52

52

Georgie

Egipto, 1932

Soy un asesino.

Observo al hombre alto —al que Jessie llama Monty— enterrar el cuerpo sin vida bajo la arena. Manos grandes que sostienen una pala grande. Es carne muerta; nada más. Ya no es el hombre gordo. Su ba, su alma, ha volado al inframundo de Osiris y cuando miro la carne que ha dejado atrás, no siento nada. Pero duele por dentro. Creo que su ba ha desgarrado la mía arrancándomela del pecho. ¿Es eso lo que ocurre cuando matas a una persona? Matas también una parte de ti y ya nunca puede volver a la vida. Ando de aquí para allá envuelto en mi manta para tratar de retener mi ba en mi interior, pero me temo que es demasiado tarde.

Tú me metes prisa. Te mueves deprisa. Hablas muy alto.

Hablas con los egipcios, pero yo intento no escuchar porque no quiero saber que les ofreces el doble de dinero o que han visto a uno de los hombres de Fareed. No sé dónde y no me importa. Pero a ti sí. Te importa tanto que se te olvida quién soy. Me quitas de en medio con la misma impaciencia con la que te quitas de en medio a una mosca que te molesta, y es Jessie quien me dice que ahora eres el jefe y que tienes mucho que hacer.

Oigo al conductor decirle al hombre alto que Fareed matará al señor Tim rápidamente como lo encuentre.

De pronto, yo también tengo prisa. Corro de un lado para otro echando todo lo que puedo en la parte de atrás de la camioneta hasta que me dices que pare. Tiras mis cosas otra vez a la arena. Es Jessie la que se queda. No me deja solo ni me grita. Está tranquila y calmada y recoge mi manta cuando se me cae.

—No te enfades con Tim —dice, con la voz suave que recuerdo de cuando solíamos escondernos debajo de la cama—. Tiene muchas cosas en la cabeza.

No me tiene a mí en la cabeza.

Es Jessie la que me hace un rincón seguro en la parte de atrás del vehículo cuando ya están todas las cajas atadas, y es ella la que se sienta conmigo a oscuras cuando cierran las puertas. Justo antes de que se cierren completamente, veo el desierto reducido a una fina franja beige detrás de la camioneta y suspiro aliviado. Prefiero el desierto así; no más ancho que mi mano, demasiado pequeño ya para hacerme daño.

—Georgie —me dice Jessie—, yo no quería que te fueras cuando eras pequeño. Intenté encontrarte.

Pero yo no quiero hablar de eso porque el recuerdo de esa noche me revuelve los pulmones y no puedo respirar. En vez de eso, digo:

—Me gustaba Hatherley.

Ella se ríe y dice:

—A mí también.

Recuerda los peces en el estanque. No habla mucho, lo cual me gusta, y mientras esperamos a que el motor se ponga en marcha, mi mente vaga en la oscuridad por una habitación de cortinas verdes, un cuidado estante lleno de libros y un bate de críquet apoyado contra la pared. El hombre alto y tú vais a ir en la parte de delante con el conductor y el guardia y sé que llevaréis armas en el regazo, lo que me pone nervioso. Solo entonces se me ocurre que puede que Jessie vaya callada porque piensa que voy a matarla porque soy un asesino.

—Jessie —digo.

No sé qué decir a continuación. Muy tranquila, dice:

—¿Nombramos a todos los personajes de El hombre que trepaba?

Sonrío. Eso es fácil.