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Georgie
Inglaterra, 1928
Llamas a la puerta. Abro y ahí estás con una amplia sonrisa en tu rostro y tu pelo rubio más corto que de costumbre. La sangre me fluye a más velocidad cuando te veo, como si tu corazón enérgico estuviera bombeando por los dos. Así es como me siento: como si fuera un espectro translúcido seis días a la semana, pero el sábado me convirtiera en una persona. Ahora me doy cuenta de lo alto que eres.
—Feliz cumpleaños, Georgie.
—¿Es mi cumpleaños?
—Sí, hoy es el día.
—Nunca antes lo hemos celebrado.
—Pero hoy cumples veintiún años.
No paras de moverte; tus manos, tus hombros, tus cejas doradas… Estoy temeroso de que me toques, pero no lo haces. Me conoces; me conoces muy bien.
—Hoy —dices— te toca salir de tu burbuja.
—No sé qué quieres decir.
Me sonríes y dices, con ese algo en tus ojos y en tu rostro que me hace sentir como el toffee caliente por dentro:
—Lo sé, querido Georgie. Vamos a disfrutar de nuestro día. No hay clases para ti ni para mí en el día de tu cumpleaños, ¿vale?
Asiento. Me has enseñado que esa es la forma correcta de responder a una afirmación que acabe con, ¿vale?
—Mira el regalo que te he traído.
Espero una cajita con un lazo rosa como en los libros que he leído, pero abres de nuevo la puerta y metes en mi habitación dos sillones, aunque casi no caben por la puerta. Nunca jamás he visto sillas como esas; son curvas como los bordes de una bañera y están hechas de madera pálida y brillante, como el color del té con leche, y los asientos son de piel de color marfil. Los toco y son suaves como mi lengua. Son los objetos más bonitos que he visto nunca.
—Son el último modelo —me dices—. Se llama art déco. Es madera de arce. ¿Te gustan?
—Sí.
—Pues sonríe.
Sonrío, pero mi gesto no es honesto; lo que quiero hacer es llorar porque son preciosos. Siento cómo se me acumulan las lágrimas tras los ojos. Haces un gesto hacia una de las sillas.
—Pruébala.
Me siento en una con el corazón latiéndome frenéticamente y acaricio la capa de barniz suave como la mantequilla sobre la que he reposado las manos, y me hormiguean los dedos por la emoción. Esto me ha llegado al corazón.
—¿Te gusta? —me preguntas.
—Es la silla más cómoda en la que me he sentado jamás. El respaldar es demasiado recto y el asiento demasiado largo.
Pero no me importa. Me quedo sentado en silencio y envuelto por la belleza. Pasan varios minutos antes de que me dé cuenta de que algo va mal. No sé qué es, no sé por qué, pero no hablas. Me quedo sentado y espero.
—Por amor de Dios, Georgie, no tenías que haber dicho eso. Me he tomado muchas molestias, por no mencionar el dinero que tenía guardado para las vacaciones, para poder traerte esto. Al menos podrías… —Te detienes un momento y coges aire con mucha concentración—. Si sales de aquí algún día debes filtrar las palabras que salen de tu boca. Como yo, que uso un tamiz en mis excavaciones de las ruinas para deshacerme de la tierra y la arena y toda la basura que no me interesa. Solo me quedo con lo que es valioso. Debes deshacerte de esos pensamientos basura. Tienes que aprender a filtrarlos. Venga, inténtalo otra vez.
¿Qué me has enseñado? Está escrita en el gran silencio que retumba en mi cabeza:
- Estoy bien, gracias. ¿Cómo estás tú?
- ¿No te sientas?
- Gracias.
- No, gracias.
- Qué alegría verte.
- Qué día tan bueno hace hoy.
- ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
- ¿Te apetece una taza de té?
- Hoy vas muy elegante.
- Lo siento, no lo entiendo. No pretendía ofenderte.
Me entra el pánico. Porque estás enfadado. No sé cuál escoger. Te miro. Miro las sillas.
—¿No te sientas? —digo.
Te sientas. Esperas más.
Me pongo en el borde de la cama.
—Qué día tan bonito hace hoy.
Miras por la ventana. Está lloviendo.
La lista de frases se difumina en mi mente, como la lluvia en los cristales de la ventana. Se unen unas con otras, se amalgaman con las palabras que has dicho: Si sales de aquí algún día. Es una idea demasiado lejana, como la distancia que hay entre el sol y la tierra, ciento cincuenta millones de kilómetros, y es aterradora, pero me la has puesto en el regazo. Me quema y me atraviesa la piel, siento cómo el corazón se me expande en el pecho hasta que me cuesta respirar. Intento con todas mis fuerzas conseguir las palabras apropiadas con las que responderte.
—¿No te sientas? —ofrezco.
No, no, esa no es. Ya estás sentado.
Frunces el ceño.
Me estoy quedando sin aire.
—Georgie, por Dios bendito, ¿es que no puedes…?
Farfullo otra de la lista.
—Estoy bien, gracias. ¿Cómo estás tú?
Tu boca es una línea recta. Pero recuerdo algo, tus instrucciones, una que me has repetido cientos de veces: «No entres en pánico, respira. Si estás dudoso, ve a la número diez». Está subrayada en mi cabeza con tinta azul.
«Y, por Dios, sonríe».
No puedo respirar, pero sí puedo sonreír.
—Lo siento, no lo entiendo. No pretendía ofenderte.
Te quedas muy quieto y tranquilo. No sé qué es lo que pasa. No soy bueno con las caras. Veo una cara cambiar de ojos abiertos a ojos entrecerrados, de la boca con la curva hacia arriba a la boca con la curva hacia abajo, veo aparecer arrugas en la frente y no sé qué quieren decir. Sé leer griego y latín antiguos y egipcio antiguo también, pero no sé leer las caras. No sé decir si es sorpresa o molestia. Una vez me trajiste veinte fotografías de caras y escribiste en cada una lo que la expresión significaba: feliz o triste, enfadado o confuso, sorprendido o decepcionado, aburrido o interesado. Me estuviste haciendo pruebas con las fotografías durante semanas hasta que las acertaba siempre todas. Me enseñaste que el tamaño del iris de una persona cambia cuando está mintiendo.
Pero es mucho más difícil con personas de verdad. Quiero poner las fotografías junto a tu cara para ver qué expresión se parece más a la tuya. Para comparar ambas caras. Me acerco al cajón y las saco, pero entonces empiezas a gritarme. Me gritas palabras feas y crueles que nunca te he oído pronunciar. Me tapo los oídos con las manos porque me duele mucho la cabeza. Esto está mal, mal. Tú estás mal. Se me empieza a colmar la mente de una neblina rojiza y el pecho se me hunde en color escarlata. Pero esas palabras sucias y asquerosas siguen saliendo de tu boca.
—¡Filtra! —te grito—. Filtra tus sucias palabras, Timothy.
Te detienes en seco y te quedas mirándome con los ojos muy abiertos y grandes como naranjas, con la boca abierta, y recuerdo la fotografía: eso significa impactado. Empieza a salir un ruido de entre tus labios, primero es una especie de gruñido, después se convierte en risa y te ríes tanto y tan alto que te caes de tu preciosa silla cómoda. Ríes y ríes.
Voy hacia la ventana y me quedo mirando el césped del exterior. No entiendo nada.