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El desierto brillaba con las primeras luces del alba y parecía suspirar como si respirara. Madejas de neblina plateadas entraban y salían en zigzag del uadi, deslizándose por las suaves olas de arena y retorciéndose a su paso entre los estrechos cauces. Jessie estaba tendida boca abajo junto a Monty, sobre una loma de poca altura, observando cómo las dunas se alejaban ondeando hacia donde la arena y las rocas se desdibujaban en la oscuridad.

—El desierto engaña a la vista —murmuró.

No se fiaba de aquel lugar.

Ambos yacían inmóviles, aprovechando la calma y esperando que las tres tiendas de los bancos de arena salieran de la oscuridad. El silencio era intenso. Habían dejado a los camellos echando espuma por la boca, al cuidado de Malak, algo más de mil quinientos metros atrás, al abrigo de una abrupta pendiente que ahogaba el balbuceo de los animales. Al chico le había costado un buen paseo volver a encontrar la ubicación exacta del campamento y a ratos tuvieron que retroceder y volver sobre sus pasos en la arena para reconducir su rumbo. Pero llegaron a tiempo para ver cómo los primeros rayos de sol coloreaban el desierto de rojo sangre.

Yacían juntos, hombro con hombro, cadera con cadera, compartiendo su calor, manteniendo el uno la calidez del otro. Ella se daba cuenta de que algo lo estaba haciendo sufrir, pero sabía que se lo diría cuando estuviera preparado y, hasta entonces, enlazaría su mano con la de él, manteniéndolo a salvo. Tuvo la sensación de que Monty había cambiado. Ya no era el amable caballero inglés. Ya no rebosaba encanto y aquellas sonrisas que la desarmaban. Algo más oscuro yacía a su lado ahora; alguien que tenía sus propios tormentos y problemas privados sobre los que ella solo podía hacer conjeturas.

Pero él confiaba en ella, así como ella en él. Jessie valoraba eso; era algo de lo que jamás antes había sido capaz. Allí tendida al frío del amanecer del desierto, estaba dispuesta a arriesgar más que el pellejo con él en aquellas pendientes rocosas. Pero cuando se volvió a mirarla de un modo tan tenaz y penetrante, supo exactamente lo que venía a continuación.

—No —dijo antes de que él preguntara.

—No sabes lo que voy a decir.

—Entonces dilo.

—Por favor, Jessie, ¿te quedas aquí? Déjame bajar solo.

—La respuesta sigue siendo no.

Él emitió un sonido de desesperación entre dientes.

—No tiene sentido que nos metamos en líos los dos.

—Estoy de acuerdo, Monty, así que ¿por qué no bajo yo sola? No van a hacer mucho caso de una niña tonta que llega buscando a su hermano. Deja que…

—Olvídalo. No pienso dejar que bajes a esas tiendas tú sola, así que no gastes saliva discutiendo. —La rodeó con un brazo y la atrajo tan cerca de él que Jessie podía oler el tufo rancio de su túnica y verle el pulso en el ángulo de la mandíbula. Colocado contra las costillas, bajo la túnica, rozó el contorno de algo metálico.

—¿Una pistola? Monty, no. Si te ven con una pistola podrían…

—Shhh. Es de adorno, no para usarla. Era de mi padre.

Jessie empezó a temblar y enterró la cara en la tela húmeda del hombro de Monty.

—Muy bien, lo haremos como teníamos pensado —dijo al fin—. No te preocupes tanto.

Soltó una risilla que casi sonó real.

—Tim no les dejará hacer daño a su hermana mayor.

La neblina empezaba a disiparse y las parhileras de las tres tiendas emergieron entre ella, creando una escena incorpórea y fantasmal. En ese momento, la portezuela de una de las tiendas se abrió de una sacudida y por ella salió un egipcio alto y musculoso, rascándose la barba y escudriñando el horizonte. Jessie lo reconoció inmediatamente como el conductor de la camioneta y notó que Monty la empujaba contra las rocas. El hombre no llevaba más que una camiseta interior larga y una pistolera. Con un bostezo que se oyó hasta en lo más alto del risco, se alejó de las tiendas, orinó y luego se puso en cuclillas para defecar en la arena vigilando en todo momento las pendientes sobre él.

El campamento estaba bien situado, en una pequeña explanada al pie de un grupo de colinas de rocas esparcidas haciendo una curva hacia el norte, estéril y desolado, mientras que al oeste se extendía hacia el horizonte un mar de arena y grava que ondeaba arriba y abajo como olas abrasadas por el sol. Jessie solo podía intuirlas en la luz tenue y apartó la vista de ellas enseguida. Sorprendió a Monty observándola.

—¿Sabes qué? —susurró, señalando la bóveda de estrellas suspendida sobre ellos—. En el Antiguo Egipto se creía que las estrellas eran las almas de los muertos.

Él le sonrió y negó con la cabeza.

—Las almas —siguió— aguardan en la oscuridad el regreso de Ra, dios del sol.

Acarició la mejilla de Monty deslizando los dedos por el contorno de su mandíbula.

—Eso es lo que yo he estado haciendo todos estos años: esperar en la oscuridad.

Monty la besó en la boca y ella notó el sabor amargo del desierto en sus labios. De pronto, otros dos hombres salieron de la tienda medio a oscuras, uno con una gran barriga bajo su galabiya, y los tres se lavaron enérgicamente en un barreño de agua y empezaron a rezar la oración del alba. Mirando hacia el este, las tres figuras comenzaron entre las sombras su ritual de devoción, poniéndose de pie y arrodillándose sobre sus esteras, dando con la frente en el suelo y recitando sus oraciones.

A Jessie todo aquel proceso le pareció atrayente de un modo extraño. Transmitía tanta calma que quiso gritarles, decirles «Salaam, miradnos, somos parte de la creación también. No nos disparéis. Solo dejadme que hable con mi hermano. Y que la paz sea con vosotros».

Incluso abrió la boca, pero no dejó escapar un solo sonido. Allí no eran los vivos los que importaban, sino los muertos y los tesoros enterrados con ellos.