
Capitulo 5
Martes, 22 de junio de 1999,12:53 AM
Aparcamiento del Gran Museo de Arte
Atlanta, Georgia
McDonough oyó los disparos antes de ver nada.
Puso el motor en marcha.
Unos cuantos guardias —los fumadores— se apartaron de la salida hacia sus coches, disparando contra una amenaza invisible, y arrastrando oscuras cintas de algo tras ellos. Los que miraron atrás, o tropezaron, o tuvieron que buscar sus vehículos, fueron los primeros en caer... no por disparos, sino por aquellos tentáculos negros.
Las alarmas de los coches se disparaban por todas partes. Los ghouls salían de los coches de sus amos, apuntando sus armas hacia la masa oscura que bajaba por la rampa.
McDonough vio a un caballero con un traje gris perla dar un giro y lanzar algo humeante hacia las sombras. El fuego desapareció, y perdió de vista al granadero. Otras personas —cosas— empezaron a salir de la cobertura de la noche en movimiento. Vegel se había ido...
El chófer maldijo, puso el coche en marcha y salió disparado. Arrolló a una adolescente cuyos brazos no eran sino hojas de hueso, y aceleró a través de un tiroteo sin dar a ninguno de los bandos la ocasión de parpadear. La salida estaba bloqueada, lo sabía... había unas puertas de color naranja y blanco, pero por Dios, la limusina podía atravesarlas... y entonces McDonough vio un pesado camión remolque sobre la acera, cerrando por completo la salida. Iba cargado de conductos de cemento para alcantarillas y pilas de barras de hierro. Enjambres de enemigos salían reptando de los grandes capullos grises. Las luces de la calle desaparecieron cuando la sombra avanzó.
McDonough sacó su pistola con una mano mientras buscaba el teléfono con la otra. El código de emergencia: un solo botón pondría la transmisión en marcha... pero quedó atónito cuando un monstruo —un muchacho, un chico flacucho con ropas mugrientas— saltó sobre la capota, disparando una y otra vez contra el parabrisas blindado. El cristal se astilló, y el crío de puños rojos soltó una carcajada, tiró su pistola y metió la garra por la grieta.
El parabrisas se rompió en pedazos, y la otra garra bajó también.
Las garras tiraron del pelo de McDonough hasta sacarlo del coche. Los pedazos de cristal rasgaron sus ojos, sus manos y sus mejillas. Medio ciego, vació el cargador sobre el costado de la bestia que le sujetaba. El enloquecido vampiro se sacudió como un perro, y su negra sangre roció el asfalto a su alrededor; después hundió los colmillos en el cuello del mortal, bebió hasta dejarle seco y lanzó un aullido.
Entre los restos del coche, la tenue luz azul del teléfono móvil parpadeaba una y otra y otra vez: "¿ENVIAR?"