La respiración


(1861)

Una noche de 1832, me encontraba en la estación de Adam Street, en una zona de la ciudad que por entonces tenía muy mala reputación —hoy ha mejorado— por la cantidad de licorerías y prostíbulos que se contaban en sus alrededores. Eran frecuentes las peleas, ocasionadas principalmente por los muchos estudiantes que vivían en las calles cercanas: de ahí que, cuando se avisaba a nuestros hombres, fuese en general para sofocar un altercado o defender a una pobre mujer degradada de la violencia de los borrachos o los carteristas. En la ocasión a la que voy a referirme, nos llamaron por un motivo distinto. Era tarde, más de las doce, y en las calles solo quedaban prostitutas y estudiantes. De pronto llegó a mis oídos el grito de una mujer. Salí corriendo y oí voces que alertaban de que un hombre llamado M’ --ie, vecino de Adam Street, había sufrido un robo o un intento de robo en la puerta de su casa. A continuación se oyó otro grito, y dos o tres transeúntes señalaron: «Se han ido por el camino del Pleasence». En tales casos, era mi costumbre no perder el tiempo con preguntas sobre el aspecto de los ladrones, porque las descripciones son siempre tediosas y es más eficaz seguirlos en el acto, con la esperanza de descubrir los «indicios criminales» en lugar de establecer qué clase de abrigo o de sombrero llevaba el individuo en cuestión, cómo era su nariz y cuál su estatura. Seguí así la dirección que me indicaron, a la mayor velocidad que me fue posible, de puntillas, por miedo a que mis pasos resonaran en el silencio de la noche y alertasen a los fugitivos. Puedo añadir también que tuve que disuadir a varios voluntarios en su deseo de sumarse a la búsqueda, pues sabía que ahuyentarían a los ladrones y serían un estorbo antes que una ayuda.

Emprendí la persecución, si puede llamarse así, en solitario, pero pronto llegué a una de esas encrucijadas que tanto nos martirizan a quienes desempeñamos este oficio. Dos caminos me ofrecían recomendaciones distintas: uno era el que los ladrones sin duda habrían tomado para ocultarse en las propicias y recónditas madrigueras de la Ciudad Vieja, nada fáciles de descubrir; el otro, el que habrían tomado para dirigirse a las afueras, por el valle que se encuentra entre el Pleasance y el monte conocido como el Trono de Arturo, que les facilitaría la huida al abrigo de la oscuridad. Un minuto bastaba para cambiar las tornas por completo, y tenía que tomar la decisión sin demora. Más de una vez me había visto en el mismo dilema, y casi nunca me había equivocado en la elección, si bien es cierto que una de cada diez decisiones instantáneas no me es posible explicar a qué obedece. Creo que en general ha sido siempre un incidente trivial el que ha inclinado la balanza, quizá el rumor de unos pasos o una ráfaga de viento que, sin llegar a percibirse como tal, causa un efecto distinto en el oído. El ladrido de un perro, el golpe de una puerta o un silencio más profundo en una dirección que en otra me han hecho decidirme en parecidas ocasiones, aunque, si soy sincero, por extraño que parezca, a veces he tenido la impresión de que una mano superior me guiaba directamente hasta mi presa. Así fue en esta ocasión. Había las mismas probabilidades de que los ladrones se hubiesen escondido en la Ciudad Vieja, al norte, o hubiesen huido por el Camino del Patíbulo, al sur, aunque ya no hubiera allí ningún patíbulo que pudiera asustarlos. Torcí a la izquierda, en dirección al Pleasance. Seguía corriendo, y estaba a medio camino de la destilería del señor Ritchie cuando me encontré con uno de los nuestros, haciendo su ronda tan campante, como si nada sospechara del robo que acababa de cometerse en su zona.

—¿Has visto a dos hombres huyendo o corriendo?

—A nadie. Pero antes de llegar a Drummond Street me ha parecido oír unos pasos rápidos. Al momento dejé de oírlos, y pensé que me había equivocado.

—Pues vuelve allí y quédate tieso como un poste, pero no sordo. Estate atento para salir corriendo y aguza bien el oído.

Me olía algo, y en general no necesito más. Estaba seguro de que los ladrones habían pasado por ahí y, al ver al agente, se habían escondido. Miré a un lado y a otro: no había escaleras, tapias, callejones sin salida ni hueco alguno en el que pudiera agazaparse un ladrón. Me faltó poco para desesperar, pero no me lo permití. La luz de la esperanza siempre me ha revelado gradualmente el camino que conduce a su templo, y jamás me he dado por vencido hasta que la oscuridad ha borrado por completo su resplandor. Crucé a la acera de enfrente, donde había algunos prostíbulos. No vi ninguna puerta abierta. Todas las ventanas estaban cerradas y tampoco se veía luz en el interior. Con sigilo y pies ligeros, seguí adelante hasta Drummond Street, donde se encuentra la fuente, en un hueco de la fachada. No esperaba demasiado de ese rincón, porque es un espacio relativamente abierto y, aunque la noche era oscura, difícilmente podían haberse escondido allí sin que el agente los hubiera visto al hacer su ronda. Sin embargo, sabía que no podían haber subido por Drummond Street. Debo señalar que soy capaz de oír allí donde la mayoría de la gente no percibe sino silencio. Es más, esta agudeza auditiva ha sido en muchos casos un fastidio, pues hasta el correteo de un ratón me impide a veces descansar cuando más lo necesito. De mis otros sentidos, poco agudos, nada tengo aquí que decir. No me eran necesarios, pues a la tenue luz de las farolas, muy separadas unas de otras, no había nadie más que el agente en su puesto de vigilancia.

Sin esperar ninguna revelación del rincón, lo crucé en diagonal, bastante decepcionado, y estaba más pensativo que atento a los ruidos, más frustrado que expectante, cuando llegaron a mis oídos una o dos respiraciones profundas: los ladrones asustados respiran con dificultad, sobre todo si han tenido que forcejear con su víctima. Casi llego a entender lo que dicen los pulmones. Hablan de miedo, como se observa en su intento de sofocar el ruido, pero la naturaleza es invencible. Al instante tuve la certeza de que había encontrado lo que buscaba, si bien quise poner a prueba estos indicios. Detectaba más de un par de pulmones: identifiqué dos. Pese a sus esfuerzos, pues sin duda habían visto pasar al agente y probablemente habían oído nuestra conversación, no lograban encubrir las señales que emitían su nariz (como si este órgano pudiera revelar pruebas además de ocultarlas) y su boca, pues sabido es que, si el asombro la abre, el miedo la cierra, y el ruido me llegaba como si un poder superior se sirviera de este método para demostrar al hombre que existe un silencio capaz de hablar y delatar a quienes han violado la ley de Dios. Despejadas todas las dudas, me acerqué rápidamente al policía para susurrarle que fuera a la comisaría en busca de refuerzos mientras yo seguía vigilando. Sabía que los tenía en mis manos y, si intentaban escapar, no tendría dificultad para impedírselo. Me impuse paciencia y me instalé en mi puesto sin moverme un centímetro, relativamente tranquilo mientras siguiera oyendo esa respiración ahogada.

En pocos minutos llegaron mis hombres, alborotando más de lo que exigía un trabajo tan delicado. Los agarré a los dos de la solapa.

—¡No quiero oír ni un murmullo! Están al otro lado de la esquina. Sacad las porras y al ataque.

Saltamos todos a una y, antes de que los caballeros pudieran aguantar la respiración, les echamos el guante, sin darles tiempo a moverse de la pared a la que se habían pegado, en un lado del hueco. Como sucede siempre con los de su calaña, se declararon completamente inocentes, y nada más que un solemne juramento —pues eran dos maleantes sin remedio, tal como supe nada más verlos— habría podido anular el efecto de sus protestas. Resultaron ser hombres peligrosos. Casi habían estrangulado a M’ --ie y, en venganza, al ver que no podían quitarle nada, amenazaron con asesinarlo. Mi siguiente paso era conseguir que las personas que dieron la voz de alarma identificasen a los ladrones, porque en caso contrario, al no tener éstos ninguna pertenencia de la víctima, nos veríamos sin pruebas, aunque no sin justificación, para haber detenido a un par de delincuentes bien conocidos. Por fortuna, cuando llegamos a la comisaría, varias mujeres los identificaron al instante, y entonces, como sucede a veces con los peores de ellos, se convirtieron en «mansos corderitos» y se dejaron llevar sin rechistar a su destino, en High Street. El juez del distrito los condenó a catorce años de prisión.

«Y su propio aliento los delatará.»