Capitulo 23

Sábado, 3 de julio de 1999,11:42 AM

Granja Laurel Ridge

Columbia, Maryland

Sintiéndose retrasada y culpable, Elizabeth subió las escaleras hasta la cocina y se encontró ante un hombrecillo que llevaba un delantal puesto y estaba fregando platos. Su pelo era muy oscuro y ligeramente rizado, y su piel era uno o dos tonos más oscura que la de la propia Elizabeth... un limpio bronceado mediterráneo. Sus mangas enrolladas exponían unos brazos gruesos y cubiertos de un fuerte vello negro. El hombre cogió otro tazón y la miró sonriente.

—Buenos días. Siento haberme levantado tan tarde.

—¿Por qué lo siente? Es sábado, ¿no?

—Quiero decir que siento haberme perdido el desayuno —empezó a explicar Liz. Después vaciló—. ¿No es usted el cocinero?

—Oh, bueno. Eso es sólo una amabilidad de Ron y el Hombre. Puedo cocinar, sí, pero por lo general me limito a hacer la compra. ¿Tiene hambre? Por supuesto que sí, acaba de levantarse, ¿no es eso? ¿Quiere una tortilla? —ofreció sin dar a Elizabeth ocasión de negarse—. Sólo estaba limpiando un poco lo del desayuno para poder empezar con el almuerzo. Preparo la mejor cocina franco-italo-americana que pueda imaginar. Una tortilla bien grande. Está usted demasiado flaca, como hubiese dicho mi Mamma. --Se secó una mano en el trapo de los platos y se la ofreció a Elizabeth. Se dieron un vigoroso apretón—. Me llamo Angelo Mercurio, pero llámeme el Áspid. Todos los hacen.

—Elizabeth Dimitros. Liz —contestó ella—. ¿El Áspid?

—Es que muerdo —dijo Mercurio con un guiño de conspirador, obviamente disfrutando con su papel de inofensivo y pintoresco chico para todo—. De todas formas, no es tan tarde. Ron Thompson es el único madrugador que hay aquí, y hace trampa: echa una siestecita de cinco a ocho. Hesha... el señor Ruhadze... bueno, el jefe, va y viene como le apetece. Tiene jet-lag la mitad del tiempo, y la otra mitad se la pasa trabajando. No puedo recordar cuándo fue la última vez que pasó una buena noche de sueño —dijo, totalmente sincero.

—¿Cuánta gente vive aquí? —preguntó Liz mientras observaba cómo el Áspid cascaba ocho huevos en un cuenco con una sola mano.

—Sólo Ron y el jefe y yo, ahora que Vegel no está. Y huéspedes cuando los hay, por supuesto. A veces, el jefe trae a algunos de sus ayudantes para una sesión de trabajo. Esto no es precisamente el estilo de vida de "Ricos y famosos".

—¿Qué le pasó al señor Vegel?

Los brillantes ojos del Áspid se velaron por un momento.

—Un ataque al corazón. Muy repentino. Hace sólo unas pocas semanas... y también era joven. Unos treinta y cinco años. —Cogió una espátula y empezó a lucirse con la tortilla cargada de colesterol—. En fin, supongo que mañana almorzaremos una ensalada, ¿no?

* * *

Hesha bajó las escaleras desde la cocina llevando un maletín y un ejemplar del Wall Street Journal. Pasó junto a la mesa del papiro de camino hacia su propio estudio, interrumpiendo su paso algo cansado para mirar por encima del hombro de Elizabeth. Fue sólo un momento; una pausa lo bastante larga como para que la mujer esperase un comentario, y lo bastante corta como para que la falta del mismo no pareciese despectiva. Dejó los accesorios en el estudio, y ya en su apartamento, se quitó el traje y los zapatos, sustituyéndolos por unos pantalones de faena y una camisa de lino de aspecto gastado. Hecho el cambio, volvió al sótano.

—Buen trabajo —dijo por encima del hombro de su huésped.

Elizabeth casi dejó caer las pinzas sobre el papiro.

—Por Dios... Creí que harías algo de ruido al andar sobre un suelo de madera, Hesha.

—Lo siento.

—¿Puedes echar una mirada al texto que hay cerca de la ilustración superior? Estoy segura de que las partes pintadas van juntas, pero no puedo distinguir un ibis borrado de un búho borrado o un buitre borrado.

Él acercó una silla al borde de la mesa, poniéndose un monóculo en el ojo izquierdo.

—¿Pinzas? —pidió.

Elizabeth le dio las suyas y sacó otro par del cajón. Trabajaron en silencio durante un rato.

—Es un halcón —dijo Hesha por fin.

—Eso explicaría la confusión.

Volvió a reinar el silencio, aunque Hesha podía sentir cómo se desviaba la atención de la mujer a su cara con bastante frecuencia. Mantuvo los ojos fijos en el texto, y su conversación en el trabajo. Al final, estaba mirando los restos que había justo bajo él.

—Creo que hay otra ilustración aquí. A ver si puedes completarla —dijo mientras se levantaba—. Pero no te canses mucho. Me han dicho que anoche estuviste levantada hasta las cuatro. —Elizabeth sonrió, encogiéndose de hombros, y acabó por asentir—. Bien, haz lo que quieras. Pero si acabas con el horario cambiado no me eches a mí la culpa.

Hesha se disponía a salir cuando Elizabeth recordó algo.

—¿Hay por ahí algún despertador que pueda usar?

—Pregúntaselo al Áspid o a Thompson —dijo Hesha, observándola—. Yo no uso. Que pases una buena noche —añadió, satisfecho por la decepción de Elizabeth al darse cuenta de que efectivamente se marchaba.