Un baúl lleno de recuerdos
Cuando leí por primera vez algo relacionado con un proyecto para crear un Museo del Holocausto en Washington, mi mente voló directamente hasta el gran baúl azul lleno de recuerdos de guerra que estaba en el sótano de mi casa de Greenwich Village. No había vuelto a abrir aquel baúl desde hacía cuarenta y cinco años y pensé que, por fin, había encontrado una utilidad para lo que contenía. Escribí una carta al director del museo y, dos días más tarde, uno de los conservadores me telefoneó para decirme que le gustaría venir a Nueva York a ver lo que les ofrecía. Armándome de valor, subí el baúl del sótano y lo abrí. Lo primero que encontré fue mi viejo petate. En él había dos pesados cascos del ejército nazi con los nombres de sus dueños escritos en el forro y una enorme bandera roja con la esvástica bordada en negro sobre blanco. Recuerdo que cuando mi división se adentró en Alemania, nos ordenaron confiscar todas las armas que encontráramos, y que cuando «liberamos» el cuarto de banderas de un cuartel alemán tuvimos que desmantelar los armeros y las vitrinas para llevarnos las armas. Como nos permitían quedarnos como recuerdo con las armas de gala, yo me hice con una daga y una espada, ambas con las insignias nazis en sus empuñaduras.
Además del petate, encontré dos cajas de color marrón atadas con un cordel. Contenían cerca de doscientas fotografías que yo había ido tomando durante nuestro avance a través de Francia y Alemania y que constituían una especie de archivo personal. Aparte de las fotos de grupo junto a mis camaradas, había otras que hice cuando mi división capturó a Franz von Papen, el vicecanciller de Hitler y primer jerarca nazi que los aliados hicieron prisionero. Al seguir repasando las fotografías de aquel paquete, llegué a las que tanto temía volver a ver.
Poco antes de finalizar la guerra, en algún lugar del Ruhr, en una ciudad llamada Warstein, llegamos a un campo rodeado por alambre de espino. Era uno de los campos de concentración menos conocidos, pero igualmente terrible. Un campo de la muerte donde albergaron a los prisioneros rusos para servir como mano de obra esclava. Ninguno sobrevivió. Al escasear los alimentos, los soldados de las SS obligaron a los rusos a cavar sus propias tumbas y después los asesinaron. Nuestros soldados encontraron las fosas abiertas, con los cadáveres al descubierto, dentro y fuera de ellas. Con buen criterio, los oficiales de mi unidad ordenaron que todos los habitantes de la vecina ciudad pasaran por el campo para que viesen todo aquello.
El último objeto que hallé en el cofre no era alemán. Era algo que había llegado a mis manos después del armisticio. Mi compañía tenía su base en una ciudad llamada Ludinghausen. Un día un coronel del cuartel general me ordenó que le acompañara para servir de intérprete (yo había estudiado francés y alemán en el instituto) durante una reunión que debía celebrar con sus colegas británico y francés sobre un asunto que no me fue revelado.
Salimos una mañana temprano y nos dirigimos primero hacia el norte y luego al oeste, a través de un paisaje devastado. Alrededor de las tres de la tarde llegamos al lugar previsto para el encuentro —una posada— y el coronel entró para anunciar su llegada. Al poco rato salió para decirme que la reunión se iba a celebrar en inglés, por lo que no se requería mi presencia.
Me senté en el jeep y durante la siguiente hora me dediqué a leer una novela que había llevado conmigo. De repente, la calma se rompió con los ruidos de un caballo al galope. Salí del jeep agarrando firmemente la correa de la carabina que llevaba colgada al hombro. El caballo avanzaba rápidamente. Era un animal grande y lo montaba un hombre uniformado. Me puse en guardia y quité el seguro de mi carabina.
Cuando el jinete me vio, paró su caballo. Ambos eran enormes. Parecían formar un monumento ecuestre recortado contra el atardecer. Me quedé allí, sosteniendo mi arma, mientras el jinete desmontaba.
En ese momento me di cuenta de que no llevaba uniforme alemán. Vestía un uniforme caqui, calzaba botas altas de cuero y llevaba insignias rojas en la gorra y en el cuello de su casaca. ¿De dónde será?, me pregunté. Era mucho más alto que yo, más grande y más fornido. Pero no hizo ningún gesto amenazador, y mientras se dirigía hacia mí, me sonrió de oreja a oreja, mostrando una boca llena de dientes de oro.
Me dijo algo que parecía una pregunta: ¿Francés? ¿Inglés? Contesté con una sola palabra: «Americano».
«¿Americano?». No podía creérselo. «Americano, americano», repitió y, señalándose a sí mismo, dijo «Ruski», o algo parecido.
Yo sabía que no tenía sentido intentar averiguar qué andaba haciendo un solitario jinete ruso por aquella carretera. «Americano. Americano», seguía diciendo, mientras sus ojos azules brillaban. Y entonces comenzó a desabrocharse el cinturón.
Unos segundos más tarde, descolgó del cinturón un sable enorme, lo cogió con las dos manos y me lo ofreció ceremoniosamente. Yo di un paso atrás pero él empujó el sable contra mí. Lo cogí y di un par de sablazos al aire ante la mirada de satisfacción del ruso. Me indicó con gestos inequívocos que era un regalo.
Me di cuenta de que debía corresponderle. Pero ¿qué podía darle yo? Ah, tenía el reloj. Me lo quité y se lo entregué. El ruso estaba radiante mientras se lo colocaba sobre su peluda muñeca. Se quitó la gorra y me saludó inclinando la cabeza, montó en su caballo y, tras hacer de nuevo un saludo con la mano, se alejó por la carretera al galope.
MORTON N. COHEN
Nueva York, Nueva York