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Londres, Inglaterra, 1932

Veinte años más tarde

Se oyó el gañido de un zorro. Un sonido sobrecogedor de una criatura salvaje que vagaba por las calles de Londres en medio de la noche y que hizo que la mano de Jessie Kenton se detuviera mientras comprobaba que el pestillo de la ventana estaba debidamente cerrado. El animal volvió a aullar y su voz retumbó en la soledad de la noche como la de un lunático por los jardines de Putney.

Jessie se apartó de la ventana. El apartamento estaba en la primera planta y su habitación daba a una calle al final de la cual un farol aguardaba paciente y vigilante, como si fuera su amigo. El resplandor amarillento se filtraba cada noche por la rendija que dejaban las cortinas de su habitación, así que siempre podía andar por ella sin necesidad de encender la luz. Era mejor así; no quería dar ninguna señal que desvelara que no podía dormir, que estaba nerviosa.

En definitiva, no quería molestar a Tabitha.

Entró sigilosamente en la salita. Allí todo estaba más oscuro y las cortinas estaban completamente echadas, y sintió que se le cortaba la respiración. Sin embargo, era capaz de bordear las sillas y la mesa con los ojos cerrados, así que llegó sin ningún tipo de problema hasta la gran ventana en saliente. Había tres pestillos. Jessie deslizó la mano por la cortina y comprobó cada uno de ellos; estaban todos cerrados. El corazón la recompensó recuperando levemente el ritmo normal y sonrió, negando con la cabeza en señal de reproche a ella misma. Estaba volviendo a colocar las cortinas en su sitio cuando la luz amarilla del exterior titiló y volvió a cortársele la respiración. Entonces, miró otra vez.

No se movió nada en la calle; la luz había vuelto a su estado habitual, pero algo —o alguien— se había cruzado en su camino. Desde detrás de la cortina examinó con cuidado la tranquila calle residencial, inspeccionando cada punto sólido de oscuridad y registrando minuciosamente las siluetas de las sombras.

«Puedo esperar. Puedo esperar más que tú».

—Oh, Jessie, ¿qué estás haciendo levantada a estas horas?

Tabitha encendió la lámpara y Jessie parpadeó ante la repentina fuente de luz brillante que inundó la habitación. Después se apartó rápidamente de la ventana.

—Estaba un poco inquieta —dijo encogiéndose de hombros— y no podía dormir. Creo que he bebido demasiado vino.

—Me encanta que vengas al club a oírnos; siempre toco mejor cuando vienes.

Jessie rio.

Tabitha Mornay llevaba tres años compartiendo piso con Jessie. Tenía el cabello liso y oscuro a media melena y la piel muy clara. Esto tenía que deberse a que vivía la vida al revés: dormía durante todo el día y revivía solo cuando el sol se había ocultado, llena de energía y apasionada por su música. Tocaba el saxofón en un grupo de jazz llamado The Jack Rabbits que actuaba todas las noches en un club lleno de humo de Londres. Aunque rondaba ya los treinta años de edad, no aparentaba más de diecinueve y se peinaba con una trenza sobre el hombro.

—¿Quién era ese hombre tan apuesto con el que bailabas al final de la noche?

—No era nadie…

—¡Ya! A mí también me gustaría tener a un nadie así.

—No me gustaba el bigotillo ese flacucho que llevaba; era como un cordón de zapato.

—A mí me parecía elegante; tenía estilo. Eres demasiado quisquillosa con los hombres, amiga.

Jessie puso los ojos en blanco.

—La próxima vez le meteré la cabeza en tu saxofón y así podrás tocarle a su bigote tu melodía.

Tabitha rio, bostezó, se envolvió mejor en su horrible bata de satén rosa y fue hacia la cocina. Inmediatamente, Jessie entró en la habitación de su compañera y comprobó las ventanas. Aquella parte de la casa daba al jardín trasero y Jessie se quedó observando para asegurarse de que no había movimiento en la oscuridad del exterior, excepto por las ramas del lilo. Para tratarse de la habitación de una fumadora empedernida que tocaba jazz, estaba sorprendentemente ordenada y limpia. Volvió a la suya, pero no se acostó hasta que oyó la puerta de Tabitha cerrarse, y entonces volvió a salir. Comprobó cuidadosamente la ventana de la cocina y, aunque estaba perfectamente cerrada, la aseguró mejor. Entonces se quedó en medio de la oscuridad con la mejilla apoyada contra la puerta principal, atenta a cualquier sonido.

«Puedo esperar. Puedo esperar más que tú».

Timothy Kenton analizó a sus acompañantes en la mesa redonda con un interés que mantuvo cuidadosamente camuflado. Sin embargo, su mirada veloz captaba los movimientos rápidos de los dedos de los demás, posados sobre el mantel dorado como pequeñas volutas en tensión. Era capaz de oír su respiración, ascendente y descendente, al unísono. Percibía la esperanza en sus ojos y se preguntaba si los demás veían lo mismo en él. La sala a la que lo habían conducido tenía el techo alto y muy ornamentado, y las tupidas cortinas moradas que cubrían los grandes ventanales no conseguían mantener las ráfagas de aire a raya; deseaba haberse dejado el abrigo puesto. Hacía un frío sepulcral y olía a alcantarilla, algo que las velas aromáticas no conseguían disimular.

Timothy contó seis clientes a la mesa, incluido él; otros cuatro hombres y una mujer de unos cuarenta años de edad que había decidido sabiamente dejarse puesto el abrigo de piel, hecho que dejó más que patente que ya había estado allí con anterioridad. Iba muy maquillada, pero tenía los labios pálidos, casi carentes de sangre, y se los mordisqueaba sin cesar. Seis clientes, a veces nueve, era el número habitual; siempre divisible por tres. Timothy solo reconocía a dos hombres: Fabian Rawlings y el gran y honorable Phillip Hyde-Mason. Al igual que él, ambos rondaban los veinte años de edad y ambos eran asiduos a aquel juego. Les asintió brevemente a modo de saludo desde el otro lado de la mesa, pero ninguno pronunció palabra alguna. Únicamente se hablaba cuando Madame Anastasia lo requería.

Estaba sentada a la derecha de Timothy ataviada con un magnífico pañuelo morado y dorado que la hacía parecer mucho más alta que el resto de las personas de la sala. Era una mujer de mediana edad con las facciones marcadas y duras, y aquella noche vestía un traje de color púrpura que le daba un aspecto tan intimidatorio ante sus clientes como debía serlo ante su guía espiritual. Se sentó con las manos posadas sobre la mesa y los ojos cerrados, y comenzó a murmurar palabras extrañas mientras sus clientes aguardaban. A Timothy la espera siempre se le hacía insoportable, dada su impaciencia por que comenzara la acción. Se le acumulaba la saliva en la boca y, cada vez que tragaba, le costaba mucho esfuerzo. Sin embargo, siempre intentaba que no se le notara en absoluto, puesto que no quería parecer un completo idiota. ¿Qué pensarían Rawlings y Hyde-Mason de aquella ridiculez?

¿Ridiculez?

¿Acaso no era la necesidad de establecer contacto con los que se habían marchado una muestra de la patética debilidad humana? ¿Una superstición? ¿Una ridiculez?

Frunció el ceño, irritado por su estado anímico escéptico de aquella noche, y bajó la mirada hacia las manos de Madame Anastasia. Sus dedos estaban estirados sobre la mesa junto a los suyos propios. Tenía unas manos bonitas, elegantes y expresivas, sin ningún anillo ni ninguna de esas ostentosas muestras de avaricia que abundaban entre la mayoría de las médiums a las que había visitado, como si estuvieran todas preparándose para atrapar a los espíritus al vuelo en un abrir y cerrar de ojos, al igual que el dinero de los bolsillos de sus clientes.

Un viento frío susurró repentinamente en la penumbra; parecía enroscarse en los recovecos del techo y consiguió que a Timothy se le erizaran los cabellos de la nuca. Cierto era que aquello mismo había ocurrido en otras ocasiones y se decía a sí mismo que no era más que un truco, pero aun así le seguía sobrecogiendo. Las velas que había cerca de las ventanas titilaron y se extinguieron, sumiendo la mayor parte de la sala en la más completa oscuridad excepto por las tres velas que seguían encendidas formando un triángulo en el centro de la mesa. Estas proyectaban sombras sobre los rostros inquietos y los hacían parecer calaveras.

—Están aquí —entonó Madame Anastasia, y abrió los ojos.

Timothy sintió la sacudida que ya le era familiar en el pecho, siempre igual; algo parecía cambiar de posición en su interior y colocarse para empujar hacia afuera, una figura resbaladiza que se abría paso hacia la superficie; algo que requería poseer voz.

—Os damos la bienvenida, seres queridos.

Madame Anastasia habló con el típico tono solemne que Timothy ya esperaba encontrar en las médiums, pero había algo bajo su apariencia que lo hizo estremecerse, una suavidad y una dulzura que se le presentaban como un caramelo a un niño. ¿Qué espíritu podría resistirse a un tono tan cautivador?

—Os damos la bienvenida, seres queridos —volvió a proclamar— con presentes desde el mundo de los vivos hacia el de los muertos.

Todos los ojos se concentraron en el simple ofrecimiento de pan y sopa que había en medio del triángulo de velas con el fin de atraer a los espíritus, que aún anhelaban los alimentos físicos y seguían ansiando la calidez y la luz.

—Venid y moveos entre nosotros.

El aire de los pulmones de Timothy se hizo más espeso. Madame Anastasia dejó caer la cabeza hacia atrás y el peso de su tocado reposó sobre el respaldar de la silla. Cerró nuevamente los ojos y su pecho envuelto en púrpura comenzó a moverse bruscamente. Aquel era el momento en el que Timothy esperaba que se produjera la magia: tirar de alguna cuerda, apretar el botón apropiado para crear el momento mágico cuando el espíritu hiciera su aparición… Para eso estaban allí.

En la mesa, las manos de sus clientes estaban apoyadas y el último dedo de cada persona tocaba el de quien estaba sentado a su lado, creando un círculo simbólico, un collar de manos. Aquello intensificó la energía de la estancia. Timothy podía sentir cómo incrementaba la tensión del hombre mayor que tenía a su izquierda; su expresión era benevolente y calmada, llevaba una perilla canosa que resplandecía entre las sombras, pero le temblaban los dedos y estos traspasaban las ondas ansiosas a la piel de Timothy. Al otro lado del hombre, la mujer del abrigo de piel tenía los ojos muy abiertos y fijos en un punto concreto justo sobre el tocado de plumas de Madame Anastasia.

—Los veo —susurró.

Timothy dirigió repentinamente la mirada hacia el espacio vacío sobre la médium con el corazón latiéndole a un ritmo frenético.

—¿Dónde? —No veía nada.

Súbitamente, Madame Anastasia hundió la barbilla en el pecho y su voz se convirtió en la de alguien de no más de siete años, alguien que parecía estar claramente emocionado por encontrarse entre dos mundos.

—Soy Daisy. —La joven voz se oyó limpia y clara como la de un infante de coro—. Hay un hombre conmigo; es un caballero que está buscando a su hijo o a su hija y está nervioso por venir… por si no quiere establecer contacto con él. —Las últimas palabras se oyeron como un leve susurro, así que todos tuvieron que acercarse para poder oírlas.

—¡Padre! —La mujer de las pieles habló con voz temblorosa—. ¿Eres tú? ¿Stephen Howe?

Al instante se percibió una sensación de ira alrededor de la mesa; Timothy sintió su calor elevarse desde el mantel y penetrarle en las yemas de los dedos. Recorrió con la mirada cada rostro entre las sombras y comprobó la angustia que los asolaba a todos. ¿Cuántos de los que estaban allí habrían perdido a sus padres? Al otro lado de Madame Anastasia había sentado un hombre de mediana edad, una figura menuda que vestía un traje caro y que tenía una marca de nacimiento que le recorría el cuello. Estaba observando penetrantemente a la médium, que seguía cabizbaja y con expresión de pesar, y le apretaba los dedos, pero esta no respondía a ningún estímulo.

—Bueno —dijo el hombre—, dinos, niñita, ¿es ese el espíritu del padre de esta mujer?

—Muchos de nosotros hemos perdido a nuestros padres —dijo la señora entre sollozos—. La Guerra Mundial nos robó a toda una generación.

La niña les mandó callar bruscamente mientras parecía seguir hablando con el caballero. En el silencio que siguió a aquel momento, la tensión aumentó y todos los ojos se centraron en los labios de la médium. Finalmente, el cliente de la perilla perdió la paciencia y preguntó:

—Daisy, querida, ¿puedes decirnos el nombre del hijo al que el espíritu busca?

Se oyó un golpe en la mesa que hizo que todos se sobresaltaran.

«Es un truco», se dijo Timothy a sí mismo, «un truco». Sin embargo, el corazón se le iba a salir del pecho y, de repente, sintió la necesidad de romper el círculo y salir de allí para alejarse de lo que fuera que habían conjurado entre todos. Le parecía una insolencia creer que el mundo de los vivos pudiera salir impune ante tal provocación al más allá. Los segundos pasaban y en el pecho se le congregaba una sensación de mal augurio, fría y dura como la piedra.

—Daisy —volvió a decir el hombre—, te agradecemos la señal. ¿Qué nombre busca ese caballero?

—Está triste. Dice que siente un gran pesar en el corazón. —La voz no sonaba en absoluto parecida a la de Madame Anastasia.

—¿Le ayudaría hablar con su hija? —preguntó el hombre.

De nuevo se produjo el golpe seco en la mesa. Timothy vio cómo las velas titilaban y percibió cómo el aire de la estancia se volvía cada vez más espeso.

—Daisy —dijo la mujer de las pieles con tono suave y eligiendo las palabras meticulosamente—, cuéntanoslo, querida. Nos hemos reunido aquí para hablar con alguien que ha pasado al mundo de los espíritus. Necesito urgentemente comunicarme con mi madre, Audrey Howe, que murió hace cuatro años. Me gustaría que le preguntaras al caballero si es mi padre, Stephen Howe.

—No —respondió la niña inmediatamente con voz cantarina—. No es Stephen.

—Oh.

—¿Quién es? —preguntó Rawlings.

—La voz se hace más débil.

—Rápido, entonces —dijo Rawlings—, pregúntaselo ya.

—Demasiadas voces, están todas en mis oídos. No paran de hablar y quieren hacerlo todas al mismo tiempo.

Las manos de Timothy se posaron con más fuerza sobre la mesa.

—¿Es la letra K? ¡Dímelo! ¿Empieza el nombre del niño por la letra K?

Se oyó un golpe decisivo en la mesa, más alto que los anteriores, justo como se esperaba que ocurriera. Sí.

—Es Kingsley, ¿verdad? —gritó—. El niño es Kingsley. Siempre dijiste que te comunicarías, siempre fuiste un defensor de la causa. —Las palabras se le arremolinaban—. Lo prometiste, y yo nunca dejé de creerte. ¿Has…?

Se oyeron dos golpes secos. Cortos. Displicentes.

—Dice que no —susurró la voz de la niña—. No es Kingsley. Pero dice que sí, es la letra K.

—Kenton empieza por K —señaló Hyde-Mason—. Quizás eres tú, Timothy Kenton. Tú podrías ser a quien busca el espíritu. Podría ser tu padre esta noche.

El corazón de Timothy se detuvo en seco. No era aquello por lo que había ido aquella noche; no para eso. Despegó las manos de la mesa rompiendo el círculo y se puso de pie bruscamente. El hombre de la perilla le gritó algo, pero los oídos de Timothy parecían haberse desconectado del cerebro, ya que no comprendió sus palabras. Se apresuró hacia la puerta, la abrió y salió al recibidor dando un portazo como para bloquear a los espíritus que lo convocaban. En su mente oía un zumbido ensordecedor, como si tuviera insectos atrapados en su interior batiendo las alas. Respiró hondo, asimilando con dificultad el aire gélido de la noche, pero no parecía que nada se le aclarara en la mente.

El recibidor era un lugar amplio con una entrada de mármol majestuosa y el escudo de armas de alguna familia noble adornando la chimenea de columnas, medio oculto por la penumbra. Era un lugar lúgubre y sombrío. La única luz procedía de un solitario candelabro que había situado sobre el alféizar de una ventana, y su llama trepidaba incesantemente, provocando la casi completa oscuridad.

Su abrigo. ¿Dónde demonios estaría su abrigo? Estaba helado.

Se dirigió dificultosamente hacia un aparador al otro lado de la sala donde parecía haber una pila de prendas de vestir, pero al inclinarse sobre ella para buscar su abrigo azul marino, su mente pareció titubear y preguntarse por qué estaría allí. Rebuscó inútilmente entre los abrigos y cogió una manga oscura. Tiró de ella, pero en lugar de sacar la prenda, esta lo absorbió a él. La prenda se movió y balanceó delante de él y la oscuridad del lugar pareció integrarse en su mente, y cerró los ojos, agradeciendo la paz que sentía mientras se deslizaba hacia el suelo.