¿Por qué Sherlock Holmes?
La decisión de incluir referencias a Sherlock Holmes en Sombras sobre el Nilo no fue difícil. Una vez tuve construido el argumento, supe que necesitaba un personaje que estableciera la línea de relación entre las pistas para que la hermana las siguiera, así que tenía que buscar una temática para dichas pistas que al lector le fuera conocida.
Se me vino a la mente rápidamente el inimitable Sherlock Holmes. Él es el maestro en descubrir las pistas e interpretar cualquier mancha en una manga o rozadura en un zapato. ¿Quién si no sería capaz de evocar tales realidades de unos rastros tan sutiles e hilos tan frágiles? Decidí que el sabueso del 221B de Baker Street era el tema perfecto sobre el que construir mis propias pistas.
Siempre me han encantado sus aventuras, así que la oportunidad de utilizar las historias de Sir Arthur Conan Doyle fue irresistible. Primero me encandiló Sherlock —siento que lo conozco lo suficientemente bien como para llamarlo por su nombre— cuando tenía unos nueve años. Estaba en el colegio y mi profesora no había asistido a clase aquel día por estar enferma, así que vino una estudiante de magisterio para mantenernos controlados y lo hizo sentándose en el borde de la mesa de la profesora, cruzando las piernas con visible nerviosismo y leyéndonos La aventura de la banda moteada. Me cautivó; nunca antes me había encontrado con un pensamiento tan racional o con tal intensidad de propósito en un personaje. Esas son exactamente las cualidades que ahora he querido darle a mi heroína, Jessie Kenton.
Durante años, devoré el resto de las aventuras de Sherlock Holmes y su compañero fiel, el doctor Watson, que durante la vida de Conan Doyle se fueron publicando en The Strand Magazine, con las maravillosas ilustraciones de Sidney Paget.
No es de sorprender que el cine, la televisión y la radio hayan querido subirse al carro de inmortalizar su nombre en cada generación. Muchas de estas muestras me han encantado, pero mis dos retratos favoritos son los del gran Basil Rathbone, que compartía un perfil exactísimo con Sherlock y la tendencia al disfraz que le sirvió de mucho cuando trabajó para el Departamento de Inteligencia en la Primera Guerra Mundial, y Benedict Cumberbatch, con su gran inteligencia y astucia y sus mejillas prominentes. Para los lectores puristas, les gustará saber que hay setenta y cuatro actores diferentes que han representado el papel de Sherlock Holmes en el cine y el teatro.
Mi decisión de utilizar indicadores de algunas de las historias me otorgaba la posibilidad de desempolvar mis libros de Sherlock Holmes —cuatro novelas y cincuenta y cinco relatos— y, de nuevo, luchar con la indomable Irene Adler et al. Una vez comencé, era muy tentadora la idea de ir dejando pistas como motitas de confeti por toda la novela —se convirtió en un juego muy placentero—, pero conseguí reprimirme, y la mayoría de ellas terminaron en el suelo de mi estudio. Pero creo que es importante que el autor se entretenga mientras escribe, así como que consiga entretener al lector; de este modo, ¡ambos disfrutamos del libro!
Las historias de Conan Doyle eran tan populares a principios de siglo que es perfectamente posible que Jessie y sus dos hermanos hubieran estado familiarizados con ellas. No me cabe la menor duda de que el razonamiento lógico de Sherlock Holmes le llamaría muchísimo la atención a la mente metódica y ordenada de Georgie. Encajaba todo de un modo que sentía que Sherlock habría estado satisfecho, y espero que el lector disfrute de esta capa añadida de intriga tanto como lo hice yo.
¡Elemental!