
Capitulo 52
Lunes, 26 de julio de 1999,10:02 PM
Obras inacabadas del segundo Puente del Hooghly
Calcuta, Bengala Occidental
Hesha se acercó a los campamentos gitanos por la misma ruta que había probado el viernes. Se paseó por el lugar de su anterior encuentro, por la mitad norte del campamento y bajo el mismo puente sin ser molestado por los feroces guardianes. Pasó por el centro y el otro lado, y ningún Ravnos le llamó ni intentó hacerle nada. No era muy Aprobable que todos los shilmulo del asentamiento se contuviesen al ver a una víctima tan apetecible como un serio y devoto Seguidor de Set.
Hesha se detuvo en los límites del sur, mirando hacia atrás pensativamente. Había muchos fuegos encendidos entre las chozas, tiendas y carretas: no eran fuegos para cocinar, que no necesitaban ser tan grandes, ni fuegos a punto de extinguirse. Hesha los había evitado en su camino a través del campamento, pero volvió sobre sus pasos hacia el fuego más próximo, acercándose tanto como se lo permitía su coraje, y miró guiñando los ojos el corazón de la luz.
Se trataba de una hoguera hecha con restos de madera, alta hasta la rodilla y de no más de un metro de ancho. Había pilas de tela y cajas rotas, quemándose entre las llamas. Vio una maleta de cartón, un violín roto, una pila de libros, fotografías, un juego de cepillos para el pelo, media docena de barajas... con cada hoja de papel que se quemaba, las cenizas ascendían en el viento, y restos chamuscados de tela flotaban entre el humo.
Hesha se retiró hacia las sombras y observó a la gente de las cercanías. Estaba casi seguro de que el fuego era el final de algún velatorio gitano, con la destrucción de las posesiones del muerto aplastándolas o quemándolas... pero nadie se lamentaba ente las llamas ni en las tiendas de alrededor. No había nadie llorando allí ni en ninguna otra hoguera de las que podía ver... y quienes pasaban apartaban los ojos.
* * *
Media hora más tarde, el Setita entró en el Albert Hall Coffee Shop.
La mesa de Subhas estaba vacía.
Tras pensarlo por un momento, ocupó el asiento habitual del viejo. Puso las manos sobre la mesa, y la camarera a la que recordaba haber visto con Subhas se acercó para atenderle.
—Nomoshkar, sahib. ¿Qué desea que le traiga esta noche?
—Café turco, por favor. —Antes de que ella se fuese, se aclaró la garganta—. Perdone, ¿pero podría decirme dónde puede estar mi amigo, el que suele sentarse aquí?
La cortés muchacha de piel oscura meneó la cabeza.
—Oh, no, señor. —Parecía afectada, y volvió con mucha conversación en el rostro—. Es gracioso que lo pregunte. Todos hemos estado preocupados: era un caballero muy amable y generoso, y nadie ha vuelto a verle desde la noche del terremoto.
Hesha la animó a continuar con un movimiento de la cabeza.
—Todas las noches viene apenas se encienden las luces, y se va cuando cerramos. Nunca había fallado, ni una noche... hasta el terremoto. Temo que pueda haberle pasado algo malo. El dueño piensa que el viejo Babu... perdón, sahib, el caballero puede haber perdido familiares en Bengala Oriental. —Sus ojos oscuros mostraban más que eso: el setita vio que la muchacha daba a Subhas por muerto—. Si le ve, señor, dígale que todos estamos muy, muy preocupados por él. Por favor, pídale que nos haga saber si está bien.
—Lo haré —prometió Hesha—. Si le veo.