Gabriel Fonseca Mendes, Gabo para los amigos, ha apartado la silla y se ha levantado. Un metro ochenta y pico realzado por el corte del traje gris perla de sello Brioni. Te abraza enérgicamente.

—¡Relájate, Jericó! Estás agarrotado.

No es de extrañar. Estás viviendo una pesadilla y, de pronto, después de días de ausencia, reaparece el hombre que compró tu alma.

—Hace un rato he sabido de ti —le dejas caer, aún desconcertado.

—¿Sí?

—Un encuentro casual con una amiga que vive en Madrid me ha contado que vives en La Moraleja con aquella monitora de gimnasio…

—¡Susanna! Sí, estoy con ella y muy feliz. El mundo es grande, pero la curiosidad lo empequeñece, ya lo veo.

Os detenéis un momento para mediros con la mirada. Él no te lo dice, pero piensa que has envejecido, que los problemas que arrastras —y que él ignora en parte— no solo te han cubierto de blanco las sienes, sino que también los ojos han perdido su brillo. Tú, en cambio, lo ves igual que siempre.

Por unos instantes, la luz violácea y el candor del encuentro te hacen sentir como el Jericó de aquella fiesta en la que descubriste los urinarios artísticos. La presencia de Anna, que irrumpe con una pregunta dirigida a Gabo, te devuelve a la realidad:

—¿Os dejamos solos?

—No, Anna, quédate con nosotros. Vosotros dos —ordena, señalando a los chicos— podéis marcharos. ¡Y gracias! ¡Sois unos excelentes actores!

Jota y Víctor acogen satisfechos la felicitación y se despiden. Gabo dedica un gesto afectuoso a la nuca de Jota.

Cuando el golpe de la puerta os hace saber que estáis los tres solos en el despacho, Gabo os invita a ti y a Anna a sentaros a la mesa de reuniones.

—Tenemos que hablar, Jericó.

Anna es la primera en acomodarse, cosa que hace con el aire provocador que la caracteriza. Te disgusta advertir que Gabo espera a que tú también te sientes: por más que se trate del hombre que te enriqueció, estáis en tu despacho y te correspondería hacer de anfitrión.

—Siento haberte hecho venir de este modo, Jericó, pero la situación se nos está escapando de las manos —comienza Gabo, con un movimiento elegante—. Tenemos un problema muy serio en el juego, un imprevisto que ha ocasionado una muerte, un elemento desconocido que se escapa del guión previsto.

—Cuando hablas del juego —lo interrumpes—, ¿te refieres al juego de Sade?

—Sí —afirma con un movimiento delicado de las cejas.

—¿Tú estás detrás de esta barbaridad? ¡Tendría que habérmelo imaginado! Ahora entiendo la presencia del inmenso urinario en el Donatien.

—No te culpes, amigo mío, hacía demasiado tiempo que estábamos alejados físicamente, pero no he sido yo quien decidió que el urinario estuviera en el Donatien. Es un regalo de quien me invitó a jugar: el señor marqués de Sade.

—Pero, tú eres el marqués, ¿no?

—Todo a su tiempo, Jericó. Permíteme que te lo explique.

Su tono tranquilo disimula el fastidio que le causa tu interrupción y tu impaciencia. Gabo no tolera la impaciencia. Carraspea y con un gesto de solemnidad empieza:

—Hace un par de semanas recibí una llamada de un librero de los quais de París a quien suelo comprar ejemplares raros. Me declaró que tenía en su poder una carta escrita por Sade, del período de reclusión del marqués en la Bastilla. Me preguntó si me interesaba. «¡Claro! ¿Quién dice que no a la pluma del libertino más famoso de todos los tiempos?», le respondí. Cogí un vuelo al día siguiente y nos encontramos en su madriguera de rarezas. Pierre, así se llama el librero, me mostró un sobre cerrado y lacrado, y me contó que se lo había entregado un proveedor de su confianza, T. «No he abierto el sobre ni he visto la carta de Sade. Las instrucciones de T. eran muy claras y precisas: hacerte llegar la noticia de la carta y no abrir el sobre bajo ningún pretexto. Si lo hacía, mi vida estaría en peligro; si me limitaba a ejercer de emisario, como hago ahora, percibiría una suma importante. En el supuesto de que no mostraras interés, entonces debía devolvérsela.» Lo más sorprendente de todo es que la supuesta carta de Sade no iba a costarme un céntimo y eso, amigo mío, es algo que un hombre de negocios como yo no puede comprender. Al principio supuse que se trataba de una broma, pero eso no sería propio de Pierre, quien no me habría hecho volar a París para nada. «¿Qué puedes perder, Gabriel?», me pregunté. Acepté. Entonces, Pierre me hizo firmar una especie de albarán de entrega en cuyo encabezamiento figuraba con una caligrafía afilada: «Le jeu de Sade», y me entregó el sobre y un sello envuelto con un plástico, el mismo, una vez examinado, que habían empleado para cerrar la carta. Aunque lo tanteé sutilmente durante el café que siguió a la entrega, Pierre no añadió nada más sobre el asunto de la carta. Y, para ser sincero, creo que el librero se limitó a cumplir lo que le ordenaron. Volví a casa emocionado con la adquisición y en mi despacho abrí el sobre rompiendo el lacre. Dentro, estaba la carta doblada cuidadosamente. Me jugaría el brazo derecho a que es auténtica. Sade era, por encima de todo, un director de teatro. La vida misma, sus voluptuosidades y desmesuras, son una representación teatral con la finalidad de minar la falsa virtud ascética. ¡Exhibicionismo inmoral educativo! Pero tenía una enigmática y curiosa manía por los números. Las cifras están presentes en sus escritos, cartas y montajes literarios. Las 120 jornadas de Sodoma son un ejemplo: un banquero, un obispo, un juez, cuatro viejas narradoras de historias, ocho sodomitas, ocho propietarios de harenes, ocho mujeres, las historias deben ser explicadas a grupos de ciento cincuenta personas… Este mismo libro fue escrito meticulosamente en treinta y siete días durante su reclusión en la Bastilla, en la misma época en que redactó la carta que obra en mi poder, en un rollo de papel de doce metros de largo por diez centímetros de ancho que el mismo marqués confeccionó pegando cuartillas.

Vuelves a interrumpirlo.

—En el escrito de los hechos de Marsella que me entregó Anna también se menciona que anotaba y contaba los azotes a las prostitutas, y grabó el número con la ayuda de un cuchillo en la chimenea del cuarto.

Anna sonríe lascivamente:

—¡Ya veo que has hecho los deberes!

El comentario no ha agradado a Gabo, que le ha dirigido una mirada severa invitándola a callar y escuchar.

—Efectivamente, hay muchos otros ejemplos de su obsesión por los números, si me permitís acabar. —Aquí Gabo ha sido mesuradamente autoritario y os ha mirado a los dos—. En la carta que tengo en custodia establece un juego. Los participantes serán exactamente nueve personas. El juego consiste en recrear con estas nueve personas dos de sus fantasías eróticas. Uno de los nueve participantes era Magda. Y ya sabéis qué le ha pasado. Nosotros no somos responsables de su muerte. Pretendemos seguir los designios del marqués en la carta, pero algo no ha salido bien, Magda ha muerto y su asesinato nos ha puesto en un brete.

¿Por qué habrías de creerle, Jericó? Ya sabes cómo es Gabo: «Un asfixiante ambigüista», un mentiroso de solemnidades…

—No lo sé, no entiendo nada, sinceramente. Podrías ser más explícito. ¿Por qué nueve personas? ¿Por qué yo? ¿Por qué tú? ¿Por qué Anna? ¿Por qué Magda? Todo esto no tiene pies ni cabeza.

Gabo sonríe levemente. Con el dedo se acomoda las gafas retro en la nariz afilada y suspira.

—¡Jericó, el hombre de las preguntas! No has cambiado nada. Serás siempre un ilustrado acostumbrado a las certezas. ¿Con todo lo que te ha sucedido aún no has aprendido que la vida está llena de incertidumbres?

—Por este motivo quisiera tener detalles más concretos del juego.

Ha movido la cabeza como aseverando «no tiene arreglo». Se levanta y mira hacia la ventana, dándote la espalda. Inmóvil, hipnotizado por la luz violácea que se filtra por la ventana, te pregunta:

—¿Nunca has oído hablar de los tabernáculos del infierno?

—Sí.

—¿Y de los súcubos que los regentan?

—Sí. —Aquí evitas añadir que lo consideras un servidor de Asmodeo, el demonio de la lujuria.

Hace una larga pausa que te permite rememorar las veces que últimamente te has recriminado haberle vendido el alma.

Finalmente, Gabo se vuelve hacia vosotros. En su rostro, bañado por la tonalidad violácea de la luz, aparece un rictus de perversidad hasta entonces inédito.

—El infierno existe, Jericó, y tú ya tienes un lugar privilegiado en él.