¿ME QUIERES?

 

Andrea

 

Cuatro horas no habían sido suficientes para aclarar mi cabeza. Pero en cuanto Óscar regresó al cuarto, el reloj en mi pecho empezó con la cuenta regresiva.

—Hola, Andy.— saludó sonriente dejándose caer sobre el colchón.

—¿Estuvo pesada la fiesta?— me senté frente al espejo. Mi reflejo nunca antes se había visto tan inseguro, me sentía completamente expuesta; vulnerable para él.

—Sí, aparte aburrida y mal organizada. Imagínate que a media fiesta, Diego se fue que porque según se sentía mal. Ni Carlos ni yo pudimos disfrutar.

—¿Por qué?— comencé a cepillar mi cabello aún mojado por el tiempo en la bañera.

—Pues porque había mucha gente en el bar al que fuimos.— se levantó de la cama y se posicionó justo detrás de mi— ¿Puedo?— señalo mi cepillo.

—Claro. —Traté de sonar despreocupada con la idea de él haciendo algo aparentemente sencillo cuando para mí, era demasiado íntimo. Tomó el cepillo y empezó a peinar mi cabello de forma tan lenta, que se sentían como tiernas caricias.

—Bueno, pues estábamos ahí y de pronto uno de sus socios llegó con una stripper y apenas daban las doce de la noche cuando todos sus compañeros ya estaban que se caían de borrachos— empezó a reírse— Hubieras visto, Andy, uno de ellos hasta se desnudó.

—¡Qué horror! —hice un gesto de desagrado. — Oye, ¿y tú tomaste?

—Muy poco en realidad. Ya casi no bebo y menos ahora que tengo una hija. Aunque no lo creas, soy responsable.

Dejé caer los hombros.

—¿Por qué siempre dices eso?

—¿Qué?— me miró sin entender.

—Eso. Sueles decir cosas como: No soy tan idiota como crees. Tal vez lo dudes, pero tengo un buen trabajo. Aunque no lo creas, soy responsable. ¿Crees que sólo pienso lo peor de ti?

Suspiró.

—No es eso, Andrea—  soltó el cepillo y tomó mis hombros—  Es…, la cosa es, que quiero ser el hombre perfecto para ti. Quiero que me tengas confianza, quiero que te sientas feliz conmigo. Estoy haciendo todo lo necesario para que estos sentimientos que yo te tengo por ti, surjan de ti y sean para mí.

Me puse a pensar un momento, ¿podría yo amar a Óscar? No sólo como amigo, sino realmente amarlo. Amarlo de verdad; como Mariel ama a Carlos, como mi mamá ama a mi papá, como Sofía ama a Sergio… ¿cómo yo amé a Diego? ¿Podría yo lograr olvidarme de él con ayuda de Óscar? Sí, podría. Pero eso significaba utilizarlo, y yo no quería hacerlo porque lo apreciaba demasiado como para herirlo. Era más que sólo mi mejor amigo, muy a pesar de los acontecimientos de ese entonces. Lo quería de una manera descomunal, a tal grado que definitivamente no podía imaginar un futuro sin él. Tener que dejarlo había sido una de las peores cosas que pude haber hecho, porque lo amaba tanto que sufría todas las noches porque sabía que él sufría sin mí. Yo lo adoraba pero no lo amaba, no de la forma con la que nosotros usamos la palabra amor.

Cubrí con mi mano una de las suyas y nuestras miradas se encontraron a través del espejo.

—Te amo, Andrea.

Cerré los ojos cuando aquella confesión salió de sus labios.

—Te amo. —volvió a decir, como si no lo hubiese escuchado la primera vez.

Ya lo sé, sé que amas.

Me puse de pie y giré en su dirección, casi me voy de espaldas. Su cuerpo estaba pegado al mío, demasiado malditamente pegado al mío; sin embargo no era calor lo que sentía, sino frío. Ese frío que te paraliza y te deja sin respiración. El tipo de temperatura con la que la gente se muere.

—Yo…necesito…—Traté de esquivarlo y caminar hacia la cama o algo, pero Óscar me tomó del brazo atrayéndome hacia él si eso era todavía posible, debo decir. Besó la comisura de mis labios.

— Estoy enamorado de ti, pero soy tan cobarde para decírtelo que mejor me quedo callado pensando en que tan ridículas son las razones por las cuales te lo oculto. — su dedo pulgar frotó la abertura de mi boca. — No tienes idea de cuantas ganas tengo en estos momentos de arrancarte los labios de un solo beso, pero no voy a hacerlo porque quiero que me des tu permiso. Quiero que desees un beso mío, quiero que me lo pidas. Deseo… ¡Dios! ... deseo con todas mis fuerzas que te enamores de mí, sin embargo, yo sé bien que no se le puede obligar a nadie a amar. — sus manos bajaron a lo largo de mis brazos hasta que sus dedos se encajaran en mi cintura y espalda.—No sé que más decirte, Andrea. Me siento un completo imbécil recitando ambiciones. — Agachó la cabeza y negó mientras suspiraba. —Olvida todo lo que dije.

Mi corazón estalló.

¿Qué? ¡No! Alto. No, Óscar. No puedes pedirme que lo olvide. No puedes hacerme esto. Yo...yo…

Él estaba esperando a que yo dijera algo. No pude. No había nada más que decir. Lo habíamos estropeado todo.

Me dio una última mirada antes de soltarme y dejarme ir, caminó hacia la cama y se sentó en la orilla con la cabeza agachada. Me dejé caer de nuevo en el banco. Me sentía triste, tenía unas ganas inmensas de abofetearlo y tirarme a llorar.

Lo miré y él suspiró.

Cada suspiro es un beso no dado.

Esbozó una sonrisa torcida. Una triste. Sus mejillas con hoyuelos a penas marcados me incitaban a caminar hacia él, y lo hice.

Él no me miró, permaneció en la misma posición. Me acerqué a donde él estaba y sin dejar de mirarle tiré de su camisa para que me observara. Cuando lo hizo, no me detuve y seguí tocándolo, su cuerpo, su rostro. Confundido se me quedó mirando y soltó el aire que tenía contenido cuando mis labios tocaron su mandíbula, mi mejilla rozó con la suya y pude sentir el vello creciente que sobresalía de su rostro.

Di un paso hacia atrás, dispuesta a quitarme el camisón blanco y mostrarle mi cuerpo. Estaba a punto de tirarlo todo por la borda con tal de sentir su piel con la mía. Óscar me detuvo a mitad de camino, sus manos cubrieron mis muñecas y guiándome con su palma sobre mi mano, siguió el contorno de mi cuerpo y elevó mis brazos por encima de la cabeza. En silencio, me ordenó no bajarlos. Sus dedos regresaron a mis piernas; sus pulgares hicieron movimientos circulares en la parte interna de mis rodillas, el estímulo me hizo cerrar las piernas. Su mano derecha envolvió mi pantorrilla y la subió a orilla de la cama entre sus muslos, justo contra su entrepierna. Únicamente utilizando el dedo índice y medio, alzó el dobladillo del camisón un poco más abajo a mis caderas, luego, su mano completa, presionó la piel de mis piernas.

En un movimiento dolorosamente lento, casi siniestro y desesperadamente erótico, poco a poco fue deslizando hacia arriba el camisón hasta sacármelo por encima de la cabeza. La fina tela cayó por mi espalda y su mano izquierda frotó la curva de mi trasero. Le quité la camisa blanca y con dedos convulsos por la excitación, desabotoné su pantalón y bajé la cremallera, luego rodeó mi cintura con ambos brazos y me apretó a su pecho.

—Me rindo. —gemí con los ojos cerrados sosteniéndome de sus hombros para no caer de rodillas.

Hizo una pausa, me torturó haciendo una larga pausa. No me gustó que hiciera una pausa, hacer una pausa significa pensar y yo no quería pensar, no deseaba entrar en razón. Lo deseaba a él. Otra vez.

Levantó una mano, su cálida palma tocando mi mejilla, sosteniendo mi cara finalmente y amasando sus dedos en mi nuca. Apreté aún más los ojos cuando sus labios tocaron mi clavícula, me sentí desfallecer. Fue tan corto, tan simple, pero a la vez tan poderoso.

Las yemas de sus dedos recorrieron mi garganta y bajaron por mi pecho y estómago hasta el límite de mis bragas.

—Andrea. —jadeó. — Te amo tanto…

Aspiré con demasiada fuerza al darme cuenta que me había quedado sin aliento, y todo lo que pude oler era a Óscar: el dulce aroma a la brisa de mar, loción y tabaco. Me sentía tan mareada que casi pude echarme a reír. Finalmente estaba subiendo, alto. Tan alto. Más alto de lo que nunca había estado.

Óscar. No dije su nombre en voz alta, creo que pudo haber sido un suave gemido. Nuestros latidos se compaginaban a cada segundo que pasaba, y se sentía maravilloso.

Todo allá afuera se detuvo, todo menos nosotros. Abrí los ojos, entrelacé mis dedos a través de su suave cabello y sostuve su cabeza entre mis manos. Su penetrante mirada cosquilleaba en mi interior, era un vaivén de sensaciones placenteras que me hacían desear un poco más de él.

—Por favor, bésame. —pedí.

Él contuvo el aliento y susurró:

—No. Bésame tú.

Lo besé porque quería hacerlo, lo besé porque lo quería. Lo besé, porque besarlo había comenzado a hacerme sentir como si hubiera encontrado algo de lo que yo no estaba muy consciente de haber estado buscando. Pero sobre todo, lo besé porque, todas y cada una de las veces en las que él llegó a besarme, lo sentía dejar una parte de sí mismo dentro de mí en algún lugar demasiado profundo. Él desde hace tiempo había estado metiéndose dentro de mí de alguna forma para hacerse un lugar para sí mismo, y hasta ahora me daba cuenta de ello.

Rara vez un beso te deja con el cerebro frito y con el corazón a rojo vivo. Este era uno de esos besos. Esos que llegan una vez cada vida.

 

— ¿Qué pasará ahora?— pregunté mirándolo.

— No lo sé, averigüémoslo juntos. — Tiró de mi cuerpo. Sujetándome, se recostó en la cama y rodó conmigo en brazos de tal forma que mi cuerpo quedo contra el colchón cubierto por el suyo. Lo ayudé a deshacerse del pantalón y mutuamente nos quitamos nuestra ropa interior a un ritmo impresionante.

Se volvió a colocar entre mis piernas, una de sus manos apoyándose en el colchón a la altura de mi cabeza sosteniendo su peso, y el otro brazo pasó por lo ancho de mi espalda. Las ansias de sentirlo de nuevo apoderándose de mi cuerpo, me estaban matando

—Óscar, no pienso suplicar. —refunfuñé. —Y por lo que más quieras, antes de…, tú sabes, hacerlo…., no me vengas con la ridiculez de: Mírame.

Ahí estaba, la estruendosa risa que lo caracterizaba. La risa que convertía mi estómago en un zoológico cada vez que la escuchaba. No éramos Óscar y Andrea si ninguno de los dos bromeaba o hacía y decía algo cómico en un momento tan enserio. Así éramos nosotros. Óscar era hermosamente fastidioso y yo, demasiado simplona. Éramos buenos juntos.

— ¿Serias mía por esta noche? 

Reí a carcajadas.

—Óscar— protesté. —, eso es aún mil veces peor.

—¿Lo es? —preguntó. Asentí. —¿En serio? —asentí otra vez. — Bueno, parece que después de todo no sirvo para esto.

Comenzó a levantarse.

—No. No lo harás. — Envolví mis piernas en torno a su cadera y lo tomé de los hombros estrechándolo a mí. —Lo empezamos, y ahora vas a terminarlo.

A él se le marcaron los hoyuelos.

—Está bien, señora. —besó el costado de mi pecho izquierdo.

—Así me gusta, esclavo. —Ambos reímos.

Sí, éramos la pareja perfecta.

Sonrió, y yo me perdí en la infinita oscuridad de sus ojos mientras empezaba a moverse dentro de mí.

Hasta que el sol se congele
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