nos quedaríamos por esa noche. Ella aún tenía su largo vestido blanco y yo llevaba puesto el traje.
— ¡Es la tradición! —hizo un puchero.
— ¿En dónde? —masajeé mi cuello, debatiéndome entre hacerlo o no hacerlo.
—En… ¿las películas? —volteé los ojos y suspiré. — Vamos, sería bonito y romántico.
— Pero estoy cansado.
—No me importa, hazlo.
Resoplé una vez más. Amaba a esa mujer. Extendí mis brazos, ella brincó y la sostuve.
—Bien, aquí vamos. —dije entre dientes.
Las personas que aguardaban sus coches frente al hotel nos miraban mal, algunos niños se reían, pero hubo una pareja de ancianos que nos sonrieron con empatía. El señor me giñó el ojo y sostuvo ente sus dedos la mano de su mujer. En ese momento decidí que así quería verme cuando fuésemos más grandes.
Enamorados, aún después de tantos años.
Andrea llamó mi atención al besar mi mejilla y dijo con voz cantarina:
—Cuando seamos viejitos, te voy a decir: ¿Ves que sí eras el amor de mi vida?
Mi pecho se llenó de amor y alegría. Por eso me había casado con esa mujer.
—Y yo te diré: ¿Qué estás diciendo, mujer? —Imité la voz de un hombre mayor — Deja de parlotear y tráeme mi medicina.
La besé en los labios mientras reía.
Llegamos al último escalón, la puerta principal estaba a sólo medio metro de nosotros. Di tres pasos seguidos, lo lograría.
— Ten cuidado con mi… — Al momento, su linda cabeza se estrelló contra la otra puerta de vidrio. Todavía con ella en brazos, reí algo fuerte mientras ella presionaba la parte lateral de su sien. —¡Deja de reírte! —ordenó con un gesto enojado bastante tierno.
— Te juro que no fue intencional. — Dejé caer los hombros.
Di un último paso hacia el vestíbulo, mis piernas se atoraron con la tela de la caída del vestido y accidentalmente pisé la cola, ambos fuimos a dar contra el suelo. Primero fue divertido, luego recordé que Andrea estaba esperando un bebé y me preocupé. Me hinqué a su lado, ella estaba boca abajo y no se movía, mi mano temerosa tocó su hombro; mi alma regresó a mi cuerpo cuando ella se giró sobre sí misma y comenzó a carcajearse acostada en el piso.
—Nos casamos y sacas tu lado salvaje de agresión a la mujer — movió divertida la cabeza, yo solté una risa nerviosa. —Eres un tarado.
— Es nuestra noche de bodas, deja de burlarte de mí.
Un botones y una recepcionista se acercaron corriendo a nosotros.
— ¿Están bien? —preguntó la mujer. Andrea y yo asentimos y la ayudé a levantarse con cuidado.
— ¡Oh, Dios! —jadeó por la falta de aire debido a la carcajada. — Es lo más divertido que nos ha pasado esta noche.
Sí, no lo creo. Pensé.
Deslicé la llave electrónica por la ranura y la puerta se abrió, Andrea me empujó hacia un lado y corrió dentro de la habitación, aventó sus zapatos blancos que terminaron rodando debajo del escritorio con una lámpara y una carta de menú encima. Andrea se dejó caer de espaldas sobre el colchón lleno de pétalos de rosas rojas.
—Qué cansado es esto de casarse. –gimió con los ojos cerrados. — Estoy agotada.
A gatas, me subí a la cama.
— Se supone que es la noche de bodas y tengamos sexo salvaje, pero sinceramente, estoy muriendo —murmuré, acomodándome a su lado.
Retorciéndose y como pudo, salió del vestido y con los pies lo pateó fuera de la cama. Le eché un vistazo, ella había quedado acostada de lado en ropa interior de encaje, también blanco. Yo, fácilmente me despojé de la camisa, pero tuve que sentarme para quitarme los zapatos y calcetines. Cuando terminé, me di la vuelta y la miré; ella también estaba mirándome. Era la imagen más bonita y perfecta que había visto jamás. Ella, cubierta de encaje semi transparente, su espeso cabello negro despeinado y regado por las almohadas con pétalos esparcidos, sus mejillas sonrosadas, su rostro cansado y sus ojos brillando con un castizo toque virginal. Mi cuerpo se entumeció por tanta belleza. No lo resistí y estiré la mano para poder tocarla, para cerciorarme que era real.
—¿Me crees si te digo que soy la persona más feliz que pueda haber en este mundo? — Acaricié su cabello, desde la raíz hasta la punta.
—Sí, te creo.
—¿Y me creerías si te digo que a estas alturas, aún no sé qué es lo que vi en ti que me cautivó? — por primera vez me sinceré. Mis dedos siguieron su camino por su piel a lo largo de su brazo, luego sus costillas y finalmente su cadera.
Se removió ante mi toque.
—¿Me creerías si te digo que no me interesa en lo más mínimo? —Contraatacó. Sonreí.
Con mis dos manos sobre sus muslos, le di la vuelta dejándola con la espalda contra el cobertor. Sin dejar de acariciar su piel, me incliné sobre su estómago y besé su vientre. Mis dedos recorrieron la tira del resorte de sus bragas.
—Ya quiero que nazcas, te voy a querer mucho — le susurré a la vida que Andrea llevaba dentro. —Aparte, creo que tendrás suerte, tu mami es muy linda y divertida, siempre se preocupa por los demás y tú no serás la excepción. — Andrea pasó la mano a lo ancho de mi cabeza. — Te enseñaré a tocar la guitarra y supongo que jugarás mucho con tu primo Santiago y tu hermana, y cuando crezcas, la celaras y protegerás de los hombres malos.
Sentí los dedos de Andrea acariciar mi mentón y después enredarse dolorosamente en mi cabello, se sentó jalando hacia arriba mi cabeza; con mis ojos a la altura de su nariz, ella se inclinó y me besó frenéticamente.
—Eres mío, no puedes escapar. —gruñó con los labios pegados a mi cuello.
Moví la cabeza y volví a besarla. Abrí los ojos cuando ella se alejó de forma escabrosa, tenía su atención centrada al frente. Me apartó empujándome por los hombros y saltó hacia la puerta del gigantesco baño.
—¿Tenemos jacuzzi? —gritó desde el interior, su voz haciendo eco por las paredes— ¡No lo puedo creer! —salió de ahí para seguir inspeccionando el lugar. — ¡Y una pantalla enorme! ¡Y aire acondicionado! —Sacó los primeros cajones que contenían folletos de restaurantes— Y servicio al cuarto, ¡las veinticuatro horas! ¿Ves esto, Óscar? Puedo pedir sushi a las tres y media de la mañana si yo quiero. —Totalmente emocionada, abrió la puerta del siguiente mueble—¿Una caja fuerte? —Arrugó la nariz— ¿Cómo se supone que esto nos es útil? —Encogí los hombros. —No importa.
Reí. Ella estaba loca, pero posiblemente no era eso lo que me tenía aquí, mirándola bailar de arriba abajo y con una enorme sonrisa. Ella estaba mirando a todas partes animada mientras levantaba las manos y hacía suya la habitación. No era la forma en que se movía, no era la forma en que cantaba, no era la forma en que se divertía, era lo enamorada que estaba lo que me mantenía ahí, mirándola.
—Deberíamos casarnos más seguido, podríamos dormir de por vida en hoteles como estos. —dijo, llevándose a la boca un chocolate que encontró junto al enorme arreglo de flores a la entrada.
— Bueno, tienes un vestido y yo un traje..., podemos usarlo de vez en cuando —propuse sentándome en la orilla de la cama.—. Eres mi esposa.
—Y tu mi esposo. —las comisuras de sus labios se alzaron. — Lo sé, mi lógica es abrumadora.
Me acerqué a ella, mis manos cubrieron sus mejillas y no permití que se alejara más de mí, mis labios sobre los suyos. La besé con ternura, con todo el amor que sentía por ella, la besé como yo quería, prometiéndole que estaría con ella por el resto de mi vida, que si no estaba lo suficientemente enamorada de mí, la conquistaría todos y cada uno de los días, que si no me amaba lo suficiente, haría que me necesitara hasta demostrarle que podría hacerlo, le prometía que sería feliz conmigo, que tenía mi corazón, que le pertenecía.
Comencé a caminar hacia donde estaba la cama y ella sonrió mientras me abrazaba la cintura y empezaba a desabotonar mi pantalón. Mis manos encontraron el broche de su sujetador y maniobré hasta que éste cedió. Mientras daba besos pausados en mi mejilla y labios, sus manos se encargaban de terminar de desvestirme. Una vez que lo hizo, yo me dediqué a recorrer la piel de su rostro, su cuello, sus hombros y sus brazos con mi boca, dándole pequeñas pruebas de cuánto la amaba y cuánto la deseaba. Me detuve al ver el tatuaje que se propagaba por su muñeca. Delineé con la punta de mis dedos la frase mientras ella me miraba con una enorme sonrisa. Me acerqué y atrapé sus labios.
Adoraba sus besos, el cómo ella siempre encontraba la forma de no hacerlos iguales. Todos los besos eran diferentes. Cuando estaba preocupada me pedía que no me fuera, cuando estaba enojada me pedía que me callara, cuando lloraba me rogaba que me aferrara a ella. Todos tenían diferentes significados, y para este beso lo único que yo entendía era: Te amo.
Sentí sus uñas recorrer mis músculos y mi abdomen, dejé de pensar claramente mientras ella exploraba más abajo. Nos caímos de espaldas sobre la cama, gemí cuando su aliento rozó mi pecho y sus labios besaron mi garganta. Contra mi piel, su boca se estiró en una sonrisa. Continué tocándola, su cuerpo estaba caliente bajo el mío, finalmente le saqué el sujetador y me incliné para besar ese lugar bendito entre sus pechos. Andrea jadeó y se retorció mientras mi mano vagaba hacia abajo, entre sus muslos.
Mi pecho se llenó de orgullo. Sería yo quien iba a hacerla feliz. Sería yo quien la haría sentir bien todas las noches.
Me encantaba la sensación de ella debajo de mí, en el puro sentido sexual de la palabra.
Nuestras manos estaban por todas partes. Los besos en los labios, el cuello y los hombros. Me deshice de las últimas prendas que nos estorban. La acaricié, dejé que me impregnara los dedos de su excitación y luego me hundí en su interior. Ella jadeó más fuerte y más ronco. Empecé a moverme, ella se movió conmigo. Me moví más rápido y Andrea mantuvo el ritmo mientras sus muslos se presionaban contra mis caderas, acercándome más.
Era el cielo. Era perfecto.
Como si su cuerpo hubiera sido creado para el mío y el mío hecho para el suyo, nosotros encajábamos perfectamente. Por cada golpe, cada movimiento de cadera, cada inclinación de pecho, cada toque de nuestras bocas en alguna parte del cuerpo desatendida. Andrea seguía moviéndose conmigo, tiró de mi cabello y clavó sus talones en el colchón. Le mordí un poco el cuello, y ella dejó marcas de unas a través de toda la anchura de mis hombros. Al oído, dijo mi nombre mientras el placer arrasaba por todo su cuerpo. Tembló entre mis brazos.
—Te amo. —susurró Andrea, y sus parpados se agitaron con el delicioso agotamiento.
Rodé por encima de su cuerpo y caí del otro lado de la cama. Andrea se acurrucó a mi lado, nuestros pecho convulsivos subían y bajaban tratando de recuperar el aíre, su cabeza pegada a mi pecho y su oreja escuchando el frenético latir de mi corazón.
—¿Te puedo hacer una pregunta? –pregunté mientras pasaba una mano ligeramente por su cabello algo enmarañado. Asintió casi con los ojos completamente cerrados—. ¿Por qué te casaste conmigo?
Ella permaneció en silencio por un tiempo prolongado, lo que me hizo pensar en muchas cosas. Me hizo creer que se había casado conmigo simplemente porque se lo había pedido o hasta que lo hacía por lástima. No creo que fuera por dinero, puesto que ambos estábamos algo jodidos en cuanto a eso.
—Odio esto, ¿sabes? —dijo, clavando los dientes en mi pezón.
—¡Auch! —gruñí de dolor. —¿Qué odias?
—Esto. — señaló como si fuera lo más obvio del universo.
—¿Qué?
—Que dudes de mí. —quiso alejarse y darme la espalda, la aferré a mi lado.
—No dudo de ti. Te amo, y nada me asusta más que eso.
Ella suspiró con malestar. Comenzaba a sentir un raro hueco en el estómago cuando un beso en mi pecho me distrajo.
—Me casé contigo porque quería desposar a mi mejor amigo, y porque si necesitas a alguien, será a mí a quién acudas. —comenzó. — Me casé contigo porque si enfermas, quiero ser yo quien cuide de ti. Me casé porque quiero hacerte sonreír apenas despiertes. —sonreí—. Me casé contigo porque sé que a tu lado nunca me aburriré, quiero pararme a tu lado y sonreír orgullosa sabiendo que te tengo. Me casé contigo porque quiero tomar tu mano mientras camino por la calle y porque quiero volver del trabajo sabiendo que tengo a mi esposo esperándome. Porque te amo, Óscar y simplemente no puedo verme con alguien más.
— Te amo. —besé la coronilla de su cabeza.
— ¿Y tú? —Era mi turno.—¿Por qué te casaste conmigo?
Sonreí, y con la mirada hice hincapié en nuestros cuerpos desnudos.
— Porque tendría sexo gratis. —ella soltó una carcajada y cerró su boca con la mía.