
Capitulo 16
Lunes, 28 de junio, 9:15 AM
Rutherford House, Upper East Side, Manhattan
Ciudad de Nueva York
Elizabeth se encontró con Amy Rutherford esperándola en las escaleras de la entrada del callejón: tenía dos tazas de café y muy poca paciencia.
—Buenos días, señorita Golightly. Aquí está tu café. —Amy aguardó hasta que la joven hubo tomado un buen trago del caliente y amargo brebaje, y después mostró la sonrisa del gato con el canario—. Cuéntaselo a mamá.
—¿Contar qué? —Elizabeth se escurrió, sujetando el bien envuelto paquete bajo el brazo. Se lo alargó a su jefa—. ¿Esto?
Amy corrió tras ella y mantuvo abierta con el pie la puerta de las oficinas.
—No te hagas la listilla. Sabes exactamente de qué estoy hablando. De tu cita.
Liz se sentó.
—El jueves por la noche no salió muy bien. Tuvo una reunión de negocios que se alargó, y llegó con tres horas de retraso —explicó encogiéndose de hombros—. Pero la cena estaba buena. Él y su chófer me llevaron a casa, y me preguntó si podíamos vernos la noche siguiente. Así que el viernes vino a casa después de cenar, y estuvimos hablando de antigüedades y esas cosas.
La boca de Amy se quedó muy abierta.
—¿Y?
—¿Qué quieres decir?
—Por Dios, Liz. Haces que las tareas domésticas parezcan más divertidas que eso. Vendiste un brazalete romano barato a una de las hermanas Miller, y no dejaste de hablar de romances y de la historia de cómo el cristal fue pasando de mano en mano a lo largo de la ruta de la seda, y la boda para la que estaba destinado, y el... bueno, hablas y hablas, sabes que lo haces, y eso vende la cosa. Y pasas no una, sino dos noches con uno de los hombres más interesantes que jamás he conocido, y todo lo que dices es "Llegó tarde. La cena estaba buena. Me llevó a casa. Vino el viernes. Hablamos." —Soltó las frases con un sonsonete burlón—. ¿Sabes lo que hice el viernes?
—Estuviste en una venta en Massachussets. —Elizabeth se levantó y empezó a bajar por las escaleras alfombradas hasta la planta de exhibición—. ¿Qué tal fue?
—Yo... bueno, fue estupendamente. Cuatro buenas piezas de ebanistería de Filadelfia, un juego casi completo de porcelana Spode, un... maldita sea, no cambies de tema. Pasé el viernes preguntándome qué te habría pasado el jueves por la noche.
—Muy amable por tu parte, pero se portó como un caballero. Me llevó a casa sana y salva, y con mi virtud intacta.
—Liz... —Amy adoptó un tono serio. En aquel momento, un reloj en la pared junto a ella marcó la media hora, haciendo que se pusiese en movimiento—. Oh, Señor. ¿Te das cuenta de que abrimos en treinta minutos? Date prisa. Los Totiro se llevaron el floral, pero también arramblaron con todo el Nouveau que teníamos en la sala de exhibición. Tenemos que reorganizarlo todo antes de las diez... Llama a Antonio y los chicos para que nos ayuden con las cosas pesadas, ¿de acuerdo, Liz?
En quince minutos, la sala delantera estaba más o menos lista para empezar la jornada. Las dos mujeres subieron a trompicones para cepillarse el polvo de la ropa, peinar el rebelde pelo de Amy y quedar, como hubiese dicho la señorita Agnes, "decentemente presentables". Robaron un momento para más café y cotilleo, hasta que sonó el teléfono. Amy atendió la llamada, pero sin apartar la mirada de Liz.
—Espera, querida... Antigüedades Rutherford House —dijo en tono insoportablemente refinado—. ¿Cómo puedo ayudarle? Sí. Sí. —Enarcó las cejas en dirección a Elizabeth, articulando un mudo "preguntan por ti"—. De hecho, ahora mismo está aquí, conmigo. ¿Quiere hablar con ella? —Hubo una pausa—. Dentro de cinco minutos... nuestro horario empieza a las diez, señor... Sí, es esa calle. A tres manzanas de... correcto: Muy bien, le veremos entonces, caballero. —Colgó el teléfono y desdeñó las preguntas con un gesto—. Otro caballero preguntando por ti, Lizzie. No dejó su nombre, ni dijo de qué se trataba. —Echó una mirada a su reloj de pulsera—. Es hora de abrir.
* * *
Las elegantes puertas de cristal ahumado y acero cromado se abrieron para dejar paso al primer cliente del día. Amy Rutherford se adelantó discretamente, sin ponerse en medio del camino del hombre, pero mostrándose atenta en caso de que estuviese buscando ayuda.
Los ojos del cliente pasaron sobre Amy, pero él no dijo nada. Dio una vuelta por la sala, examinándola en silencio. De vez en cuando, miraba a las dos mujeres, pero su atención parecía absorta en las antigüedades. Su cabello rubio ceniza había encanecido, y su rostro estaba bronceado de una forma que sugería capas de honestas quemaduras solares, no ratos en una cama de rayos UVA. Llevaba una arrugada camisa caqui con demasiados bolsillos, y unos pantalones vaqueros que parecían haber descubierto el concepto de "raído" siglos atrás, aficionándose al mismo. Ninguna de las mujeres le juzgó por sus ropas: muchos VIPS se enorgullecían de vestir con ropa informal, y podía tratarse de uno de ellos.
—¿Señora Dimitros? —dijo por fin, dirigiéndose a Amy. Visto de cerca, no parecía tan viejo como indicaba el pelo gris. Su cara era una masa de arrugas, pero bajo las líneas se ocultaba el rostro de un joven. Podía tener treinta y cinco años, pensó Amy... o cincuenta y cinco.
—Señora Rutherford... soy Amy Rutherford —corrigió mientras entornaba los ojos, comparando aquella voz con su recuerdo.
—Buenos días, señora. Me llamo Jordan Kettridge.
—Lizzie... —Amy tiró de Elizabeth a través de la sala con el tono de su voz. Se volvió hacia Kettridge—. ¿Llamó usted hace media hora?
—Sí, señora.
—Jordan Kettridge, Elizabeth —informó Amy.
Liz asintió y ofreció su mano.
—Buenos días, profesor Kettridge. Yo... no esperaba verle aquí en Nueva York.
—¿Es usted Elizabeth Dimitros? —Él la miró con dureza, soltando su mano un momento más tarde de lo que hubiese sido completamente cómodo o educado, ladeando la cabeza mientras la estudiaba—. Su forma de escribir no coincide con su aspecto.
Elizabeth no dijo nada, pero su mirada era tan franca y abierta como grosera y suspicaz la del recién llegado. Amy observó a los dos y decidió quedarse cerca.
—Bien, señora Dimitros. La cuenta de mi artículo tiene efectivamente estrías en sentido antihorario en relación con su lado plano. —Sus ojos gris verdoso eran penetrantes, y se trabaron con los de Elizabeth. Siguió hablando en tono seco, lanzando las palabras como un desafío—. Aunque hubiera pensado, viendo el diagrama de la revista, que era imposible determinar eso a partir de un dibujo desde ese ángulo.
—No tiene importancia —dijo ella rápidamente—. Me alegra saber que el diseño, al menos, coincide con la cuenta que estoy buscando. ¿Puede decirme quién la posee actualmente, doctor?
—El artefacto pertenece a mi colección privada, señora Dimitros.
La respuesta de Kettridge tenía un inexplicable énfasis... su tono hubiese encajado mejor con una amenaza de muerte. Liz no dejó que la sorpresa se mostrase en su rostro, y se alegró de ver que Amy lucía su mejor expresión profesional Rutherford como una máscara.
—Comprendo —dijo, aunque estaba casi segura de que no era así—. ¿Estaría dispuesto a venderlo?
—Eso dependería por completo de las circunstancias, señora Dimitros. —Kettridge se frotó la barbilla, pensativo—. ¿Quién es el comprador?
—Rutherford House —dijo Elizabeth, esperando que la cara de Amy no mostrase sorpresa y apoyase su mentira.
Kettridge soltó una risita.
—Lo siento. No voy a creerme ni por un momento que elijan ustedes sus antigüedades al azar entre las revistas arqueológicas... ¿Quién se lo ha encargado?
Amy intervino.
—Doctor Kettridge —dijo lentamente—, cuando representamos a un cliente, no acostumbramos a revelar su nombre a cualquiera que nos lo pregunte. La palabra clave es confidencialidad. Y cuando el comprador nos pide específicamente que no divulguemos su identidad, para nosotros es una cuestión de honor respetar sus deseos.
—¿Honor? ¿De verdad? —repuso Kettridge, sonriendo. Sus arrugas se hicieron más marcadas alrededor de su boca y ojos: le habían salido por sonreír.
Elizabeth se sentó sobre el borde de la mesa central.
—En todo caso, es demasiado pronto para empezar a discutir las condiciones, doctor Kettridge. No sabemos con certeza si su hallazgo es la pieza que desea nuestro cliente... tendremos que ver la cuenta para comprobarlo, y comparar su datación con la del objeto buscado. Después de eso, nos pondremos en contacto con nuestro cliente. Es posible, supongo, que esté dispuesto a hacer una excepción a su confidencialidad por esta vez, como atención hacia usted.
—¿Y qué datos tiene, señora Dimitros, sobre el "objeto" que busca?
Amy le interrumpió.
—¿Está la cuenta disponible para su venta, doctor Kettridge?
Kettridge miró a las dos mujeres. Amy Rutherford, vestida de gris hierro, con los brazos cruzados y la barbilla erguida, y Elizabeth Dimitros, sentada sobre el borde de la mesa, esbelta y elegante con su ropa color borgoña, le siguieron con la vista mientras cruzaba el local. El hombre llegó hasta la puerta sin dar la espalda a ninguna de ellas.
—Me lo pensaré —dijo antes de salir.
Elizabeth dejó escapar un suspiro, aflojando su rígida postura. Detrás de ella pudo oír a Amy, que se acercó a la mesa de exhibición para coger su taza de café y terminarla.
—Muy bien —dijo Amy—. ¿Qué demonios está pasando?
—No lo sé.
—Cuéntame otra, Lizzie.
—Te contaré toda la maldita historia. Si tú le ves más sentido del que tiene para mí... yo... supongo que me moriré de una apoplejía. Mira —dijo, contando a su jefa la historia del "enigma" planteado por Hesha. Sacó los vaciados y la revista del bolso que había llevado y la explicación terminó con Amy usando una lupa de joyero para estudiar los pedazos de pasta como si fuesen las joyas de la corona de Ruritania.
—Simplemente, no lo veo —dijo, cambiando la lupa por sus bifocales.
—Bien. Me sentía como una condenada idiota. Por otra parte, esperaba que supieses algo de la estatua, o de Kettridge, o de Ruhadze, que pudiese —hizo un desabrido gesto hacia la planta de exhibición— darle un poco de sentido a esto.
—¿Y todo lo que hiciste fue preguntarle a qué colección pertenecía la cuenta?
—Sí. Firmé como empleada de Rutherford House: dijiste que Ruhadze era un cliente importantísimo incluso para Agnes y tú...
—Ni me las menciones, por favor.
—Y para la señora Rutherford —terminó la joven de todas formas.
Se miraron mutuamente por encima de la mesa de exhibición.
—Así que, ¿qué hacemos ahora?
—Esperar y ver si Kettridge vuelve —dijo Amy—, y si tenemos noticias del guapetón. Mientras tanto... haré algunas llamadas. Siempre he querido ser una detective.
—Todo el mundo se está volviendo detective, últimamente.
—Cuida de la tienda, cariño, y no te preocupes. No se me ocurre cómo nadie... ni siquiera Madre... podría culparte por nada de esto. Puede ser un buen negocio. Y si lo sacamos adelante, me aseguraré de que tú recibas algo, aunque tenga que salir de mi parte de los beneficios.
Amy se apresuró escaleras arriba, dejando a Elizabeth sola en la tienda con sus preguntas.
—Ha llamado al 202—555—7831. Por favor, al oír la señal, deje su nombre, su número, la hora de la llamada y su mensaje.
—¿Hesha? Soy Liz. Verás... bien, de acuerdo. Para empezar, el artículo que he encontrado está en el número de otoño del 96 de la Revista Arqueológica del Sur de California. Si no puedes conseguir un ejemplar, te enviaré un fax... el autor del artículo se llama Kettridge, Jordan Kettridge; es profesor en Berkeley. Por lo que puedo deducir, tiene uno de los ojos que le faltan a tu estatua. Le envié un mensaje por correo electrónico para ver si estaba dispuesto a venderlo. Eso fue el sábado. Esta mañana ha aparecido en nuestro local, actuando como si estuviera a punto de... no sé, empezar una pelea, darle un puñetazo en la boca a Amy o algo así. Maldita sea, ni siquiera sé por qué te estoy llamando: se mostró hostil, así que no creo que quiera vender. ¿Quieres que Rutherford House se ocupe de ello? Llámame cuando puedas. Gracias.