PROPUESTAS

 

Andrea

 

Por encima del borde de mi libro vi a Diego pasar los dedos por su cabello y tirar de él hacia atrás, estaba  exasperado. Di vuelta a la página y coloqué el separador, cerré el libro y lo dejé en la orilla el sillón.

—Oye, señor socio. — le arrojé un puñado de palomitas de maíz. Separó la vista de la computadora y me miró.—  Te ves sexy cuando estás estresado por el trabajo.

—¡Diego!— Se escuchó un grito ensordecedor seguido de varios golpes en la puerta principal. — ¡Diego!

Óscar entro corriendo y jadeando al departamento en cuanto Diego abrió la puerta, cayó en cuatro patas. Respiraba con dificultad.

—¡Dios!— me levanté del sillón y corrí hacia él.— ¿Estás bien?— mi cara era toda preocupación.

—Alerta roja.— jadeó.

—¿Qué?— hice una mueca.

—¡Alerta roja, código 33:12!— enderezó el torso y puso las manos sobre las rodillas recuperando el aliento.

—No puede ser…— Diego maldijo.

Miré a ambos hombres buscando respuestas.

—¿Qué es el Código 33:12?— pregunté confundida ya que Diego se veía notablemente alterado.

—Ex novias juntas en un mismo lugar –Diego ayudó a su amigo a ponerse de pie— ¿Qué quieren? ¿Qué buscan, Óscar?

—A mi esposa— dijo con una expresión de horror.

— ¿Esposa? Alguien explíqueme por favor de qué demonios están hablando.

Diego y Óscar se pasearon por la sala antes de responder.

—Hace tiempo, nosotros asustábamos a las chicas con un anillo falso. — explicó Óscar.

—Ahora quieren más evidencia y él necesita un señuelo. — Diego prosiguió.

Óscar se detuvo abruptamente como si le hubiese surgido una idea y me señaló.

—Tú.

Inmediatamente negué con la cabeza.

—Olvídenlo, a mí no me van a meter en sus líos estúpidos por antiguas conquistas. –Tartamudeé. — Las ocasiones en las que estamos juntos nunca terminan bien, y si yo estuviera comprometida sería con Diego, no contigo. No pienso hacerlo. — crucé mis brazos frente a mi pecho.

Intercambiaron miradas el uno con el otro y de pronto ambos cayeron de rodillas frente a mí.

—Por favor— rogó.— Además, la última vez no la pasaste tan mal conmigo. Ninguna ha estado con tu novio, sólo necesito que me las quites de encima.

Diego asintió.

—Si te casaras conmigo, prácticamente te casarías también con él.

—Piénsalo, si no fuera por mí ustedes ni siquiera se hubieran conocido. — Óscar guiñó un ojo.

Resoplé.

—¿Estás de acuerdo con esto?— le pregunté a Diego.

Él subió y dejó caer los hombros.

—Creo que será divertido verte ahuyentando a las conquistas de Óscar— rió y luego miró seriamente a su amigo—  Si la besas, que sea de piquito, porque después te mataré.

—Gracias hermano.— se arrojó a sus brazos.

—¡Claro, será genial!— sonreí con una obvia falsa emoción y rodé los ojos. – Bien, acepto.— levanté la ceja hacia Óscar.— Pero si tu lengua llega a atravesar mi cavidad bucal, desearás no haber nacido nunca. Y tú— señalé a Diego— Me debes una grande por esto.

Diego se levantó y me jaló hacia él, puso una mano en mi espalda y otra en mi vientre.

—No te enojes o bebé se pondrá triste.— besó fugazmente mis labios.— Vamos, será divertido.

Puse una mueca de fastidio.

—¡Alto, alto, alto! ¿¡Bebé!?— Óscar gritó.

A todos se no olvidó que él aún no lo sabía.

—Sí, amigo. Andrea está embarazada.— Diego sonrió orgulloso al mismo tiempo que rodeaba mi cintura con el brazo y me pegaba más a su cuerpo.

—¿De verdad?— Sus ojos brillaron. Óscar posó su mirada en mí y la regresó a Diego.— Me alegro mucho por ustedes.— sacudió la cabeza, su expresión cambió en un pestañeo— Pero se hace tarde y necesito que me hagas ese favor Andy.

Centré mi atención en Diego.

— Te juro que si veo a alguna colgada de tu cuello, te cortaré en mil pedacitos después de partirle la cara a la tipeja que se te acerque— golpeé su estómago— Eres mío, Diego Carbajal.

Se inclinó hacia adelante contrayendo el vientre y gimiendo de dolor

—Soy tuyo. Y tú eres mía, Andrea Navarrete.

Se escuchó un bufido exhalación.

—Y yo soy Óscar Castañeda, mucho gusto, ya nos presentamos.— Me tomó por los hombros y me empujó en dirección a la habitación.—  Ahora muévete y vete a cambiar, mujer.

Abrí el armario buscando algo que ponerme, no había nada. Inspeccioné mi ropa, había pura mezclilla, blusones, camisas de cuadros, amplias sudaderas y uno que otro vestido. Fruncí los labios ante mi falta de guardarropa.

—¡Chicos! – Grité hacia afuera — ¿Cómo se supone que debe vestirse la esposa de un hombre como Óscar?

Agudicé el oído esperando su respuesta, escuché susurros del otro lado de la puerta.

—¿Chicos?

—Algo entallado.— distinguí la divertida voz de Óscar

Puse los ojos en blanco.

—Recuerda que estoy embarazada, imbécil.

Pasó medio minuto antes de que alguien volviera a hablar.

—Algo sexy.— oí sus voces gritando al unísono desde afuera seguidas de masculinas carcajadas.

Me decidí por un short de mezclilla algo más grande que mi talla normal, una blusa de color negro con un lindo y pronunciado escote, medias del mismo color y unas botas sin tacón estilo militar. No tenía ni idea de qué hacer con mi cabello, así que lo dejé suelto y permití  que se esponjara. Regresé al espejo para pintar mis labios de color rojo pasión.

Abrí la puerta y ambos me miraron boquiabiertos, los empujé para abrirme paso.

— ¿Y bien?— sonreí.— ¿parezco la mujer de Óscar Castañeda?— di una vuelta en mi lugar.

Diego gesticuló algunas palabras insonoras y Óscar sólo se quedó ahí, mirándome sin ninguna expresión aparente. Finalmente se acercó.

—Amigo, te juro que si no fuera la indicada para ti, haría lo que fuera por quitártela.

—Lástima que la vi primero.— le contestó Diego.

—Técnicamente la vi yo, pues entré primero que tú a la librería.

—Eso es cierto.— dije, recargando mi brazo en el hombro de Óscar.

Cada uno me colocó un anillo diferente en el dedo. Diego el de compromiso y Óscar el que correspondía al matrimonio.

—Luce verdaderamente hermosa, Señora esposa de Castañeda.— besó mi mano.

Me ruboricé.

—Gracias.

Yo iba  mirando por la ventana trasera de la camioneta mientras los chicos hablaban sin parar sobre sus anécdotas de la adolescencia, mencionaron los nombres de algunas chicas a las que no le tomé importancia. Diego estacionó la camioneta frente al lugar que se veía atascado de gente. Lancé un fuerte suspiro al abrir la puerta y enfrentarme al destino del cual había aceptado ser partícipe. Diego llegó a mi lado y me ayudó a bajar.

—Te amo.— examinó mi cara de fastidio.— Estaré atrás vigilando que todo vaya bien— susurró y beso mis labios.

Lo tomé por el cuello de la camisa y tiré de él, nos apoyamos contra el vehículo sin dejar de besarnos hasta que Óscar tosió.

—¿Pueden dejar de engañarme en mi cara?

Diego y yo reímos. Le di un rápido beso en la mejilla y alcancé a Óscar enlazando nuestros brazos.

—Vamos a romper corazones, esposo falso— vi a Diego por encima de mi hombro y le lancé un beso en el aire— Te amo, Diego.

—Andrea, — Óscar entrelazó nuestros dedos. – él no se va a la guerra, viene con nosotros.

En cuanto entramos al club, de manera inmediata varias chicas se devoraron con los ojos a mi novio y su amigo. Óscar me llevó directo a la barra mientras que Diego se quedó sentado en una mesa alta a unos cuantos metros. La música era estruendosa y la gente tenía que gritarse para poder conversar. Nos encontramos con algunos viejos compañeros de Óscar, se la pasó hablando animadamente con ellos, de vez en cuando besaba mi mano o tocaba mi vientre para demostrar que estábamos juntos y seguir en personaje. Un montón de chicas se le acercaban, pero él hacía alusión a mí y yo lo abrazaba. Todo iba bien hasta que una mujer de cabellera oscura salvajemente rizada, de unos treinta y pico y buen cuerpo caminó hacia nosotros.

—Es hora del show.— me dijo Óscar al oído.

—Así que es ella—  fue lo primero que salió de la boca de la mujer.

—Sí, así es— dijo él con una gran sonrisa— Carmina, ella es Andrea, mi esposa. Carmina era una especie de orientadora en la universidad, Andy.

—Mucho gusto.

Le di una amable sonrisa y estreché su mano, volteé a ver hacia atrás y mi sonrisa se desvaneció al ver cómo una morena se acercaba a mi Diego.

—Es un verdadero placer conocerte, Andrea— dijo Carmina distrayéndome.

—Sí, igual para mí— contesté.

Me revisó de pies a cabeza, pero a Óscar se lo estaba comiendo con la mirada.

—¿Cómo fue que atrapaste a este muchacho?

Descansé mi mano izquierda, la mano con el dedo de los anillos, sobre la pierna de Óscar y la moví de arriba hacia abajo, acariciándolo. La mujer no perdió de vista la acción.

—Suerte supongo.— sonreí enamorada.

Volví a voltear por encima de la multitud y vi como la morena le daba una cachetada a Diego y le lanzó su bebida a la cara.

—¿Cómo se conocieron?— volvió a preguntar Carmina.

Regresé la vista hacia ella.

—En la librería donde trabajo, a unas cuantas cuadras de aquí. Él y Diego llegaron una mañana y bueno, lo odié a primera vista, pero también me pareció que era muy atractivo— sonreí al recodar mi historia con Diego— Él dejó algo olvidado en el local, después regresó y ahí empezó todo…, ahora mírame— le mostré los anillos.

Diego se acercó a nosotros secándose la cara con una servilleta.

—¿Todo está bien?— preguntó Óscar preocupado

—Sí, viejas historias es todo—  le sonrió a Carmina como saludo.

—¿Y tú, Diego? No me digas que estás soltero—  batió sus pestañas en dirección a él.

Diego alargó el brazo por detrás de mí para agarrarse de la barra.

—¿Yo? – me miró por el rabillo del ojo.— Pues digamos que sí, estoy soltero.

—Seguro puedo ayudarte con eso.— con sus largas uñas rojas acarició su brazo por encima de la camisa.

Maldita anciana, aleja tus manos de mi hombre.

—¿No quieren una copa? ¡Yo invito!— llamé la atención de todos.

Óscar y ella pidieron los tragos. Atraje a Diego por cinturón del pantalón.

—Si no quieres que la ahorque, sácame de aquí.— mascullé amenazante. — Estoy aburrida y lo único que quiero es que me abraces.

Óscar se acercó a mí, me abrazó por detrás y puso sus labios en mi oído.

—Cariño, estás embarazada, recuerda que no puedes tomar.

Movió nuestros rostros para así poderme besar.             

Diego se quedó quieto a nuestro lado, su mirada se obscureció.

—Amor, no me siento bien— recargué mi cabeza en el hombro de Óscar.— Creo que el bebé me da agruras.

—Está bien. Vamos a casa, ángel mío— sonrió.

Levantó mi mentón y volvió a besarme con toda confianza.

—Fue un placer conocerte, Carmina.

—Igual, querida.— sonrió con falsedad.

—Vamos, Diego, tú eres el chofer y bebé me está molestando. –acaricié mi vientre.

Salimos del lugar. La briza de la noche golpeó nuestros rostros y removió nuestros cabellos. Óscar y yo veníamos abrazados por la cintura, él me hacía reír con sus excelentes imitaciones de Carmina. Diego se adelantó a abrir el coche, su expresión era pensativa.

—¿Está todo bien, amor?— le pregunté desde lejos.

—No— respondió. Cuando pasamos por su lado, tiró de mi brazo alejándome de Óscar. — Ya no la toques, es mía— le espetó.

Me sujetó con fuerza y con ambas manos por la nuca y de modo casi violento estampó sus labios con los míos. Me obligó a abrir la boca y su lengua invadió el espacio. Tomó todo lo que necesitaba y un poco más,  me despojó de todo con un posesivo beso.  

    No soporto que te bese otro.— respiró agitado.

— Me encantas cuando te pones dominante y celoso.— froté mi mano entre sus piernas.— Llévame a casa y dame muchos besos.— me levanté en puntas y mordí su labio.

Me quité los anillos y se los entregué.

—Antes de que nos vayamos a casa, necesito que pasemos a la librería. La sobrina de Mariano quiere El Diario de Ana Frank.

—¿Vas a hacerme ir a la una y media de la mañana?

Él asintió con la cabeza

—Por favor…

Suspiré.

—Está bien, vamos.— miré en dirección a Óscar que estaba sentado sobre el cofre del auto.— ¿Nos acompañas?

—No, creo que mejor me voy a mi casa.— bajó de un salto.— Los veo mañana, chicos.— Me dio un último abrazo antes se irse caminando por la acera con las manos en los bolsillo y desaparecer a la vuelta de la esquina

Encendí las luces y el espacio se iluminó, caminé hasta el pasillo para buscar el libro. Era el último ejemplar restante, lo tomé y se lo arrojé a Diego.

—Chico con suerte, era el último. –Deslicé hacia arriba el cierre de la chaqueta.— Tendré que pedir otra docena.

Diego lo inspeccionó, odiaba cuando su jefe se ponía exigente. En una ocasión le había pedido una primera edición de Aura.

Aproveché para echar un vistazo y revisar que todo estuviera en orden,  ya que no había venido en una semana. Mi abuela estaría muy enojada.

—Andrea, esta página está rayada.

Dejé la lista del inventario a un lado.

— ¿Cómo que rayada?

Me encontraba al borde de un paro cardiaco.

—Sí, tiene algo escrito en toda la página. –me tendió el libro para que lo mirara.

Tomé el libro en mis manos y revisé la hoja señalada. Una frase ocupaba todo el papel.

¿Te quieres casar conmigo?

Era la propuesta de matrimonio más original que pudiera imaginar.  Aunque en otro momento lo hubiera asesinado por violentar de tal manera un libro.

Bajé el ejemplar y me encontré con Diego hincado sobre una rodilla a mis pies.

—Antes que nada, quiero que sepas que esto no es por el bebé.— inclinó la cabeza hacia un lado. – Bueno, en parte…, pero yo tenía esto planeado desde antes. – tomó aire. – Quiero pasar el resto de mi vida contigo, Andrea, eso es todo. No tengo un discurso romántico preparado, ni flores y una gran cena; sólo estoy yo, un hombre de rodillas frente a la mujer que ama, dispuesto a rogarle si es necesario que pase toda su vida junto a él.

Mi corazón estalló, pero de la buena manera.

—Ya es trece de Abril, ¿no es así? — pregunté después de mirar la hora en mi reloj.

—Cierto. – Me miró sin entender.

—Feliz cumpleaños. —pasé mis dedos por su mejilla.

Su rostro se iluminó, sonrió de oreja a oreja.

—Eso es un , ¿cierto?

Aprisioné su cara entre mis manos y lo besé.

Hasta que el sol se congele
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