EL CORAZÓN SE ACOSTUMBRA
Andrea
¡Al fin se casaron!
Carlos y Mariel estaban ahora, oficialmente casados.
El enorme jardín cubierto por la gigantesca carpa y adornado con las luces de colores, daban la sensación de algo afrodisiaco. La briza de la noche de los últimos días de Marzo había dejado de ser tan fría y la alegría del momento hacía que todas las tristezas desaparecieran.
—Te amo ¿lo sabías?
Diego ocultó su teléfono por debajo de la mesa y contempló mi rostro unos segundos antes de contestar
—Sí, yo también.— besó mi oído.
Los niños corrían en todas direcciones por todo el lugar. Las personas sonreían y felicitaban a la feliz pareja, otros más bailaban, cenaban o conversaban en la zona del bar. Todos se veían felices, incluso yo.
—¿Quieres bailar?—La mano de Óscar apareció frente a mis ojos.
Diego le restó atención a lo que estaba haciendo en el celular y pasó su brazo alrededor de mis hombros. Con una mirada fría, amenazó a su mejor amigo.
—No estoy pidiendo que me dejes besarla, sólo quiero bailar.
Al final, Diego accedió. Óscar y yo nos encaminamos a la pista de baile. Una pieza de música moderna llenaba el espacio y un juego de luces puso el ambiente.
—¿Cómo has estado?— preguntó, con voz fuerte encima de la música.
—¿Hoy? —lo miré.— Hoy he estado bien. — respondí sin más.
—Lo siento.— agachó la cabeza.
— ¿Por qué?
—Porque si hubiera actuado más rápido...
Sentí una opresión en el corazón.
—No fue tu culpa, Óscar. —Me apresuré a decir— Fue un accidente, el bebé estaba débil, yo no seguí al pie de la letra las instrucciones, y mi cuerpo no lo pudo retener.
—Me asusté mucho.
Aún recordaba su cara de preocupación cuando desperté en la ambulancia. Él sostenía mi mano y repetía palabras de aliento, pero su rostro se había vuelto pálido. Nunca lo había visto más asustado. No se separó de mi lado, permaneció conmigo hasta que Diego apareció en hospital
—Todos. Pero ya no hablemos de eso. –pedí.
Una música mucho más lenta sustituyó a la anterior. Óscar colocó sus manos en mi cintura y yo crucé los brazos por detrás de su cuello.
—Te ves hermosa. — dijo, pocos segundos después de que empezáramos a bailar.
—Gracias.—sonreí tímidamente.
—Bueno, tú siempre te ves magnifica.
Un ligero sonrojo apareció en mi rostro.
—Espera a verme vestida de novia.
Óscar miró en dirección a la mesa donde Diego estaba aún tecleando en el teléfono.
—Creo que nunca había visto a Diego tan feliz.
—Me alegra hacerlo feliz.
Se volvió. Sus ojos pasaron de mi cara a mi vestido, y luego a mis piernas para regresar a mis ojos.
—Yo espero el día en que una mujer como tú se digne a amarme.
Apretó los labios.
—Ya verás que esa mujer pronto llegará. — mis dedos hicieron pequeños círculos sobre la piel de su nuca.
—No lo creo. La mujer que yo amo, simplemente jamás podrá ser mía.
—¿Por qué?
—Porque ella no me ve, soy invisible. Ella está cegada por el amor que le tiene a otro hombre.
—¿Cegada? — Fruncí los ojos. —Él es un mal hombre, ¿o qué?
Óscar dijo que no con la cabeza.
—Nada de eso. El sujeto es una gran persona, con sus secretos, con problemas y defectos, pero sé que él la ama.
—Ya veo, aplicas lo de: Si ella es feliz, yo también.
—Exacto. Y créeme, yo les deseo lo mejor.
—Pero el problema es… —pregunté, incitándolo a continuar.
Cerró los ojos y respiró hondo.
—Que yo la amo mucho más. La amo cien veces más de lo que el otro cree hacerlo. Pero ella no siente el mínimo destello de amor por mí.
—¿Cómo es que estás tan seguro? ¿Le has dicho lo que sientes?
Óscar suspiro, murmuró algo que no alcance a escuchar. Volvió a mirarme directamente a los ojos y esbozo una triste sonrisa. Él acortó la distancia entre nosotros al abrazarme, y juntó su mejilla contra la mía.
Maldijo.
—Ella ahora lo sabe.
Me separé un poco.
La lucha interna entre su corazón y mente se reflejaba a través de sus duros ojos color marrón; sintiendo que me ahogaba en un lodazal si no dejaba de mirarlo. Sin embargo, no podía dejar de hacerlo.
Rápidamente sostuvo mi nuca en su mano y acercó su boca a mi cabeza.
—No se lo digas— suplicó en voz baja.
Depositó un pequeño beso en mi sien.
—¿No decirle qué a quién? — Miré a Óscar, suspicaz.
—Devuélveme a mi mujer. — Diego apareció a nuestro lado, sonaba molesto. Los dos fijamos la vista hacia él con idénticas sonrisas nerviosas en el rostro. —Allí en la barra está una chica bastante guapa. Si te das prisa, a lo mejor llegas a tiempo para conquistarla.
Óscar me miró y nos sonrió a ambos con una gran alegría, como si el diálogo que habíamos tenido hace unos instantes, jamás hubiera ocurrido. Dio media vuelta y se alejó.
—Y con algo de suerte, te tendrá demasiado ocupado como para que intentes ligarte a mi mujer.— añadió Diego entre dientes.
—No serás uno de eso insoportables maridos celosos, ¿verdad?
Él me abrazó y comenzó a moverse al ritmo de la música.
—Sólo durante nuestra boda y la luna de miel. Luego me calmaré.—prometió.
************************
Óscar
Verla moverse, agitar el cuerpo y sacudir la cabeza mientras bailaba, era mi deleite. El olor que su cabello desprendía era sin duda mi aroma preferido. El brillo de felicidad en sus ojos y la sonrisa que enmarcaba su rostro, era para mí la imagen más hermosa que hubiese existido jamás.
Pero la situación me estaba matando.
Sentí la sangre de mi cuerpo hervir cuando el hombre que no era yo, ciñó con sus manos las caderas de ella y juntos se movieron al ritmo de la música. Sus preciosas y pequeñas manos pasaron acariciando por el ancho del pecho de él, y después ella apoyó la mejilla en el hombro de su acompañante.
Por un breve instante sus ojos se encontraron con los míos y en automático bajé la cabeza.
Mierda. Mierda.
Necesitaba encontrar una novia o una distracción. Cualquier cosa. Estaba cerca, tan estúpidamente cerca de arruinarlo todo.
Todo respecto a ella me asustaba como el infierno. Y ella no tenía ni idea.
La siguiente canción resonó en el lugar, y en la pista hubo un masivo cambio de parejas. Varias personas caminaron a mi alrededor sin inmutarse de mi presencia.
—Nos hubieras tomado una foto, duran más.
Distinguí la voz por encima del ruido. Sabía exactamente quién era.
Le di un vistazo por encima del hombro siguiendo el camino hacia arriba por sus piernas y descansando la vista un segundo por sus muslos, caderas y pechos enfundados en un bonito vestido azul petróleo. Tratando de evitar su rostro a toda costa, rápidamente regresé la mirada a la pista de baile inclinando mi torso hacia adelante y recargando mi antebrazo en las rodillas mientras que del bolsillo de la camisa sacaba un cigarrillo.
—¿Y tu novio? — pregunté con fastidio al sentirla tan cerca. —Disculpa, se me olvida que es tu prometido ahora.
Se sentó a mi lado y tendió su encendedor en mi dirección, lo tomé y encendí el cigarro.
—Está terminando la gira de promoción. —Respondió, llevándose la copa de margarita a los labios al mismo tiempo que yo daba una calada.
Uno de los tantos meseros pasó frente a nosotros con una charola de bebidas en sus manos, Sofía lo detuvo.
—¿Quieres un trago? —Preguntó. Yo negué con la cabeza. Sofía despidió al mesero después de agarrar dos copas. — ¿Te sientes bien?
Resoplé.
Yo estaba lejos de estar bien.
—Sí
Permanecimos sentados a la mesa unos minutos, contemplando el ir y venir de camareros e invitados por el jardín.
—Él no la merece.— Sofía habló al aire, con la mirada fija en Diego y Andrea.
Dejé que la nicotina entrara a mi cuerpo y me matara un poco más, y aún así, un fututo cáncer pulmonar no sería nada comparado con tener que amarla a ella desde lejos; porque había pasado muy poco tiempo antes de que supiera de lo que me estaría perdiendo, y en cuanto lo supe, tuve que reprimir los impulsos y dejarla ser.
Le pasé el cigarro a Sofía y ella dio la última calada. Me examinó de arriba para abajo antes de aventar el sobrante del tabaco al suelo.
—Diego es muy serio, muy formal. Andrea lo que necesita es un compañero de aventuras, no un esposo. Alguien más…no sé, como tú.— cruzó su brazo por encima de mi cabeza para dejar la copa vacía en la mesa y agarrar la siguiente.
—¿Como yo?— pregunté con sorpresa.
—Sí. Alguien con chispa, con gracia. Alguien que sepa vivir y divertirse. Yo creo que tú deberías estar en el lugar de Diego.
Examiné su rostro y evalué su expresión. Había dos posibilidades: Ella hablaba totalmente enserio, o estaba demasiado borracha.
Por mi bien y el de mi cabeza, esperaba que fuera lo segundo.
—¿Sofía, cuántos tragos has tomado?— la miré con cautela.
Sofía encogió los hombros.
—Perdí la cuenta después de los ocho. Eso fue hace media hora más o menos.
Volví a mirar a Andrea. Ella se veía feliz, Diego también. Sacudí la cabeza.
—Estás diciendo puras incoherencias.
Me lanzó una mirada cargada de reproche.
—Es la verdad. Además, a cualquier mujer le gustaría tener un hombre como tú a su lado.
—¿Incluso a alguien como Sofía De Alba? Pregunto, porque a mi parecer, Sergio tampoco es hombre para ti.
Contemplando su segunda copa de vino, sonrió con cierta tristeza.
—Tú qué sabes. — su voz se endureció.
—Sofía, tú eres muy liberal, Sergio también. La diferencia radica en que él te ama. ¿Tú lo amas a él?
Señalé su anillo de compromiso.
—No lo sé, tal vez. —mordió su labio.
Levanté una ceja.
—Entonces… ¿sí lo amas?
—Creo que a mi manera, sí. —La miré, escéptico. Resopló con enardecimiento. —No sé, Óscar, no sé. — agitó la cabeza. — No lo amo, pero amo que me ame. Sin embargo, mírame, no cambio. No quiero cambiar.
El alcohol es uno de los peores enemigos del hombre. El alcohol te obliga a hacer y decir cosas inimaginables, el alcohol te impulsa a dejarlo todo por la debilidad, el alcohol siempre gana. Siempre.
Sentí a Sofía inclinarse sobre mi cuerpo. Lentamente sus dedos pasaron por mi cabello, nuca, y la curva de mi cuello. Mi cuerpo respondió a sus dedos aventureros arañando sutilmente mi garganta.
—¿Sofía?— tragué saliva, sintiendo sus uñas encajarse en mi manzana.
—Óscar... — Sus labios rozaron mi piel y su lengua húmeda hizo círculos detrás de mi oreja.
Se me cortó la respiración. Algo allá abajo se sacudió. Sofía sonrió victoriosa. Sujetó mi cabeza entre sus manos, sus labios succionando los míos, sus dientes mordisqueando mi labio inferior, sus muslos dándole entrada a mi rodilla y frotándose contra la misma.
— Esto no está bien— mi voz se escuchaba agitada.
—¿Por qué? Es sólo un beso.
Con un coqueto movimiento de cabeza, su cabello pasó hacia su espalda; dejando al descubierto su nuevo tatuaje de un rosal a lo largo de su clavícula.
—Pero no quiero esto, ¿entiendes? Tú estás comprometida y yo…—cerré la boca, arrepintiéndome de lo que iba a decir.
—¿Tú, qué?
Solté un bufido y continué:
—Yo no creo que esta sea nuestra mejor idea.
—¿Y eso sería, por qué?
Las piezas empezaron a encajar en su cabeza. Sonrió con maliciosa diversión.
—Tú sabes por qué. Lo sabes perfectamente, Sofía. —llevé mi mano directo a su cuello, la sujeté por la nuca; forzándola a mirarme. — Sabes por qué no puedo acostarme contigo, hacerlo significaría perder cualquier oportunidad. Y créeme que en otra situación, o en otra vida, nada me gustaría más que llevarte a mi cama. — bajé la cabeza. — Pero no puedo.
—Es Andrea. —jadeó, sus ojos se abrieron sorprendidos. — Todo esto es sobre ella. Siempre supe que se trataba de ella.
Ding, ding, ding… Tenemos una ganadora.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté con normalidad, sin tratar de fingir que sus sospechas eran eso, falsas. Porque no lo eran.
Se volvió para mirarla, para mirar a Andrea que estaba sonriéndole a Diego mientras él la apretaba contra su cuerpo.
Un hombre que no soy yo…
—Basta con ver cómo la miras, Óscar. — Pasó su mano por mi cabello suavemente. — Cómo le hablas o lo nervioso que te pones cada vez que estás con ella, pero también puedo ver la admiración y los celos que le tienes a Diego.
—Él es mi mejor amigo, es como mi hermano.
—Pero Andrea es la mujer a la que amas.
Mi corazón martilleó en mi pecho cuando la miré y dije:
—Y por eso mismo sé que su felicidad no estará completa si no es con él. Prefiero hacerme a un lado y desde lejos verla sonreír y amar a un hombre que no soy yo. Aunque duele, duele ver cómo alguien disfruta de algo a lo que yo ni siquiera puedo aspirar.
— El amar a alguien… ¿es tan duro como todos dicen? — Sus ojos brillaron con algo parecido a la desesperación.
— Amar no es la parte difícil. — aseguré. —El corazón se acostumbra al hecho de latir por el de alguien más. Se acostumbra al dolor de pertenecer, se acostumbra a la idea de vivir mediante la felicidad de otro. El amar, es tan fácil y llevadero que ni siquiera te das cuenta de cuando has dado demasiado. Amar es sentir el alivio de tener a esa persona cerca. Cuando amas tanto a alguien, te das cuenta de que a pesar de no recibir nada, tú te sentirás satisfecho.
—¿Cómo estás tan seguro de que eso es amor, Óscar?
—Sólo lo sé. Esa es un tanto mi interpretación del amor. Porque para mí, el amor se divide en clases: Amor de padres, amor entre hermanos, amor a los demás, amor a tu pareja.
Sofía dejó caer su cabeza y negó.
— En verdad estás enamorado de ella.— dijo, sin poder creerlo.
Mi mente elaboró una lista detallada de cada cosa insignificante que me hacia enamorarme de Andrea cada día, de cuántas veces sus sonrisas me dejaban sin respiración, de cómo mi cuerpo se sacudía ante su contacto, o de cómo mi corazón palpitaba con una fuerza violenta cada vez que ella se atrevía a besar mi mejilla.
Andrea.
Podría dar cientos y cientos de miles de malditas razones de por qué la amaba, y no me cansaría nunca. Y aun así, jamás serían suficientes.
— Con ella me he sobrepasado. Le amo tanto que simplemente le pertenezco. Puede un día pedirme que me arroje de un puente y sin dudarlo lo haré, porque el amor que siento por Andrea me ciega y me atormenta hasta el punto en que se apodera de mi alma. Lo que siento por ella es demasiado fuerte y suficientemente oscuro para permanecer denso. No puedo ver más allá de donde ella está. —tomé aire. — Porque, Sofí, haga lo que haga y diga lo que diga, yo seguiré detrás de ella. Sirviéndole, cuidándola, amándola.
Un amor enfermizo.
De esto se trata la vida, de amar sin recibir nada a cambio y al mismo tiempo odiar a esa persona por obligarte a amarla tanto.
— ¿Qué pasa si ella no te corresponde? —preguntó Sofía.
Tuve que reírme.
— Ella no me corresponde, eso es obvio. Este es el lado oscuro del amor.
Sofía se puso de pie, con una actitud mordaz y una expresión igualmente irónica.
—Eres patético. —me dijo.
—Ya lo sabía, gracias.
Un solitario cigarrillo, como solitaria es la vida, era lo único que el bolsillo de la camisa conservaba. Lo encendí y fumé. Fumé tratando de deshacerme de todo lo que a mi cabeza atormentaba.
—Y masoquista también.
Su comentario insidioso me hizo enfurecer. Me levanté del asiento, echando hacia atrás la silla de una sola patada.
—¿Por qué? ¿Porque amo a una mujer?
—Porque no eres capaz de afrontar tu realidad. —ella gritó. — Andrea no te ama, Óscar. Ella va casarse con tu mejor amigo, nos guste o no. Así que en lugar de lloriquear y quejarte de lo bueno y malo que es amarla, deberías abrir los ojos, aceptar que Andrea nunca será tuya y llevarme… — sacudió la cabeza — llevarte a otra mujer a casa. Busca a esa tal Isabella, a alguna ex novia, o ve por una prostituta…, pero déjala ir. Vive por ti y para ti, no por ella.
Pasó junto a mí, empujando mi cuerpo hacia un lado como si ella tuviera la fuerza suficiente como para derribarme. La observé todo el camino hasta la barra, la miré y esperé por algo, alguna señal.
Nada.
No pasó nada, no sentía nada.
Ella tenía que ser la respuesta, el desahogue y el choque de realidad.
Coloqué el filtro entre mis labios y aspiré, el humo medio caliente en mi boca prosiguió su camino hasta llenar mis pulmones, y finalmente exhalé dejando salir el humo grisáceo y también mi cordura.
Dejé el cigarro dentro de un vaso y a paso rápido alcancé a la única salida que tenía.
—Sofía.
Ella dio la vuelta al escuchar que la llamaba.
—¿Qué quieres?
Me coloqué justo frente a ella, con mis labios a centímetros de los suyos.
—No vamos a arrepentir por esto. Lo sabes, ¿cierto?
Metió la mano entre su escote y sacó un pequeño cuadro de aluminio.
Sonrió con malevolencia.
—¿Tu casa o la mía? —La vi lamerse los labios.
Me di por vencido, y la besé.
Con ella por delante y su mano enganchada a la mía, miré hacia atrás una última vez.
Me sentí la peor mierda del mundo.
Lo último que vi, fue a Andrea contener la respiración, y siendo iluminada por las luces multicolor.