16

Monty olía la sangre, percibía el miedo, espeso como la grasa, en medio del viento y los gritos que provenían de la plaza que los precedía, y agarró con más fuerza a Jessie con los dedos.

—Quizás deberíamos retirarnos —sugirió, como si nada—. Hombre precavido vale por dos y todo eso, ¿no cree?

Monty lo vio, vio la chispa de desacuerdo en sus ojos, y supo lo que estaba pensando: «¿Este es el hombre cuyos antepasados han ido a la batalla sin el más mínimo temor y liderando a los suyos, arrojando la precaución bajo los cascos agresivos de sus caballos? ¿Retirarse? Esa palabra no formaría parte del vocabulario de sus ancestros».

Pero volvió a decirlo, con más firmeza esta vez.

—Deberíamos retirarnos.

Era obvio que solo podía haber una razón aquel día de entre todos los demás para que hubiera sangre y miedo fuera de los tranquilos pilares de la National Gallery de Trafalgar Square, y sabía que no debía involucrarse. Sin embargo, sintió el desdén de Jessie como la fina punta de una fusta contra su piel, y se sonrojó.

Ella siguió caminando.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué ocurre?

—Debe de ser una manifestación, por cómo suena.

—¡Claro! Son los manifestantes. Llegaban hoy a Londres para protestar contra el control de las ayudas. Tiene que haber oído hablar de ellos; son miles y vienen desde el norte y desde Gales para proclamar su descontento. Van a presentar una petición con mil firmas para…

—Lo sé. Esos pobres diablos lo tienen realmente difícil.

Jessie apresuró el paso, tirando de él.

—Con más razón para animarlos y apoyarlos al pasar. Bien sabe Dios que lo necesitan.

—No, señorita Kenton. —La detuvo en seco.

Ella intentó liberarse de Monty, pero este tenía su brazo bien sujeto y podía sentir cómo aumentaba el calor en ella.

—Vendrán del mitin en Hyde Park —le dijo Monty con calma— y tendrán las emociones a flor de piel. No es buena idea. La policía va a…

—Venga, hasta usted debería querer mostrarle a la Policía que lo que está haciendo el Gobierno de Ramsay MacDonald con los desempleados no está bien. Tiene que revocar…

Se detuvo en seco al oír un sonido fuerte como las olas al romper en una playa de guijarros, discordante y fuera de lugar en medio de aquella avenida arbolada desde Buckingham Palace, un sonido que atravesó el gran arco.

—¡Cascos de caballos! Están cargando —gritó Monty.

Ambos salieron corriendo hacia Trafalgar Square, pero tuvieron que detenerse de repente ante la escena que se desplegó frente a ellos. Era un campo de batalla. Por Dios bendito, se había abierto un abismo en el mismísimo corazón de Londres. El jefe de la Policía Metropolitana debía de haber perdido la cabeza.

Había cientos de hombres corriendo con sus pesadas botas y finas chaquetas, con el pánico visible en los ojos y la ira en sus voces; se filtraban por los espacios abiertos y se aferraban a los plintos de los cuatro leones de piedra que hacían guardia junto a la columna de Nelson. Monty oía los llantos y gritos desesperados retumbar en la plaza mientras las oleadas de palomas grises revoloteaban sobre sus cabezas al espantarse. Usaban barras de metal como armas contra cualquier cosa que estuviera a la mano: unos tiraban las piedras de los bordillos y botellas por el aire, mientras otros hombretones hechos y derechos abandonaban sus pancartas y su protesta y se arrojaban a la fuente para intentar escapar de la batalla campal.

Todos intentaban huir, estaban desesperados por evitar el oscuro muro de uniformes de policía que los conducía desde un lado de la plaza hasta el opuesto. A Monty le latía el corazón frenéticamente en el pecho mientras los caballos de la policía cargaban contra los hombres de a pie una y otra vez, resbalando y haciendo saltar chispas con sus cascos. Las porras iban y venían también, trozos de madera sólida a la búsqueda de huesos, y atentaban contra las cabezas y espaldas e impactaban en los hombros y pechos de los hombres, que gritaban de pánico como cerdos mientras les hacían añicos los codos.

Era obsceno.

¿Cómo podía permitir Sir John Gilmour como ministro del Interior tal respuesta? Setenta mil agentes de la Policía de Londres convocados a controlar a los manifestantes. Aquello le revolvió las tripas a Monty y le hizo sentirse avergonzado; avergonzado de Gran Bretaña, de su maldito Gobierno y sus leyes brutales. Vio a un hombre con gabardina detenerse entre el caos y arremeter contra uno de los agentes a pie, tirándole el casco al suelo e instando al resto de los protestantes a cargar contra él con el rostro poseído por la rabia. Sin embargo, uniformes azules lo agarraron, lo derribaron y lo arrastraron hasta las furgonetas negras de la policía que había aparcadas frente a la iglesia de Saint Martin-in-the-Fields.

Otro hombre corrió hacia donde estaban Monty y Jessie con la espalda pegada contra el arco de piedra. Llevaba en las manos una pancarta con un palo de madera y las palabras que mostraba pintadas en color rojo vivo: ¡DEFENDED LA UNIÓN SOVIÉTICA! Echó un vistazo a los zapatos y el traje de Monty, cogió impulso con la pancarta y la dirigió directamente a la cabeza de este. Él, sin embargo, pudo evitar el golpe casi sin esfuerzo —gracias a los años de boxeo en la escuela— y coger a la señorita Kenton, además de arrebatarle el palo de las manos al hombre. Estaba manchado de sangre —¿la sangre de quién?— y su dueño se desvaneció entre la multitud.

—¡Maldito comunista! —le gritó Monty, pero el ruido de alrededor amortiguó sus palabras.

Estaba preocupado por la señorita Kenton, quien permanecía a su lado con la mirada oscurecida por la angustia y el miedo, la mano temblorosa bajo el brazo de él y el cuerpo completamente rígido, quizás por la impresión del terror que estaba viviendo o por la ira inquilina de su interior, Monty no habría sabido decir a qué se debía exactamente. Definitivamente, no era el momento de detenerse a averiguarlo, así que tiró la pancarta boca abajo al suelo.

—¡Salgamos de aquí! Hay que volver al paseo —dijo con urgencia—. ¡Corra!

Pero, en aquel mismo instante, una mano apareció de entre las personas que corrían junto a ellos y agarró a la señorita Kenton del hombro, y Monty consiguió soltarla.

—Jessie, ¿qué demonios haces aquí?

Jessie. Así que ese era su nombre. Como la glamurosa Jessica Mitford, con la que había salido a cenar hacía un mes.

—¡Archie!

Abrazó a la figura con aspecto de espantapájaros que tenía delante y la observó con detenimiento. Iba vestido con un mono de obrero y llevaba puesta una boina sobre los rizos pelirrojos, ligeramente ladeada. A pesar del frío viento, estaba sudando, y casi se le veían los huesos de la cara bajo la piel tirante. Olía como un obrero y vestía como un obrero, pero Monty supo con solo mirarlo que era todo falso, y fue esa certeza en lugar de la adrenalina que bombeaba por sus venas lo que volvió a acelerar el corazón de Monty al sentir el afecto de Jessie por aquel hombre.

—Archie, ¿qué ha pasado? Ven con nosotros, rápido. —Tiró con fuerza de la manga del hombre, pero este no se movió del sitio.

—Ese maldito Trenchard, ese cabrón nos ha mandado a sus jodidos perros.

Lord Trenchard era el jefe de la Policía Metropolitana, un hombre implacable de ideas fijas. Monty vio la ira en los ojos del joven y sus pupilas como dos enormes huecos en la cabeza.

—Como si fuéramos ratas a las que exterminar.

Tenía un moretón en la mandíbula y le caía sangre desde el cuero cabelludo. En la mano llevaba medio ladrillo con el borde manchado de sangre.

—Debo sacar a la señorita Kenton de aquí —dijo Monty con tono apremiante, pero Archie no se movió del sitio. No estaba dispuesto a salir de la plaza.

Monty reconoció la extinta sed insaciable de lucha que una vez había poseído, hasta que destrozó su vida.

—No hemos sido nosotros. —Archie negó con la cabeza—. Lo único que queríamos hacer era una marcha pacífica.

—¿Y qué hay de la petición? El millón de firmas —le preguntó rápidamente Jessie mientras seguía agarrando bien a su amigo, como si temiera dejarlo ir.

—¡Nos la han robado! —Archie escupió en el suelo; la sustancia era rosácea—. La maldita Policía nos la confiscó en Charing Cross. —Alargó el brazo, señalando a los manifestantes que aún llegaban a la plaza con sus pancartas del Movimiento Nacional de Trabajadores Desempleados. Aquello se había convertido en un motín—. Cien mil trabajadores de Londres han salido para animarnos, pero míralos ahora. Este traidor del socialismo, MacDonald, ha vendido su alma al demonio tory, ha…

A unos cien metros, un hombre de pelo canoso y gafas y expresión de ira intentaba discutir con un agente que le estaba doblando el brazo por detrás de la espalda, pero ya era demasiado tarde para las palabras, que caían al suelo desoídas. El aire soplaba y bullía con violencia; se había convertido en lo único que circulaba en la plaza. El policía golpeó al hombre en la garganta con tal fuerza que este cayó sobre las rodillas mientras se agarraba el cuello.

—¡Davies! —gritó Archie.

Se arrojó a la multitud y abrió un camino hasta el hombre.

Monty vio cómo le daba un puñetazo al policía, pero no lo hizo en el momento más adecuado, ya que estaban llegando nuevos refuerzos a Trafalgar Square. Tres de estos hombres vieron el acto de Archie y arremetieron contra él, dándole una tanda de golpes con sus porras y derribándolo al suelo.

—¡No, no!

El grito provino de Jessie. «¡Al diablo!», pensó Monty, y dio una patada a un casco abollado que tenía a los pies. Aquella no era su lucha, aquellos no eran sus trabajadores o los habitantes de su población. Aquellos hombres no significaban nada para él, así que definitivamente aquella no era su responsabilidad. Ya llevaba sobre los hombros más que suficiente peso y ahora le pasaba esto… Vio a Jessie, pálida, comenzar a andar en dirección a Archie.

Monty la agarró y la empujó contra la pared.

—¡Quieta! ¡Aquí! —Hizo un gesto de molestia y, contra todo pronóstico debido a lo sensato que creía ser, se lanzó al hervidero de muchedumbre.

Empujó, arremetió contra la multitud y se abrió paso a codazos hasta llegar a donde Archie yacía en el suelo con las manos sobre la cara. La sangre había transformado su pelo y su camisa en un disfraz de payaso. Monty se arrodilló y cargó al muchacho laxo al hombro como si fuera uno de los sacos de patatas de su granja, maldiciendo entre dientes, reprochando la estupidez de Archie y la de Ramsay MacDonald, pero sobre todo la suya propia. De sus labios salían palabras obscenas tan aberrantes que consiguieron mantenerlo de pie incluso después de recibir un golpe de una porra en el brazo, que amortiguó. Siguió avanzando aun en ese momento.

Fue el caballo lo que consiguió derribarlo. La bestia se acercó, entró en pánico y se puso a dos patas. El casco de metal impactó contra la nuca de Monty y lo tiró al suelo.

«¡Joder!».

Lo único que veía eran pies y flashes de luz de lo que parecían pelotas de críquet sin serlo. Sentía como si el cerebro fuera una criatura extraña que crecía poco a poco en el interior de su cráneo, pero consiguió soltar a su pasajero en algún lugar en el suelo; era hora de salir de allí. Acababa de ponerse de rodillas para levantarse cuando recibió el primer golpe en la espalda y gritó de dolor. Algo pareció estallar entre los omóplatos y, cuando consiguió erguirse dificultosamente, sus rodillas parecían haber desaparecido y haber sido sustituidas por gachas. Se tambaleó y parecía que la columna de Nelson se le estuviera viniendo encima.

De repente, un hombro pequeño se colocó debajo de su brazo y detuvo el mundo que giraba descontroladamente a su alrededor. Parpadeó y vio un rostro de color hueso y una masa de pelo dorado junto con unos ojos azules que lo miraban fijamente.

—¡No te caigas! —le ordenó Jessie—. Agárrate a mí.

Él asintió, lo cual fue un error, porque le llevó otros diez largos segundos encontrar de nuevo sus ojos. Juntos echaron el cuerpo sin sentido de Archie sobre el hombro sano de Monty y se dirigieron dando tumbos hasta el arco, pero un agente de policía llegó antes que ellos. Tenía la cara rubicunda y respiraba con dureza, y sus pequeños ojos resplandecían por la excitación del momento. Era joven y estaba fuera de control. El agente ignoró a Monty, ignoró el cuerpo inerte de Archie y centró su mirada orgullosa en Jessie.

—Apártese de nuestro camino, agente —le ordenó Monty con su mejor tono de Sir Montague Chamford; el policía quedó al instante sorprendido por su tono de autoridad y se apartó.

Sin embargo, la mano que agarraba la porra no pudo resistirse y Monty vio cómo el objeto de madera impactaba contra la sien de Jessie. Oyó la resonancia ahogada del dolor y su forma de inhalar aire en un grito ahogado, y vio cómo le fallaban las rodillas. La rodeó con el brazo que le quedaba libre para que no llegara a desplomarse, pero además sacó el pie derecho y le dio una patada al agente en la espinilla, justo debajo de la rótula. El policía emitió un alarido y se inclinó para agarrarse la pierna, colocando la barbilla a una altura perfecta para que Monty pudiera golpearla con la rodilla. El muchacho fue tambaleándose hasta la calzada y cayó inconsciente.

Monty agarró con más fuerza a sus dos acompañantes.

—Vámonos de aquí antes de que se despierte.

Jessie levantó la cabeza para mirarlo; le temblaban los hombros y tenía la mirada perdida, pero intentó forzar una sonrisa; por ese tipo de cosas le gustaba a Monty.

—Gracias —murmuró—. ¿Qué eres? ¿San Jorge luchando contra el dragón?

Monty rio entre gestos de dolor y comenzó a trazar el camino que los llevaría de vuelta al paseo.

—Algo así.