Capitulo 18

Miércoles, 30 de junio de 1999, 11:58 AM

Victor's Authentic Mediterranean Café, Upper West Side, Manhattan

Ciudad de Nueva York

Elizabeth estaba sentada en un pequeño reservado de su restaurante favorito, leyendo un grueso volumen sobre la prehistoria de Persia. De vez en cuando recordaba la ensalada que tenía ante ella y daba unos pocos bocados. Pasó una página. Sin previo aviso, un hombre se sentó en la silla ante ella. Elizabeth levantó la mirada, lista para gritar pidiendo ayuda —era una clienta habitual, y los camareros cuidarían de ella— mientras cerraba la mano sobre su llavero. El aerosol irritante era una nota de confianza adicional.

Jordan Kettridge saludó con una mueca de disculpa.

—Hola.

Ella no dijo nada, pero mantuvo la mano sobre las llaves.

—Sólo quería decirle que lamento la escena de ayer en la galería.

Elizabeth esperó, inmutable.

—Acababa de llegar de Turquía, el vuelo me había dejado desorientado, debo confesar que tengo un temperamento terrible, y que las cosas han sido muy raras con esa maldita cuenta. Han ocurrido algunas... cosas realmente extrañas en relación con ella.

Kettridge sonrió amargamente, y el efecto resultó ser bastante atractivo. Liz siguió sin decir nada, pero relajó un poco la mano que tenía sobre el aerosol.

—Ayer recibí una segunda oferta, sin ver la pieza —dijo, dando un énfasis que sugería la imposibilidad de aquello—. No tengo ni la menor idea de por qué. —Se inclinó hacia delante, con las manos abiertas como si suplicase—. ¿No puede decirme nada de todo esto?

—Profesor Kettridge, no he visto la cuenta —dijo Elizabeth en tono cansino—. Por lo que sé, usted sólo tiene una piedra con un agujero en medio.

Él asintió.

—Eso es exactamente lo que parece. No es una obra de arte, no tiene ningún significado arqueológico particular, ni siquiera está hecha de algo intrínsecamente valioso. —Miró a Elizabeth a la cara, desesperado—. Así que, ¿por qué me están ofreciendo ridículas sumas de dinero a cambio de ella?

—¿Hasta qué punto son ridículas?

Él se lo dijo. Elizabeth dejó su libro y le miró.

—¿Ve ahora por qué estoy preocupado?

Ella frunció el ceño.

—Veo por qué está preocupado hoy: es un precio imponente por una cuenta. Pero sigo sin comprender la escena que montó ayer en Rutherford House, profesor.

—Por favor, llámeme Jordan.

—No. —Liz meneó la cabeza vigorosamente—. ¿Por qué demonios habría de hacerlo?

—¡Maldita sea! —gruñó él—. Mire, he venido aquí...

—Me ha seguido hasta aquí... eso se llama acoso, profesor.

—He venido para decirle que estoy dispuesto a considerar la oferta de su cliente.

Elizabeth esperó a que la atención del personal y los demás comensales se hubieran alejado del espectáculo.

—No puedo decir si estará dispuesto a pagar un precio tan extravagante por una piedra con un agujero en medio, profesor.

—El dinero no importa.

Elizabeth enarcó las cejas, y los ojos gris verdoso de Kettridge se encontraron con los suyos.

—El dinero no es tan importante, señora Dimitros. Pero quiero saber con quién hago el trato. No excavo para ni vendo a ladrones, coleccionistas que tratan con ladrones, idiotas que quieren "invertir" en cosas que son incapaces de apreciar, o compradores de arte que son en realidad chupasangres corporativos.

Kettridge era bueno leyendo expresiones, y observó atentamente a la mujer que tenía enfrente mientras pronunciaba cada palabra: su semblante no cambió en absoluto al oír lo de "chupasangres".

—Bien —dijo Elizabeth—. Supongo que puedo agradecerle que haya pedido disculpas por el numerito que montó delante de mi jefa. Y recordaré que sigue usted un cierto código en sus tratos: lo anotaremos en el expediente de la compañía sobre el objeto. Pero si yo fuese usted, me preocuparía menos tratar con Rutherford House, que si sabe usted algo del mercado, no puede estar más limpia, que hacerlo con alguien dispuesto a pagar tanto dinero a ciegas por su descubrimiento. Muchos de nuestros clientes son conocedores de la materia. A veces trabajamos para familias que intentan recuperar su herencia o construirse una. En cuanto a las corporaciones... bueno, los museos se corporativizan hoy en día, y las corporaciones construyen museos: espero que no considere usted el Getty un pecado. Desde luego, no tratamos con el mercado negro. Tampoco podemos comprobar si nuestros clientes lo hacen: sería una invasión de intimidad.

Kettridge escuchó sus palabras.

—Señora Dimitros, creo en su sinceridad. Pero no estoy seguro de si usted sabe de verdad a quién está sirviendo como fachada. Tenga cuidado. Tenga mucho cuidado. Hay gente peligrosa metida en este asunto.

—¿En las antigüedades?

—¡No! —Kettridge golpeó la mesa con el puño—. Lo siento— susurró—. En esto... relacionados con la cuenta y con lo que la acompañe. Mire. —Contempló la mesa como si el tablero de fórmica pudiese darle respuestas, apoyó la cabeza sobre las manos y adoptó un tono más suave—. Usted leyó el artículo: la cuenta fue descubierta en una tumba. Yo excavé aquella tumba desde la superficie hasta el nivel del cementerio. A medida que cavaba, fui encontrando piezas rotas de arcilla con signos amuleto cocidos. Estaban dispersos por los alrededores, estrato tras estrato. La ubicación sugería que el pueblo de Sur-Amech puso uno o dos pedazos por década durante generaciones después de que el cuerpo fuese enterrado. La escritura degenera tras un siglo o dos, pero el símbolo es siempre el mismo.

»Cuando llegué a la superficie original de la tumba, encontré el mismo signo grabado en una gran roca plana puesta hacia abajo. El cuerpo estaba rodeado por el mismo tipo de piedra, con el mismo trazo tosco del signo amuleto... de nuevo, orientados hacia el cadáver. Literalmente rodeado, señora Dimitros: echado sobre un lecho de ellos, rodeado de ellos y cubierto de ellos. El cuerpo era el peor conservado de los que encontramos en la zona. Sacamos huesos desecados de la arena, pero el de aquella tumba no era más que la silueta de polvo de un esqueleto. No hay otra tumba parecida en Sur-Amech.

»Y lo más interesante de todo, señora Dimitros, es que el símbolo grabado en las piedras de aquella tumba sigue usándose como signo de protección entre los nómadas de la zona.

Kettridge sacó una pluma, cogió una servilleta del dispensador y trazó un pequeño glifo sobre el delicado papel.

—Es una protección contra el Mal de Ojo, señora Dimitros.

Elizabeth captó la mirada de la camarera, y le pidió la cuenta por señas.

—Gracias por la conferencia, profesor. ¿Qué pretende decirme?

—El pueblo de Sur-Amech no enterró a aquel cadáver con sus propios muertos. Llevaron lejos el cuerpo y las piedras para deshacerse de ello, y se protegieron contra el poder de aquel cadáver tan bien como pudieron, tanto tiempo como les fue posible. Estaban asustados, señora Dimitros. Y yo también lo estoy.

—¿Cree usted en las maldiciones, profesor? —preguntó ella, incrédula—. ¿Es que el Museo Smithsoniano va a decaer y arruinarse sólo porque exhibe el diamante Hope? ¿De verdad murieron los miembros de la expedición Cárter por profanar la tumba de Tutankamon?

Elizabeth pagó la cuenta y se puso en pie para marcharse.

—He venido para avisarla, pero puedo ver que está usted ciega a todo ello, señora Dimitros. Lo lamento mucho. Espero que siga bien.

—Gracias. —Liz cogió su libro y se volvió hacia la puerta. Kettridge no se levantó, y ella tuvo que hablar a la parte trasera de su cabeza—. ¿Y la cuenta?

—Ya me pondré en contacto —dijo el hombre.