La aventura de la anciana cascarrabias


(1898)

El día en que me vi con solo dos peniques en el bolsillo, decidí, como es lógico, dar la vuelta al mundo.

Fue la muerte de mi padrastro lo que me impulsó a emprender el viaje. Yo nunca llegué a conocer a mi padrastro. A decir verdad, para mí siempre había sido el distante coronel Watts-Morgan. No le debía nada más que mi pobreza. Se casó con mi querida madre cuando yo era una niña y vivía en un internado suizo, y dilapidó la pequeña fortuna que mi padre le había dejado exclusivamente a ella, destinándola al pago de sus deudas de juego. Hecho esto, se llevó a mi madre a Birmania y, una vez que entre él y el clima de ese país consiguieron acabar con su vida, me compensó por todo lo que me había robado con una suma insignificante, dejándome con lo justo para estudiar en Girton. Por eso, cuando el coronel falleció, el mismo año en que yo terminaba mis estudios, no estimé necesario guardar luto, sobre todo al ver que decidió morir en el preciso instante en que yo tenía que recibir mi herencia, y no me legó nada más que deudas.

—Seguro que podrás dedicarte a la enseñanza —dijo Elsie Petheridge cuando le conté mis planes—. Hay mucha demanda de profesores de enseñanza superior.

La miré con horror.

—¡A la enseñanza, Elsie! —Yo había ido a la ciudad para ayudarla a instalarse en unas habitaciones sin amueblar—. ¿A la enseñanza has dicho? ¡Para ser una buena maestra como tú! Vais a Cambrigde, pasáis un montón de exámenes que os dejan sin una gota de ánimo o de vida, y entonces os preguntáis: «Vamos a ver, ¿para qué sirvo? ¡Solo estoy capacitada para examinar a otras personas!». Eso es lo que nuestro rector llamaría un círculo vicioso… si es que alguien pudiera aceptar que en ti haya algo vicioso, querida. No, Elsie. No tengo intención de dedicarme a la enseñanza. No tengo madera para eso. Nunca sería capaz de tragarme un palo, aunque me pasara semanas intentándolo. Los palos no van conmigo. Entre tú y yo, soy un poco rebelde.

—Sí que lo eres, Oscurita —dijo Elsie, con las mangas enrolladas, olvidándose por un momento de la pared que estaba empapelando. Me llamaban Oscurita, en parte por mi tez morena, y en parte porque nunca me entendían—. Eso lo sabemos todas desde hace mucho tiempo.

Solté la brocha impregnada en cola.

—¿Te acuerdas, Elsie —pregunté en voz baja, posando la vista en el rollo de papel pintado— de que cuando llegué a Girton todas llevabais el pelo liso y recogido en un moño del tamaño de un panecillo? ¿Y de que yo irrumpí como un huracán tropical y os corrompí a todas? ¿Y de que, después de pasar tres días conmigo, las más inocentes se cortaron el flequillo, mientras otras, a escondidas y temblando de miedo, iban a comprar un par de tenacillas? Estallé como una granada de mano en mitad de todas vosotras. Ni siquiera tú te atrevías a hablar conmigo al principio.

—Es que tenías una bicicleta —contestó Elsie, alisando la pared a medio empapelar—. Y en aquellos días, una señorita por nada del mundo iba en bicicleta. Tienes que reconocer, Oscurita, que eso fue una innovación de lo más sorprendente. Nos aterrorizaste. Y eso que a fin de cuentas eres inofensiva.

—Eso espero —dije con fervor—. Solo iba un poco por delante de mi tiempo, nada más. Hoy en día, hasta la mujer de un sacerdote puede ir en bicicleta sin que nadie se escandalice.

—Pero si no piensas dedicarte a la enseñanza —insistió Elsie, mirándome con sus increíbles ojos azules—, ¿qué piensas hacer? —Su horizonte estaba completamente delimitado por el círculo académico.

—No tengo la más mínima idea —dije, sin dejar de encolar la pared—. Pero, como no puedo aprovecharme de tu generosa hospitalidad de por vida, haga lo que haga, pienso empezar esta misma mañana, cuando hayamos terminado de empapelar. No podría dedicarme a la enseñanza… La enseñanza, como el color malva, es el refugio de las ineptas… y tampoco quiero vender sombreros si puedo evitarlo.

—¿Tú de sombrerera? —dijo Elsie, con gesto de horror.

—¿Por qué no? Es un oficio digno. Hasta las hijas de los duques se dedican ahora a eso. Pero no tienes por qué horrorizarte. Ya te digo que de momento no considero esa posibilidad.

—¿Qué consideras, entonces?

Me quedé pensativa unos instantes.

—Estoy aquí, en Londres —dije, con la mirada absorta en el techo—. En Londres, con sus calles adoquinadas de oro, aunque a primera vista parezcan de piedra sucia. En Londres, la ciudad más grande y más rica del mundo, donde cualquier espíritu aventurero puede tener la certeza de encontrar un resquicio para la aventura. (Ese lienzo ha quedado muy arrugado. Tendremos que despegarlo y poner otro.) Y por tanto me propongo trazar un plan. Entregarme al destino o, si lo prefieres, dejar mi futuro en manos de la Providencia. Esta mañana saldré a pasear, en cuanto me haya «adecentado», y aceptaré la primera ocasión que se me ofrezca al azar. Nuestro Bagdad es un hervidero de alfombras mágicas. La primera que vea acercarse volando, zas, la cazaré al vuelo. Iré allí donde me esperen la gloria o una modesta ocupación. Me agarraré a la primera oferta, a la primera insinuación de oportunidad.

Elsie me miró, más asombrada y perpleja que nunca.

—Pero ¿cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Eres tan extraña! ¿Qué harás para encontrarla?

—Ponerme el sombrero y salir a la calle —respondí—. Nada más sencillo. Esta ciudad está llena de oportunidades y de sorpresas. Gentes de oriente y occidente pasan por aquí camino de los cuatro puntos cardinales. Los tranvías la cruzan de lado a lado… tengo entendido que llegan hasta Islington y Putney, y en ellos se sientan frente a frente personas que nunca se han visto hasta entonces y que quizá no vuelvan a verse, o que, por el contrario, quizá puedan pasar el resto de su vida juntas.

Tenía un discurso bien armado en la cabeza, de un contenido muy similar, sobre las infinitas posibilidades de coincidir con inesperados ángeles en un coche, en el suburbano, en una panadería bien ventilada, pero los ojos horrorizados de Elsie me hicieron pararme en seco, como un calesín en Picadilly cuando ve en alto la inexorable mano del guardia.

—¡Ay, Oscurita! ¿No irás a decirme que piensas pedirle al primer joven con el que te encuentres en un tranvía que se case contigo?

Me reí a carcajadas.

—Elsie —dije, besando su querida cabeza rubia—, eres impagable. Nunca comprenderás lo que quiero decir. Tú no entiendes ese lenguaje. No, no. Solo tengo intención de salir en busca de aventuras. Qué aventuras puedan presentarse es algo de lo que en este momento no tengo la más mínima idea. La diversión está en la búsqueda, en la incertidumbre, en la absoluta falta de seguridad. ¿De qué sirve estar sin blanca, no tener más que dos peniques, si una no está dispuesta a aceptar la situación con el espíritu con que se acude a un baile de máscaras en Covent Garden?

—Nunca he estado en un baile de máscaras —dijo Elsie.

—¡Ni yo tampoco, válgame Dios! ¿Por quién me has tomado? Pero quiero ver adónde me lleva del destino.

—¿Puedo ir contigo? —rogó Elsie.

—Por supuesto que no, mi niña —contesté. Era tres años mayor que yo, de ahí que me sintiera con derecho a tratarla con condescendencia—. Eso lo estropearía todo. Esa carita tuya ahuyentaría la más tímida aventura. —Elsie comprendió lo que quería decir. Sus facciones eran dulces y reflexivas, pero carecían por completo de iniciativa.

Y así, cuando terminamos de empapelar, me calé mi mejor sombrero y me fui a pasear por Kensington Gardens.

Siempre se me ha dicho que una situación como la mía era para estar alarmadísima: una muchacha de veintiún años, sola en el mundo y a nada más que dos peniques de la ruina, sin amistades que la protejan ni familia que la aconseje. (No tengo en cuenta a la tía Susan, que merodeaba por Blackheath en su elegante indigencia y a todo el mundo repartía sus consejos, lo mismo que sus folletos, con demasiada efusividad, de ahí que nadie fuese capaz de otorgarles demasiado valor.) Lo cierto, tengo que reconocerlo, es que no estaba alarmada en absoluto. La naturaleza me ha dotado de una buena mata de pelo negro y de buen ánimo en abundancia. Si mis ojos fueran como los de Elsie, de ese azul líquido que contempla la vida con una mezcla de compasión y asombro, tal vez habría sentido lo que debiera sentir una muchacha en semejantes circunstancias, pero, como tengo los ojos grandes y oscuros, con una pizca de brillo, y soy tan capaz de montar en bicicleta como cualquiera de mis conocidas, he heredado o desarrollado una manera de mirar el mundo que tiende claramente más a la alegría que al desaliento. Me crezco ante las dificultades. Por eso acepté mi apurada situación como una experiencia divertida que me ofrecía un amplio margen para ejercitar tanto el valor como el ingenio.

¡Qué infinidad de oportunidades ofrece Kensington Gardens: el estanque redondo, el sendero sinuoso, el misterioso y recluido palacio holandés! Es todo un hervidero de posibilidades. Un romántico territorio limitado al norte por el abismo de Bayswater, y al sur por el anfiteatro del Albert Hall. No obstante, decidí situar mi aventura en el largo paseo. Me llamaba de un modo parecido a como el paso del noroeste llamó a mis antepasados marinos: los bucaneros de Devon de los tiempos isabelinos. Me senté en un banco, al pie de un viejo olmo con un poético hueco en el tronco, prosaicamente tapado por una plancha de hierro. Al otro lado había dos damas mayores de aspecto señorial, con esa altivez y esa fealdad características de la aristocracia inglesa de larga data. Hablaban en tono confidencial cuando llegué y un incidente tan nimio como mi aparición no bastó para interrumpir el flujo de su conversación. Los grandes ignoran la intromisión de sus inferiores.

—Sí, es un contratiempo terrible —señaló la mayor y más fea de las dos, una dama de alta cuna, con inconfundible gesto de cascarrabias. Tenía una nariz de corte romano y el cutis ajado como una manzana marchita. Llevaba en el sombrero una cinta de encaje de color café con leche, a juego con el color de su tez—. Pero ¿qué iba a hacer, querida? Me era sencillamente imposible tolerar semejante insolencia. Conque también yo la miré sin pestañear. ¡No te imaginas cómo temblaba! Y en mi tono de voz más glacial… ya sabes lo fría que puedo ser cuando la ocasión lo requiere —la otra dama asintió de buen grado, como si estuviera plenamente dispuesta a reconocer el raro don de la frialdad de su amiga—, le dije: «Puedes pasar a recoger tu salario mensual, y tienes media hora para abandonar esta casa». Me hizo una profunda reverencia y contestó: «Oui, madame; merci beaucoup, madame; je ne désire pas mieux, madame»[9]. Y se fue muy ofendida. Así acabó todo.

—¿Y te marchas a Schlangenbad el lunes?

—Ésa es la cuestión. El lunes. Si no fuera por el viaje, estaría encantada de haberme librado de esa fresca. En realidad lo estoy, porque en la vida he visto muchacha más insolente, entera, independiente, respondona y despectiva, Amelia… pero tengo que ir a Schlangenbad. Ahí está el problema. Por un lado, si contrato a una doncella en Londres, tendré que elegir entre dos males. O bien me conformo con una muchacha inglesa que no para en ninguna parte, y sé por experiencia que tener una doncella inglesa en el continente es mucho peor que no tener doncella, porque tienes que atenderla en lugar de que ella te atienda a ti: se marea en la travesía y, cuando llega a Francia o a Alemania, detesta las comidas y a los empleados del hotel, y, como no habla el idioma, se pasa la vida pidiéndote que hagas de intérprete en sus diferencias personales con la fille-de-chambre[10] y el casero; o bien tengo que buscar una doncella francesa en Londres, y también sé por experiencia que las doncellas francesas en Londres son invariablemente deshonestas, más de lo general. Vienen aquí porque no tienen a nadie que pueda recomendarlas y les parece poco probable que escribas a su última señora en Toulouse o en San Petersburgo para pedir referencias. Claro que, por otro lado, tampoco puedo esperar hasta llegar a Schlangenbad para encontrar allí a una sencilla Gretchen del Taunus… Digo yo que aún quedarán muchachas sencillas en Alemania, de fabricación alemana, pero estoy segura de que en Inglaterra ya no las fabrican así. Como sucede con todo lo demás, la producción de inocencia campesina se ha trasladado del país. No puedo esperar hasta encontrar una Gretchen, tal como me gustaría, por la sencilla razón de que no me atrevo a hacer sola la travesía del Canal y seguir el largo viaje hasta Schlangenbad por Ostende o Calais, Bruselas y Colonia.

—Podrías contratar a una doncella temporalmente —sugirió su amiga, en un momento en que el tornado se sosegó.

La anciana cascarrabias ardió de indignación.

—Sí, y ¡que me robe mis joyas! O que luego resulte que no sabe ni una palabra de alemán. O que tenga que atenderla en el barco cuando lo que deseo es centrar toda mi atención en mis propias desdichas. No, Amelia, esa sugerencia me parece muy desconsiderada de tu parte. ¡Qué poco comprensiva eres! Tengo intención de instalarme allí. No pienso contratar a nadie temporalmente.

Vi mi oportunidad. La idea se me antojó deliciosa. ¿Por qué no empezar por Schlangenbad con la anciana cascarrabias?

Naturalmente, no tenía la más remota intención de aceptar un puesto de doncella permanente. Ni siquiera, si a eso vamos, como recurso provisional. Pero si quería dar la vuelta al mundo, ¿qué mejor que empezar por el país del Rin? El Rin lleva al Danubio, el Danubio al mar Negro, el mar Negro a Asia; y así, a través de la India, China y Japón, se llega hasta el Pacífico y San Francisco, desde donde se emprende el regreso cómodamente pasando por Nueva York, y allí se embarca en un transatlántico de la White Star. Ya empezaba a sentirme como una trotamundos. La anciana cascarrabias era mi palanca, ¡el primer peldaño de la escalera! Y decidí poner un pie en él.

Me recliné en el tronco del árbol y con mi voz más amable dije:

—Disculpe, pero creo que tengo una solución para su problema.

Mi primera impresión fue que la anciana cascarrabias estaba al borde de la apoplejía. Se puso roja de indignación y asombro al ver que una desconocida se atrevía a dirigirle la palabra, tanto, en verdad, que por un instante casi lamenté la impertinencia, pese a mis buenas intenciones. Me miró luego de hito en hito, como si fuera yo el maniquí de un comercio de capas y considerara ella si comprar o no la prenda en cuestión. Por fin, mirándome a los ojos, se lo pensó mejor y soltó una carcajada.

—¿Qué haces escuchando a escondidas? —dijo.

Esta vez fui yo quien se ofendió.

—Esto es un sitio público —repliqué con dignidad—, y no estaba usted hablando en un tono precisamente confidencial. Si no quiere que la oigan, no debería gritar tanto. Además, intentaba hacerle un favor.

La anciana cascarrabias volvió a mirarme de pies a cabeza. No me arredré. Se volvió entonces a su compañera.

—Tiene genio, la muchacha —observó en tono alentador, como si hablara de una persona ausente—. Te doy mi palabra, Amelia, de que me gusta su aspecto. Y bien, mi buena mujer, ¿qué quería proponerme?

—Simplemente esto —contesté, tirando de la brida con intención de aplastarla—. He estudiado en Girton, soy hija de un militar, ni mejor ni peor que la mayoría de las mujeres de mi clase, y no tengo ninguna ocupación en particular por el momento. No tendría inconveniente en ir a Schlangenbad. La escoltaría en el viaje, como acompañante o empleada, o como prefiera usted llamarlo. Me quedaría con usted una semana, hasta que encuentre a su presumiblemente sencilla Gretchen, y entonces la dejaría. El salario es lo de menos; me basta con los gastos del viaje. Acepto la ocasión como una oportunidad económica de llegar a Schlangenbad.

La anciana de tez cetrina volvió a escrutarme, esta vez con sus anteojos de carey.

—¡Válgame Dios! —murmuró—. ¿Adónde van a llegar las muchachas de hoy? De Girton, dice usted. ¡Girton! Ese college de Cambridge. Habla usted griego, por supuesto, pero ¿y alemán?

—Como un nativo —respondí con alegre prontitud—. Estudié en Berna. Es como mi lengua materna.

—Ah, no —dijo la anciana, fijando sus ojos vivos en mi boca—. Esos labios jamás serían capaces de articular schlecht o wunderschön. No están hechos para eso.

—Disculpe —respondí en alemán—. Lo que digo es cierto. La inolvidable música de la lengua alemana se grabó en mis oídos desde el primer momento.

La anciana se rió con ganas.

—A mí no me farfulles, querida. Detesto esa jerigonza. Es el único idioma del mundo capaz de afear incluso los labios de una muchacha guapa. Hasta tú haces muecas cuando lo hablas. ¿Cómo te llamas, jovencita?

—Lois Cayley.

—¡Lois! ¡Valiente nombre! Es la primera vez en mi vida que conozco a alguien con ese nombre, descontando a la abuela de Timothy. Pero tú no eres abuela de nadie, ¿o sí?

—No que yo sepa —respondí con gravedad.

Volvió a soltar una carcajada.

—Bueno, creo que me servirás —dijo, cogiéndome del brazo—. Parece que ese enorme molino de Cambridge no ha conseguido triturar tu originalidad. Me encanta la originalidad. Has sido muy lista al cazar la ocasión al vuelo. Lois Cayley, dices que te llamas. ¿Tienes algún parentesco con ese cabeza loca del capitán Cayley del Cuarenta y Dos de Húsares?

—Soy su hija —respondí con rubor, porque me sentía orgullosa de mi padre.

—¡Vaya! Ahora recuerdo que falleció, pobrecillo. Era un buen militar, y su… —Tuve la impresión de que iba a decir, «la tonta de su viuda», pero se refrenó al reparar en mi mirada—. Su viuda se casó con ese botarate tan apuesto: Jack Watts-Morgan. Querida, no te cases nunca con un hombre de apellido compuesto y sin medios de subsistencia aparentes; sobre todo si en general se le conoce por un apodo. Así que eres hija del pobre Tom Cayley. Bueno, bueno, creo que podemos llegar a un acuerdo sobre este asunto. Ten en cuenta que siempre quiero salirme con la mía. Si vienes conmigo a Schlangenbad, tendrás que hacer lo que yo mande.

—Creo que seré capaz… por una semana —dije, con pudor.

Sonrió ante mi audacia. Pasamos a discutir las condiciones, que resultaron ser muy satisfactorias. No necesitaba referencias.

—¿Tengo pinta de ser una mujer que se preocupa por las referencias? Eso a lo que se llama personas de carácter son por lo general inclasificables. Me has cautivado. ¡Eso es lo que cuenta! ¡Y el pobre Tom Cayley! Pero recuerda que a mí nadie me lleva la contraria.

—No le llevaré la contraria aunque caiga usted en el mayor de los desatinos —respondí con una sonrisa—. Y ¿puede decirme su nombre y dirección? —pregunté, cuando terminamos de discutir los preliminares.

Un leve rubor tiñó de un modo extraño las mejillas cetrinas de la anciana cascarrabias.

—Querida mía —musitó—, mi nombre es lo único de lo que me avergüenzo en este mundo. Mis padres me infligieron el nombre más odioso que el ingenio humano ha podido concebir para una cristiana, y nunca tuve el valor suficiente para rebelarme y cambiarlo.

—¿No irá usted a decirme que se llama Georgina? —pregunté, inspirada por un destello de intuición.

La anciana cascarrabias me apretó el brazo con fuerza.

—¡Qué muchacha tan inteligente! —exclamó—. ¿Cómo demonios se te ha ocurrido? Me llamo Georgina.

—Por camaradería —dije—. Yo me llamo Georgina Lois. Y estoy completamente de acuerdo en que es una atrocidad, por eso he suprimido el Georgina. Tendría que ser delito lanzar al mundo a una pobre muchacha inocente con esa carga.

—¡Mi misma opinión, con puntos y comas! En verdad eres una muchacha de un sentido común excepcional. Aquí tienes mi nombre y dirección. Me marcho el lunes.

Miré la tarjeta. Incluso la letra era rimbombante: «Lady Georgina Fawley, 49 Fortescue Crescent, W.».

Tardamos veinte minutos en acordar el protocolo. Cuando me retiré, muy satisfecha, la amiga de lady Georgina vino corriendo detrás de mí.

—Ten cuidado —me advirtió—. Has cazado una fiera.

—Eso sospechaba —dije—. Pero pasar una semana con una fiera será al menos una experiencia.

—Tiene un genio tremendo.

—Eso no es nada. Yo también lo tengo. Aterrador, se lo aseguro. Y, si hay que pelear, soy más grande, más joven y más fuerte que ella.

—Bueno, te deseo que salgas bien parada.

—Gracias. Es muy amable al advertirme, pero creo que sé cuidarme bien. Vengo, como sabe, de una familia de militares.

Me despedí de ella y volví a casa de Elsie. La querida Elsie se quedó pasmada cuando le conté mi aventura.

—¿De verdad vas a irte? ¿Y qué harás cuándo llegues allí?

—No tengo ni idea. Ahí es donde empieza la diversión. Pero, no sé por qué, creo que tengo que hacerlo.

—¡Ay, Oscurita, podrías pasar hambre!

—También podría pasarla en Londres. Esté donde esté, solo tengo dos manos y una cabeza.

—Pero aquí tienes a tus amigos. Podrías quedarte conmigo para siempre.

La besé en la frente suave.

—¡Qué buena y qué generosa eres, Elsie! Pero no me quedaré ni un segundo más cuando hayamos terminado de pintar y empapelar. He venido a ayudarte. No podría quedarme aquí sin hacer nada, viviendo del pan que tú ganas con tanto esfuerzo. Eres un encanto, pero por nada del mundo querría añadir una carga a las que ya tienes. Y ahora, a remangarnos otra vez y a terminar con el friso.

—Pero, Oscurita, tendrás que empezar a preparar tus cosas. Recuerda que el lunes te vas a Alemania.

Me encogí de hombros.

—Es un truco extranjero que aprendí en Suiza. ¿Qué necesito preparar? No puedo ir a comprar un conjunto de verano completo en Bond Street por dos peniques. No me mires así, Elsie. Sé práctica y deja que te ayude a pintar el friso. —Y es que, si no la ayudaba, la pobre Elsie jamás conseguiría terminarlo. Era yo quien diseñaba la mitad de sus vestidos, porque sus ideas se limitaban casi enteramente al cálculo diferencial. Y cortar una blusa según las reglas del cálculo diferencial es una tarea que a una profesora de secundaria se le hace muy cuesta arriba.

El lunes habíamos terminado de empapelar y amueblar las habitaciones, y estaba lista para emprender mi viaje de exploración. Había quedado en verme con la anciana cascarrabias en Charing Cross, y allí me encargué de su equipaje y de los billetes.

¡Madre mía, qué quisquillosa era!

—¡Vas a tirar esa cesta! Espero que hayas comprado los billetes vía Malines, no vía Bruselas. No quiero pasar por Bruselas. Allí hay que hacer transbordo. Fíjate bien en lo que pesa el equipaje en libras inglesas, y que el empleado te dé un recibo para que esos horrorosos maleteros belgas puedan comprobarlo. Te cobrarán el doble del peso si no eres capaz de convertirlo en kilos en el acto. Sé cómo se las gastan. Los extranjeros no tienen conciencia. Les basta con ir a ver al sacerdote y confesarse para borrar sus culpas y reemprender al día siguiente su carrera criminal. La verdad es que no sé por qué voy al extranjero. El único país del mundo donde se puede vivir es Inglaterra. Sin mosquitos, sin pasaportes, sin… ¡por el amor de Dios, hija, no consientas que ese hombre odioso maltrate mi sombrerera! ¿Es que no tiene usted un alma inmortal, porteador, y por eso trata las cosas ajenas como si fueran cucarachas? No, Lois, no te dejaré que lo lleves tú. Es mi joyero. Aquí van todas las joyas de la familia Fawley. Me niego rotundamente a aparecer en Schlangenbad sin un diamante que lucir. Eso no se separa nunca de mis manos. ¡Bastante cuesta ya hoy en día conservar las faldas pegadas al cuerpo! ¿Te han garantizado ese coupé en Ostende?

Subimos al coche de primera clase. Era limpio y confortable, pero la anciana cascarrabias obligó al mozo a barrer el suelo y no paró quieta hasta que salimos de la estación. Por fortuna, el único ocupante del compartimento era un caballero del continente de lo más educado y cortés —digo del continente, porque no estaba segura de si era francés, alemán o austríaco— que se desvivía por complacer todos los deseos de lady Georgina. ¿Deseaba la señora llevar la ventanilla abierta? Desde luego que sí, con mucho gusto: hacía un día muy bochornoso. ¿Un poco más cerrada. Parfaitement, así corría el aire, il faut l’admettre[11]. ¿Prefería madame el asiento de la esquina? ¿No? En ese caso, ¿quizá quisiera apoyar los pies en la maleta?Permettez… así. Por el suelo de los compartimentos siempre corre una corriente de aire frío. Es Kent lo que estamos atravesando. ¡Ah, el vergel de Inglaterra! Como diplomático, el caballero conocía todos los rincones de Europa, y había oído les mots[12] que por casualidad salieron de los labios de madame cuando se encontraba en el andén: ¡no había país en el mundo tan delicioso como Inglaterra!

—¿Está monsieur agregado a la Embajada en Londres? —preguntó lady Georgina con amabilidad.

—No, madame. He dejado el servicio diplomático. Ahora resido en Londres pour mon agrément[13]. A algunos de mis compatriotas les parece triste, pero yo encuentro que es la capital más fascinante de Europa. ¡Qué alegría! ¡Qué movimiento! ¡Qué poesía! ¡Qué misterio!

—Si por misterio se refiere a niebla, no hay nada igual en el mundo entero —tercié.

Me observó atentamente.

—Sí, mademoiselle —dijo, en un tono de voz muy distinto y perceptiblemente frío—. Todo lo que su país se propone, incluso la niebla, lo consigue con maestría.

Tengo intuiciones rápidas, y comprendí que mi presencia inspiraba una aversión instintiva en el caballero. Para compensarlo, hablaba mucho y se mostraba muy animado con lady Georgina. Tenían amigos en común y parecían tan sorprendidos como todo el mundo cuando se presenta esta inevitable experiencia.

—Sí, madame. Lo recuerdo bien de Viena. Yo estaba allí por aquel entonces, destinado en nuestra delegación. Era un hombre encantador. ¿Leyó usted ese artículo magistral que escribió sobre «El problema fundamental del imperio dual»?

—¡Estaba usted entonces en Viena! —murmuró la anciana cascarrabias—. Lois, no mires así, hija. —Desde el primer momento decidió llamarme Lois, por ser hija de mi padre, y confieso que yo lo prefería a señorita Cayley—. Estoy segura de que hemos tenido que vernos en alguna parte. ¿Puedo preguntarle su nombre, monsieur?

Vi que la oportunidad deleitaba al caballero. La estaba esperando y no cejó en su propósito hasta que lo hubo logrado. Quería que ella le hiciese esa pregunta. Llevaba una tarjeta en el bolsillo, muy oportunamente, y se la dio a lady Georgina. Ella la leyó: «M. le Comte de Laroche-sur-Loiret».

—Recuerdo su nombre muy bien —dijo la anciana cascarrabias—. Creo que conoció usted a mi marido, sir Evelyn Fawley, y a mi padre, lord Kynaston.

El conde se mostró profundamente asombrado y complacido.

—¡Entonces es usted lady Georgina Fawley! —exclamó, cambiando de actitud por completo—. Sepa usted, señora, que su admirable esposo fue el primero en ejercer su influencia para favorecerme en Viena. ¿Cómo no voy a acordarme de ce cher[14] sir Evelyn? ¡Lo recuerdo perfectamente! ¡Qué feliz encuentro! Seguro que nos hemos visto hace años en Viena, señora, aunque entonces no tuviera el placer de conocerla. Pero ¡su cara se me ha quedado grabada en el subconsciente! —No supe, hasta más tarde, que la doctrina esotérica del subconsciente era la afición favorita de lady Georgina—. En el mismo momento en que el azar me trajo a este coche esta mañana, me dije: «Esa cara, esos rasgos: tan vívidos, tan asombrosos… los he visto en alguna parte. ¿Con qué los relaciono en algún rincón de mi memoria? Una familia noble; genio; rango; el servicio diplomático; un encanto indescriptible; un leve toque de excentricidad. ¡Ja! Ya lo tengo. Viena: un carruaje con lacayos de librea roja, una aparición majestuosa, una multitud de talentos —poetas, artistas, políticos—, agolpados en torno al landau». Ésa fue la imagen mental que me hice al sentarme delante de usted. Ahora lo entiendo todo. ¡Es usted lady Georgina Fawley!

Pensé que la anciana cascarrabias, que a su manera era una mujer perspicaz, estaría viendo lo que se ocultaba bajo aquella palabrería tan obvia, pero creo que subestimé la capacidad humana para digerir los halagos. En lugar de rechazar la sarta de tonterías con una sonrisa de desdén, lady Georgina se irguió con consciente coquetería y pidió más:

—Sí, fueron deliciosos aquellos tiempos en Viena —asintió, con alelada complacencia—. Yo era joven entonces, conde. Disfrutaba de la vida con todo mi afán.

—Las personas de su temperamento, señora, siempre son jóvenes —respondió el conde con mucha elocuencia, inclinándose sobre ella y contemplándola con interés—. Envejecer es una absurda costumbre de idiotas y vacuos. Los hombres y las mujeres de esprit jamás envejecen. Conforme uno se adentra en la vida, aprende uno a admirar no la belleza evidente de la juventud y la salud —me miró con desprecio—, sino esa otra belleza más profunda de la personalidad en un rostro… esa belleza callada y serena que imprime la experiencia de las emociones.

—He tenido mis momentos —murmuró lady Georgina, ladeando la cabeza.

—Lo creo, señora —respondió el conde, comiéndosela con los ojos.

Siguieron hablando con infatigable animación hasta que llegamos a Dover. La anciana cascarrabias era una gran conversadora. Tenía una lengua muy afilada y en cuestión de noventa minutos había desollado viva a la mayor parte de la sociedad londinense, con ingenio y mordacidad. Me reí en contra de mi voluntad de sus malignas salidas verbales. Tenían demasiada gracia, a pesar de su acidez. El conde, por su parte, estaba cautivado. También él habló sin parar, y entre los dos casi hicieron que hasta me olvidara del tiempo.

El tránsito en Dover fue muy incómodo. El conde nos ayudó a subir a bordo los diecinueve bolsos de mano y las cuatro alfombras, pero advertí que, aunque estaba fascinada con él, lady Georgina se resistió a las ingeniosas tentativas del caballero por tomar posesión de su preciado joyero. Se aferraba a él con funesto denuedo, incluso cuando el oleaje azotaba el barco en el paso del Canal. Soy, por fortuna, buen grumete, y cuando las mejillas cetrinas de lady Georgina empezaron a palidecer, conservé la calma necesaria para alcanzarle su chal y suministrarle sus sales de olor. Estuvo intranquila y quejosa toda la travesía. La trataban como un animal, eso dijo. Aquellos belgas horrorosos no tenían derecho a plantar sus hamacas de cubierta justo delante de ella. Y ¡menudo par de frescas esas dos pelirrojas! ¡Seguro que eran hijas de un tendero! Pues ¿no habían tenido la desfachatez de sentarse en el mismo banco, un banco reservado «para las damas» y resguardado del viento por la chimenea?

«Para las damas», ¡faltaría más! ¿Desde cuándo aspiraban las mujerzuelas a ser tratadas como damas? Ah, aquel anciano de aire plácido y sobrecalzas episcopales seguramente era su padre, ¿no? Pues un obispo debería educar mejor a sus hijas, debería someterlas severamente. Y en vez de eso… «Lois, ¡mis sales de olor!» ¡Qué barco tan repugnante, con ese olor a máquina! Hoy en día ya no había barcos decentes. Y ¡mira que presumían del progreso! Ella se acordaba muy bien de cuando el servicio del Canal estaba mucho mejor atendido que ahora. Claro que eso fue antes de que se implantara la educación obligatoria. Las clases trabajadoras estaban expulsando a la industria del país, por eso ya no éramos capaces de construir un barco que no rezumara aceite por todas partes. Hasta los marineros de cubierta eran franceses… farfullaban como idiotas. No había entre toda la tripulación un solo británico honrado, aunque los camareros eran ingleses, cockneys, eso sí, de una clase muy inferior, con esos modales tan descuidados y esos aires de consejo escolar. ¡Ya les enseñaría ella si fueran sus criados! ¡Les enseñaría el respeto que merece la gente de buena cuna y buena educación! Porque los hijos de las clases bajas ya no estudiaban el catecismo: bastante tenían con la literatura, la «jografía», la «libertá» y el dibujo. Por suerte para mis nervios, una fuerte sacudida a sotavento interrumpió temporalmente sus divagaciones sobre los males de la época.

En Ostende, el conde hizo un segundo y galante intento de apoderarse del joyero, que lady Georgina rechazó automáticamente. La anciana cascarrabias tenía la manía, digo yo, de no despegarse del joyero, pues estaba demasiado apabullada por la cortesía del conde, de eso estoy segura, para dudar de la honradez de sus intenciones siquiera por un instante. Y creo que siempre que viajaba se aferraba a su joyero como si le fuera la vida en ello, porque allí guardaba sus valiosos diamantes.

Dispusimos de veinte minutos en Ostende para un refrigerio, y lady Georgina aprovechó el momento para ordenarme amablemente que fuera a interesarme por el equipaje que habíamos facturado al emprender el viaje. Resultó, sin embargo que lo habían enviado directamente a Colonia, así que ni siquiera llegué a verlo hasta que cruzamos la frontera alemana, porque losdouaniers belgas precintaban el furgón en cuanto cargaban el equipaje con destino a Alemania. Para complacerla, de todos modos, cumplí con la formalidad de fingir que iba a comprobarlo, y me convertí en un personaje detestable para el jefe de la douane, a quien formulé varias preguntas tan absurdas como inútiles a instancias de lady Georgina. Una vez concluida esta estúpida y desagradable tarea —pues no soy exigente por naturaleza y es difícil aparentar exigencia por delegación—, regresé al coupé que había reservado en Londres. Con enorme sorpresa, encontré a la anciana cascarrabias cómodamente instalada con el egregio conde.

Monsieur ha tenido la bondad de aceptar un asiento en nuestro coche —explicó al verme.

El conde respondió con una reverencia y sonrió.

—Mejor dicho, madame ha tenido la amabilidad de ofrecérmelo —corrigió.

—¿Le apetece almorzar algo, lady Georgina? —pregunté con mi tono de voz más frío—. Aún quedan cinco minutos, y el bufet es excelente.

—Una sugerencia magnífica —murmuró el conde—. Permítame acompañarla, señora.

—¿Vienes, Lois? —dijo ella.

—No, gracias —dije, pues tenía otros planes—. Soy una marinera con mayúsculas, pero el mar me quita el apetito.

—En ese caso guárdanos el sitio —contestó—. ¡Confío en que no permitas que lo ocupe ninguno de esos horribles extranjeros! Tratarán de imponerte su presencia si no se lo impides. Conozco muy bien sus mañas. Tienes los billetes, espero. ¿Y el resguardo del coupé? Bueno, ten cuidado de no perder el recibo del equipaje facturado. No permitas que esos mozos toquen mi capa. Y, si alguien intenta subir, ponte delante de la puerta para impedírselo.

El conde le ofreció la mano con suma cortesía. Mientras lady Georgina bajaba del coche, hizo otro diestro intento por liberarla del joyero. No creo que ella se diera cuenta, pero una vez más lo apartó automáticamente. Y entonces se volvió hacia mí.

—Toma, querida —dijo, y me dio el joyero—. Será mejor que lo cuides tú. Si lo dejo un momento en el bufet mientras me tomo la sopa, algún maleante podría quitármelo y salir corriendo. Pero no se te ocurra soltarlo bajo ningún concepto. Póntelo así, en las rodillas. Y por el amor de Dios, no te separes de él.

A estas alturas mis sospechas sobre el conde eran muy profundas. Desconfié de él desde el principio, por lo previsible y melifluo que me pareció, pero cuando llegamos a Ostende, le oí cuchichear con un hombre mal vestido que venía desde Londres en un compartimento de segunda.

—¿Da resultado? —murmuró el desconocido entre dientes, hablando en francés, al cruzarse con el altivo conde del bigote encerado.

—Un resultado admirable —respondió el conde, en el mismo tono de voz bajo—. Ça réussit à merveille![15]

Comprendí que se refería a sus progresos para ganarse la confianza de lady Georgina.

Llevaban apenas cinco minutos en el bufet cuando el conde regresó apresuradamente a la puerta del coupé con aire desenfadado.

Mademoiselle —dijo, como quien no quiere la cosa—. Lady Georgina me manda a recoger su joyero.

Lo sujeté con las dos manos.

Pardon, monsieur le comte, lady Georgina me lo ha confiado a mí para que lo guarde, y no puedo dárselo a nadie sin su autorización.

—¿Desconfía usted de mí? —protestó, con gesto airado—. ¿Duda usted de mi honor? ¿Duda de mi palabra cuando le digo que la señora me envía a buscarlo?

Du tout[16] —respondí tranquilamente—. Pero tengo órdenes de no separarme de este cofre, y no lo haré hasta que lady Georgina regrese.

Masculló unas palabras y se marchó muy indignado. El pasajero mal vestido paseaba por el andén, con un abrigo raído. Al cruzarse con el conde, los dos movieron los labios. Me pareció que el conde murmuraba: «C’est un coup manqué[17]

Sin embargo, no se dio por vencido. Vi que se proponía continuar con su peligroso juego. Volvió al bufet con lady Georgina. Yo tenía la certeza de que sería inútil prevenirla, pues el conde la había embaucado por completo, así que decidí obrar por mi cuenta y riesgo. Examiné el joyero atentamente. Era una caja de acero, con refuerzos metálicos, forrada de piel. Sin pensarlo dos veces, actué movida por mi responsabilidad.

Cuando lady Georgina regresó con el conde, parecían amigos de toda la vida. Saltaba a la vista que las codornices con gelatina y el vino del Rin les habían inducido a abrir su corazón. Hasta Malines fueron charlando y riendo sin cesar. Lady Georgina hizo gala de su vena más mordaz; su punzante ingenio se volvía más incisivo y cáustico por momentos. Ni una sola reputación en toda Europa se libró de sus invectivas mientras el tren abandonaba la gigantesca bóveda de hierro de la estación central. Desde Ostende me había fijado en que el conde parecía preocupado porque pudiéramos tener que bajar del coupé en Malines. Más de una vez le aseguré que sus temores eran infundados, pues había acordado en Charing Cross que el tren nos llevaría hasta la frontera alemana, pero desdeñó mis palabras con un señorial gesto de la mano. Yo no le había hablado a lady Georgina del vano intento del conde por apoderarse de su joyero, y mi silencio no hacía sino acrecentar los recelos del caballero sobre mí.

—Disculpe, mademoiselle —dijo con frialdad—, usted no conoce estas líneas tan bien como yo. No hay nada más común para estos pícaros empleados del ferrocarril que vender un coupéo un wagonlit y luego no reservarlo, o dejarlo a uno tirado en mitad del camino. Es muy posible que lady Georgina tenga que bajar en Malines.

Ella le dio la razón, recurriendo a un amplio repertorio de anécdotas selectas sobre las diversas atrocidades de las compañías rivales que le habían robado el equipaje camino de Italia. Además, los trains de luxe eran una guarida de ladrones.

Así, cuando llegamos a Malines, únicamente por complacer a lady Georgina asomé la cabeza por la ventanilla y pregunté a un mozo de equipaje. Tal como suponía, contestó que no había ningún cambio: iríamos directamente a Verviers.

El conde, sin embargo, no se dio por satisfecho. Bajó del tren y estuvo haciendo indagaciones en el andén, un poco más adelante, con un empleado que llevaba una gorra con la cinta dorada del chef-de-gare[18] o algo por el estilo. Volvió echando humo.

—Lo que me temía —dijo, abriendo la puerta bruscamente—. Esos sinvergüenzas nos han engañado. El coupé no pasa de aquí. Tiene que bajar de inmediato, señora, y coger el tren en el otro andén.

Yo estaba segura de que se equivocaba, y me atreví a señalarlo, pero lady Georgina protestó.

—¡Tonterías! —dijo—. El chef-de-gare tiene que saberlo. ¡Vamos! ¡Coge mi equipaje y las alfombras! ¡Cuidado con la capa! ¡No te olvides de los bocadillos! Gracias, conde. ¿Tendría la bondad de llevar mis sombrillas? Date prisa, Lois. ¡Date prisa! ¡El tren está a punto de salir!

Corrí tras ella con mis catorce bultos, sin perder de vista el joyero.

Nos acomodamos en el tren, donde vi un cartel que indicaba su recorrido: «Amsterdam-Bruselas-París». No dije nada. El conde subió de un salto, colocó los paquetes y bajó también de un salto. Habló con un mozo y volvió corriendo, muy alterado.

Mille pardons, milady —gritó—. Resulta que el chef-de-gare me ha engañado vilmente. ¡Al final tenía usted razón, mademoiselle! ¡Tenemos que volver al coupé!

En un extraño alarde de condescendencia, me abstuve de replicar: «Ya lo dije yo».

Lady Georgina, muy nerviosa y acalorada para entonces, bajó como pudo y volvió corriendo al coupé. Los dos trenes ya estaban preparados para salir. Con las prisas, al final permitió que el conde llevase su joyero. Me figuro que, al pasar por delante de una ventanilla, el conde debió de darle el joyero al pasajero mal vestido, pero no lo sé a ciencia cierta. El caso es que cuando ya estábamos otra vez instaladas en el compartimento, y el conde se encontraba con un pie en la escalerilla, a punto de subir, retrocedió de repente y, como una exhalación, subió a un coche del tren de París. En ese preciso momento, ambos trenes arrancaron con un pitido estridente.

Lady Georgina, presa de horror, se llevó las manos a la cabeza.

—¡Mis diamantes! —gritó—. ¡Ay, Lois, mis diamantes!

—No se preocupe —dije, pues en verdad me pareció que iba a saltar del tren en marcha—. Se ha llevado solo la funda, con la lata de los bocadillos dentro. ¡La caja fuerte está aquí! —Y la saqué con aire triunfal.

Me la arrebató de las manos con honda alegría.

—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó, abrazando la lata, pues les tenía mucho cariño a sus diamantes.

—Muy sencillo. Vi que ese hombre era un ladrón y tenía un cómplice en otro coche. Por eso, cuando se fueron juntos al bufet, en Ostende, saqué la caja fuerte de la funda y la cambié por la lata de los bocadillos, para contar con una prueba contra él. Ahora no tiene usted más que informar al maquinista y pedirle que envíe un telegrama para que detengan el tren de París. Ya hablé con él en Ostende, así que está avisado.

Me abrazó con verdaderas ganas.

—¡Querida Lois, eres la mujer más lista que he conocido en toda mi vida! ¿Quién habría sospechado de un caballero tan fino? ¡Vales tu peso en oro! ¿Qué diantres voy a hacer yo sin ti en Schlangenbad?