Jarmela

Mahjouba

Esta era una niña huérfana de madre que se llamaba Jarmela. Vivía con su padre, que tenía una mujer y una hija [de ésta]. Jarmela era muy guapa, pero su hermanastra era tuerta y muy, muy fea. Así que la madrastra siempre obligaba a Jarmela a embadurnarse de ceniza toda la cara, para que nadie mirara lo bella que era y tampoco pareciera tan fea su hija.

Un día, la madrastra la mandó al pozo a limpiar pescado, y al rato le salió el monstruo del pozo. Dijo:

―Me tienes que dar un poco de pescado. Jarmela contestó:

―No puedo. No puedo darte nada, poique mi hermanastra contó todo el pescado que traía antes de salir, y si faltara alguno me mataría.

Y el monstruo dijo:

―Bueno, con las cabezas me conformo.

―Vale, eso sí te lo puedo dar.

Cuando terminó de limpiar el pescado, le regaló al monstruo todas las cabezas y el monstruo, a cambio, le dio un cofre y le dijo:

―Guárdalo bien y no lo abras hasta llegar a casa.

Jarmela abrió el cofre nada más llegó a su casa, y el cofre estaba lleno de ropa nueva para ella.

Justo al día siguiente, el rey celebraba una gran fiesta para todo el pueblo, y ella pensó que podía estrenar la ropa nueva. Pero cuando llegó casi la hora de ir a la fiesta, la madrastra se dio cuenta de que Jarmela se estaba arreglando para irse con ella y con su hija, y le dijo:

―¡Tú te quedas aquí! ―casi gritó la madrastra.

Entonces Jarmela suplicó:

―Pero si ahora no tengo nada que hacer..., ¿por qué no os puedo acompañar?

Y la madrastra le dijo mientras le mostraba un enorme plato con distintas variedades de legumbres:

―¡Pues ya te doy yo quehacer!

Dijo Jarmela:

―Eso ya está limpio, lo limpié esta mañana.

―Pues ahora lo voy a mezclar todo con un puñado de arena y verás cómo tienes trabajo para lo que dure la fiesta, pues cuando vuelva lo quiero encontrar libre de cualquier mota de arena.

Jarmela empezó a limpiar las legumbres sollozando y al rato se le posó un águila muy cerca que, al ver lo triste que estaba, llamó a muchos animalillos para que vinieran a ayudarla. En muy poco, las legumbres estaban listas. Así que Jarmela se aseó, se vistió con la ropa nueva y se fue a la fiesta. Y se volvió a casa antes de que acabara la fiesta, porque no quería que su madrastra llegara antes que ella. Andaba tan deprisa que perdió un zapato y no lo pudo recuperar. Pero se lo encontró el rey, y el rey les dijo a sus invitados:

―Aquella a la quede bien este zapato se casará conmigo.

Todas las invitadas se probaron el zapato, pero a ninguna le quedaba bien.

El rey preguntó:

―¿Queda alguien por probarse el zapato?

Dijo la madrastra:

―Sí, queda Jarmela, pero da igual, no merece la pena que se lo pruebe.

Mandó el rey:

―Vaya a buscar a Jarmela y tráigala a aquí.

Y al rato ya estaba Jarmela delante del rey. Se probó el zapato y resultó que era de su talla. Y el rey, no mucho después, fue a pedir la mano de Jarmela.

Llegó el día de la boda. La madrastra preparó la gena y le adornó las manos no sólo a Jarmela sino también a su hija, y después las metió a cada una en una habitación diferente. Y el día en que la novia tenía que ir ya a la casa del novio, la madrastra cogió una gran aguja y se la clavó a Jarmela en la cabeza, y Jarmela se convirtió en una paloma y voló bien lejos. Entonces vistió a su hija con la ropa de la novia y la mandó a palacio. Cuando la vio el rey, dijo:

―La han cambiado. A esta mujer no la había visto en mi vida. Alguien se ha debido de equivocar. [Pero se casó con ella].

Pasaron los días y Jarmela notó que le gustaba mucho ir a posarse al rosal del rey, y allí se posaba todos los días a la misma hora: iba, y mientras se posaba, cantaba:

Debajo de mis rodillas

nacen bonitas rosas

debajo de mis rodillas

nacen bonitas rosas

pero no cortéis los dedos de gena.

A las cortadoras de rosas les gustaba mucho los cantos de la paloma. Así que todas quisieron atraparla, pero ninguna pudo hacerlo, hasta que un día decidieron contárselo al rey:

―Señor, aquí viene todos los días una paloma y canta siempre lo mismo.

El rey decidió quedarse y escuchar, al rato llegó la paloma y justo cuando se posó en el rosal se puso a cantar:

Debajo de mis rodillas

nacen bonitas rosas

debajo de mis rodillas

nacen bonitas rosas

pero no cortéis los dedos de gena.

El rey mandó que le atraparan la paloma, se la cazaron y la llevaron junto a él. Nunca se quería despegar de ella, la sacaba de la jaula, jugueteaba con ella, le daba de comer y la volvía a poner en su sitio. Un día, antes de partir de viaje, le dijo a su mujer:

―Me voy, pero quiero que cuides de ella como cuidas de mí.

Pero cuando el marido se fue de viaje, la mujer comenzó a empujar a la paloma de un sitio a otro, le arrancaba las plumas y no le daba de comer. Cuando regresó el marido de su viaje vio a la paloma y le preguntó a su mujer:

―¿Qué le ha pasado?

―Desde que te has ido no ha querido comer, estaba todo el rato muy triste.

El rey cogió a la paloma, empezó a acariciarla, y cuando le tocó la cabeza, notó una especie de aguja, tiró de ella y de pronto apareció delante de él una bellísima mujer vestida de novia, que le dijo:

―Yo soy la verdadera mujer con la que te quisiste casar.

Y él le dijo:

―¿Qué te ha pasado?

Le contó todo lo que habían hecho con ella. Y el rey le dijo:

―¿Qué quieres que haga con mi mujer?

―Quiero que la degüelles y yo misma se la llevaré a su madre.

El rey la degolló, puso la cabeza en lo hondo [de un saco] y el resto del cuerpo encima. Luego fueron a ver a la madrastra que sólo se fijó en el gran regalo que le llevaban, se entretuvo abriéndolo y Jarmela aprovechó para irse sin ser vista. La madrastra mientras tanto empezó a sacar toda la carne y a repartirla entre la gente: el hígado se lo regaló a una anciana que no tardó en comérselo. Pero cuando vio la cabeza de la hija empezó a gritar:

―La que se haya comido el hígado de mi hija que me lo devuelva.

Y la anciana dijo:

―Yo ya me lo he comido.

―Pues llorarás conmigo hasta que tu bastón florezca.

Así que la anciana se pasaba todo el día llorando hasta que un día pasó un buitre y le preguntó:

―¿Por qué lloras tanto?

―Tengo que estar llorando hasta que mi bastón florezca.

El buitre rápidamente le trajo un bastón con toda clase de flores, ésta se lo dio a la madrastra y le dijo:

―Aquí tienes, he llorado hasta que el bastón ha florecido.

Y la anciana siguió su camino.

Y después de andar por aquí y por allí, me puse el calzado y se me rompió.

Alhucemas, 29 de julio de 2002

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