Capitulo 14

Sábado, 26 de junio de 1999, 1:16 PM

Un estudio en Red Hook, Brooklyn

Ciudad de Nueva York

Elizabeth despertó bajo el incómodo calor de la ropa en la cama. Aturdida, apartó la colcha y se sentó. Tenía un horrible gusto en la boca, el pelo le colgaba sobre los ojos, su vestido estaba arrugado y retorcido en tomo a su cuerpo, y el sujetador se le clavaba en las costillas. Puso los pies en el suelo, se irguió y anduvo hacia la ducha, quitándose el vestido y lo demás por el camino.

Treinta minutos después, volvió a sacar la cabeza del cuarto de baño... cautelosamente. No recordaba el fin de la velada: el apartamento parecía vacío, sonaba vacío... se arrastró hasta el borde de las cortinas y miró hacia fuera. Vio con alivio que no había señales de Hesha. Se envolvió en una cómoda camiseta vieja y cogió una goma para el pelo del vestidor. Había una nota.

Querida Elizabeth:

Buenos días. Espero que hayas dormido bien. Parece que el vino era de una cosecha más fuerte de lo que esperábamos. Te llevé a la cama: espero que no te importe, parecías bastante incómoda en el salón. Me temo que ahora también te sentirás incómoda. El remedio secreto de mi padre para la resaca te está esperando en el frigorífico. Hagas lo que hagas, no te lo tomes a sorbitos: sabe peor de lo que huele.

Gracias por tu "consulta" sobre la estatua. Tienes el sobresaliente y te debo una cena con filetes y cócteles, si te apetece. No estoy seguro de cuánto tiempo me quedaré en la ciudad, pero podrás encontrarme en el 202>—555—7831, esté donde esté.

Espero volver a verte pronto.

Hesha

Elizabeth pegó la nota a la puerta de la nevera con un imán. Puso un desayuno adecuado para la resaca en una bandeja, añadió el vaso azul, y lo llevó todo a través de la sala, dejándolo sobre los anchos lomos de Sleipnir.

Jugueteó distraídamente con un bollito y empezó a subir las cortinas hasta el techo. Su reflejo le devolvió la mirada desde la ventana, más pálido y fantasmal que en el espejo. Elizabeth abrió las ventanas, y la imagen desapareció, reprochando su pereza. Encendió los ventiladores, llevó un taburete al taller y se puso manos a la obra con la tarea prevista para aquel día, una pintura de la América colonial que, por desgracia, había sido barnizada varias veces como medida de protección.

Buena parte de la tarde después, pasó junto al banco de trabajo al buscar otro disolvente, y cogió los vaciados de pasta. Miró los pequeños ojos, intentando recordar dónde había visto algo así antes. Dejó el caballete para buscar en su escritorio del despacho. Era un artículo de prensa, estaba segura —algo que la estatua le había recordado— pero no sabía el número, ni siquiera el año de la revista. Pensó en el montón de viejas referencias fotocopiadas que tenía en un estante del dormitorio: voló hacia ellas y pasó media hora eliminando posibilidades en los estantes, el revistero y la mesilla de noche.

—Maldita sea.

Entonces lo vio, una esquina saliendo de una pila de revistas... la cubierta de papel azul de la Revista Arqueológica del Sur de California. Elizabeth saltó al sofá, deshaciendo el montón, y cogió la revista.

El artículo, titulado Más notas sobre el enclave funerario Sur-Amech, era de "más notas" porque las excavaciones habían sido alteradas por guerras fronterizas y problemas para viajar hasta la nación que reclamaba el pedazo de desierto ocupado por la vieja necrópolis, y porque la tumba estudiada estaba apartada del cementerio principal. Elizabeth consultó el atlas y las fechas dadas para la investigación: el autor había tenido que volver a sus excavaciones bajo la amenaza del fuego enemigo, si sus datos eran ciertos.

Había fotografías de la tumba, y diagramas en tres ángulos de la ubicación de cada artefacto descubierto. Dos piezas merecían sus propios diagramas: una hermosa muestra completa de la cerámica nativa de la época, y una cuenta de cornalina que el cadáver había llevado en torno al cuello.

Elizabeth repasó la descripción de la joya y se acercó al banco de trabajo. Midió los vaciados de pasta con calibradores, cordel y una regla. El ojo izquierdo encajaba perfectamente. Hizo una mueca apoyando el codo sobre el banco, y se mordió el pulgar con satisfacción.

Pasó las páginas azules y grises de la revista hasta encontrar la sección de contenidos y el nombre del autor del artículo: doctor Jordan Kettridge, profesor de arqueología, Universidad de California, Berkeley.

Por supuesto. Kettridge era el tipo de hombre que prefería excavar en tiempo de guerra a hacerlo durante la paz. Había oído hablar de sus logros en Irak. También había oído quejas de los profesores y el personal del museo. Kettridge no estaba adecuadamente especializado. Kettridge no se quedaba con las expediciones, no de la forma en que los verdaderos arqueólogos hacían el trabajo de campo. Kettridge aparecía después de que algún otro hubiera pasado diez años haciendo cuidadosas pruebas en los yacimientos y agujeros de estratificación para establecer la cultura y la línea cronológica y todo lo que era importante, conseguía un permiso para hacer estudios del subsuelo en el patio de algún granjero, y daba de inmediato con las habitaciones personales de los sumos sacerdotes. Algunos decían que era suerte, otros que se debía al instinto, pero todos coincidían en que era condenadamente molesto.

Elizabeth se conectó con la universidad de Berkeley en la red, buscó la dirección de correo electrónico de Kettridge y le envió una consulta.

Estimado profesor Kettridge:

He tenido recientemente ocasión de revisar su artículo sobre Sur-Amech en el número de otoño del 96 de la Revista Arqueológica del Sur de California. Estoy particularmente interesada en el patrón de las estrías encontradas en la cuenta de cornalina de la tumba d—24. ¿Se trata, tal como parece en el diagrama de la página 138, de una espiral en sentido antihorario en relación con el lado plano de la cuenta?

En tal caso, creo que tengo un cliente interesado en adquirir el artefacto. La pieza no está descrita en el artículo como perteneciente a la colección del museo de Berkeley; presumo que, tratándose de un objeto menor en comparación con la cerámica encontrada, habrá pasado a alguna colección privada. ¿Podría informarme del destino final de la cuenta? Muchas gracias por su tiempo.

Suya,

Elizabeth A. Dimitros

Asociada, Antigüedades Rutherford House

Acto seguido, cogió el teléfono de la cocina y marcó el número que Hesha le había dejado en su nota.

—¿Hola? —Era un contestador—. Hesha, soy Elizabeth. Es sábado por la tarde. Gracias por... hmmm... por cargar conmigo hasta la cama. Bueno, creo que he encontrado algo sobre tu estatua en una de mis revistas. Llámame cuando puedas. Cuídate. Adiós.

Colgó el teléfono y empezó a rebuscar algo de cena entre los armarios, limpiando los restos del desayuno mientras lo hacía.

Los olvidados restos del vaso azul desparecieron por el desagüe.