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Georgie
Inglaterra, 1929
Los hechos giran en mi cabeza. Te ríes de mí y mis hechos, pero yo no aprendo a no darle importancia.
La Enciclopedia Británica ha sido mi Biblia durante tantos años que he leído cada volumen hasta que las cubiertas repujadas han quedado destrozadas y tienen la marca de mis manos. No puedo evitar recordar los hechos.
Nos sentamos en nuestras preciosas sillas cómodas y te cuento hechos.
—La talla lítica experimental es el proceso de dar forma al sílex, o puede ser una pieza de pedernal o cualquier otra piedra que admita la fractura concoidea para realizar herramientas de piedra. Reducción lítica es el término que se usa para desconchar segmentos de piedra para crear un borde afilado.
—Gracias por la información —dices.
Estoy complacido. Hoy te interesan mis hechos, lo cual no siempre es el caso. A veces me dices que me calle, y he aprendido que no debo aburrir a las personas, así que voy cambiando de temas para entretenerte.
—¿Sabes que usando paralajes trigonométricos es como se puede averiguar la distancia de las estrellas? —Me inclino muy emocionado—. Esta es la mejor parte…, que usando la órbita de la tierra como base se puede averiguar la distancia en pársecs desde el lado angular del paralaje. Así que d=1/p, asumiendo, claro, que tanto el sol como la estrella no se mueven a una velocidad transversal.
—Es realmente fascinante, Georgie.
Me siento tan bien que doy un golpe con la mano sobre el brazo de madera de arce de mi silla de cumpleaños, igual que lo haces tú cuando algo te gusta. Espero que hagas lo mismo, pero no es así. Empiezas a dar toquecitos con el pie en el suelo y yo estudio la piel marrón del zapato de cuero para intentar interpretar el movimiento. Siento cómo mi ojo derecho empieza a temblar; le ha dado por hacer eso últimamente. El doctor Churchward me lo hizo ver y me dio una caja de pastillas amarilla en lugar de la azul; mientras que no sea roja, no me opongo.
Recito la teoría matemática de los agregados de Frege, pero esta vez no comentas nada. Intento entender tu cuerpo y sus movimientos sin mirarte a la cara, pero aún no has bostezado, así que tengo que fiarme de tus manos. Están jugueteando con los botones de tu camisa; eso no es buena señal. Juguetear equivale a aburrirse, eso me dijiste.
Cambio de ciencias a arte.
—Hoy es siete de diciembre —digo.
—¿Y?
—Pues que este día en el año 1783 el emperador José II contrató a Amadeus Mozart como compositor de cámara en la corte.
—Bien por él.
—Sí, así fue. Le pagaban ochocientos florines al año, pero cuando murió el cinco de diciembre de 1791 lo hizo completamente pobre y fue enterrado al día siguiente con el enterrador como único asistente.
—Qué triste.
—¿Por qué?
Niegas lentamente con la cabeza como lo haces cuando tu equipo de críquet pierde, y sé que no vas a intentar explicármelo. Lo único que dices es:
—Fue un gran compositor.
—Lo sé, pero nunca he oído nada de su obra.
De repente me miras y se te ilumina el rostro.
—La semana que viene te traeré música. ¡Sí! Tendremos música y bailarás.
Lo intento. Por ti lo intento al máximo, pero mis pies, la música y mi forma de contar en voz alta se mezclan y acabo pisándote.
—¡Eres un burro sin coordinación ninguna! —dices, pero riéndote, riéndote mucho mientras lo dices, así que sé que no estás molesto.
Eso es lo que no entiendo. Me dices que soy un burro sin coordinación alguna cuando ambos sabemos que no soy un burro. Así que es un comentario descortés, pero te ríes, así que lo quieres decir de un modo amable. Aun así, en la planta baja, uno de los batablanca, ese que organiza un patético concurso en grupo los viernes, siempre está diciendo: «Eres un idiota listo, ¿verdad?», y me dices que eso es un insulto, aunque me está llamando listo. No lo entiendo; las palabras tienen tantos significados sin sentido…
Llegas con una caja de color azul oscuro en los brazos, del tamaño de un traje de niño, y me pides permiso para dejarla sobre mi escritorio. Quiero decir no, porque tengo todos los papeles ordenados de un modo especial, con mis bolígrafos y lápices formando una perfecta línea recta de soldaditos a la derecha y mi montón de álbumes de recortes unidos por espirales a la izquierda. Están llenos de fotografías que he recortado de los periódicos y las revistas que me traes. Lo llamas el mundo de Georgie, mi versión del mundo exterior. Me preocupa no haber entendido bien esto último, así que soy muy protector con mis libros de recortes. Si alguien los toca… dilo, dilo… tendré un episodio.
No obstante, levanto los libros de recortes y los dejo en un rincón de la habitación. Después los cubro con mi pijama de rayas. Tú pones la caja de color azul oscuro en mi escritorio y la abres. Estoy fascinado. Es un gramófono. Acaricio el brazo cromado, siento cómo se me pone la carne de gallina desde la muñeca cuando toco con el dedo el platillo giratorio de terciopelo y grito de alegría cuando me dejas activar la máquina girando la manivela que tiene en el lateral. Sacas un disco de su envoltorio de papel marrón y me lo das.
—Es el objeto más precioso que hay en toda la tierra, incluso más bonito que las sillas. Te lo digo.
—No has visto suficientes objetos —me dices con la voz enrarecida—. Ni tocado las suficientes cosas, querido hermano.
Pero apenas lo oigo. Estoy sosteniendo el disco entre las manos y sé que nunca jamás lo dejaré ir. Es perfecto. Un círculo perfecto de treinta centímetros de diámetro con otro círculo perfecto en el centro, negro y reluciente, plano pero con resaltes. Son los resaltes, las muescas, los que me traen una paz extraña a la mente. Me invade la vacuidad y mis miembros no sufren los espasmos musculares que tengo cuando estoy emocionado por algo. Me imagino que esto fue lo que sintió Bernadette cuando tuvo sus visiones en Lourdes en 1858.
Pero no es a Dios a quien venero, sino a las muescas. Giran en una espiral perfecta hasta llegar al borde exterior. Una espiral es un plano o una curva que se extiende en longitud y amplitud, pero no en altura, al girar en torno a un punto central de un modo en continuo aumento. Las toco sin dejar de sentirme intimidado.
—No lo toques —dices—. La grasa y el sudor de tus manos podrían tapar las muescas y entonces no sonaría bien. Es un setenta y ocho.
—¿Setenta y ocho qué?
—Setenta y ocho revoluciones por minuto.
Me quedo mirándolo.
Me lo quitas y lo limpias cuidadosamente con un paño amarillo. Quiero arrebatártelo y recuperarlo, pero no lo hago.
—Es Mozart —dices—. Es el Vals No. 1 de Mozart.
No puedo creer que un sonido tan perfecto pueda salir de una pequeña caja azul. Los ritmos suavizan los bordes afilados de mi interior y cuando cierro los ojos me transporto a cualquier otro lugar, a algún lugar azul y brillante en el que vuelo junto con una bandada de martines pescadores azules y chillones. Miro hacia abajo y veo un riachuelo, y en él está el doctor Churchward boca arriba con los ojos abiertos bajo el agua cristalina. Está atrapado allí y mi corazón se alegra por ello, intenta salir de mi pecho y…
—¿Te gusta Mozart? —me preguntas.
Abro los ojos.
—Sí.
Es todo lo que puedo decir. La complejidad matemática de la música me atrapa.
—¿Bailamos? —me preguntas.
Asiento.
Me extiendes las manos y una oleada de pánico me recorre porque nunca le he dado la mano a nadie, ni siquiera a Jessie, y por supuesto tampoco al doctor Churchward. Pero me has otorgado algo enorme y quiero darte algo en respuesta. Así que acepto tu mano. Mi mente da saltos, me castañetean los dientes, pero no te suelto.
—Bien —dices—, bailamos a la de tres. Uno, dos, juntos, uno, dos, juntos… Sígueme, pero yo me muevo hacia atrás y tú hacia adelante.
La piel de tus dedos está tocando la mía. ¿Cómo voy a poder contar cuando lo único en lo que puedo pensar es en tu piel contra la mía? Estás soltando todas tus células muertas en mi piel. La grasa de tu cuerpo rezuma y llega al mío. Tu sudor, tu calor… No me responden los pies.
—Vamos a empezar de nuevo —dices, y le das para atrás al gramófono.
Nos ponemos el uno frente al otro, extiendes los brazos y me coges de las manos una vez más y bailamos. En línea recta por la habitación. Otra vez. Otra vez. Y otra vez más. Cada vez lo hago mejor. Sonrío. Te miro de reojo y veo que tú también estás sonriendo, como una gran sonrisa de payaso, entonces empezamos a reírnos. Estamos bailando y riéndonos, riéndonos tanto que me duele el costado, pero no te suelto, y ahora estamos tarareando la música juntos, tarareando y riéndonos y bailando Mozart. Mis pies me desobedecen. Mi cabeza sabe los movimientos, pero mis pies van a trancas y barrancas tras los tuyos y me dices que soy un burro sin coordinación alguna, y eso hace que nos riamos más alto. Una enorme y espesa burbuja de felicidad flota en el interior de mi pecho y hace que me cueste respirar.
—¡Quita eso! ¡Para ese maldito jaleo!
Es un batablanca. Ha irrumpido en mi habitación con toda la cara arrugada como un pañuelo usado y está dando puñetazos en el marco de la puerta. Me sueltas las manos y levantas la aguja del disco del gramófono, así que Mozart se ha callado y la habitación está de repente en el más absoluto silencio.
—Le estaba enseñando a Georgie a…
Empiezo a gritar. Me dirijo al batablanca y le grito a su cara de pañuelo arrugado:
—¡Sal! ¡De! ¡Mi! ¡Habitación!
—Georgie, no te pongas así —me dices—. No…
—Él… —Me quedo con la boca abierta apuntando al batablanca en la cabeza con el dedo como si fuera una pistola—. Lo ha destrozado. —Me aprieto el pecho, me falta el aire, comienzo a notar las ráfagas de sangre colmar los vasos sanguíneos de mis orejas, así que estoy casi sordo—. Ha destrozado el momento más feliz de mi vida. —Estoy temblando, tanto que mis rodillas empiezan a combarse.
Extrañamente, el batablanca se retira. Sale de la habitación corriendo con los ojos entrecerrados, una expresión que no sé reconocer, pero te mira fijamente. Yo me doy la vuelta. Te miro directamente a los ojos y mis pies intentan, sin éxito, bailar, pero tienes el rostro contorsionado. Tu mirada azul cae al suelo y las lágrimas te recorren las mejillas.