TU MEJOR MOVIMIENTO
Andrea
Miré a ambos lados antes de cruzar la calle. Aún no entendía cómo había más dinero en mi cuenta y justo el que necesitaba para pagar mi renta retrasada. Mi pensamiento inmediato fue suponer que mis amigos tenían algo que ver al respecto.
Cerca de la academia había una cafetería, yo no acostumbraba comprar ahí, pero en esa ocasión entré por algo de beber. No supe por qué, es una de esas veces que sientes como si algo te jalara y prácticamente te obligara a hacer algo que no sueles hacer normalmente. Fui directo a la caja mientras sacaba la cartera de mi mochila. Me decidí por algo y ordené. Me senté en un sillón a revisar los mensajes en mi teléfono celular, a una distancia no muy lejana, escuché una profunda pero varonil risa. Alcé la vista y se me secó la boca. Era él. Diego se encontraba al otro lado del establecimiento.
Estaba indecisa entre acercarme a él o tratar de llamar su atención, pero entonces, algo que hizo a mis intestinos retorcerse sucedió.
Vi el momento justo en el que dio un trago a su café y con familiaridad acariciaba el brazo de la mujer que se encontraba a su lado antes de acercársele y susurrarle algo que la hizo sonreír con picardía. Diego le besó el hombro, y al alzar la cabeza, me encontró. Se enderezó rápidamente y se sentó correctamente. Encontrarme en ese lugar no estaba en sus planes, eso lo descolocó. Casi podía jurar que lucía nervioso, pero se compuso de inmediato. Noté como se disculpaba y se levantaba de su mesa, la cual compartía con otros tipos vestidos de traje y la señorita sonrisas coquetas. Acomodó su saco y se acerco a mí.
—Hola, Andrea. —se aclaró la garganta.
—Hola, no esperaba verte por acá. — traté de sonar lo más normal posible, aunque estaba nerviosa.
—Yo tampoco, sólo estoy en una pequeña junta informal. —Señaló hacia la mesa— ¿Qué te trae por aquí?
Eché un vistazo a sus acompañantes y me percaté que la teñida pelirroja me miraba con prepotencia. Desvié la mirada.
—Venía del banco y por alguna razón decidí que era buena idea comprar algo. — le sonreí de pronto. —A que no sabes qué me pasó.
—No, no lo sé. — sonrió de vuelta.
Su sonrisa era tan perfecta.
—Por obra de magia, en mi cuenta está el dinero suficiente para liquidar unas deudas que tengo.
— ¿Y alguna idea de quién fue ese héroe misterioso?— cruzó los brazos frente a su pecho.
El movimiento hizo que sus músculos se marcaran a través de la ropa. Tragué saliva al imaginarme la sensación de sus brazos alrededor de mi cuerpo, haciendo cosas un tanto eróticas.
— ¿Andrea?—. Salí de mi fantasía. Me ruboricé de inmediato.
—Sí, de seguro fueron mis amigos. Siempre me andan salvando. —sacudí la cabeza tratando de ahuyentar aquellas imágenes. Se burló de mi turbación.
—Me alegro. Quisiera quedarme aquí contigo, pero de verdad tengo que volver con mis compañeros. Fue maravilloso verte otra vez, Andrea, pensé que pasaría más tiempo antes de encontrarnos. Parece que después de todo…— se quedó callado.
— ¿Qué? — lo incité a continuar. Sacudió ligeramente la cabeza.
—Nada, nada.
— ¡Diego! — La voz más aguda y gangosa que pueda uno imaginar, se escuchó desde la otra mesa, no me sorprendió en lo absoluto que ese horrible aullido proviniera de la mujer silicona.
Diego sobó su sien, su rostro se volvió una mueca de total desagrado. Puso sus manos sobre sus caderas, inmediatamente me arrepentí de ver hacia la parte baja de sus pantalones.
—Lo siento, pero enserio debo irme. Hagamos algo, la próxima vez que nos veamos, intercambiamos números, ¿tenemos un trato?
—Sí, por supuesto. Me dio gusto verte, Diego.
Acomodé mi peinado teniendo cuidado de no mirarlo a los ojos.
Se acercó más.
—Eres un libro abierto, Andy, uno muy interesante. — tomó mi mano y me jaló sutilmente hacia él, besando nuevamente la comisura derecha de mi boca. Me convertí en gelatina.
Lo seguí con la vista hasta que regresó a su mesa. La desconocida intentó hablar con él, pero Diego la ignoró vilmente. Sonreí triunfante. Me entregaron mi bebida, y antes de salir del establecimiento, nuestras miradas se encontraron. Me sonrió, le sonreí de vuelta, guiñó su ojo y me sonrojé, otra vez. Salí de ahí camino al estudio.
— Bien, retomemos desde la segunda posición y el cuarto compás. —instruí. Elevé la voz para ser escuchada por encima del clásico de Chaikovski y las vocecillas. Pequeñas bailarinas vestidas con mallas de varios colores platicaban entre ellas y se reían en lugar de tomar las posiciones correctas.
Mirando el reloj pegado a la pared frente a mí, soplé algunas hebras sueltas de pelo obscuro que se habían escapado de mi apretado moño para sacarlas de mis ojos. Faltaban exactamente ocho minutos para que empezaran las vacaciones de verano. Las niñas tenían energía de más y muy poca atención.
—De acuerdo, hagamos esto: Voy a dejar que brinquen y bailen a su antojo, pero regresando, tendremos que trabajar el doble porque se acerca la presentación de Navidad. —Todas las cabecitas con listones rosas se movieron al mismo tiempo con una afirmación y celebraron.
La clase finalmente terminó y las futuras grandes bailarinas salieron sonriendo del estudio no sin antes colmarme de abrazos y despedidas. Justo cuando cerraba la puerta, un tipo de no más de treinta años entró al lugar. Era bastante alto, delgado y de cabello negro.
—Hola, lamento llegar así, pero he estado viniendo a pedir informes, me dijeron que hablara con la profesora de ballet. ¿Tiene idea de dónde la puedo encontrar?—pregunto el hombre un poco nervioso.
—Hola, creo que está hablando con ella. — Ambos sonreímos. — ¿En qué puedo ayudarle?
— ¿Tú eres Andrea Navarrete?, me han contado mucho de ti. — Lo invité a sentarse. — Mi nombre es Daniel Montés. La cuestión es que tengo una sobrina de ocho años y a ella le encanta el ballet, su padre quiere que capitalice toda esa energía que tiene en algo productivo, pero mi hermana es sobreprotectora y me pidió que te hiciera unas preguntas o…, no sé, ¿tienes algún folleto para llevarle? ¿Qué horarios tienes?
—Bueno, Daniel, a esta hora tengo un grupo muy pequeño y será más fácil para que tu sobrina se integre con las niñas, pero también doy clases los jueves a las tres. El único problema, es que justo hoy se termina la primera mitad del curso y retomaremos a finales de Agosto. Si les sirve, regresando del descanso de verano, podemos abrir un horario cualquier día en la noche a excepción de los jueves, ya que esos días doy clases de tango. – él sonrió apuntando en su pequeña libreta.
—Fernanda estará feliz de venir a tus clases cuando empiece el nuevo ciclo. Otra cosa, ¿cuáles son los costos para la clase de tango? ¿O esas también terminan hoy?
—No. Todas las demás clases se mantienen en los horarios y días normales, Ballet no, porque generalmente son niñas cuyos padres las llevan de vacaciones. Las clases de tango son para adultos, pero si la pequeña Fernanda está interesada, podemos abrir un espacio para ella.
—Es en realidad para un primo. —explicó. — Estoy seguro que le encantará venir a un par de clases.
—Bueno…— le entregué un folleto— aquí están los costos y mi información personal. Estaré encantada de conocer a Fernanda.
—Muchas gracias. Te veré pronto, dejo que sigas con tu siguiente clase. Hasta luego. — nos pusimos de pie y estrechamos nuestras manos.
—Hasta luego.
Dos horas más tarde, terminé mi turno y pasé al supermercado a comprar ingredientes para prepararles a Mariel, Sofía y Carlos una cena en agradecimiento por su apoyo. Pero al llegar a casa, ellos me dijeron que no me habían dado ese dinero.
Si no fueron ellos, entonces, ¿quién había sido?
Mi miércoles fue normal y rutinario, igual que siempre. Por alguna razón, por mi cabeza pasó la idea de encontrarme con Diego, pero no fue así y llegué un poco desilusionada a casa.
— ¿Nena, cómo te fue?— preguntó Mariel muy sonriente.
—Igual que siempre, libros y coreografías. —arrojé mi mochila al suelo y me senté en el sofá con desgana.
— ¿Qué tienes?—Apagó el televisor para prestarme atención, aunque yo no tenía ganas de contarle.
—Nada, es sólo que creí que tal vez podría ver a Diego hoy. — estreché el cojín contra mi pecho.
— ¿El chico de la librería?
—Sí. — descansé la mejilla en la parte superior de la almohadilla.
— ¡Hola! Ya llegó por quien lloraban— Sofía entró, interrumpiendo nuestra recién comenzada conversación.
— ¿Cómo te fue?—le pregunté
—En realidad muy, muy bien. — Se dejó caer a mi lado con una enorme sonrisa en su rostro—. Recuerdan que hace dos meses hice una exposición y que...
Mariel y yo intercambiamos miradas.
—En realidad hicimos, porque nosotras te ayudamos a acomodar el lugar y a escoger las fotografías. —le recordó.
—Sí, bueno, como sea. Entre la gente que fue al evento, había un productor de cine que hoy me contactó para que hiciera el arte gráfico de su nueva película. —dijo Sofía como si no fuera gran cosa.
— ¡Qué emoción!— salté sobre ella para abrazarla con fuerza.
— ¡Felicidades!— Mariel se unió al abrazo. —Es una gran oportunidad.
—Anden, vamos a festejar— Sofía se levantó de golpe.
—No creo que sea buena idea, ya es tarde. Andrea mañana tiene que ir a la librería y yo tengo que organizar el banquete para una boda, no he podido, el restaurante últimamente ha estado a reventar.
Tanto Sofía como yo, volteamos los ojos. Mariel tenía ese particular don; pretendía ser responsable, pero terminaba siendo una aguafiestas.
—Que aburridas—suspiró Sofía—, sólo a mí se me ocurre irme a vivir con una bailarina/bibliotecaria y una chef. Está bien, lo dejaremos para el fin de semana.
—Bueno pues, vamos a cenar. Lávense las manos. —ordenó Mariel.
—Sí, mamá. —respondimos al mismo tiempo.
Cenamos entre risas, anécdotas y bromas de parte de Sofía y mías acerca del noviazgo de Mariel con Carlos. Amaba estar con ellas. A pesar de que tuviera un mal día o algún problema, ellas siempre sabían sacarme una sonrisa. Simplemente no imaginaba la vida sin ellas.
Siendo jueves, tuve una tarde muy apresurada ya que por alguna razón hubo más gente de lo normal en la librería. Ya era noche y estaba alistándome para la sesión de Tango, sólo seríamos el nuevo estudiante y yo, ya que la señora Camila me había llamado para avisarme que ella y su esposo no podrían ir. Amaba a esa pareja, eran un matrimonio que estaba por cumplir veinticinco años de casados y para sus bodas de plata querían bailar la pieza de la película Perfume de Mujer.
Escuché el timbre del intercomunicador y me apresuré a abrir la puerta. Casi me voy de espaldas. Quedé sorprendida al ver a Diego afuera del estudio. ¿Qué rayos estaba haciendo ahí? Él notó mi cambio, así que sólo entró y cerró la puerta.
—Andrea. —sonrió— ¿tú eres la que da las clases?— miró a su alrededor, dándose cuenta de que estaríamos solos.
— ¿Tú eres el primo de Daniel? — él asintió—Entonces me parece que seré tu profesora.
—Es extraño, nunca pensé que tú fueras a darme clases. Debo advertirte que soy un pésimo estudiante. — Reí. — Esto es como…, brujería.
—Yo digo que es una casualidad. — acomodé los tirantes del vestido de ensayo que traía puesto.
—O tal vez obra del destino. — levantó una ceja. Ese ligero y sencillo movimiento lo hizo ver mil veces más guapo de lo ya era. Tomé su mano y lo encaminé al salón.
Soltó un silbido de asombro y no pude evitar sentirme orgullosa del lugar. Piso de duela, espejos en todas partes, barras para estirar y afiches de los más grandes bailarines de todo el mundo. En una esquina tenía cubículos para que los estudiantes guardaran sus cosas, al lado había una banquita para que descansaran y junto, un dispensador de agua. El estudio de danza era uno de mis más grandes logros. Yo lo había remodelado, yo pagaba el alquiler del espacio. Empecé con dos discípulas, Sofía y Mariel, y ahora tenía más de cuatro grupos de los seis diferentes estilos de danza que enseñaba. Tenía alumnos y alumnas de todas las edades.
—Esto es genial, Andrea. — caminó hasta el centro del salón con las manos en los bolsillos, examinó cada detalle. Me sentía feliz sabiendo que a él le gustaba mi espacio.
— ¿Así que, tango, señor Carbajal?— me acerqué a su lado.
—No me llames señor, me siento viejo. — frunció el ceño y tomó mi mano. Cuando besó mis nudillos, cerré los ojos disfrutando el roce de sus labios. — Y sí, tango. No soy bueno bailando pero me gustaría aprender.
Mi pecho se agitó. Necesitaba concentrarme.
—El saco y la corbata creo que no son cómodos para esto.
—De acuerdo—se quitó las prendas señaladas y volvió a mí con una encantadora sonrisa. —Listo, soy todo tuyo.
—Te explicaré lo básico: Pierna derecha atrás, la izquierda junta. Después abres con pierna izquierda y la pierna derecha junta deslizándola un poco. Luego va derecha adelante y la izquierda también, das dos pasos pausados hacia adelante y finalmente abres hacia la derecha y la izquierda se junta a la par. —Me miró con confusión. – Es sencillo, el gran secreto aquí es practicar.
Realicé la secuencia paso por paso. Él no apartó la vista de mis piernas, pero se acercó más a mí.
— ¿Es de Maderas? —Susurró cerca de mi cuello. —Me gusta tu perfume.
Hice oídos sordos a su galanteo.
—En el tango, la secuencia básica que hace el hombre, la mujer la ejecuta con la pierna contraria. Así no chocan. —Él asintió y bajó la mirada— Diego—lo llamé—, déjate llevar y mírame.
Al decir eso me arrepentí inmediatamente, su mirada me intimidaba y una sonrisa misteriosa rondaba sus labios.
Cuarenta minutos después, Diego tenía una serie de pasos aprendidos y casi una pieza completa memorizada. Lo que más trabajo le había costado hasta entonces, se solucionaría con algo más de práctica.
—Una cena mañana. —dijo, mientras tomaba mi mano y me daba una vuelta haciéndome quedar pegada su cuerpo.
—Ahora da un paso para atrás. —le instruí y él me tomó de la cintura.
—No te vas a arrepentir. — prometió.
Hizo el movimiento, me dio dos vueltas y se inclinó conmigo hacia un lado, quedé a centímetros del piso. Luego me levantó y nuestros rostros estuvieron demasiado cerca.
—Para no saber bailar, se te facilita bastante. — no supe exactamente en qué momento mi voz se volvió jadeante, pero al notarlo, tuve que separarme de él.
—Aún no has aceptado mi propuesta, lo que significa un… ¿no?
Apreté lo ojos y respire profundamente para darme valor.
—No has mencionado la hora.
—Es una cena, tú eres la dama. Tú dime la hora.
Velozmente hice un listado de los pros y los contras. ¡Qué más da!
—Salgo a las cinco y media de la librería. — esperaba que me fuera a dar algo de tiempo para arreglarme.
—Pasaré por ti a las ocho. — concretó
—Me parece bien. – Sonrió satisfecho.
—Acabo de llegar y me estoy divirtiendo, pero debo irme ya. Hasta mañana, Andrea. —se acercó a mí y me beso en el lugar de siempre. Acarició mi mejilla después de hacerlo. —Descansa, gracias por la clase. — Se encaminó hacia la puerta.
— ¿Quieres que te dé mi número?
No fue un grito, pero estoy segura que la pregunta salió con un tono de voz bastante más alto de lo normal. Él giró y me regaló una hermosa sonrisa.
—Ya tengo tu número por el folleto que me dio Daniel, sólo que ahora cambiaré el nombre de registro. En vez de ser Clases de baile, le pondré Andrea. —Sonreí ampliamente a pesar de que traté de evitarlo. —Pero tú no tienes el mío. — continuó. Negué con la cabeza. — ¿Me prestas tus celular?
Literalmente corrí hacia mi casillero, saqué el aparato de mi bolso y en tres pasos volví a estar frente a él. Mordí impacientemente mi labio inferior. Cuando terminó, me tendió de vuelta el teléfono y sonrió.
—Bien, te llamaré.
Lo acompañé hasta la salida, después arreglé mis cosas y salí para encontrarme con Carlos que como todos los jueves, pasaba por mí y me llevaba a casa.
—Deja de mirarme así. — giré hacia la ventana y me entretuve ajustando la correa de mi mochila. Carlos me estaba mirando como si intentara ver dentro de mi cabeza y eso no me gustaba en absoluto.
Desde que había subido a su auto, él estuvo mirándome por el rabillo del ojo. Carlos había sido hasta ese momento, el único hombre aparte de mi padre que podía descifrar mis expresiones. Nunca fui buena ocultándole las cosas, simplemente no podía mentirle. No a él. Eso me había traído malos ratos en el pasado, pero sabía que se preocupaba por mí.
— ¿Lo has visto?— preguntó de pronto. Me di cuenta de que habíamos pasado y dejado atrás la calle de mi edificio.
— ¿A quién?
Esto no era bueno. Tenía años que Carlos no hacía el interrogatorio. La última vez fue en la universidad, cuando se dio cuenta que las cosas entre mi último novio y yo, iban enserio. Supuestamente.
—Al tipo ese. — respondió sin más. Mordí mi labio mientras pensaba que iba decirle. –Andrea…— al ver que yo no respondía, ejerció presión. — Quiero la verdad, señorita.
Refunfuñé
—Sí, sí lo he visto. De hecho, vino hace un rato. Me invitó a salir, creo que tengo una cita. — Mordisqueé la uña de mi pulgar, y rápidamente encendí la radio. — ¡Amo esa canción!
Mentira. No tenía ni idea de cómo se llamaba, ni quién la cantaba. Lo único que quería, era evitar las preguntas de Carlos. Estiró la mano al comando y la música desapareció.
— ¿Entonces?—. Frenó cuando el semáforo se puso en rojo—. Andrea, ¿vas a decirme?
— ¿Por qué tendría que hacerlo?— me abracé a mí misma.
—Porque sí.
Estúpido Carlos y estúpidos sean sus argumentos. Nos miramos a los ojos, esperando ver quién se daba primero por vencido. Si a lo largo de los años de amistad hubiésemos establecido un marcador, las cosas serían algo como:
Carlos— 12309 / Andrea— 0
— ¿Qué quieres que te diga, Carlos? Acepté su invitación, eso es todo. Hace mucho que no me intereso en alguien. Tiene años desde la última vez que un hombre me miró con algo más que agrado. Quiero…, no sé, quiero volver a sentirme bonita, y deseada, y sexy. ¿Qué de malo tiene eso?
Me miró con detenimiento, analizando cada una de mis palabras. Al final, sus ojos brillaban con afecto.
—Nada en absoluto. Es sólo que tengo esa necesidad de protegerte. — alargó su mano para revolver mi cabello, lo aparté. — Te amo, Andrea, lo sabes. Quiero decir, eres como mi hermana y además la mejor amiga de mi novia. Me preocupo por ti. Quiero lo mejor para ti, pequeña. —Proporcioné un golpe en el hombro. Se quejó y yo reí.
A veces Carlos podía ser tan cursi... Igual a Mariel, debía ser por eso que seguían juntos.
—Eres tan sobreprotector, pero lo agradezco, ¿sabes?— sonreí con timidez. — Respecto a Diego, podemos decir que no lo conozco, es prácticamente un desconocido para mí. Pero hay algo en él, la manera en que me mira. No sé realmente cómo explicarlo, sólo sé que quiero estar con él. Si no es juntos, pues aunque sea para pasar el rato.
—Tú no eres mujer para pasar el rato, Andrea. — Fue claro que mi comentario lo molestó.
—Me refiero a que si no pasa nada, está bien. Pero si algo funciona, quiero que dure. ¿Lo entiendes, Carlos? Quiero volver a sentirme como el eclipse solar de una noche de estrellas.
El eclipse solar de una noche de estrellas. Especial y amada.
—Y lo mereces. —Acarició mi mano con ternura— Mereces ser amada por un hombre. Pero por favor, ten cuidado. Siento que vas demasiado rápido, a veces es bueno bajar la velocidad. — Asentí ligeramente y me desparramé en el asiento.
No dijo nada más. En lugar de eso, volvió a encender la radio y puso de nuevo el auto en marcha. Permanecimos en silencio mientras retomaba el camino a casa.