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Georgie
Inglaterra, 1932
—¿Dónde estás?
Las palabras yacen en mi habitación como el polvo.
Les grito. Atizadores ardientes en mi pecho. Es sábado, sé que es sábado, lo sé. He ido contando los días y tachándolos con un bolígrafo de color verde guisante en el calendario que yo mismo hice y que ocupa un lugar bajo mi colchón, por si acaso.
Sábado. A menos que me haya perdido algún día. A veces ocurre que tengo una mala semana y los pinchazos vienen a por mí. Rebuscan en mis muslos, mi trasero, mi brazo, igual que los sabuesos rastrean a los tejones con sus hocicos húmedos y astutos. Hincando los dientes.
Es por la tarde. Lo sé por la luz que entra por la ventana aunque hayan puesto una persiana para intentar hacerme creer que ahí fuera no hay sol, sino un crepúsculo constante y despiadado. Pero yo sé la verdad. Muevo el interruptor de la luz hacia arriba y hacia abajo, arriba y abajo, y otra vez lo mismo. Resplandor, oscuridad, resplandor. Si estás fuera en el jardín yendo de un lado para otro sobre el césped impoluto del remilgado jardinero, sabrás que se trata de mí. Vendrás.
Nada.
No se oyen pasos al otro lado de la puerta. El traqueteo del carrito de metal que recorre el pasillo hace que tenga que gritar más alto.
—¿Dónde está? ¿Dónde está? ¿Qué le habéis hecho?
No hay respuesta. Ni siquiera un Deja de hacer ruido, George. Siento que las líneas rectas del interior de mi cabeza comienzan a contorsionarse y a girar sobre sí mismas y doy un puñetazo en la puerta, en el mismo sitio en que la madera ya se ha roto muchas veces antes; la puerta y mi puño son viejos amigos. Apoyo la cabeza contra la moldura que la rodea con tanta fuerza que me deja marcas en la frente, pero las líneas rectas siguen combándose. Le susurro a la puerta. Siento cómo el pánico penetra por las rendijas.
—Por favor —ruego—. Por favor. Es sábado. Dejad que venga Timothy y prometo que me comeré esa bazofia a la que llamáis comida.
Me dan papel. Hojas blancas y sin usar de tamaño folio y sin líneas, tal y como pedí. El doctor Churchward lo deslizó por encima de su escritorio hacia mí e hizo esa cosa extraña con la boca que yo solía pensar que era un gruñido, pero que tú me explicaste que era lo que se denomina un tic nervioso. ¿Qué le pasa para estar nervioso? ¿Seguirá pensando que voy a saltar por encima de su escritorio y darle una patada en la cara con el pie descalzo como hice aquella vez con doce años, cuando me dijo que ninguna de las cartas que le escribí a Jessie le llegarían jamás? Me rompí dos dedos del pie, pero también le partí la nariz a él. No me gustó tener su sangre en mi piel.
Algunas veces, durante las entrevistas, me quedo mirándolo fijamente al puente de la nariz, que sigue sin estar recto ni siquiera trece años después. Observo cómo le engordan las venas del cuello y cómo el color de sus mejillas se torna rojo ciruela. No le gusto. Es justo, a mí tampoco me gusta él. Pero le digo gracias cada vez que me da el papel que le pido, del mismo modo que me enseñó Jessie a hacer y que durante años olvidé hasta que tú me lo volviste a recordar.
Me siento en mi escritorio. No es un escritorio propiamente dicho, sino una silla coja de madera combada y una mesa pequeña de caoba, pero para mí es un escritorio. El papel aguarda delante de mí. Junto a él está la tinta, un bote achaparrado y regordete de Quink. Azul real lavable, no permanente, en eso me mantuve firme. El azul permanente es un color horrible, ni negro ni blanco, como el color del pecado. Sin embargo, el azul lavable es el color de tus ojos. No. No quiero pensar eso. Hará que el dolor que siento en el pecho se acentúe demasiado y hoy necesito pensar con claridad. No siempre es fácil debido a las drogas que me ponen en la comida. Esta mañana no quise comerme el desayuno, así que puedo pensar con precisión y lo recuerdo todo con total claridad.
Cojo mi pluma Swan, introduzco la punta en la fuente de los deseos de tinta azul y presiono la diminuta palanca de metal para que el tubo de goma se llene de tinta. Veo que este gesto me agrada, esta acción tan simple. Me gusta su eficiencia. Su habilidad. Hago una nota mental de averiguar quién inventó la estilográfica.
He decidido empezar por el principio. Es el único modo de descubrir por qué no has venido. En un primer momento pensé empezar por el final e ir hacia atrás, pero eso sería un error. Durante la noche, cuando estaba sentado en la silla junto a la ventana esperando ver tu señal con la linterna desde el jardín, me di cuenta de que lo estaba haciendo mal, de que necesitaba estudiarlo todo en el orden correcto. En línea recta. Con lógica. De este modo, no se me escaparía ninguna pista.
Sherlock Holmes nunca pasaba por alto ninguna pista. Si sigo sus métodos, conseguiré, como diría su brillante amigo el doctor Watson, «ahondar en la diversidad de la perversidad humana».
La primera vez. Fue brusco e inesperado como un pisotón. Dos chicos de catorce años sacando información el uno del otro con sus palabras. Fue el veinticinco de julio de 1921. Me estoy comiendo el desayuno, el mismo que llevo comiendo los últimos veinte años. Dos huevos fritos sobre una tostada, tres tomates fritos y tres champiñones fritos. Siempre me como la comida en sentido contrario a las agujas del reloj alrededor del plato, dejando el brillante corazón amarillo de los huevos para el final.
Estamos doce en la habitación, doce personas, quiero decir. Al personal no lo considero personas. Sus rostros son falsos. Son perros guardianes tras esas máscaras y tienen los dientes afilados, además de verter veneno en mi sangre. Nosotros doce miramos hacia la puerta de entrada, donde tú te materializas como surgido de la nada e inesperadamente. Tus rizos rubios al viento y las largas piernas que te enmarcan te dan un aire de libertad al moverte que me hace querer aullar de ira.
Se me pone la piel de la nuca de gallina y siento unas punzadas hirientes que me indican que voy a tener otro episodio. Así lo llaman ellos cuando pierdo el control. Episodios. Como parte de una historia. Episódico. La historia de mi vida. Aparto la mirada y me concentro en mi huevo, le añado sal y corto la tostada en triángulos pequeños. Estoy sentado solo en la pequeña mesa cuadrada, tal y como me gusta, sin nadie cerca de mí. Cuando oigo que colocas una silla frente a mí y veo tus coderas posarse sobre mi mesa tengo que tragarme las palabras que se me acumulan en la lengua y meter las manos entre las rodillas para no pegarte. Si tengo un episodio en el salón delante de todos habrá algo más que agujas y pinchazos.
—Buenos días, Georgie. Soy Timothy.
Georgie, Georgie, Georgie. Solo una persona me llamaba Georgie.
—Vete. No te miro.
—Me gustaría hablar contigo.
—No. —Me echo para atrás en la silla para estar lo más lejos posible de ti.
—Por favor, Georgie. He pasado por mucho para encontrarte.
—No me has encontrado; no estaba perdido.
—Para mí sí. —Dudas—. Y para Jessie.
Saco el pañuelo del bolsillo, lo desdoblo cuidadosamente y me lo pongo sobre la cara, sosteniéndolo con las yemas de los dedos.
—Vete, vete.
Alargas la mano y me quitas el pañuelo de la cara dejándome desnudo, pero yo sigo sin mirarte a la cara. Me doy cuenta de que te has manchado la manga con la yema de mi huevo. Me muerdo la lengua con tal fuerza que acaba sangrándome, mi boca es cobriza y resbaladiza, pero me fijo en tus manos. Esas manos no encajan con tus rizos perfectos ni con tu voz que me dice quiéreme cada vez que me habla; son manos que hacen cosas, construyen cosas, cavan cosas, hacen cosas. Hay una cicatriz grande con forma irregular en el pulgar de tu mano izquierda, la piel que la cubre es plateada. ¿Se te resbaló una sierra? ¿Te cortaste con una piedra afilada? Si no me voy ahora mismo te clavaré el tenedor en la muñeca, así que me pongo de pie, pero tú te inclinas hacia mí, estás muy cerca, pero no tocas. Como si supieras que no debes tocarme.
—Georgie —dices en voz baja, suave y amorosa—, habla conmigo, por favor.